Hokum

Un círculo de tiza

Por Emiliano Fernández

El irlandés Damian McCarthy consiguió abrirse paso en el cine reciente de horror gracias a dos películas que bebían de los traumas familiares, un trasfondo sobrenatural, detalles bien sádicos, algo de humor negro y un minimalismo de entorno cerrado, hablamos de Caveat (2020) y Oddity (2024), ambas independientes, la primera por demás delirante y la segunda mucho más atractiva y deforme/ heterogénea. Como no podía ser de otra manera, ahora nos topamos con el salto del señor al mainstream hollywoodense de la mano de Hokum (2026), un film que no llega a ser tan interesante como Oddity aunque por suerte supera a aquella ópera prima de 2020. Recuperando literalmente todos los latiguillos temáticos de los opus previos, aquí McCarthy se muestra muy preocupado por no renunciar al estilo flemático y puntilloso que lo llevó al lugar donde está, hoy su rasgo autoral más marcado, y en esencia ofrece lo que él entiende por una versión negociada entre la accesibilidad de los productos de la gran industria audiovisual y sus intereses de cabecera como narrador, por ello Hokum se abre camino como una propuesta digna que nunca termina de funcionar del todo como obra para el “público menudo” contemporáneo, ese caracterizado por su estupidez y poca paciencia, ni como ejercicio indie/ arty enraizado en su complejidad moral o narrativa, en este caso prácticamente inexistente por la simpleza del planteo en general y su resolución.

 

Luego de un prólogo en el que un conquistador español (Austin Amelio) y un niño ignoto (Ezra Carlisle) vagan sin agua por el desierto en busca de un tesoro al que no pueden llegar porque el mapa de turno quedó atrapado en una botella de vidrio con un corcho atorado, lo que genera la nefasta idea del hombre de romper la botella golpeando el cráneo del mocoso, comienza el relato propiamente dicho a través del escritor del pasaje anterior, Ohm Bauman (Adam Scott), un estadounidense alcohólico y amargado que de repente ve el fantasma de su madre (Mallory Adams) y así decide ir con las cenizas de la mujer y las de su padre a un hotel en Irlanda donde la pareja pasó su Luna de Miel, Bilberry Woods, propiedad de un vejete tenebroso, Cob (Brendan Conroy), que hizo cerrar la suite nupcial del lugar porque dice que allí confinó a una bruja sin nombre (Sioux Carroll). Luego de esparcir los restos de los progenitores en un árbol, El Gran Redwood, Ohm intenta suicidarse colgándose de su habitación debido a que asesinó por accidente a su madre al jugar durante la infancia con un revólver de su padre, el cual cayó en la depresión y el maltrato hacia su vástago. A Bauman lo rescata la hermosa bartender del hotel, Fiona (Florence Ordesh), ninfa que desaparece misteriosamente después del suceso y así la policía sospecha de un ermitaño llamado Jerry (David Wilmot), sutil fanático de la leche con hongos alucinógenos que vive en un bosque.

 

McCarthy se muestra muy profesional y sabe manejar bien el catalizador del nudo de la trama, léase la salida del hospital de Ohm y su encuentro con un Jerry que dice haber visto el fantasma de Fiona señalándole la maldita suite nupcial, por ello al final de la temporada vacacional ambos se meten de noche en el hotel para explorar aunque las cosas no salen como fueron planeadas porque el pordiosero lisérgico termina secuestrado por el jardinero del hotel, Fergal (Michael Patric), un tipo violento que quiere entregarlo a la policía, y el escritor es confinado a la suite cuando encuentra el cadáver de Fiona en un montacargas, ambas cosillas responsabilidad del recepcionista, Mal (Peter Coonan), yerno de Cob que prefirió matar a la bartender, su amante embarazada, antes de que se conociese el affaire. Resultan estupendos el prólogo y el epílogo con el conquistador y el nene, los dos de base moral, al igual que el gesto de regresarnos el círculo de tiza para protegerse de las arpías, latiguillo del horror Clase B de vieja cepa. También nos topamos con un excelente uso del suspenso en algunas secuencias y del personaje del linyera en la piel de Wilmot, sin duda un actor con carisma que aprovecha el marco pícaro/ popular/ rebelde de Jerry, y por cierto se agradece el enroque en lo referido al “villano cantado” del relato en términos clásicos, el jardinero fascistoide, Fergal, por el recepcionista de sonrisas falsas y amantes muertas, Mal.

 

Scott demuestra ser un intérprete demasiado limitado para exprimir la metamorfosis del protagonista, desde el cinismo y la misantropía hacia el humanismo en ciernes del último acto. En pantalla se coquetea con el folklore irlandés pero todo queda en un caso estándar de brujería, aquí en cámara lenta como en los opus previos sobrenaturales de McCarthy, e incluso el desarrollo se siente muy previsible dentro del esquema macabro símil Roger Corman y Edgar Allan Poe, en función de una suite nupcial que garantiza asesinatos y hace de portal hacia el inframundo. Otro problema pasa por el engolosinamiento del director y guionista con la duración de varias escenas, por ello al trabajo le sobran por lo menos unos quince minutos de metraje que podrían haber quedado en la sala de edición. El film es una relectura de The Shining (1980), de Stanley Kubrick, con pinceladas de los hoteles de The Innkeepers (2011), de Ti West, y The Beyond (E tu Vivrai nel Terrore! L’Aldilà, 1981), de Lucio Fulci, no obstante McCarthy evita la impersonalidad y lo suyo se asemeja a lo que sería un cine anti James Wan, por lo menos en lo que atañe a la última vertiente mainstream del malayo/ australiano, en este sentido pensemos que Hokum opta por abrazar ingredientes que el Hollywood más pomposo e intercambiable contemporáneo ha dejado mayormente de lado como la paciencia, el minimalismo y el cuidado en la construcción de los personajes…

 

Hokum (Estados Unidos/ Irlanda/ Emiratos Árabes, 2026)

Dirección y Guión: Damian McCarthy. Elenco: Adam Scott, David Wilmot, Peter Coonan, Michael Patric, Florence Ordesh, Brendan Conroy, Austin Amelio, Ezra Carlisle, Will O’Connell, Sioux Carroll. Producción: Julianne Forde, Derek Dauchy, Roy Lee, Mairtín de Barra, Steven Schneider y Ruth Treacy. Duración: 107 minutos.

Puntaje: 6