Rostros de la Muerte (Faces of Death, 2026) es por un lado una relectura en formato narrativo tradicional del film homónimo de 1978 de John Alan Schwartz alias Conan Le Cilaire, célebre shockumentary o película mondo o documental de marco exploitation, y por otro lado la tercera joya al hilo del cineasta estadounidense Daniel Goldhaber, señor que nos había regalado las también sorprendentes Cam (2018), retrato del porno actual y concretamente del mundillo de las camgirls basado en las experiencias en primera persona de la coguionista Isa Mazzei, y Cómo Volar un Oleoducto (How to Blow Up a Pipeline, 2022), aquel canto de amor al ecoterrorismo que recuperaba el libro de no ficción de 2021 del sueco Andreas Malm, neoclásico del activismo marxista que destroza tanto al pacifismo new age como al fatalismo ecológico y aboga por el sabotaje en tanto principal herramienta para combatir el cambio climático producido por el capitalismo y su filosofía de cabecera, la razón instrumental. Goldhaber utiliza en simultáneo una de las premisas favoritas del thriller sádico noventoso, léase el investigador amateur/ porfiado, y la referencia del título al bodrio de Schwartz, en esencia una antología de escenas de asesinatos y óbitos grotescos varios con una parte de metraje real y el resto apócrifo/ ficcionalizado, para reflexionar acerca de la banalidad digital, el morbo, la fama automática, el contenido direccionado, el narcisismo, la vigilancia on line, la mediocridad intelectual del Siglo XXI, la ausencia de planteos éticos y ese exhibicionismo patológico filtrado por la doble vara de siempre, el sexo siendo barrido debajo de la alfombra y la violencia ventilada a los cuatros vientos en todas sus formas o acepciones, esquema ideológico que obedece a la patética preeminencia en Internet de la óptica fundamentalmente conservadora, hipócrita y boba de yanquilandia.
El guión del realizador y su colaboradora en Cam, Mazzei, juega constantemente con dos protagonistas que a su manera están marcados por el voyerismo morboso contemporáneo y los cadáveres de ayer, hoy y mañana: Margot Romero (Barbie Ferreira), una moderadora en una plataforma de videos basura semejante a YouTube o TikTok, Kino, viene de matar sin querer a su hermana menor por un reto viral, eso de bailar en vías ferroviarias justo antes de la llegada del tren, y Arthur Spevak (Dacre Montgomery), empleado de atención al cliente en una tienda de componentes inalámbricos, en su tiempo libre es un asesino en serie cruel y enmascarado que se dedica a recrear algunos de los muchos episodios bizarros del opus trash/ cuasi televisivo de 1978, como una decapitación bastante pomposa, una sentencia de muerte en una silla eléctrica y aquel cráneo destrozado a mazazos que habilitaría luego una comilona de sesos, todo registrado en videos que se suben a Kino y escenificado mediante maniquíes que se cargan a la víctima de turno, como un director cinematográfico llamado Justin Podd (Walker Babington). Romero se topa una y otra vez con los videos de Spevak pero su preocupación no es tenida en cuenta por su jefe, Josh (Jermaine Fowler), por ello recurre a Reddit para averiguar más y eventualmente se entera de la “desaparición” de Podd y de la existencia de la epopeya de Schwartz, que por cierto un amigo/ compañero gay de departamento, Ryan (Aaron Holliday), atesora en su colección de films en VHS. Mientras Margot es despedida de Kino porque olvida unos estimulantes en la oficina de Josh, lo que le permite copiar los archivos originales para acceder a los metadatos y poder localizar al responsable de los videos, Arthur aprovecha tamaña curiosidad para rastrearla con un link “envenenado” y así consigue su IP, paso previo para conocer la identidad de la muchacha.
Recurriendo en ocasiones a una pantalla dividida depalmiana, a ese thriller de escritorio de computadora o screenlife de Timur Bekmambetov y a algún que otro acecho meticuloso en consonancia con el giallo o su vástago tonto norteamericano, el slasher, Goldhaber no sólo analiza la relación del cine con el cine, aquí reinterpretando al mondo de Schwartz desde la hiperconectividad del nuevo milenio, sino que asimismo piensa el vínculo de los fans entre sí y con el objeto audiovisual de su preferencia, de allí surge la competencia o fascinación mutua entre los dos protagonistas en su doble rol de homicidas y creadores de contenido, Romero de manera involuntaria -la policía fue la que filtró el video del fallecimiento de su hermana, Sophie (Tiffany Colin)- y Spevak completamente a conciencia. Sin embargo el director y guionista jamás se engolosina del todo con la dimensión discursiva de la odisea y mantiene los pies en nuestro desarrollo narrativo truculento, de hecho logrando un balance insólito en el Siglo XXI al punto de entregar un exponente de una especie en extinción, la película de género inteligente obsesionada con la impunidad de la crueldad y su repercusión en una comunidad claustrofóbica que antes era el vecindario y hoy la “aldea global” de la virtualidad, precisamente en aquella tradición de las canadienses 5150, Calle de los Olmos (5150, Rue des Ormes, 2009), de Éric Tessier, y Verano del 84 (Summer of 84, 2018), de François Simard, Anouk Whissell y Yoann-Karl Whissell. Lejos del cinismo nostálgico de los guiones de Kevin Williamson para Scream (1996), de Wes Craven, y Sé lo que Hicieron el Verano Pasado (I Know What You Did Last Summer, 1997), de Jim Gillespie, Rostros de la Muerte recupera el costado más hardcore de El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991), de Jonathan Demme, y Pecados Capitales (Seven, 1995), opus de David Fincher, sin olvidarnos de una referencia al paso a Festín de Sangre (Blood Feast, 1963), gran lugar común del cine splatter firmado por Herschell Gordon Lewis que evidentemente Goldhaber tuvo en consideración al igual que Maníaco (Maniac, 1980), clásico de William Lustig con Joe Spinell en lo que atañe al campo de los loquitos que juegan con cadáveres y maniquíes. Aquí se manejan muy bien el peligro y el dolor en primer plano, reconvertidos en fetiches de los descerebrados de hoy en día que nunca dejan de mirar sus pantallitas, y se denuncia la complicidad de los gigantes de Silicon Valley en toda esta degradación moral, cognitiva y cultural de Internet y la sociedad prosaica mundial, siempre mercantilizando y/ o difundiendo la basura con el objetivo de lobotomizar a unas masas abúlicas que a su vez todo lo banalizan comprando la patraña de que estamos frente a entretenimiento inofensivo.
La película también explora el contagio social en materia de la estupidez del ecosistema digital y un sadismo que se suele justificar, como decíamos antes, desde la curiosidad, el capricho, la indiferencia o el odio abierto a la víctima en cuestión, en lo que interviene la confusión entre verdad y mentira (punto de partida de la pesquisa de Margot) y la lógica del algoritmo de darle con creces a la gente lo que quiere (Arthur elige a sus presas con ironía como la misma Romero o una influencer bobalicona en la piel de Josie Totah, Samantha Gravinsky, o un presentador televisivo de noticias compuesto por Kurt Yue, Neal). Rostros de la Muerte contrapone sutilmente la soberbia del ámbito on line con la inoperancia de la policía y el gremio de la salud, a los que la ninfa trata de alertar incesantemente sobre el psicópata, y con la cobardía en el ecosistema material o mundano, en este caso conviene recordar la escena de la familia huyendo despavorida cuando Margot pide ayuda mientras escapa de Arthur y su rifle. Si bien el personaje de la gordinflona Ferreira resulta previsible en cuanto a su trauma y ese de Montgomery no posee background verdadero alguno ni motivación, más allá de su sed de fama o quizás su objetivo homologado a aprovechar la tendencia patológica del capitalismo a incentivar lo peor del ser humano, ambos actores están perfectos en sus respectivos papeles, ella conocida por Euphoria (2019-2026), la serie de Sam Levinson para HBO, y aquí recibiéndose de “scream queen” y él renombrado por Stranger Things (2016-2025), la serie de los hermanos Matt y Ross Duffer para Netflix, y en esta oportunidad exudando un carisma maquiavélico innegable, en suma pivotes de una faena que incluye un excelente desempeño de Gavin Brivik y Taylor Levy, respectivamente en música y edición, e incluso un inesperado cameo de Charlotte Emma Aitchison alias Charli XCX, la diva británica del hyperpop, como una más de los colegas insensibles de Romero. A diferencia de muchos thrillers posmodernos que sitúan a la sobreviviente y su testimonio como garantías de acompañamiento institucional, Rostros de la Muerte opta por poner en duda la credibilidad de la moderadora al extremo de obcecarse con las pruebas, en el relato un disco duro externo con los videos en crudo que roba de la casona del asesino. Coronada por un glorioso remate de eje satírico y circular, vía la legitimación de parte de un reino virtual que en un inicio castigó, la película mete en la licuadora una buena dosis de brutalidad y otro tanto de autoreflexión sobre las relecturas artísticas, la infame “economía de la atención” en Internet, redes sociales y plataformas y la codicia de las industrias de la información, el espectáculo y los datos privados vendidos al mejor postor, una y otra vez…
Rostros de la Muerte (Faces of Death, Estados Unidos, 2026)
Dirección: Daniel Goldhaber. Guión: Daniel Goldhaber e Isa Mazzei. Elenco: Barbie Ferreira, Dacre Montgomery, Aaron Holliday, Josie Totah, Kurt Yue, Charli XCX, Jermaine Fowler, Ash Maeda, Walker Babington, Tiffany Colin. Producción: Don Murphy, Susan Montford, Adam Hendricks y Greg Gilreath. Duración: 97 minutos.