Amarga Navidad

Fetiche necrológico otoñal

Por Emiliano Fernández

Dentro del período macabro reciente de la carrera de Pedro Almodóvar, ese que incluye a Dolor y Gloria (2019), Madres Paralelas (2021) y su debut en los largometrajes en inglés, La Habitación de al Lado (The Room Next Door, 2024), sólo es posible rescatar a Madres Paralelas porque el resto resulta insufrible en cuanto a su autoindulgencia, formalismo, repetición, levedad, conformismo y precisamente un regodeo con la muerte confundido con análisis y en ocasiones sincericidio, a esta altura uno trasnochado o más bien redundante salvo en el caso del opus de 2021 porque aportaba una novedad inesperada, la lucha de la izquierda española en materia de buscar castigo por los diversos crímenes cometidos por los falangistas/ fascistas durante la Guerra Civil (1936-1939) y por añadidura la Dictadura Franquista (1939-1975), delitos que quedaron sin juzgar por aquel pacto de impunidad en ocasión de la Transición a la Democracia (1975-1982) y su Ley de Amnistía de 1977. En su flamante propuesta y regreso a España, Amarga Navidad (2026), Almodóvar continúa sin poder salir de su burbuja burguesa y sus espejos narcisistas en los que sólo ve a un maricón viejo, inseguro y temeroso del óbito, el propio y el de terceros, para colmo aún filmando melodramas para señoras que no saben cómo conciliar del todo los protagonistas femeninos de antaño con su nueva -y muy tardía- identificación con los personajes gays fuertes y ya no decorativos, como sucedía en los comienzos y la medianía de su trayectoria, un detalle que le permite no problematizar a la homosexualidad como sus ídolos de siempre, Rainer Werner Fassbinder, Eloy de la Iglesia y John Waters, quienes sí fueron muy valientes en sus respectivas épocas al igual que el Almodóvar de la Movida Madrileña de la primavera democrática ochentosa post franquismo. La propuesta se divide en dos dimensiones, en la primera un director gay, veterano y prestigioso con bloqueo creativo y años sin filmar, Raúl (el actor argentino Leonardo Sbaraglia), en 2025 debe aceptar que su novio, Santi (Quim Gutiérrez), se transforme en su asistente porque quien ocupaba ese puesto desde hace dos décadas, la lesbiana Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), decide renunciar para acompañar a su pareja en un difícil momento ya que el hijo pequeño de esta última está agonizando por una enfermedad terminal, lo que nos lleva al segundo plano de la historia porque Raúl a su vez está escribiendo un guión acerca de una realizadora esencialmente publicitaria que dirigió dos largometrajes, Elsa (Bárbara Lennie), quien en 2004 está de novia con un bombero y stripper más joven, Bonifacio (Patrick Criado), y sufre de migrañas y ataques de pánico que la llevan a pedirle medicamentos a una amiga un tanto insoportable que está ofreciendo una fiesta muy coqueta, la oligarca cultural Gabriela (Rossy de Palma, actriz fetiche de Pedro).

 

Elsa, que sigue de luto un año después de la muerte de su madre (Gloria Muñoz), aprovecha el fin de semana largo del Día de la Constitución, una festividad no laborable que se celebra todos los 6 de diciembre por el Referéndum para la Ratificación de la Constitución de 1978, para viajar desde Madrid a una casa de descanso en la isla de Lanzarote, escapada en la que deja atrás a Bonifacio y se lleva con ella a una amiga en crisis, Patricia (Victoria Luengo), madre de un nene pequeño que acaba de descubrir que su esposo la engaña con otra mujer en París, un episodio que se cuela hacia una tercera dimensión retórica aunque en este caso tácita porque Elsa incorpora la visita de ambas a Lanzarote en un guión que no vemos en imágenes y que despierta la furia de Patricia, no dispuesta a convertirse en una ficción que se parece mucho a la realidad. Raúl, por su parte, se entera del fallecimiento del mocoso de la novia de Mónica y de inmediato agrega un último acto en el que la directora publicitaria, justo luego de la partida del personaje de Luengo, invita a otra amiga de la nada para que la acompañe en la casa con piscina de la isla, Natalia (Milena Smit), una muchacha deprimida por la muerte de su vástago en un accidente que eventualmente intenta suicidarse tomando una colección de pastillas, colofón que no tarda en ser leído por una Mónica a la que Raúl siempre recurre para conocer su opinión y que termina amenazándolo física y legalmente para obligarlo a eliminar el segmento final del relato, ese inspirado en las penurias ajenas al extremo de la vampirización. La estructura narrativa no sólo parece estéril y perdida en sí misma, incapaz de avanzar u ofrecer alguna novedad significativa, sino que este andamiaje de mamushkas/ matrioshkas discursivas resulta profundamente aburrido o poco placentero debido a que la previsibilidad es constante, la emoción genuina se esfumó y la metaficción o autoficción ya ha sido trabajada ampliamente por Woody Allen, Federico Fellini, Ingmar Bergman y el mismo Almodóvar, recientemente también presente en la genial Ficción Estadounidense (American Fiction, 2023), la odisea de Cord Jefferson con Jeffrey Wright. Latiguillos hoy cansadores como la cita fugaz a Peeping Tom (1960), de Michael Powell, el fallecimiento de la madre, la hipocondría del jet set, sus miserias románticas, familiares y profesionales o la historia dentro de una historia dentro de una historia, más una andanada de personajes en duelo o parasitándose burdamente los unos a los otros, terminan cayendo en la misma bolsa de toda esta insólita decadencia autoimpuesta que parece subdividirse en capítulos individuales -los opus previos y el que nos ocupa- que fracasan o decepcionan, sin tampoco construir en conjunto un lienzo revelador/ atractivo que justifique su existencia en esta etapa otoñal de la carrera del manchego, siempre obsesionado con la puesta en escena.

 

La música, una vez más, ocupa un lugar preponderante y ello va más allá de la referencia del título a la canción homónima de José Alfredo Jiménez, pensemos en la secuencia del striptease de Bonifacio con I’ve Seen That Face Before (Libertango), cover de Grace Jones de la composición de Astor Piazzolla, y esas escenas poco sutiles basadas en La Llorona, en la voz de Chavela Vargas, y Canción de las Simples Cosas, mega clásico de la cultura argentina de César Isella y Armando Tejada Gómez aquí en la voz de la desabrida Amaia Romero en vez de Mercedes Sosa, la última gran intérprete del folklore latinoamericano. Algunas pinceladas de comedia irónica pretenden relajar el drama rudimentario de fondo, sustentado en el egoísmo del director del estupendo Sbaraglia y los sucesivos intentos de su alter ego femenino en pos de “rescatar” primero a su amiga cornuda, Patricia, y luego a su otra amiga más joven, Natalia, angustiada por la muerte de su hijito en un accidente ignoto, lo que a su vez constituye otro espejo bastante zafio en lo que atañe al individualismo de la realizadora publicitaria ya que busca a su novio bombero/ stripper sólo en los momentos de necesidad para luego abandonarlo durante los instantes de paz o regocijo, cuando ella se transforma en una rescatista simbólica crónica y anhela salvar a hembras que padecen el accionar estereotipado del “macho malo” o el “cruel destino”, dos engranajes fatalistas tan caprichosos como los mismos protagonistas y sus circunstancias. El poderío contracultural del pasado se ha licuado a un nivel que resulta tan lastimoso como desconcertante ya que en Amarga Navidad por momentos parece que estamos frente a maniquíes sin vida o clichés de invernadero moviéndose al compás de una canción que hemos escuchado muchas veces a esta altura del partido, situación que el mismo Almodóvar reconoce en la que quizás sea la mejor secuencia del convite, aquella final de la discusión en un bar de una plaza entre el cineasta veterano y su asistente de largos 20 años, quien de hecho le escupe en la cara todo lo que la crítica de cine no obsecuente ha estado repitiendo sobre la filmografía del español de los últimos tiempos en materia de su falta de ideas novedosas, su fetiche necrológico, su frialdad disfrazada de calidez y en especial su tendencia a preocuparse muchísimo más por la presentación visual y estructural de lo narrado que por la trama en sí o el supuesto pivote de su cine, un ecosistema pasional cada día más anestesiado y nostálgico como si se tratase de un bajón a posteriori de un ataque de pánico que padece un artista privilegiado, otro de los reflejos que podrían resultar incómodos o tal vez osados en el pasado y hoy no pasan de lo mundano o patético al igual que la misma coyuntura navideña innecesaria del relato, una jugada que pretende amalgamarse a puro antojo con la composición del mexicano Jiménez.

 

Este aburguesamiento de Almodóvar podría no ser tan agudo o lacerante si no estuviese enmarcado en una crisis creativa disfrazada, precisamente, de una etapa profesional sobre una crisis creativa, donde los personajes tienen tan pocas respuestas al respecto como el mismo artífice de todo lo narrado, un señor que parece no salir nunca de la autocompasión como si todavía fuese un marginal del ámbito cinematográfico como lo fue hasta las dos trilogías de las postrimerías del Siglo XX y el comienzo de la centuria en curso, esa del melodrama rosa extasiado de Todo sobre mi Madre (1999), Hable con Ella (2002) y Volver (2006) y aquella otra cercana al thriller sobre el poder y la obsesión de La Mala Educación (2004), Los Abrazos Rotos (2009) y La Piel que Habito (2011), período que en su totalidad lo llevó al mainstream internacional y a este laberinto de prestigio decadente de hoy en día para mirarse al espejo como el Narciso de la mitología griega, en apariencia atrapado en su eterna búsqueda de autolegitimación o un afecto honesto de parte de su círculo cercano de familiares, amigos, colegas, acólitos, parejas, admiradores y esclavos apenas maquillados de ayudantes o empleados, en sintonía con Mónica, Santi y el equivalente de este último en la metaficción de Elsa, Bonifacio, espejo que por cierto no provoca el odio del personaje de Gutiérrez como sí ocurre con Patricia y Mónica. Si bien se agradece la burla explícita en diálogos a Netflix en tanto chatarra cultural que devalúa al cine bajo la triste condición de “contenido” para una usina de películas y series intercambiables y casi siempre mediocres a más no poder, por el otro lado la idea de Almodóvar en Amarga Navidad de desnudarse emocionalmente deriva en un desnudo trivial como aquellos de La Habitación de al Lado y Dolor y Gloria, el de reconocer sus propios errores o compulsiones sin lograr subsanarlos, y además el objetivo de homenajear a alguna asistente desconocida en los últimos minutos, la contraparte real de la criatura de Sánchez-Gijón, resulta tan improvisado y anticlimático como buena parte del remate con la excepción apuntada, léase la secuencia en la plaza en su enorme mayoría, una sorpresa -como decíamos con anterioridad- por el generoso grado de literalidad utilizado para explicitar los problemas que está teniendo el manchego para aportar algo nuevo sin que se sienta del otro lado de la pantalla como una versión baladí o sin vida o museística o de diseño hermético de lo mismo de siempre. A simple vista resulta obvio que mientras el director y guionista se rehúse a salir de su cárcel de oro de recursos/ manierismos invariantes, juegos narrativos entrelazados y planteos banales que simulan su propia importancia o validez, este impasse en su carrera seguirá homologado a un esquema artístico comatoso que anticipa a pura necedad el óbito del cineasta e imagina cómo será recordado cuando ya no esté más en este mundo, desvarío que sólo surge cuando se corta gran parte del contacto con un mundo real que de diminuto y tan simplificado o fatalista tiene poco, más bien ese afuera negado por la burbuja burguesa hoy está muy preocupado por un choque y una polarización que hace rato ya no vemos en la producción ficcional de Pedro, esclavo del rebuscamiento expresivo sin la destreza para bajar de su torre de cristal, apartarse de la imagen que creó de sí mismo u observar aquello que ocurre a su alrededor…

 

Amarga Navidad (España, 2026)

Dirección y Guión: Pedro Almodóvar. Elenco: Leonardo Sbaraglia, Bárbara Lennie, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo, Patrick Criado, Milena Smit, Quim Gutiérrez, Rossy de Palma, Carmen Machi, Gloria Muñoz. Producción: Agustín Almodóvar. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 5