Mortal Kombat (1992) y Mortal Kombat II (1993), ambos de la empresa estadounidense Midway y diseñados por Ed Boon y John Tobias, fueron videojuegos revolucionarios para su época que en esencia recuperaron los controles del usuario y el formato de lucha en dos dimensiones de Street Fighter II (1991), continuación de la compañía japonesa Capcom de Street Fighter (1987), para incorporar tres novedades significativas, hablamos de aquellos personajes fotorrealistas digitalizados, un gore a raudales y las archiconocidas “fatalities”, unos remates sobre adversarios ya derrotaros que en un principio de la franquicia fueron estrictamente cruentos y de a poco comenzaron a abrirse hacia inclinaciones más bizarras, absurdas, surrealistas, delirantes e incluso pacíficas. Junto con Street Fighter II, las dos primeras entregas de esta saga de Midway alargaron la vida de los arcades, por entonces atravesando una crisis por el avance del entretenimiento hogareño, y generaron millones de fanáticos en todo el mundo que adoraban romperse las cabezas con rivales cada vez más estrambóticos del ecosistema de las artes marciales, no obstante Mortal Kombat 3 (1995) y Mortal Kombat 4 (1997), este último el primero en 3D, no lograron repetir la hazaña y de a poco el revuelo alrededor de los combates, en gran medida sostenido en la controversia por la representación bien gráfica de la violencia, se fue desvaneciendo hasta transformarse en un pivote más de la nostalgia noventosa encarada desde el mayormente anodino Siglo XXI.
En pleno auge internacional de esta colección de piñas y patadas, el productor Lawrence Kasanoff consigue los derechos del videojuego de Midway y le vende el proyecto a New Line Cinema, lo que desencadena la primera y más conocida adaptación para la pantalla grande, Mortal Kombat (1995), un trasheada de Paul W.S. Anderson que resultaba muy entretenida en sus múltiples limitaciones y que con el tiempo desencadenaría las otras traslaciones a cargo del británico desde las consolas al cine, léase Resident Evil (2002) y Monster Hunter (2020). Después de Mortal Kombat: Annihilation (1997), desastrosa obra de John R. Leonetti, y de la fagocitación de New Line Cinema por parte de Warner Bros. Pictures desde 2008, la posibilidad de una tercera parte se desvaneció y con el tiempo mutó en un reboot que quedó bajo el control de la productora de James Wan, Atomic Monster, apuntamos a Mortal Kombat (2021), ópera prima de un australiano de estirpe publicitaria, Simon McQuoid, que aumentó el nivel del gore con respecto al opus timorato de Anderson -por lo menos en ese rubro- y que sobre todo entregó una “solución negociada” entre los CGIs omnipresentes de nuestros tiempos y el sadismo paradigmático de la seguidilla de videojuegos, sin embargo la propuesta era muy larga, los personajes exudaban idiotez y la originalidad brillaba por su ausencia, defectos que se pretendían subsanar con un estupendo diseño de producción y una microscópica historia que contextualice las peleas en secuencia.
Como estamos hablando de propuestas repletas de clichés y direccionadas en un cien por ciento a un público muy pero muy específico aunque de alcance mundial, no es de extrañar que el “fan service” opere fuerte en Mortal Kombat II (2026), una secuela también bajo el control de Wan y McQuoid, al punto de incorporar aquello que el opus de un lustro atrás insólitamente no ofrecía, el mega torneo en sí del título, todo por supuesto desde el mismo amasijo de referencias de siempre de la franquicia en línea con el kitsch de Masters of the Universe (1987), de Gary Goddard, y Big Trouble in Little China (1986), delirio de John Carpenter, más el cine hongkonés de acción de directores como John Woo, Tsui Hark y Ringo Lam y el carisma de estrellas heterogéneas como Bruce Lee, Jackie Chan y Chow Yun-fat, sin olvidarnos de ese período de popularidad del belga Jean-Claude Van Damme durante los años 80 y 90. En Mortal Kombat II el villano, Shao Kahn (Martyn Ford), es traicionado por su hija adoptiva, Kitana (Adeline Rudolph), ninfa que lo detesta por haber asesinado a su padre y tomado posesión de su reino, Edenia, por ello trabaja para el capo de los buenos, Lord Raiden (Tadanobu Asano), el cual a su vez prepara a cinco campeones para el torneo en función de esta lotería cósmica en la que se juega el destino del universo, Sonya Blade (Jessica McNamee), Liu Kang (Ludi Lin), Jax Briggs (Mehcad Brooks), Cole Young (Lewis Tan) y Johnny Cage (Karl Urban), actor olvidado y flamante incorporación.
Más allá de la competencia entre el Outworld de Kahn y el Earthrealm de Raiden, Mortal Kombat II se preocupa por pulir los chistecitos fugaces de cultura pop, recurrir a muchos viajes electrificados modelo Terminator (1984) y Terminator 2: Judgment Day (1991), ambas de James Cameron, y acercar al histórico Cage, personaje inspirado en Frank Dux (Van Damme) de Bloodsport (1988), el exitoso film de Newt Arnold, hacia una lectura satírica de Wolverine (Hugh Jackman), de la saga de los X-Men, aunque sin dejar de lado un sustrato de parodia para con Hollywood -desde Tom Cruise a Sylvester Stallone- vía la escena de presentación de la criatura del neozelandés Urban, efectivamente una secuencia ridícula de un VHS con la súper acción de fines del Siglo XX. El guión de Jeremy Slater pocas veces consigue lo que se propone, eso de balancear peleas, desarrollo de personajes y melodrama folletinesco, y si bien las truculencias vinculadas al cine de horror de la película previa se mantienen y el diseño de producción continúa en un muy buen nivel, combinando lo medieval, el gótico, la fantasía oscura y el orientalismo en general, el combo sigue sin poder maquillar la idiotez de la premisa de base -o la falta de algo parecido a una trama- y sinceramente cansa la tendencia a resucitar en espiral a campeones muertos y sobreexplotar la inmortalidad de Kahn, redondeando un producto muy poco memorable o interesante en materia de los combates y el refrito de aquella “espada y brujería” de Robert E. Howard…
Mortal Kombat II (Estados Unidos, 2026)
Dirección: Simon McQuoid. Guión: Jeremy Slater. Elenco: Karl Urban, Mehcad Brooks, Adeline Rudolph, Martyn Ford, Jessica McNamee, Ludi Lin, Tadanobu Asano, Lewis Tan, Josh Lawson, Tati Gabrielle. Producción: James Wan, Simon McQuoid, Todd Garner, E. Bennett Walsh y Toby Emmerich. Duración: 116 minutos.