A la enorme mayoría de los directores y guionistas argentinos del Siglo XXI se les notan los hilos del mainstream o de las aspiraciones de llegar a esa “gran industria” prácticamente desaparecida porque lo único que queda es un oligopolio productivo lastimoso subsidiario de los servicios de streaming y chatarra semejante de raigambre televisiva hollywoodense, precisamente un esquema de impronta siempre imperialista que todo lo formatea hacia la mediocridad de Netflix o Disney como si estuviésemos hablando de plantillas que llegan desde el norte y eliminan cualquier eje cultural autóctono, rasgos todavía muy presentes a pesar de la crisis de la globalización y sus múltiples ruinas comerciales, morales e incluso comunicacionales. Problemas conectados son el conservadurismo oscurantista del público, la idiotez de la crítica de cine argenta -cuanto más fácil es acceder al conocimiento y el arte, menos compromiso y rigurosidad intelectual de por medio- y la poca o nula cinefilia en todo el circuito en general, nuevamente con los realizadores y los que escriben las historias llevándose la peor parte, aquella correspondiente a la torpeza y uniformidad al momento de la concepción de los films en términos prácticos, detalle que a su vez tiene que ver con el carácter mercenario de los susodichos y la ideología marketinera de la corrección política o su contraparte, el populismo de la “no ideología”, planteo que por supuesto también es una ideología que se juega por la complicidad sumisa desde la abulia. Sin embargo el espectro de cineastas en actividad puede sistematizarse a nivel de los lugares comunes y va desde la izquierda de Benjamín Naishtat y el centro de Santiago Mitre hasta la derecha de payasos como Juan José Campanella y Marcos Carnevale y la extrema derecha de Mariano Cohn y Gastón Duprat, quienes de repente se convirtieron en los realizadores oficiales del mileismo gracias al bodrio Homo Argentum (2025), al igual que el anodino Guillermo Francella mutó en el actor por antonomasia del régimen hambreador, corrupto y represor de Javier Milei.
Retomando muchísimo de la meticulosidad, el núcleo sensible y el ascetismo expresivo de la Generación del 60 y el Nuevo Cine Argentino de los 90, dos períodos vernáculos que se tocan a escala espiritual, La Noche Está Marchándose ya (2025), maravillosa ópera prima de los directores y guionistas cordobeses Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, el primero con pasado de director de fotografía y el segundo sobre todo de editor, funciona por un lado como una suerte de versión meditabunda de Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso, 1988), aquel neoclásico de Giuseppe Tornatore, y por el otro lado como un antídoto y un ataque contra las políticas de desfinanciamiento crónico de la mafia mileista, enquistada en el poder estatal para privilegiar los intereses de los sectores minero, financiero, petrolero y agropecuario más concentrado mientras que el comercio, la industria, la construcción y el ecosistema artístico, gremios que sí generan empleo y un mínimo bienestar entre las masas pauperizadas por el capitalismo salvaje, caen estrepitosamente hasta el subsuelo de su capacidad, sin perspectiva de desarrollo. Rodada en un bello blanco y negro bressoniano en función de su paciencia y su fetiche para con los detalles, como esos billetes que así como entran rápidamente se van, la trama gira alrededor de Peluca (Octavio Bertone), un joven proyectorista desde 2012 del Cine Club Municipal de la capital de la Provincia de Córdoba que por los recortes y la asfixia presupuestaria del mileismo debe renunciar a su cargo y dejarse recontratar en el mismo lugar como guardia nocturno de seguridad, catalizador para maratones cinéfilas en la sala con un cuidacoches de la zona, José (Rodrigo Fierro), y para algunas estrategias de supervivencia como eso de sustraer comida y cerveza del bar, dormir durante el día en el edificio, vender libros repetidos de la biblioteca y dejar transmitir en vivo videos pornos desde las instalaciones a una amiga que vive de su cuenta en OnlyFans, Valeria (Juana Oviedo), todo debido a los míseros 250 mil pesos del sueldo del muchacho.
Con cierto manto de ironía sutil, pensemos que Peluca es un seudónimo que le calza como anillo al dedo a un pelado y que el título en sí de la propuesta remite al estribillo de una canción de José Luis Perales, ¿Qué Pasará Mañana? (1982), que pondera una buena dosis de optimismo ante un futuro que no puede ser peor que la devastación e imbecilidad que nos rodea, la película va más allá de la precarización del protagonista, la falta de vivienda y trabajo digno de José -además demonizado y perseguido por la policía y la lacra dirigente en campaña- y el sustrato prostibulario e inestable de la “economía de las plataformas” de Valeria, ninfa que gana dinerillo en dólares pero es esclava de generar “contenido” todo el tiempo para OnlyFans, porque la odisea cordobesa que nos ocupa asimismo incluye un abanico ecléctico de actitudes y/ o situaciones como por ejemplo la del otro proyectorista, un partidario relativo del egoísmo, la de la encargada del bar, una mujer bastante naif que en serio piensa que Peluca pagará las cervezas que saca de la heladera, la del amigo con el que el personaje de Bertone alquilaba una casa antes de que los echasen por falta de pago, sujeto que es despedido de su trabajo en un comercio por bajas ventas y le ofrece mudarse al hogar de su madre, y finalmente la de ese jefecito impresentable del cine club, Alberto (Pablo Limarzi), el único verdaderamente tranquilo porque es el único que conserva su puesto cuando desde las cúpulas municipales deciden cerrar el lugar para unas refacciones a la espera de “inversores privados” para convertir la sala en un complejo multisalas, vieja patraña/ excusa destinada al abandono, el remate o la especulación inmobiliaria modelo gentrificación posmoderna. El descubrimiento de Peluca de una puerta hacia un subsuelo, léase las instalaciones del edificio público que conducen hacia el sistema de drenaje de la metrópoli, es una linda metáfora sobre la interconexión comunal al igual que los lazos de turno con los homeless amigos de José y con la misma Valeria, su claro objeto del deseo.
En la pantalla la nocturnidad aparece como un espacio de liberación polimorfo, tanto sexual y laboral como existencial y cultural, en este último caso por el clasicismo de Peluca como programador o su crítica tácita a los mamarrachos del mainstream pero también el indie del nuevo milenio, algo que se condice con la idiosincrasia del propio film en su conjunto y su afán contracultural al citar escenas concretas de joyas como Los Tallos Amargos (1956), de Fernando Ayala, Un Día en el Campo (Une Partie de Campagne, 1946), de Jean Renoir, Fueros Humanos (Man’s Castle, 1933), de Frank Borzage, Nobleza Obliga (Ruggles of Red Gap, 1935), de Leo McCarey, El Hombre Equivocado (The Wrong Man, 1956), de Alfred Hitchcock, y Buenos Días (Ohayô, 1959), de Yasujirô Ozu, entre otras obras. Frente a la crueldad, el saqueo, la ignorancia, el cipayismo y la mitomanía neoliberal de toda la basura mileista y sus acólitos descerebrados de la alta burguesía, los medios de comunicación y las redes sociales, La Noche Está Marchándose ya opone la solidaridad de los marginados y las bases populares a través de pequeños gestos, en especial compartir el último cigarrillo del paquete, tirarse unos pedos colectivos inspirándose en Buenos Días y aquello de prestar el celular para una declaración romántica vía un mensaje de voz, justo como hace Peluca con uno de los linyeras, Fabián (Fabián Costa), muy deseoso de comunicar su amor a una tal Mechi, sin olvidarnos de la obsesión de José con ver el final de Fueros Humanos, placer artístico saboteado por su somnolencia, y la sonrisa del pelado a raíz del célebre monólogo de Charles Laughton en Nobleza Obliga citando aquel Discurso de Gettysburg de 1863 de Abraham Lincoln, centrado en la Guerra Civil y la necesidad de un “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. El desenlace, sustentado en la ocupación del edificio por parte de sus trabajadores, refuerza la obligación de contraatacar al enemigo psicopático y de militar, defender y habitar la cultura y nuestra nación en este tiempo aciago, pesadillesco…
La Noche Está Marchándose ya (Argentina, 2025)
Dirección y Guión: Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini. Elenco: Octavio Bertone, Rodrigo Fierro, Juana Oviedo, Pablo Limarzi, Fabián Costa, Alejandro Álvarez, Martín Emilio Campos, Juan Redondo, Eva Bianco, Rubén Gattino. Producción: Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini, Magdalena Schavelzon, Pablo Piedras, Ana Lucía Frau y Eva Cáceres. Duración: 105 minutos.