El noruego André Øvredal hasta no hace mucho tiempo constituía una promesa del cine de género internacional porque luego de una ópera prima lastimosa codirigida junto a Norman Lesperance, Asesinato del Futuro (Future Murder, 2000), el señor entregó dos joyas que nadie esperaba, Trollhunter (Trolljegeren, 2010) y La Morgue (The Autopsy of Jane Doe, 2016), sin embargo a posteriori no ha dejado de decepcionar ni por un segundo salvo por la simpática Historias de Miedo para Contar en la Oscuridad (Scary Stories to Tell in the Dark, 2019), colaboración con Guillermo del Toro que supera por mucho a Mortal (Torden, 2020), Drácula: Mar de Sangre (The Last Voyage of the Demeter, 2023) y la flamante El Pasajero del Diablo (Passenger, 2026), esta última una versión semi fantasmal del camión misterioso de Reto a Muerte (Duel, 1971), de Steven Spielberg, el homicida en serie de El Asesino de la Carretera (The Hitcher, 1986), de Robert Harmon, aquellos secuestradores de Sin Rastro (Breakdown, 1997), de Jonathan Mostow, la venganza de Frecuencia Mortal (Joy Ride, 2001), de John Dahl, el demonio hecho y derecho de Jeepers Creepers (2001), de Víctor Salva, el sheriff corrupto de Coche Policial (Cop Car, 2015), de Jon Watts, y el francotirador bien sádico de Blanco Perfecto (Downrange, 2017), film de Ryûhei Kitamura.
El guión del debutante T.W. Burgess y un socio ocasional, ese Zachary Donohue conocido por haber escrito y dirigido The Den (2013), aquel found footage modelo screenlife sobre cine snuff, nos presenta una road movie sobre una parejita que pretende viajar eternamente por las carreteras de yanquilandia en una camioneta acondicionada con cocina, Maddie (Lou Llobell) y Tyler (Jacob Scipio), sueño nómada que se corresponde al anhelo del varón pero no tanto de la mujer, quien después de varias semanas en el camino descubre que no puede adaptarse a ese estilo de vida. En una noche son testigos de un accidente y cuando se detienen para ayudar terminan desencadenando el acoso de una entidad espectral de corte demoníaco llamada El Pasajero (Joseph López), villano que marca los vehículos con tres rayones semejantes a garras para asesinar a sus ocupantes y saltar a las siguientes víctimas sobre ruedas. Por supuesto que la mujer sufre el hostigamiento fantasmal reglamentario antes que su prometido, por ello Maddie entra en contacto con nuestra infaltable “figura del saber” en una reunión improvisada de otras furgonetas de existencia nómada, hablamos de Diana Marsh (Melissa Leo), veterana que la insta a no viajar de noche y en el caso de tener que hacerlo jamás detenerse por nada, consejos/ reglas que por cierto llegan un poco tarde.
Algunas escenas de suspenso son relativamente eficaces como la del estacionamiento, la del bosque con la proyección de La Princesa que Quería Vivir (Roman Holiday, 1953), de William Wyler, y el desenlace en dirección hacia la iglesia en medio del desierto, y en este sentido se agradecen la perspectiva humanista, el intento de desarrollo de personajes y la utilización de una iconografía cristiana en parte alternativa -para el promedio del horror zafio contemporáneo- vinculada a Cristóbal de Licia, el santo patrón de los viajeros, y a la contraparte diabólica que nos ocupa, sin embargo la trama resulta demasiado previsible, el influjo romanticón edulcorado ocupa demasiado metraje y honestamente los jump scares no llegan a insultar la inteligencia del espectador pero tampoco deslumbran por su osadía o desenfreno, en muchas ocasiones sintiéndose en el rango de los sobresaltos automatizados del mainstream más rancio del Siglo XXI. Llobell y Scipio están bastante bien aunque sus personajes son estereotipados a más no poder, como decíamos antes, no obstante por lo menos el hombre le cree a la fémina casi desde el vamos y así rompe el cliché cansador del terror hollywoodense y acólitos de todo el globo en materia del testigo poco confiable, un latiguillo quemado al igual que la figura del saber de Leo aclarando el trasfondo del peligro.
A pesar de que la sencillez ideológica todo lo cubre, la película se las ingenia para suscribir al relativismo cobardón estadounidense ya que por un lado denuncia que la fuga del varón de la realidad tiene los días contados, ansia de comodidad burguesa de por medio que anula cualquier idealismo de anclaje sesentoso/ setentoso, y por el otro lado le pega también al conservadurismo de la muchacha, ese que coquetea con la posibilidad de viajar durante el resto de la vida para luego volver al miedo y la necesidad de refugio de siempre, sin duda los pivotes sobre los que se sostienen la posmodernidad y su incapacidad de imaginar un mundo distinto con respecto al que nos ofrece el capitalismo salvaje del nuevo milenio. El esquema identitario del film se vincula en un cien por ciento a la Clase B ochentosa pero desde la óptica castrada e higiénica de nuestros días, léase sin erotismo o verdadera sangre, detalle que pone el acento en un andamiaje retórico hiper redundante aunque noble que carece de sus principales condimentos de otra época menos preocupada por agradar a todo el mundo y más interesada en satisfacer al público objetivo del horror, muy amigo de una sensualidad freak y unas emociones fuertes que aquí brillan por su ausencia más allá de las buenas intenciones y la estructura respetuosa apuntada, cuya literalidad poco entusiasma…
El Pasajero del Diablo (Passenger, Estados Unidos, 2026)
Dirección: André Øvredal. Guión: Zachary Donohue y T.W. Burgess. Elenco: Lou Llobell, Jacob Scipio, Melissa Leo, Joseph López, Miles Fowler, Alan Trong, Devielle Johnson, James William Clark, Tony Doupe, Charles Leggett. Producción: Gary Dauberman y Walter Hamada. Duración: 94 minutos.