Desde su publicación El Extranjero (L’Étranger, 1942), de Albert Camus, su obra más conocida y una de las máximas expresiones del existencialismo francés, se ha convertido en un clásico que ha traspasado las fronteras de su país para llegar a todo el mundo, ofreciendo una profunda alegoría sobre el nihilismo en plena Segunda Guerra Mundial. A pesar de su popularidad, no había una adaptación cinematográfica francesa de la novela, dado que los únicos intentos hasta el emprendimiento de François Ozon eran el de Luchino Visconti con Lo Straniero (1967), protagonizada por Marcello Mastroianni como Meursault, y una versión turca, Yazgı (2001), dirigida por Zeki Demirkubuz.
A diferencia de la novela y de los largometrajes anteriores, recuperando el espíritu revolucionario de Albert Camus, Ozon comienza la película con una pieza documental típica para cines de la década del treinta del Siglo XX sobre los cambios acaecidos a partir de la colonización en la capital de Argelia, Argel, especialmente a nivel arquitectónico, comparando la precariedad de las construcciones de la Casba, el casco antiguo de la ciudad, con los monumentales edificios franceses y la apertura de las avenidas, bulevares y arterias urbanas varias, ensalzando los beneficios de la colonización europea para la capital argelina y sus habitantes. Esa voz glorificadora de la cultura civilizada se funde con las imágenes de las pintadas del Frente de Liberación Nacional argelino en las paredes, haciendo alusión a los conflictos independentistas que surgirían unos años más tarde.
Con un ritmo cansino y clasicista, Ozon presenta al protagonista de su fábula social, Meursault (Benjamin Voisin), al ingresar a la cárcel. Increpado por un árabe a explicar por qué ha sido detenido, el apático joven argelino de origen francés declara que ha matado a un árabe. Con este comienzo, el realizador responsable de películas como 8 Mujeres (8 Femmes, 2002) y Frantz (2016) intenta poner en juego el mismo dispositivo de Albert Camus en una búsqueda de la quintaesencia del nihilismo a partir de acontecimientos de la vida cotidiana que llevan a un hombre común a cometer un crimen tan absurdo como injustificado.
Siguiendo la trama de la novela, Meursault, un joven desapegado de los afectos y la familia, recibe la noticia de que su madre ha muerto en un asilo en las afueras de Argel. Luego de llamar para avisar a su trabajo y solicitar una licencia para encargarse de los trámites burocráticos, acude al velatorio y posteriores exequias. El resto de la película sigue en términos generales el relato de Camus alrededor de la indiferencia del protagonista ante todas las situaciones que conforman su vida. Lo que parece taciturnidad y retraimiento se revela indolencia y apatía, pero detrás de las apariencias hay un trasfondo filosófico al que el protagonista se aferra. Posteriormente, Meursault inicia una relación con Marie (Rebecca Marder), a partir de un reencuentro casual en un balneario porque la mujer se siente atraída hacia él, no transmite a su superior ningún tipo de interés ante la propuesta de su jefe de enviarlo a París como responsable de una filial en la capital francesa, no hace ni dice nada ante el maltrato que su vecino, Salamano (Denis Lavant), le propina a su pobre perro sarnoso ni demuestra empatía ante la desesperación del hombre cuando el animal se extravía. Tampoco cuando su otro vecino, el salvaje proxeneta Raymond Sintès (Pierre Lottin), golpea a su amante. Su displicencia por todo, el pasado, el presente y el futuro, la muerte de su madre, la posibilidad de casarse o de mejorar su posición laboral y el asesinato del árabe, parece la marca de un carácter maleable pero en realidad es un síntoma de algo más profundo que anida en el corazón de toda la sociedad.
En la segunda parte de la película y de la novela el proceso judicial revela que el juicio es más un evento social y teatral que un asunto jurídico, en el que el personaje se aferra a su posición y la sociedad lo condena por ser un elemento subversivo para el conjunto, ya que no siente arrepentimiento por su crimen ni intención de llorar la muerte de su madre. Tampoco hay un esbozo de justificación de sus actos. La posición de Meursault va incluso más allá de una confrontación. Su indiferencia es una afrenta a las convenciones dado que ni siquiera es un monstruo, es un hombre al que al igual que Bartleby, el personaje del escritor estadounidense Herman Melville que enuncia ante cualquier proposición que preferiría no hacerlo, nada lo conmueve, por lo que su violencia es un acto simbólico contra la moral burguesa. Su sinceridad es más nociva para el colectivo social burgués que el asesinato, que durante el juicio pasa a un segundo plano.
Toda la sociedad, el abogado, sus amigos, le exigen a Meursault que se sume a su forma de ver el mundo, aunque sea solo para salvarse, y ven en su apatía a un hombre perdido. Pero en su dejadez el protagonista se aferra a un colonialismo francés incapaz de ver sus crímenes, a una condición humana que nos convierte a todos en culpables de un estado del mundo alarmante, de genocidios y matanzas acaecidos y por venir. Al igual que Camus, Ozon presenta a Meursault no solo como un personaje que prefiguró los crímenes del fascismo y la irracionalidad de la guerra iniciada por el nazismo, sino también como un paradigma del sujeto que se pretende fuera de las ideologías pero en realidad es el producto de una barbarie que se perpetúa.
Siguiendo el estilo aparentemente simple y directo de la obra de Camus, esquema que en realidad encierra un complejo dilema filosófico, Ozon logra recrear aquí el contexto y la idiosincrasia de un hombre profundamente nihilista para el cual la vida es un gran absurdo, un sinsentido, siguiendo el pensamiento filosófico de Friedrich Nietzsche, para revelar que allí es donde reside la libertad. En el caso de El Extranjero, el protagonista, imbuido por la opresión colonialista y por el odio que esa situación genera entre los franceses y los árabes, toma una decisión producto de su falta de empatía y solidaridad, lo que le impide vivir en sociedad. Este permanente estado de desidia genera una contradicción en la que por un lado disfruta de la compañía de Marie y de su relación, pero a la vez sabe que disfrutaría estando con cualquier otra mujer en una situación similar y que la chica es simplemente la que ocupa un lugar que podría ocupar cualquier otra.
El director de fotografía Manuel Dacosse realiza una gran labor en esta adaptación filmada en blanco y negro para situar la película en la década del treinta y afirmarse sobre la crudeza de la posición del protagonista y su discurso sin ningún detalle que distraiga, sin matices. La alienación del personaje de las emociones simbólicas y su vínculo con lo sensorial, el sexo, el calor, el cansancio y el sueño, más su embotamiento debido a esos estímulos, son retratados por Ozon con sumo realismo, buscando transponer el texto a la imagen para encontrar un sentido a tanta abulia.
Acertadamente, una de las diferencias que Ozon establece con la novela, en un guión escrito en colaboración con Philippe Piazzo, reside en que los árabes, aunque reducidos a su mínima expresión, tienen voz: intiman al protagonista a declarar por qué ha sido arrestado, le anuncian a Marie que a nadie le importa el joven asesinado y ponen la tumba en la playa como un símbolo de una resistencia silenciosa, declarando que la víctima no es anónima.
La versión cinematográfica de Ozon hace hincapié en la posición filosófica nihilista del protagonista, su experiencia total del presente, coronada por su rechazo a cualquier visión trascendental en su enfrentamiento con el sacerdote que lo conmina a arrepentirse ante el cadalso. Lo que subyace es la pregunta filosófica por la libertad que Camus se realizaba siguiendo los textos de Friedrich Nietzsche, la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty y el existencialismo de Jean-Paul Sartre, ideas en plena ebullición en los círculos filosóficos franceses de la década del cuarenta del Siglo XX. A diferencia de las adaptaciones anteriores, Ozon recrea con gran detalle la escena del asesinato, la relación con Marie, las conversaciones, el calor sofocante y los días interminables, cambiando un poco los argumentos de los testigos en el juicio pero manteniendo el espíritu de la obra y la falta de remordimiento del protagonista por el irracional e inmotivado crimen, planteo que acentúa la vacuidad de la vida cotidiana a través de la indolente percepción del protagonista. Lo que para unos tiene un significado, otorga una razón para vivir, no lo tiene para Meursault, que se aferra hasta el final a sus convicciones, a su nihilismo positivo.
El Extranjero (L’Étranger, Francia, 2025)
Dirección: François Ozon. Guión: François Ozon y Philippe Piazzo. Elenco: Benjamin Voisin, Rebecca Marder, Pierre Lottin, Denis Lavant, Swann Arlaud, Mireille Perrier, Christophe Malavoy, Nicolas Vaude, Jean-Charles Clichet, Hajar Bouzaouit. Producción: François Ozon. Duración: 122 minutos.