Una de las columnas vertebrales de la niñez masculina ochentosa fue Amos del Universo (Masters of the Universe), aquella franquicia de juguetes de la empresa Mattel, a mitad de camino entre lo medieval y la ciencia ficción, que nace en 1982 y pronto salta hacia una legendaria serie animada de Filmation, He-Man y los Amos del Universo (He-Man and the Masters of the Universe, 1983-1985), y luego a una película, He-Man y She-Ra: El Secreto de la Espada (He-Man and She-Ra: The Secret of the Sword, 1985), antología de los cinco primeros episodios de una serie animada adicional que apuntaba al público femenino, She-Ra: Princesa del Poder (She-Ra: Princess of Power, 1985-1987), todo formando parte de una idea argumental muy sencilla -sostenida también en los minicomics que venían con los muñecos- alrededor de una lucha entre el bien y el mal, representados en el musculoso He-Man y el cadavérico Skeletor, en el planeta Eternia, la cuna de una magia y una fantasía mitológicas que permitían el diseño de vanguardia de los juguetes en función de los rasgos y las habilidades de cada personaje. La saga iría a parar al abismo comercial hollywoodense gracias a una propuesta en live action muy floja dirigida por Gary Goddard y producida por la Cannon Films de Menahem Golan y Yoram Globus, Amos del Universo (Masters of the Universe, 1987), faena en suma recordada por el gran desempeño de Frank Langella como Skeletor, por la pobreza actoral de la superestrella sueca Dolph Lundgren como He-Man y por la desafortunada idea de trasladar la acción desde Eternia a nuestra aburrida realidad, amén de una retahíla de desviaciones con respecto al ABC de la franquicia que espantaron a buena parte del público y condenaron sin más al convite en la taquilla de todo el globo.
A posteriori de una infinidad de directores, guionistas y estudios/ distribuidores/ compañías productoras que desfilaron en el mainstream desde la cancelación de la secuela del opus de Goddard, proyecto que de todos modos estaba avanzado y por ello se transformaría en un vehículo para el actor y karateca belga Jean-Claude Van Damme, Cyborg (1989), aquella trasheada de Albert Pyun que sí resultaría muy exitosa, por fin tenemos un reboot de la pata cinematográfica de la saga de la mano de Amazon MGM Studios y el realizador Travis Knight, hablamos de Amos del Universo (Masters of the Universe, 2026), producto cercano a la mediocridad de Barbie (2023), odisea de Greta Gerwig basada en la muñeca creada por Ruth Handler para Mattel, y por suerte lejano en relación a los bajos fondos cualitativos de las franquicias que empezaron con Transformers (2007) y G.I. Joe: El Origen de Cobra (G.I. Joe: The Rise of Cobra, 2009), bodrios respectivamente de Michael Bay y Stephen Sommers inspirados en los juguetes de la multinacional Hasbro. Knight, responsable de la simpática Kubo y la Búsqueda del Samurái (Kubo and the Two Strings, 2016) y la hiper soporífera Bumblebee (2018), esta última parte constituyente de la franquicia Transformers, apuesta al fundamentalismo en cuanto a la historia porque ahora el Príncipe Adam (Artie Wilkinson-Hunt de niño y Nicholas Galitzine cuando adulto), vástago de los gobernantes de Eternia, el Rey Randor (James Purefoy) y la Reina Marlena (Charlotte Riley), debe exiliarse en la Tierra cuando el tremendo Skeletor (Jared Leto), señor azulado con el cráneo a la intemperie como cara, hace de las suyas y de repente toma posesión de la capital del planeta, Eternos, imponiendo una dictadura que se parece a la nueva derecha tontita actual.
El muchacho está destinado a convertirse en el hombre más poderoso en el universo, He-Man, invocando al Castillo de Grayskull, núcleo de la fuerza de Eternia, al alzar la Espada del Poder y vociferar “¡Por el poder de Grayskull, yo tengo el poder!”, sin embargo en el periplo hacia la Tierra a través de un portal que abre la guardiana del castillo, Sorceress (Morena Baccarin), Adam extravía la espada y durante quince años se dedica a buscarla mientras, en su adultez, trabaja en el departamento de Recursos Humanos de una compañía repugnante de Oklahoma City. Por supuesto que eventualmente recupera el objeto mágico y regresa a Eternia gracias a una amiga de sus tiempos mozos, Teela (Camila Mendes), a su vez la hija adoptiva de un general caído en desgracia de las tropas del otrora rey, Duncan alias Man-At-Arms (Idris Elba), todo un planteo que desencadena la cruzada del bando de los buenos para expulsar del poder al tiránico Skeletor y su mano derecha, la hechicera Evil-Lyn (Alison Brie), y su lugarteniente favorito, Trap Jaw (Sam C. Wilson), sujeto con mandíbulas de metal y un brazo mecánico con diferentes armas. Esta flamante Amos del Universo pretende mantener el espíritu pedagógico de la serie televisiva animada original y su inclinación a meter en la misma bolsa al público adolescente y a los niños pequeños más ingenuos, por ello hay violencia y algunas maldiciones pero nada demasiado subido de tono, algo que no ocurría por ejemplo en Robotech (1985), Mazinger Z (Majingâ Zetto, 1972-1974) o ThunderCats (1985-1989), otros clichés de la animación que se consumía -a veces muy en diferido- en aquella época en América Latina y también yanquilandia aunque dirigidos principalmente a los púberes más grandecitos o a los preadolescentes en adelante.
Más que no tomarse en serio a sí misma, jugada relativamente valiosa tratándose de una obra fantástica volcada explícitamente al mercado pueril de antaño, la película aprovecha la ridiculez del asunto al reinterpretar el trasfondo sermoneador -de consejero amigo de las moralejas para purretes- de aquel He-Man dibujado, hoy un muchacho inseguro y siempre tendiente a tratar de resolver los problemas con el diálogo y no con el monólogo de casi toda la humanidad egoísta del Siglo XXI, detalle bienintencionado de impronta ecuánime y sensata que desde la perspectiva del relato se homologa al complejo de inferioridad o baja autoestima del protagonista en su versión prosaica, nuestro Adam, a quien de niño en la corte bombardearon con la estampa del “hombre fuerte” que debe alejarse de los debiluchos porque lo cercano a lo femenino es vulnerable y degradante. La primera transformación en He-Man se siente prematura, sin que el viaje de iniciación esté completo, los personajes secundarios no están explotados en un cien por ciento, algunos incluso formando parte de un difuso telón de fondo, la duración en general resulta bastante excesiva, pudiéndose haber eliminado tranquilamente una media hora de metraje, y finalmente el dejo cómico -entre lelo/ inofensivo y autoindulgente- tiende a sabotear las escenas de pretendida entonación dramática, inconveniente que se repite sin cesar durante esa segunda mitad del metraje que además podría haber incluido el devaneo romántico entre el adonis y su interés histórico del corazón, Teela, la cual por cierto tiende a robarse las escenas en las que interviene porque hay un buen trabajo de casting en materia de garantizar la química entre ambos actores en una película que carece de la valentía para hacer algo al respecto, ya sea romántico o épico.
Por suerte el CGI cumple con dignidad, las secuencias de acción están bien coreografiadas, los diseños circenses de personajes respetan a los originales de los años 80 y la gesta no cae en la autoparodia o ese cinismo de mucho cine nostálgico contemporáneo que al no poder recrear el conservadurismo esperpéntico y semi naif del reaganismo opta por engolosinarse con la soberbia del pastiche o con las payasadas de la espiral metadiscursiva infinita, en esta oportunidad muy atenuada porque los instantes humorísticos en su mayoría están bien insertados, sólo tenemos una referencia al film previo -cameo paternalista de Lundgren de por medio- y el soundtrack se limita a refritar tres lugares comunes y no más, léase Boys Don’t Cry (1980), de The Cure, Princes of the Universe (1986), de Queen, y una serie de solos de guitarra de parte de Brian May, todos incluidos en la música compuesta por Daniel Pemberton. Se agradece la secuencia surrealista de los últimos minutos, cuando Skeletor obliga a Adam a pasearse por el gimnasio, una cita romántica y la oficina alienante donde trabajaba en la Tierra, para terminar en una “revelación” en su departamento sobre la fuente interior de la fortaleza de Eternia, no obstante la propuesta jamás logra del todo superar su propia medianía en los terrenos aquí interconectados de la comedia, el coming-of-age y la epopeya de aventuras vinculada a los superhéroes, la space opera, el cine de acción y la espada y brujería más kitsch de Flash Gordon (1980), de Mike Hodges, Conan, el Bárbaro (Conan, the Barbarian, 1982), de John Milius, Highlander (1986), de Russell Mulcahy, Willow (1988), de Ron Howard, y desde ya la previa Amos del Universo, espejo en el que la obra de Knight gusta mirarse porque coquetea con la posibilidad de volver a cometer el error de centrarse en nuestra realidad para poco después mutar en un periplo colectivo de emancipación símil El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 2001-2003), de Peter Jackson, aunque enmarcado en lo lúdico e inocente sin pretensiones de grandes discursos de ningún tipo. El protagonista inglés, treintañero y hasta hoy especializado en comedias románticas, Galitzine, navega con sorprendente comodidad el trasfondo heterogéneo del campeón de Grayskull y una trama muy literal, al igual que la culona hermosa de Mendes, una Brie apropiadamente villanesca y ese Idris Elba que le saca partido a la reconversión de Man-At-Arms de guerrero curtido en un borracho que vomita y se mea encima, no obstante poco queda de la actuación de Leto bajo tanta fanfarria digital sobre el rostro de Skeletor y tampoco se permite brillar al corcel felino, Cringer alias Battle Cat (voz de Tom Wilton), apareciendo en todo su esplendor en el final justo como Orko (Christopher Ragland), el mago y bufón de la corte, y la casi olvidada Princesa Adora alias She-Ra (Lauren Saliu), la hermana gemela o acepción rosa del héroe. Resulta loable la idea de ofrecer melancolía respetuosa y un desarrollo de personajes en serio modelo cine familiar de los 80 y 90, con el timón apuntando a la sensibilidad grotesca masculina, pero el film se entrega al piloto automático en un larguísimo segundo acto que es intercambiable con respecto a cualquier bildungsroman o fábula de aprendizaje de la retahíla de bodrios del ecosistema marveliano y semejantes, lo que no quita que algunos chistes funcionen, los personajes principales sean en parte queribles y la génesis en general de He-Man apueste a un naturalismo escalonado bastante atractivo para el promedio imbécil o atolondrado del mainstream de hoy en día…
Amos del Universo (Masters of the Universe, Estados Unidos, 2026)
Dirección: Travis Knight. Guión: Chris Butler, Aaron Nee, Dave Callaham y Adam Nee. Elenco: Nicholas Galitzine, Camila Mendes, Idris Elba, Jared Leto, Alison Brie, James Purefoy, Charlotte Riley, Morena Baccarin, Sam C. Wilson, Dolph Lundgren. Producción: Todd Black, Steve Tisch, DeVon Franklin, Robbie Brenner y Jason Blumenthal. Duración: 140 minutos.