Steven Spielberg en El Día de la Revelación (Disclosure Day, 2026) vuelve a ratificar el sustrato eminentemente errático de su carrera reciente o de su derrotero en general durante el Siglo XXI, pensemos que el film que nos ocupa se ubica en la corrección apenas afable de Amor sin Barreras (West Side Story, 2021), The Post (2017), Lincoln (2012) y Caballo de Guerra (War Horse, 2011), a su vez una instancia intermedia entre obras maravillosas como Los Fabelman (The Fabelmans, 2022), Ready Player One (2018) y Puente de Espías (Bridge of Spies, 2015) y bodrios de la talla de El Buen Amigo Gigante (The BFG, 2016) y Las Aventuras de Tintín (The Adventures of Tintin, 2011), entre otras faenas de esa misma tesitura. La realización demuestra el innegable cansancio de la temática de los alienígenas dentro de la filmografía del director estadounidense luego de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977), E.T. El Extra-Terrestre (E.T. The Extra-Terrestrial, 1982), A.I. Inteligencia Artificial (A.I. Artificial Intelligence, 2001), Guerra de los Mundos (War of the Worlds, 2005) y aquella Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, 2008), aquí reciclando la idea de siempre, eso de homologarlos a todo lo que resulta desconocido y/ o enigmático para el ser humano, mientras apuesta a una relectura metafísica, de impronta etérea, que sólo funciona cuando el relato la combina con el thriller conspiranoico, amigo de la búsqueda de la verdad modelo Amistad (1997) y las mencionadas Ready Player One, The Post y Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, o con la road movie más clasicista de forajidos en el camino como los de la gloriosa contracultura de los años 60 y 70, en sintonía con Busco mi Destino (Easy Rider, 1969), de Dennis Hopper, Vanishing Point (1971), de Richard C. Sarafian, o Malas Tierras (Badlands, 1973), célebre faena de Terrence Malick.
David Koepp, otrora colaborador de Steven en Guerra de los Mundos e Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal más Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993) y El Mundo Perdido: Parque Jurásico (The Lost World: Jurassic Park, 1997), se hizo cargo del guión construido a partir de una idea original del propio Spielberg, en su cabecita inspirado en un artículo de 2017 de The New York Times aunque en realidad oficiando de “nota al pie” del archiconocido opus de 1977 con Richard Dreyfuss, Melinda Dillon y François Truffaut. En un contexto geopolítico cercano a una Tercera Guerra Mundial a raíz de las jugarretas de yanquilandia y Corea del Norte, Wardex es una empresa privada que recibe financiamiento del Departamento de Defensa de Estados Unidos porque viene recopilando información sobre aliens y transformando su tecnología en armas desde el lejano Caso Roswell de 1947, todo bajo el mando de un tal Noah Scanlon (Colin Firth), cuya mano derecha es su jefe de seguridad Casper Boyd (Henry Lloyd-Hughes), quienes se dedican a torturar a -o realizar biopsias del espanto sin anestesia sobre- pobres bichos del cosmos que tienen la triste idea de visitarnos. Un trabajador de Wardex, Hugo Wakefield (Colman Domingo), renuncia a la compañía secreta y se lleva con él a un grupito de ex colegas que pretenden hacer públicas las confidencias, entre los que se encuentra un prodigio de las matemáticas, Daniel Kellner (Josh O’Connor), que roba videos varios y un artefacto extraterrestre que garantiza poderes telepáticos como los que desarrolla de repente Margaret Fairchild (Emily Blunt y sus labios inflados con bótox), meteoróloga televisiva de Kansas, en el Estado de Missouri. Mientras Kellner y su novia, la ex novicia Jane Blankenship (Eve Hewson), escapan de los matones de Scanlon, Fairchild y su pareja, el músico Jackson (Wyatt Russell), marchan al encuentro de Daniel a posteriori de que Margaret comenzase a hablar en la lengua de los alienígenas.
En esta oportunidad estamos frente a una mixtura nada sutil del misterio de índole familiar alrededor de los UFOs de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, esos superpoderes y esa guerra civil de los mentalistas y los mass media de Scanners (1981) y Cuerpos Invadidos (Videodrome, 1983), ambas del querido David Cronenberg, la obsesión con la divulgación de datos vedados a las masas como deber cívico/ periodístico símil Todos los Hombres del Presidente (All the President’s Men, 1976), de Alan J. Pakula, El Informante (Mark Felt: The Man Who Brought Down the White House, 2017), de Peter Landesman, o la misma The Post, y finalmente un remate que se venía venir a kilómetros a la distancia vinculado al pacifismo de El Día que Paralizaron la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), de Robert Wise, aquí esquivando aquel discurso de paz circa Guerra Fría y apostando a la interpretación abierta posmoderna, garantía de lavarse las manos al respecto dejándolo todo a lo que cada espectador quisiese oír en materia del “entendimiento mutuo” entre enemigos o grupetes que no coinciden en mucho que digamos. Contemplando la película pareciera que la idea de fondo fue construir una gran metáfora sobre la necesidad del libre acceso a la información, en suma militando por la verdad y aceptando los sacrificios que dicha cruzada requiera, planteo que hoy implica pegarle a toda la oligarquía tecnológica estadounidense modelo Google, Amazon, Meta, SpaceX, Microsoft, Apple y conglomerados mierdosos semejantes que hacen lo que quieren con los datos y la privacidad de millones de personas en tanto tesoro informativo manejado a discreción según los parámetros del capitalismo salvaje y sus gobiernos subsidiarios, Estados que no los regulan a la hora de la vigilancia, el control comunal y la venta de perfiles filtrados por IA y algoritmos del montón, otra de las tantas estafas del nuevo milenio que prometía la panacea del conocimiento de eje ecuánime.
Más allá de la inobjetable denuncia de la industria armamentista genocida, los servicios de inteligencia y el secretismo del gobierno de yanquilandia, fanático de la tortura para obtener confesiones de cualquier tipo, el momento del estreno del film no es precisamente el mejor porque el cinismo contemporáneo vincula a los extraterrestres y su mitología algo demodé con chiquilinadas de otra época más ingenua o abiertamente con estrategias muy palurdas de desviación de la atención pública a lo Donald Trump, payaso neonazi que cada vez que tiene un problema en la agenda nacional desclasifica más y más archivos idiotas sobre supuestos avistamientos/ contactos con seres de ojos saltones que curiosamente se parecen a nosotros en versión caricaturesca, típico ejemplo de un narcisismo que todo lo ve como su propio espejo. El asunto en sí está siempre un tanto desbalanceado o mejor dicho atrofiado debido a sus diversas inconsistencias, como el desarrollo de personajes (Kellner casi no tiene background por fuera de su noviecita beata, en cambio la criatura de Blunt está muy explotada desde los clichés identitarios de la “mujer profesional”, aquí queriendo trepar de la meteorología a la conducción de noticieros) y el trasfondo conceptual (se agradece el humanismo de reconciliación aunque esa recaída sistemática en las pavadas judeocristianas -léase las analogías entre Dios y los bichos del espacio- tiende a molestar, dejando entrever el sionismo inmundo del director y sus delirios de oficiar de mensajero cinematográfico de profecías varias que llegan desde las alturas, hoy un cosmos incomprendido por nosotros, los mortales, quienes según la propuesta somos muy ignorantes para manejar la certeza de que no estamos solos en el universo o algo así, lo que supone contraponer la vigilancia de Silicon Valley con el paternalismo imbécil del Hollywood de antaño, al que Spielberg por supuesto adhiere por más que en el final opte por revelar la existencia de los alienígenas).
El sentimentalismo paradigmático del cineasta está relativamente controlado ya que lo limita al “desbloqueo” del trauma de los protagonistas durante el desenlace, recreando el momento cuando fueron abducidos de niños por los extraterrestres, y a los trucos de magia que utiliza Margaret para sacarse de encima a estos fascistas mixtos, públicos/ privados, hablamos de hacerles ver cosas que no existen o esconder otras y descubrir sus secretos más íntimos para neutralizarlos emocionalmente, entre otras yerbas de la telepatía prosaica. Como era de esperar, las secuencias de suspenso y acción están administradas con maestría y las actuaciones son muy buenas, destacándose los villanos de Firth y Lloyd-Hughes, pero el metraje se siente muy largo, la música de John Williams corre en piloto automático y la paciencia clasicista de la edición de Sarah Broshar nunca llega a aburrir aunque tampoco logra momentos particularmente inspirados o memorables que nos saquen de la sensación de una medianía amigable propensa al desinterés o la corrección general, como decíamos antes. Por momentos se coquetea con la posibilidad de la metáfora social al vincular a los aliens con unos inmigrantes que la secta de loquitos privados con ayuda gubernamental está cazando y usando como armas cual cubanos anticastristas resumidos en una tecnología muy naif, el “coso” ese de piedra tallada que al apretarlo le regala propiedades mágicas al bípedo receptivo de turno, no obstante la alternativa queda en la nada por la falta de verdadero compromiso ideológico de Spielberg, gran amigo del relativismo que le pega al gobierno y a las corporaciones pero jamás con ahínco o convicción, más bien desde el regodeo burgués de la zona de confort del progresismo banal y devaluado de hoy en día, ya reemplazado por la izquierda socialista en serio, la única que está demostrando eficacia a la hora de bajar de un hondazo a los sultanes oscurantistas de la nueva derecha. Sin llegar al dejo ultra meloso/ sermoneador de Señales (Signs, 2002), opus de M. Night Shyamalan, o a la demonización berreta de Un Lugar en Silencio (A Quiet Place, 2018), de John Krasinski, pero también muy lejos del misticismo filosófico de Aniquilación (Annihilation, 2018), de Alex Garland, el enorme corazón de Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary, 2026), de Phil Lord y Christopher Miller, el sarcasmo de ¡Nop! (Nope, 2022), de Jordan Peele, y la antropología comunicacional de La Llegada (Arrival, 2016), de Denis Villeneuve, por nombrar otras odiseas para adultos sobre alienígenas, El Día de la Revelación es un nuevo ejemplo de la levedad conceptual hollywoodense y spielbergiana en términos específicos, sin embargo en un entorno mainstream tan mediocre como el del séptimo arte actual -y mucho más aun en la fantasía- el film ofrece profesionalismo old school, lo que uno espera del director, y no pasa vergüenza dentro de ese entretenimiento que se toma en serio a pesar del poco vuelo, amén del problema de pegarle a la oligarquía tecnológica con armas discursivas vetustas…
El Día de la Revelación (Disclosure Day, Estados Unidos, 2026)
Dirección: Steven Spielberg. Guión: David Koepp. Elenco: Emily Blunt, Josh O’Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo, Wyatt Russell, Henry Lloyd-Hughes, Elizabeth Marvel, Hettienne Park, Tommy Martínez. Producción: Steven Spielberg y Kristie Macosko Krieger. Duración: 145 minutos.