The Furious (Huo zhe yan)

Acrobacias supremas

Por Emiliano Fernández

Con la honrosa excepción del terror, casi todo el cine de género atraviesa una crisis no sólo en cuanto a repercusión entre el público sino también en materia de ímpetu y capacidad de representación de la triste realidad del Siglo XXI, desde la inequidad social y la vigilancia masiva virtual hasta el surgimiento de tecno y cleptocracias neofascistas a lo largo del planeta, una derrota artística que tiene que ver con el conservadurismo de los productores, la mediocridad de los realizadores y guionistas, el sustrato siempre descerebrado de los encargados de marketing/ publicidad/ prensa y la apatía o más bien vagancia del grueso del público contemporáneo, cada día más insensible y analfabeto a escala cultural, política e histórica. El cine de acción no ha sido la excepción y basta con pensar en la basura que viene generando Hollywood año tras año o el feo destino de realizadores supuestamente especializados que se autopercibían “artesanos” de la comarca en cuestión, pensemos en Quentin Tarantino, Guy Ritchie, David Ayer, Joe Carnahan o Antoine Fuqua, entre muchos otros del mismo grupete, todos entregando una retahíla infinita de bodrios a lo largo de trayectorias que empezaron prometiendo cosillas bastante más elaboradas o por lo menos estables en términos de promedio cualitativo. Asia, por otra parte, puede llegar a ofrecer algunos productos un poco más atractivos que los anglosajones pero sin llegar a descollar porque las anomalías en verdad interesantes son muy pocas y cada vez más espaciadas, amén del hecho de que estamos lejos de aquellas cúspides de las décadas del 60, 70 y 80.

 

Ahora bien, la sorpresa de la temporada cinéfila de la adrenalina y la testosterona a raudales es The Furious (Huo zhe yan, 2025), linda joya hongkonesa dirigida por un japonés con un extenso derrotero como doble de riesgo y coreógrafo de secuencias de acción al servicio de Donnie Yen, Kenji Tanigaki, quien empezase su periplo profesional en los 90 y se hiciese conocido con la saga que comenzó con Rurouni Kenshin (Rurôni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan, 2012), de Keishi Ôtomo, parte de una carrera que combina los enclaves chino, nipón e incluso estadounidense de la mano del Guillermo del Toro de Blade II (2002), para quien ofició de coordinador de dobles. Tanigaki aquí retoma las dos grandes rarezas del lastimoso cine de acción actual, las estupendas franquicias que arrancaron con John Wick (2014), de Chad Stahelski, y The Raid (Serbuan Maut, 2011), de Gareth Evans, y se centra en una historia muy sencilla para volcar toda la energía en las escenas de combate y sus vericuetos, por ello la premisa apunta a una ciudad ignota del sudeste asiático y pasa por el secuestro de una chiquilla, Rainy (Yang Enyou), por parte de una red mafiosa de trata de personas comandada por Paklung (Joey Iwanaga) y su lugarteniente Tak (Yayan Ruhian), lo que desata la cólera del padre obrero, mudo y experto en kung fu, Wang Wei (Xie Miao), el cual marcha al rescate ayudado por Navin (Joe Taslim), un burgués con entrenamiento en judo que a su vez pretende encontrar a su esposa periodista, Matia (Jeeja Yanin), ninfa que investigaba a estos criminales y eventualmente desapareció después de un enfrentamiento.

 

En sintonía tanto con los films de Stahelski y Evans como con lo hecho por John Woo y Shaw Brothers Studio, la propuesta también se siente como una cruza de The Man from Nowhere (Ajeossi, 2010), de Lee Jeong-beom, y la reciente Kill (2023), de Nikhil Nagesh Bhat, y tiene mucho de proyecto panasiático destinado tanto al mercado interno como a Occidente porque se rodó en Tailandia con un equipo japonés y los dos protagonistas del caso, el chino Xie Miao y el indonesio Joe Taslim, caras visibles de un elenco maravilloso de artistas marciales que le esquivan a la saturación digital hollywoodense y construyen una epopeya de una fisicidad pirotécnica, siempre combinando el detallismo, la inventiva y el delirio surrealista, los tres pivotes marca registrada del cine hongkonés de kung fu y acción en general. Tanigaki acumulaba como director una mínima experiencia a comienzos del nuevo milenio que le permitió saltar a las “grandes ligas” de la mano de la apenas rutinaria y orientada a la comedia Enter the Fat Dragon (Fei lung gwoh gong, 2020), semi remake a cargo del nipón y Aman Chang del film homónimo de 1978 de Sammo Hung en plan de sátira del bruceploitation de los años 70, en este sentido llama mucho la atención la perfecta sincronía que consigue entre la fotografía de Meteor Cheung y la colección de coreografías desorbitadas de Kensuke Sonomura en secuencias magistrales como el prólogo con Matia, el rapto de Rainy, la lucha en el club nocturno coronado por un ring/ jaula de kickboxing, la escena en el aguantadero refrigerado de estos facinerosos y aquella de la contienda crucial.

 

The Furious se permite algunas desviaciones con respecto al canon de siempre de la súper acción asiática, por ejemplo el hecho de que la nena escapa por su propia cuenta y libera al resto de los purretes secuestrados o esa denuncia on line de Navin para solicitar ayuda a la comunidad en su conjunto contra el ejército de traficantes, sin embargo asimismo ofrece latiguillos infaltables de hoy en día como el cariño demostrado hacia los martillos y las coreografías homologadas al ballet o la inclusión de una sargento policial honesta, Yadong (Manatsanun Phanlerdwongsakul), para satisfacer el mínimo cupo femenino del mercado cinematográfico global del Siglo XXI. El film contrapesa la corrupción o connivencia entre la policía, el hampa, el poder judicial y los oligarcas de la alta burguesía con conexiones locales e internacionales, todo un clásico del capitalismo esclavista del nuevo milenio, con la solidaridad entre los marginados porque Wei puede huir con Rainy pero la mocosa lo convence de rescatar al resto del elenco infantil, además es el mismo pueblo con una sábana quien salva a la criatura de Enyou cuando cae en plena huida desde las alturas. La escena de tortura de Navin y Wei en pos de información sobre un mandamás de nivel medio de los villanos, el Señor Song (Sahajak Boonthanakit), parece subrayar que la intensidad humana llega con el odio y que no existen derecha e izquierda a la hora de intentar salvar al ser querido o al momento de la venganza que se confunde con sadismo, quizás la misión más visceral y pretérita de todas las que se inventa el bípedo para justificar su existencia. Un elemento muy curioso en términos occidentales aunque no tanto si lo pensamos dentro de este ecosistema asiático, muy adepto a combinar géneros o salirse con cualquier cosa en cualquier instante, pasa por la metamorfosis que atraviesa la propuesta en sus últimos 40 minutos, concretamente a partir de la liberación de Rainy y la masacre en el palacio de los oligarcas, donde el sociópata de Paklung revienta a su suegro y toda su comitiva porque pretenden responsabilizarlo del desastre, planteo que incluye matar a un capitán de policía, arrancarle un dedo a un cleptócrata con los dientes y asesinar por accidente a su esposa embarazada, catalizador de la sublime escena final en la comisaría donde están detenidos ambos protagonistas. Este último acto hiper gore modelo terror, cargado de resonancias de Assault on Precinct 13 (1976), de John Carpenter, desparrama valentía y termina de volcar el asunto hacia un desvarío fascinante gracias a miradas cruzadas símil Sergio Leone, una mano cortada, muchas flechas, excelentes peleas dobles, los kukris o cuchillos nepalíes, esa reaparición tragicómica del “hijo” de Song, el corpulento Ho (Brian Le), y unas luchas con escaleras y bicicletas que enfatizan las acrobacias supremas de Tanigaki y todo su equipo…

 

The Furious (Huo zhe yan, Hong Kong/ China, 2025)

Dirección: Kenji Tanigaki. Guión: Mak Tin-shu, Lei Zhilong, Shum Kwan-sin y Frank Hui. Elenco: Xie Miao, Joe Taslim, Yang Enyou, Brian Le, Manatsanun Phanlerdwongsakul, Joey Iwanaga, Yayan Ruhian, Jeeja Yanin, Sahajak Boonthanakit, Mimi Chu. Producción: Bill Kong, Frank Hui y Shan Tam. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 8