La representación en el cine de los maoríes, el pueblo nativo de Nueva Zelanda que fuera masacrado y saqueado por el Imperio Británico durante el Siglo XIX, no fue importante hasta fechas recientes y por ello se podría decir que las primeras lecturas concienzudas modernas se condicen con Utu (1983), de Geoff Murphy, y Ngati (1987), de Barry Barclay, puntapié inicial para el trabajo más conocido en el ámbito cinéfilo internacional sobre la cultura de turno, Once Were Warriors (1994), debut de un Lee Tamahori que regresaría a la temática en ocasión de sus últimos films, Mahana (2016) y The Convert (2023). De hecho, en el Siglo XXI se acumularon muchos exponentes sobre la etnia y su historia como River Queen (2005), de Vincent Ward, Boy (2010), de Taika Waititi, White Lies (2013), de Dana Rotberg, The Dead Lands (2014), film de Toa Fraser, Hunt for the Wilderpeople (2016), también de Waititi, Muru (2022), de Tearepa Kahi, Whina (2022), trabajo de James Napier Robertson y Paula Whetu Jones, Uproar (2023), de Paul Middleditch y Hamish Bennett, e In the Fire of War (2024), de Mike Jonathan, amén de la vertiente “family friendly” que va desde Whale Rider (2002), de Niki Caro, hasta Moana (2016), la odisea animada de Disney dirigida por John Musker y Ron Clements, y retratos tangenciales como The Piano (1993), de Jane Campion, o The Dark Horse (2014), obra del anteriormente nombrado Robertson.
Mārama (2025), bella ópera prima del neozelandés Taratoa Stappard, de madre maorí y padre inglés, constituye una anomalía dentro del pelotón de realizaciones desde la década del 80 sobre el colectivo indígena y polinésico de Nueva Zelanda, sobre todo porque opta por una inusual mixtura de misterio, terror gótico y thriller sobrenatural que nada tiene que ver con los grandes clichés en cuanto a géneros utilizados para retratar a los maoríes y el largo martirio que sufrieron en términos de colonialismo, opresión cultural e infaltable robo de identidad y tierras a manos de la corona inglesa, hablamos de epopeyas bélicas, dramas familiares cuasi etnográficos, comedias costumbristas y algunas biopics de la más diversa tesitura. Stappard va más allá de los estereotipos modernos en materia del horror gótico deliciosamente sobrecargado, en concreto Mario Bava, Roger Corman y Terence Fisher, porque parece tener muy presente la única película previa del rubro proveniente de su país, The Lost Tribe (1983), sin duda una propuesta fallida y poco vista de John Laing de la que se retoma la preocupación por los dobles, la atmósfera claustrofóbica, el preciosismo, los chispazos fantásticos y efectivamente un trasfondo inquietante de choque entre lo europeo y lo maorí, antes más tácito y hoy explícito, incluso es posible aseverar que Mārama funciona como una versión corregida de aquella y filtrada por el barroquismo de Guillermo del Toro.
El guión del propio Stappard comienza con la llegada a Inglaterra en 1859, luego de 73 días de viaje desde Wellington, en Nueva Zelanda, de la maorí Mārama (Ariāna Osborne), una huérfana que fue adoptada por un comerciante inglés y su esposa francesa y que se crió con muchos amigos maoríes, empapada de su origen. El periplo se debe a una carta dirigida a su nombre anglosajón, Mary Stevens, que prometía datos sobre su hermana gemela, Emilia, y que fue firmada por un tal Thomas Boyd (Elliot Blakely), sin embargo al llegar a destino se le informa que el susodicho falleció por complicaciones ignotas relacionadas a su sífilis. De una casa mísera en el medio de la nada, hogar del remitente, es conducida a la mansión de enormes proporciones de Nathaniel Cole (Toby Stephens), un oligarca dueño de barcos balleneros que se presenta como empleador y otrora amigo de Boyd y vive en el lugar con una sirvienta que también es su meretriz personal, Peggy (Umi Myers), un hijo borracho al que desprecia, Arthur (Jordan Mooney), y una nieta de nueva años llamada Anne (Evelyn Towersey), supuesto producto incestuoso de la unión entre Arthur y una Emilia que falleció durante el parto y fuera adoptada por Cole, lote al que se suma las recurrentes visitas del principal lugarteniente del magnate, Jack Fenton (Erroll Shand), cruel esbirro con su rostro tatuado como maorí que se especializa en la momificación de cabezas para su socio/ jefe.
Sirviéndose de un catalizador doble muy sencillo que remite a The Innocents (1961), el clásico de Jack Clayton basado en The Turn of the Screw (1898), de Henry James, léase la condición de vidente de Mārama/ Mary y la idea de Cole de transformarla en la institutriz de Anne, el realizador construye una inteligente parábola del imperialismo, la depredación capitalista, la mafia burguesa y su tendencia hacia la apropiación cultural de clara impronta museística, de hecho coleccionando, violando y burlándose de mitologías y personas como si se tratase de trofeos del pillaje colonial. En sí recordando a lo lejos otro debut atractivo reciente, Los Colonos (2023), del chileno Felipe Gálvez, el film de Stappard se luce en la ambientación lúgubre, la extraordinaria labor de Osborne como la protagonista y su gemela Emilia, de nombre maorí Te Haeata, y un par de escenas especialmente memorables, por un lado el desenlace con la venganza contra el monstruo británico en cuestión, el dueño del palacio, y por el otro lado esa magistral secuencia volcada a la fiesta de su cumpleaños, en la que Fenton se mofa de la cultura de los nativos de Nueva Zelanda y después se gana de parte de Mārama un “haka”, la canción/ danza de desafío por antonomasia de los maoríes, momento que sintetiza la idiotez y soberbia de los caucásicos porque los invitados, todos precisamente blanquitos, confunden el haka con la rutina burlona del personaje de Shand…
Mārama (Nueva Zelanda/ Reino Unido, 2025)
Dirección y Guión: Taratoa Stappard. Elenco: Ariāna Osborne, Toby Stephens, Umi Myers, Erroll Shand, Evelyn Towersey, Jordan Mooney, Elliot Blakely, Mihi Te Rauhi Daniels, Jonno Roberts, Turia Schmidt-Peke. Producción: Rouzie Hassanova, Paraone Gloyne, Rickylee Russell-Waipuka y Sharlene George. Duración: 89 minutos.