Marqués (Marquis)

Eros es más fuerte que la muerte

Por Emiliano Fernández

Donatien Alphonse François de Sade, más conocido como Marqués de Sade (1740-1814), fue visto por las vanguardias de comienzos del Siglo XX, especialmente el dadaísmo y el surrealismo, como un ejemplo de artista definitivo que se rebela contra las convenciones sociales de su época satirizando el poder del clero y de los tiranos y poniendo patas para arriba la idiosincrasia cultural promedio volcada a situar a la virtud por sobre el vicio, en este sentido Sade se la pasaba invirtiendo dicha fórmula para denunciar la hipocresía de la aristocracia y esa fauna monárquica y santurrona en general. Una y otra vez recluido en prisiones y manicomios por razones varias como sus escritos, la enemistad con su suegra, su ascendencia acaudalada, sus actitudes políticas y unos entrañables escándalos sexuales vinculados a orgías, secuestros y flagelaciones, el señor participó en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), llegando al rango de capitán comandante de caballería, mantuvo largas relaciones con dos mujeres, su esposa Renée-Pélagie Cordier de Launay de Montreuil, una aristócrata como él, y después la actriz Marie-Constance Quesnet, y efectivamente en su extensa vida fue confinado a dos fortalezas muy famosas, Vincennes y la Bastilla, y un asilo igualmente célebre, Charenton, casi siempre con las autoridades esgrimiendo la excusa de haber escrito Justine o los Infortunios de la Virtud (Justine ou les Malheurs de la Vertu, 1791), novela clandestina que sería uno de sus trabajos de cabecera junto con La Filosofía en el Tocador (La Philosophie dans le Boudoir ou les Instituteurs Immoraux, 1795), Las 120 Jornadas de Sodoma o la Escuela de Libertinaje (Les Cent Vingt Journées de Sodome ou l’École du Libertinage, 1785), Aline y Valcour o la Novela Filosófica (Aline et Valcour ou le Roman Philosophique, 1795) y Juliette o las Prosperidades del Vicio (Histoire de Juliette ou les Prospérités du Vice, 1801), secuela de Justine o los Infortunios de la Virtud. Más allá del sustrato paródico e inconformista de su literatura, inclinación que lo llevó a convertirse en un mártir de los artistas que defienden su visión hasta las últimas consecuencias frente a una sociedad poco receptiva a los agravios o el cuestionamiento del statu quo, en realidad sus textos son sencillos y funcionan generando asco por acumulación en venganza contra sus carceleros y los que criminalizaban sus bacanales, infidelidades y encuentros con furcias, prácticas comunes entre las clases hegemónicas de los Siglos XVIII y XIX, de allí el calvario de hacerlo pasar una tercera parte de su existencia tras las rejas.

 

Precursor del anarquismo, el absurdo y el nihilismo moderno, la figura de libertino de Sade es tanto una construcción de claro anclaje comunal, debido a la demonización a la que fue sometida la esfera privada/ erótica de su derrotero, como el resultado de su propia voluntad, en este caso porque el Marqués abrazó aquello por lo que se lo condenaba, de hecho la concupiscencia del egoísmo integral basada en la igualdad entre los sujetos, con el objetivo de embarrarle en el rostro a la sociedad en su conjunto lo que le negaba a puro fariseísmo, una libertad atea en la que se naturaliza el crimen ya que la violencia, los caprichos, la blasfemia y las parafilias forman parte de un andamiaje literario en apariencia pornográfico aunque en verdad muy preocupado por el delirio, paradójicamente uno racionalista basado en una infinidad de diatribas filosóficas presentadas como válidas pero en última instancia contradictorias, en suma falacias o sofismas. Las películas más conocidas sobre el franchete y/ o su producción artística, mal que le pese al admirador por antonomasia en la historia del cine, el loquito español Jesús Franco, son Saló o los 120 Jornadas de Sodoma (Salò o le 120 Giornate di Sodoma, 1975), trabajo visceral de Pier Paolo Pasolini que reimagina la novela inconclusa en la República de Saló de un patético Benito Mussolini transformado en títere de Adolf Hitler, Marat/ Sade (1967), adaptación de Peter Brook de la puesta teatral de 1963 de Peter Weiss sobre el Marqués en Charenton escenificando con los otros internos el asesinato en 1793 de Jean-Paul Marat, parte de los jacobinos/ la izquierda enfrentada a los girondinos/ la derecha en la Revolución Francesa (1789-1799), La Edad de Oro (L’Age d’Or, 1930), una joya de Luis Buñuel que en su última e irreverente viñeta retoma la orgía palaciega de Las 120 Jornadas de Sodoma o la Escuela de Libertinaje, y Letras Prohibidas (Quills, 2000), infaltable biopic hollywoodense a cargo de un Philip Kaufman que se basó en la obra teatral de 1995 de Doug Wright en torno a la lucha por la libertad de expresión de Sade durante las postrimerías de su vida, dentro de las paredes del manicomio. Dejando de lado films olvidables o complementarios como Sade (2000), de Benoît Jacquot, y De Sade (1969), de Cy Endfield, más el pelotón de productos de eje sexploitation de Franco y sus muchos discípulos espirituales, una maravilla que en el Siglo XXI sin duda merece un mayor reconocimiento es Marqués (Marquis, 1989), anomalía de Henri Xhonneux (1945-1995) que aprovecha con astucia el trasfondo histórico cambiante de la vida del retratado.

 

El director belga, aquí literalmente entregando su única película interesante porque el resto de su diminuta filmografía está consagrado al sexploitation y una faena autobiográfica que no vio nadie, Recuerdo de Gibraltar (Souvenir of Gibraltar, 1975), no sólo exprime la metamorfosis alrededor de nuestra Revolución Francesa, desde la decadencia del Antiguo Régimen, léase la monarquía absoluta de Luis XVI, hasta la efervescencia rebelde, esa que cristaliza en la Toma de la Bastilla de 1789, sino que además utiliza una serie de recursos formales insólitos para analizar la sociedad occidental y el encarcelamiento de Sade en la citada fortaleza, hablamos de actores con máscaras animatrónicas de animales que fueron doblados en postproducción y de chispazos de animación en stop motion vía plastilina para secuencias oníricas o ficciones varias de la pluma del protagonista. Con la fisonomía de un perro y encerrado en la Bastilla en la Francia prerrevolucionaria por denuncias anónimas y cagar sobre un crucifijo, el Marqués (voz de François Marthouret) se dedica a filosofar, a la escritura terrorista y a mantener conversaciones con su pene, Colin (Valérie Kling), quien a su vez critica su idealismo, le reclama historias eróticas y opina que usa demasiados verbos. Su carcelero es una rata bisexual que desea ser sodomizado por el Marqués y por ello le ofrece una y otra vez una langosta para degustar, Ambert (Michel Robin), y sus vecinos en el presidio son una vaca naif -embarazada por el rey y violada por Ambert- que admira al recluso más famoso, Justine (Isabelle Wolfe), un lobo que capturó a Sade y oficia de líder de los revolucionarios, el jefe de policía Lupino (Roger Crouzet), y un cerdo cojo y antiguo contrabandista de embutidos que fue obligado por los revendedores a cortarse una pierna y regalarla por entregarles mercadería de mala calidad, Horace Pigonou (Bob Morel), quien asimismo es informante de las autoridades de la prisión, Dom Pompero (Vicky Messica), un clérigo con aspecto de camello que adora todas las orgías, es el capellán de la Bastilla y pretende incriminar al Marqués por el embarazo de Justine y además robarle sus escritos para publicarlos bajo un seudónimo, y Gaëtan de Préaubois (René Lebrun), un gallo que es el gobernador de la fortaleza y mantiene encuentros sadomasoquistas con Juliette de Titane (Nathalie Juvet), dominatrix símil yegua que anhela liberar a Lupino porque forma parte del Club de Ciudadanos Patrióticos de la Orilla Sur, justo después de un intento fallido de fuga del policía desde una de las ventanas del presidio mediante una escalera hecha de crucifijos.

 

Todos los personajes son hilarantes y también tenemos a un arenque y periodista de La Gaceta de los Países Bajos de visita en París, Willem Von Mandarine (Willem Holtrop), y al resto del grupo de conspiradores para dar de baja a la monarquía, un loro abogado con graciosos tics, Jacquot, el Fatalista (Eric De Sarria), un león y noble desencantado que es financista de la célula y primo de Luis XVI, Orléans (Henri Rubinstein), y un jabalí ultra grotesco dueño de la posada El Ruiseñor Herido, Bernardin (Lebrun). Entre esa langosta metida en el culo de Ambert, “distracción” para el intento de huida de Lupino y Pigonou, y un Colin que convence al Marqués de desvirgar una grieta vaginal en un muro de la celda, idea que lo lastima al punto de luego no poder follarse a una Justine que es ofrecida por el cura al recluso para exculpar con mentiras las aventuras voluptuosas del rey, la película exuda una riqueza conceptual y narrativa prodigiosa y ello es responsabilidad del guionista y diseñador de criaturas Roland Topor (1938-1997), uno de las próceres del surrealismo de la segunda mitad del Siglo XX y gran pata fundadora del Movimiento Pánico junto con el español Fernando Arrabal y el chileno Alejandro Jodorowsky, trío de artistas de vanguardia que prefiguraron el núcleo transgresor de los happenings y la contracultura de los años 60. Topor fue un hombre multidisciplinario que se dedicó al dibujo, la pintura, el diseño, el cine, el teatro, la novela, el cómic e incluso la televisión, señor que siendo niño escapó del Holocausto y en el nuevo milenio se lo recuerda por su recorrido por el séptimo arte, desde el hecho de haber escrito y diseñado los personajes de El Planeta Salvaje (La Planète Sauvage, 1973), clásico animado de René Laloux, y haber inspirado con su novela de 1964 El Inquilino (Le Locataire, 1976), de Roman Polanski, hasta su cuasi cameo como Renfield en Nosferatu, el Vampiro (Nosferatu: Phantom der Nacht, 1979), film de Werner Herzog con Klaus Kinski como el chupasangre expresionista, y la construcción de aquella linterna mágica de Casanova (Il Casanova di Federico Fellini, 1976), gloria del Fellini tardío con Donald Sutherland. El francés, muy inquieto, también escribió El Síndrome de Hamburgo (Die Hamburger Krankheit, 1979), gesta apocalíptica de Peter Fleischmann, tuvo cameos adicionales en propuestas pirotécnicas de Dušan Makavejev, Volker Schlöndorff y Raúl Ruiz y se encargó de los dibujos de Viva la Muerte (1971), odisea de Arrabal, y del afiche ilustrado de Los Frutos de la Pasión (Les Fruits de la Passion, 1981), de Shûji Terayama.

 

No debemos olvidar que Topor ya había colaborado con el realizador en Téléchat (1983-1986), una sátira de los noticieros televisivos y su dependencia publicitaria protagonizada por dos marionetas antropomórficas, el gato Groucha y la avestruz Lola, que funcionaba como un segmento de un programa educativo infantil, Récré A2 (1978-1988), contexto en el que ambos desarrollaron la química y el humor irónico que luego llevarían a su cenit en Marqués, film restaurado en 2022 por la Cinemateca de Bélgica que en su momento de estreno fue profundamente incomprendido y hoy es considerado toda una cúspide tanto del surrealismo más socarrón como de los estudios del trasfondo identitario de Sade, en cuanto a su vida y sus textos, dos regiones interconectadas como decíamos anteriormente porque al privarlo de sus andanzas libertinas, esas que condensaba en el ámbito íntimo, la comunidad terminó reconduciéndolo hacia una dimensión social homologada a la libido caricaturesca/ frenética, algo intuido por Simone de Beauvoir y otros intelectuales posteriores que vieron en la fetichización de su impronta de degenerado una pose en simultáneo de defensa y de ataque contra sus múltiples verdugos del oscurantismo. Esta potencia discursiva del sexo, a la hora de espantar a tantos beatos e hipócritas del montón, está sintetizada en una frase de esa Justine que muta en acólita de Sade después de escuchar sus palabras y succionarle el pene como supuesto remedio para una sangría, “Eros es más fuerte que la muerte”, planteo que complementa al protagonista como un apóstata del orden burgués y de los fundamentos de la sociedad, la religión, el gobierno y la justicia institucionalizada, siempre negándose a esclavizar sus pasiones y a hacer congeniar sus manos derecha e izquierda para que nunca aplaudan servilmente como el vulgo, eje que abarca la disociación entre el pene, su praxis creadora, y el sujeto, aquí consagrado a una contemplación teórica subversiva del mundo. Recuperando la cosmovisión y las perspectivas de gente tan diversa como Jonathan Swift, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, André Breton, Jean Cocteau, Alfred Jarry, Tristan Tzara, Samuel Beckett, Georges Bataille, Franz Kafka, Antonin Artaud y ese Emmanuel Radnitzky alias Man Ray, más los señalados Fellini, Buñuel y Polanski y los cofrades de Topor, aquellos Jodorowsky y Arrabal, la película de Xhonneux satiriza por lo bajo la moda de la década del 80 centrada en los títeres y el cine pueril family friendly, una mina de oro, y se mofa de los impulsos humanos en los niveles sensual, político y profesional farsesco…

 

Marqués (Marquis, Francia/ Bélgica/ Chile, 1989)

Dirección: Henri Xhonneux. Guión: Roland Topor y Henri Xhonneux. Elenco: François Marthouret, Valérie Kling, Michel Robin, Isabelle Wolfe, Vicky Messica, Nathalie Juvet, René Lebrun, Bob Morel, Henri Rubinstein, Roger Crouzet. Producción: Claudie Ossard y Eric van Beuren. Duración: 84 minutos.

Puntaje: 10