The Boys of Dungeon Lane, de Paul McCartney

A modo de testamento luminoso

Por Emiliano Fernández

La cultura de la nostalgia de fines del Siglo XX y prácticamente todo el nuevo milenio esconde un reduccionismo y una profunda ignorancia que se dejan ver en múltiples casos en lo que a consumos cinematográficos, musicales y literarios se refiere, las tres patas principales de la industria cultural del capitalismo. Basta con pensar en Paul McCartney, hoy con 84 años de edad, señor que supo formar parte de The Beatles, banda asimismo integrada por John Lennon, George Harrison y Richard Starkey alias Ringo Starr, y que durante buena parte de su carrera solista fue homologado por la mayoría del público a una excusa viviente para escuchar en directo los temas de los Fab Four, como si el liverpuliano no hubiese entregado nada realmente valioso en sus años de independencia, léase el grueso de su vida/ carrera, o efectivamente su derrotero fuese equiparable a un puñado de hits sueltos sin álbumes interesantes de por medio, aquellos firmados con su nombre o el de su banda insignia de reemplazo durante los años 70, Wings, grupo controlado por un Paul a su vez siempre secundado por su esposa y tecladista Linda McCartney y el guitarrista Denny Laine, ex miembro de The Moody Blues. Si bien es cierto que poco de lo que entregó como solista estuvo a la altura del repertorio rubricado con Lennon en ocasión de The Beatles, tampoco se puede desconocer que en el periplo muy errático de McCartney a lo largo del tiempo es posible hallar trabajos discográficos prodigiosos que se diferencian de otros claramente intercambiables o fofos, de allí que la melancolía facilista en especial del Siglo XXI también sea sinónimo de confusión y vagancia analítica a raíz de la incapacidad -o falta de paciencia, templanza, astucia y background intelectual- para distinguir lo bueno de lo malo, mucho menos la gama de grises intermedios.

 

El viaje comienza en un muy buen nivel cualitativo gracias a McCartney (1970) y Ram (1971), dos clásicos del indie y el proto lo-fi, no obstante el comienzo de Wings nos regala un díptico mediocre o sutilmente destinado al olvido, aquel de Wild Life (1971) y Red Rose Speedway (1973). El archiconocido Band on the Run (1973), todo un pivote de la reafirmación identitaria y popular de Paul, oficia de tercera joya del período iniciático pero la alegría no dura mucho porque a los apenas correctos Venus and Mars (1975) y Wings at the Speed of Sound (1976) les siguen los francamente espantosos London Town (1978) y Back to the Egg (1979), últimos estertores del colectivo con Laine, quien se aparta por el no pago de royalties en calidad de cocompositor del hitazo Mull of Kintyre (1977), y en conjunto un preámbulo para el regreso a la soledad plena de la mano de McCartney II (1980), placa impresentable vinculada al synth-pop y la new wave. A posteriori de Tug of War (1982) y Pipes of Peace (1983), dupla muy loable con producción del socio histórico de The Beatles en estudio, George Martin, con quien ya había colaborado en Live and Let Die (1973), canción del film dirigido por Guy Hamilton y protagonizado por Roger Moore como James Bond/ 007, todo una vez más se cae a pedazos debido a Press to Play (1986) y Give My Regards to Broad Street (1984), un soundtrack como el hoy completamente ignorado The Family Way (1967), el primero correspondiente al film de Peter Webb y el segundo a la película homónima de 1966 de los hermanos John y Roy Boulting. Se podría aseverar que en aquella época el asunto mejora mediante dos tandas, primero la simpática de Flowers in the Dirt (1989) y Off the Ground (1993) y segundo la neoclasicista consciente de Flaming Pie (1997) y Driving Rain (2001), opus que de todos modos traen a colación cierto automatismo que por fin le encuentra la fórmula al “producto discográfico” con el sello de Paul, hablamos de las dosis justas de soft rock, pop beatlesco, baladas, rockabilly y alguna excentricidad al paso.

 

El verdadero rejuvenecimiento llega con Chaos and Creation in the Backyard (2005), odisea producida por un Nigel Godrich que logra disciplinar al veterano para sacar lo mejor en estudio de sus composiciones y balancear sus tres tendencias en materia de arreglos y demás, la barroca, la acústica y la rockera visceral. Como era de esperar en una trayectoria con tantos desniveles, el multiinstrumentista no aprendió la lección y en los cuatro álbumes siguientes, Memory Almost Full (2007), New (2013), Egypt Station (2018) y McCartney III (2020), volvió a entregarse a una esquizofrenia en producción que suele estar hermanada a sus otros dos problemas insistentes, el sustrato banal o insípido o vacuo de sus canciones a escala discursiva, incluso de aquellas que dejan entrever su destreza innata para las melodías, y su propensión a aceptar el lugar que el público históricamente le asignó, como decíamos con anterioridad la misión de tocar en vivo los clásicos de The Beatles, sus lugares comunes como solista y alguna que otra canción nueva que respete el legado de siempre, sin mayores novedades en el horizonte. El requerimiento señalado de redundancia, tanto compositiva como comercial porque el señor es un imperio cultural planetario en sí mismo, le debe haber generado angustia y unas ganas locas esporádicas de colgar los guantes, retirarse, por ello los discos tangenciales le permitieron, de hecho, hacer esa “otra cosa” que el público le perdona y los melómanos ninguneamos ya que sinceramente sus caprichos han dejado mucho que desear, recordemos para el caso los intrascendentes discos de covers, CHOBA B CCCP (1988), Run Devil Run (1999) y Kisses on the Bottom (2012), o sus incursiones ultra soporíferas en la música clásica, Liverpool Oratorio (1991), Standing Stone (1997), Working Classical (1999), Ecce Cor Meum (2006) y Ocean’s Kingdom (2011), sin olvidarnos de su producción bajo el mote de The Fireman, dúo experimental con Martin Glover alias Youth, ex bajista de Killing Joke, que parió los igualmente descartables Strawberries Oceans Ships Forest (1993), Rushes (1998) y Electric Arguments (2008). Mención aparte merecen los discos en vivo y su trasfondo también desparejo, por ello las deficiencias del gigantismo detrás de Wings over America (1976) y Tripping the Live Fantastic (1990) a la distancia no parecen tan nocivas si las comparamos con trabajos posteriores lamentables símil merchandising de los tours, en concreto Paul Is Live (1993), Back in the U.S. (2002), Good Evening New York City (2009) y Amoeba Gig (2019), pelotón al que se suma una rareza un poco más disfrutable, Unplugged (The Official Bootleg) (1991), en esencia otra placa disfrazada de covers.

 

La flamante y atractiva adición al enorme catálogo de McCartney, The Boys of Dungeon Lane (2026), constituye una suerte de secuela espiritual de Chaos and Creation in the Backyard en lo referido por un lado a letras nostálgicas sobre un “paraíso perdido” que no vuelve más, la niñez/ adolescencia, y por el otro lado a una producción muy bien balanceada que retoma aquellos axiomas de Godrich de dos décadas atrás, rubro en esta oportunidad hegemonizado por Andrew Watt, estadounidense muy cotizado y muy requerido en nuestros días que viene de trabajar para gente de la talla de Lana Del Rey, Charli XCX, Ozzy Osbourne, Elton John, Iggy Pop, The Rolling Stones, Pearl Jam y Madonna, entre muchos otros. La mirada obsesiva al pasado por parte del álbum ya había sido ampliamente anticipada por placas previas en sintonía con el otrora inédito One Hand Clapping (2024), estupendo registro en vivo y sin público de 1974, Anthology 4 (2025), innecesario agregado a un proyecto de por sí muy melancólico y centrado en The Beatles, y Wings (2025), un compilado -doble, como los anteriores- no tan satisfactorio como Wingspan: Hits and History (2001) aunque sin duda mejor que el caótico o bastante demencial Pure McCartney (2016) y compilaciones primigenias como Wings Greatest (1978) y All the Best! (1987), bienintencionadas pero muy prematuras. Todo este frenesí nostálgico no descuidó la pata audiovisual y por ello luego de Paul McCartney: Man on the Run (2025), reciente y glorioso documental de Morgan Neville para Amazon Prime Video sobre la década del 70, tendremos en un futuro no muy lejano el denominado The Beatles: A Four-Film Cinematic Event, la friolera de cuatro biopics oficiales de Sam Mendes -una por cada miembro de los Fab Four, con Paul Mescal en la piel de McCartney- que pretenden estrenarse en simultáneo para una maratón cinéfila semejante al binge watching del streaming. The Boys of Dungeon Lane en sí, más allá del aluvión retro que lo circunda o pretende fagocitarlo, es un disco que no posee la frescura paradójicamente reaccionaria de Chaos and Creation in the Backyard aunque tampoco pasa vergüenza en lo que atañe al objetivo autoimpuesto, eso de reflexionar sobre el paso del tiempo sirviéndose tanto de las lágrimas como de una furia arrolladora y muy extraña viniendo de un octogenario todavía con ganas de rockear como en aquellos años 60 y 70, en este sentido el álbum combina la excelente producción de Watt, prácticamente el único músico acreditado junto con el mandamás, y la idea de fondo de McCartney de redondear una epopeya conceptual autobiográfica en donde el romanticismo y el sentimiento de pérdida, su costado amargo, se equiparen con el optimismo y la existencia homologada al movimiento, la faceta dicharachera del asunto, mixtura que desemboca en un repertorio mayormente ameno cercano a una idiosincrasia humanista y a la vez tan genérica/ algo insustancial como casi siempre en el caso de Paul y su apego hacia esa sensiblería maquillada de verdad obrera cien por ciento británica.

 

The Boys of Dungeon Lane, título que hace referencia a la letra de un demo, In Liverpool (1991), y a una calle de los suburbios de la metrópoli que finaliza en una zona popular entre los observadores de aves, las inmediaciones del Río Mersey, comienza con As You Lie There, composición que sintetiza de manera brillante todo lo que a esta altura se espera de Paul, desde una guitarra exquisita a lo Harrison y la combinación de lo acústico y lo rockero hasta un puente coral beatlesco, un estribillo muy poderoso y esa letra que parece sencilla aunque se presta a la ambigüedad, en concreto retratando la obsesión romántica de un sujeto por una mujer a la que vio una sola vez, siguió hasta su casa y espía sigilosamente por una ventana en sintonía con aquellos protagonistas de Satellite of Love (1972), de Lou Reed, y Every Breath You Take (1983), de The Police, todo situado en la línea divisoria entre la fantasía inofensiva y el comportamiento de un psicópata peligroso a punto de cometer un crimen. En Lost Horizon, un rockito a medio tiempo típico del veterano, se nota mucho el enfoque en producción de Watt porque cualquiera de los otros colaboradores de los años previos, como por ejemplo David Kahne, Tommy LiPuma, Mark Ronson, Paul Epworth, Greg Kurstin, Ethan Johns y Giles Martin, este último el hijo mercenario y sin talento de George, hubiese apostado por la sobreproducción pero aquí el amigo Andrew mantiene las cosas sobre el suelo y por ello el track suena espiritualmente a un blues con ribetes lejanos de noise o punk, todo mientras McCartney entroniza su curioso hedonismo ético, preocupado por un presente comunitario/ solidario y sin egoísmos, y vincula al pasado con las remembranzas que le traen una serie de sonidos, sobre todo el silbato de un tren, las risas de unos niños jugando en una plaza, la música de una feria, el motor de un auto esperando en un semáforo, el repique de un reloj sobre una mesa y el frenazo de un ómnibus a la distancia. Days We Left Behind, pretexto para aludir a “los chicos de Dungeon Lane, bordeando la costa del Mersey”, es la versión octogenaria y sabia de aquellas canciones poperas acústicas de Wings de los 70, ahora apostando por la melancolía de la vejez y su preocupación maniática por los recuerdos de la juventud, la fragilidad del cuerpo, las alternativas existenciales que no fueron y especialmente una vida hermanada al ajetreo, de allí el latiguillo naturalista sobre la metamorfosis o impermanencia de todo, amén de una reafirmación de su histórico pacifismo en la última estrofa, algo de realismo de fregadero de cocina/ kitchen sink realism -“bares llenos de humo y guitarras baratas”- y unas lágrimas negadas que caen de todos modos.

 

Casi rapeando la letra sobre una base que precisamente le debe mucho al hip hop, Paul en Ripples in a Pond nos regala un estribillo de resonancias épicas, sin duda lo mejor del tema, y ofrece unos versos pobretones en torno a una relación romántica en crisis debido a inseguridades, confusión, desconfianza, abulia y una falta de comunicación que se pretende compensar intermitentemente con palabras difusas de amor y un aparente sincericidio en puerta, sin que quede claro de qué va exactamente la cosa. La maravillosa y lennoniana Mountain Top, prueba de la riqueza de la imaginación de índole surrealista de McCartney y su otrora socio, constituye un regreso a la psicodelia de The Beatles, modelo Revolver (1966), Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) y Magical Mystery Tour (1967), en una propuesta muy simple que pondera a una chica flipando/ alucinando en los 60 con LSD o quizás en el nuevo milenio con la droga de preferencia de siempre de Macca, esa marihuana que tantos arrestos le generó en los años 70 y 80, por ello la música se sumerge en el barroquismo del clavecín, una base programada noventosa, algún que otro pasaje instrumental ominoso in crescendo símil A Day in the Life (1967) y una coda rockera por demás imprevista, a la vez que en la letra desfilan motivos drogones varios como un valle paradisíaco, hongos mágicos que hablan, unas estrellas rutilantes, un autobús circense que aparece de la nada, mariposas amarillas, rojas y azules revoloteando por ahí, la cima de la montaña del título y esos pasteles de calabaza en el cielo que nos persiguen y pretenden hipnotizarnos. El buen nivel continúa en la microscópica Down South, un rock/ folk acústico en el que la referencia en los versos a Twist and Shout (1963) y cierto aire a giras precarias tácitas dan a entender que Paul relata diversos viajes con Lennon en la etapa previa a The Beatles, ya sea en un ómnibus o en un camión por la buena predisposición del conductor, en este sentido los tópicos de conversación, léase las guitarras y el rock and roll, se dan la mano con la contracultura juvenil, simbolizada en el periplo eterno hacia el sur, y con el hecho de que toda la situación era “una buena manera de conocerte, una buena manera de aclarar las cosas”, jugando con la camaradería intrépida masculina de la primera etapa de la vida y efectivamente el choque de egos pueriles que así como se pelean con facilidad, también hacen las paces en un santiamén.

 

A mitad de camino entre el pop beatlesco y el soft rock edulcorado de Wings, We Two es otro de esos temas del inglés que apelan a un sustrato equívoco, sin que se haga explícito si se habla de una fémina o un amigo, para maquillar que no tienen mucho para decir sobre el asunto en cuestión, una suerte de homenaje a ese tercero que por momentos parece estar presente en el entorno del narrador y en otras ocasiones se asemeja a otro de los espectros del pasado que pululan a lo largo y ancho de The Boys of Dungeon Lane, por ello el amor, los pensamientos, el aprendizaje, la lealtad y el compañerismo se unifican tanto en sueños como en una praxis en construcción, digna de la mocedad. Come Inside pone el acento en la enorme destreza de Macca a la hora de redondear un puente coral e intoxicante de vieja escuela, no obstante lamentablemente el resto de la canción se asemeja a la rutina estándar de fines de los 80, la década siguiente y los comienzos del Siglo XXI, hablamos de aquellos dos dípticos de Flowers in the Dirt y Off the Ground, por un lado, y Flaming Pie y Driving Rain, por el otro, a lo que se suma una letra asimismo poco inspirada que gira alrededor del concepto escurridizo de verdad, la conexión psicológica entre dos personas y la invitación del cantante a que entren en su mente porque “toda mi vida es un libro abierto”, expresión que en el caso del octogenario puede ser en simultáneo una frase del montón, por supuesto vinculada a la sinceridad, y una ironía por su fama mundial y el acoso insoportable de la prensa y los admiradores, perspectiva que podría resignificarlo todo si no fuera por el hecho de que el resto de los versos resultan bastante automatizados, típicos de una corrección desabrida. Como siempre en la esquizofrenia de la carrera que nos ocupa, Never Know una vez más nos lleva a las cúspides compositivas de un Paul que insólitamente se aparece con una mixtura de The Fool on the Hill (1967), canción a la que cita de manera explícita mediante flauta y desenlace apoteósico, y aquel primer pop barroco de Help! (1965) y Rubber Soul (1965), de donde también extrae uno de sus leitmotivs retóricos favoritos en materia del apoyo y la protección emocional hacia el ser querido, hoy por hoy condimentándolo con la vigencia de los eslóganes del hippismo, la paz y el amor, y unas peleas de fondo que mantienen al narrador en una constante necesidad de marcharse sin llegar a confrontar con el interlocutor femenino, en los versos casi divinizado.

 

Home to Us, con el inefable Ringo en batería, pandereta y voz más los coros de lujo de Sharleen Spiteri y Chrissie Hynde, respectivamente de Texas y The Pretenders, es exactamente lo que McCartney entiende por el single principal de todo disco, composición encarada desde la perspectiva nostálgica de turno pero ultra beatle y homologada a una denuncia del aburguesamiento posterior al rememorar las privaciones o el trasfondo más rústico y feliz de la infancia/ pubertad del músico en una Liverpool de antaño que en gran medida desapareció, de allí que celebre su barrio entre proletario y de clase media baja de entonces, Speke, aquella madre lavando los platos sucios y quemando sin querer unas tostadas, las rosas que se marchitan sin cuidado alguno en el jardín, una señora ebria que administra una fonda, los niños jugando al fútbol en un callejón o en el medio de la avenida y un mundo en general bordeando ese holocausto nuclear latente de la Guerra Fría, cosas que poco y nada le importaban a los purretes y adultos de la época porque no conocían nada más y ya se sabe que cualquier esquema repetido tiende a naturalizarse a escala social. Life Can Be Hard posee resonancias musicales del vodevil tracción a piano que Paul cultivó de manera esporádica en los años finales del grupo con Lennon y Harrison, pensemos en Abbey Road (1969) y The Beatles aka The White Album (1968), sin embargo el tema también trae a colación su absurdo optimismo en las circunstancias más nefastas y para colmo de la mano del cariño rosa, en la letra pintando una escena de miseria obrera, sin trabajo ni comida en las alacenas, que se compensa con el carisma, la belleza y el apego al baile y el canto de la señorita y sobre todo con las ganas locas que le generan al varón de seguir porfiando en soledad contra los molinos de viento del capitalismo, a ver si por fin consigue reconstruir una vida decididamente menesterosa y laberíntica. El ecosistema sonoro despojado de Ram y el debut solista autotitulado de 1970 reaparece en First Star of the Night, una canción diminuta y preciosa en la que el señor y su productor de cabecera optan por un ropaje apenas más florido en consonancia con el faro del álbum, Chaos and Creation in the Backyard, planteo que a su vez permite un resurgimiento más honesto del entusiasmo y la euforia bienintencionada de siempre de McCartney, detalle que tiene mucho que ver con la sencilla metáfora que se repite sin cesar, “la primera estrella de la noche me muestra su luz y sé que mi pequeño mundo sigue estando bien”, y funciona como un resumen de ese punto de vista un tanto iluso aunque esperanzador -y muy necesario- en tiempos aciagos como nuestro presente, con payasos filofascistas, neoliberales y oscurantistas en las cúpulas de diversos Estados del planeta.

 

Salesman Saint puede ser malinterpretada como otra diatriba optimista, una especie de marcha militar beatlesca con aires de música folklórica inglesa, pero en realidad es un retrato bastante adusto de los padres de ascendencia irlandesa del autor, el vendedor de una empresa algodonera James “Jim” McCartney y la enfermera y comadrona Mary Patricia Mohin McCartney, quienes según la letra trabajaban incansablemente para pagar el alquiler y alimentar a sus vástagos durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), cuando la infraestructura del Reino Unido colapsa y ellos logran seguir adelante con té caliente y cigarrillos y en especial unas risas y unas canciones que se corresponden a los dos pilares del entretenimiento en aquel hogar, una radio y un piano, en esencia “otra generación anhelando ser libre y aprendiendo a mantenerse unidos y criar una familia”. El cierre del álbum, Momma Gets By, es una hermosa balada orquestal de convivencia proletaria que puede interpretarse como una secuela del track anterior porque ahora el mismo exacto matrimonio atraviesa dificultades que tienen que ver con el distanciamiento afectivo a raíz de la sobrecarga de trabajo dentro y fuera del domicilio, léase labores remuneradas y obligaciones concernientes a la parentela, lo que le deja todo servido al legendario músico para otra de sus apologías de una feminidad abnegada que llena de oportunidades a sus hijos y sale adelante en las peores circunstancias o como en este caso, en una coyuntura en la que el esposo es un borrachín que al llegar al hogar se va directo a la cama, ante lo cual la mujer calla porque su amor es más grande que cualquier reproche bajo la mirada de un Paul que se quedó sin su progenitora a los 14 años de edad, cuando falleció de una embolia luego de una cirugía por cáncer de mama, orfandad que sería crucial en su conexión con Lennon, quien a sus 17 años también tuvo que soportar la muerte de su madre, Julia Stanley Lennon, atropellada por el coche de un policía fuera de servicio, Eric Clague, cuando volvía de visitar a los tíos de John, Mimi y George Toogood Smith.

 

Por supuesto que comparado con el generoso volumen de basura musical del nuevo milenio casi cualquier álbum de McCartney resulta valioso y más aún un trabajo como The Boys of Dungeon Lane, placa que corrige en parte uno de los inconvenientes más repetidos de la carrera del británico, la ausencia de un núcleo temático más allá de sus loas al cariño y el hippismo tardío, a través de la inteligente y meticulosa estrategia de llenar el vacío con esos recuerdos de un veterano que en manos mucho menos eficaces podrían tacharse de facilistas, desesperados, redundantes u oportunistas. A pesar de que no entrega tantas gestas individuales memorables como Chaos and Creation in the Backyard, en línea con las sublimes Fine Line, How Kind of You, At the Mercy, Friends to Go, English Tea, Too Much Rain, Riding to Vanity Fair, Follow Me, Promise to You Girl y la obra maestra This Never Happened Before, todas sin duda neoclásicos instantáneos, la faena que nos ocupa ofrece el mismo enfoque nostálgico pero reemplazando el mimetismo beatle de los temas con Godrich, donde el minimalismo y la melancolía permanecían tácitos, por una serie de arrebatos relacionados con una nostalgia ya explícita y la vida de antaño del multiinstrumentista, lo que igualmente deja espacio para algunos ejercicios romanticones sin anestesia en la tradición de Wings. Un detalle que aporta espesor formal y autenticidad/ franqueza a la propuesta en su conjunto, de manera evidentemente involuntaria, pasa por esa voz un poco ajada de Paul que hasta no hace mucho tiempo prometía conservar su chispa juvenil por siempre, factor tendiente a amalgamar el omnipresente fluir del tiempo y una dialéctica sonora hiper disciplinada a instancias de Watt, como decíamos al principio amigo de reflotar una partición que le calza a Macca como anillo al dedo, eso de compartimentalizarlo todo -a veces superponiendo los cajones- en lo acústico delicado, lo rockero y lo ornamental retromaníaco. The Boys of Dungeon Lane tiene mucho de despedida o testamento según la óptica del señor, un artesano que a pesar de su fortuna, el tiempo trascurrido y los cambios pronunciados en una industria musical que ha abandonado el rumbo de la excelencia desde hace décadas, en favor de productos horrendos de pretensiones masivas lobotomizadoras, todavía conserva un talento errático aunque luminoso para las melodías y esa manipulación popera inconmensurable que pone en vergüenza a casi todos los que se creen “músicos” o “cantantes” en nuestro planeta.

 

The Boys of Dungeon Lane, de Paul McCartney (2026)

Tracks:

  1. As You Lie There
  2. Lost Horizon
  3. Days We Left Behind
  4. Ripples in a Pond
  5. Mountain Top
  6. Down South
  7. We Two
  8. Come Inside
  9. Never Know
  10. Home to Us
  11. Life Can Be Hard
  12. First Star of the Night
  13. Salesman Saint
  14. Momma Gets By