Dulzura (Sweetness, 2025), la ópera prima de la cineasta canadiense Emma Higgins, es una de esas películas fallidas pero interesantes de antaño, un rubro muy específico que no suele ser común en un Siglo XXI de una omnipresente chatura artística y pocas o nulas ideas para despegarse del resto de la fauna cultural, en sí polarizada hasta lo caricaturesco e incapaz de arribar a soluciones negociadas dignas del eje populista de la centuria previa. Hablamos de un grupo de realizaciones de otra época, que efectivamente el debut de la hermosa directora y guionista trae a la memoria, que arrastraban una serie de problemas técnicos o formales aunque en simultáneo los compensaban desde la dimensión discursiva, en especial gracias a nociones claras sobre hacia dónde íbamos en moraleja, ideología o amplitud retórica, típico caso de una actitud bombástica o con la suficiente espesura para comerse a las deficiencias y torpezas del montón que pudiesen surgir en una propuesta que no llegaba a alcanzar su máximo potencial pero lograba a mucha honra imponer su personalidad en un contexto que tiende a la indistinción o la mediocridad, rotundo mérito del tuerto en la tierra de los ciegos.
Si trazamos correspondencias se podría decir que así como ¡Oh, Hola! (Oh, Hi!, 2025), de Sophie Brooks, retomaba el motivo de las esposas de El Juego de Gerald (Gerald’s Game, 2017), de Mike Flanagan, y Obsesión (Obsession, 2025), de Curry Barker, recordaba el esquema del acoso romántico de Obsesión Mortal (Play Misty for Me, 1971), opus de Clint Eastwood, Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987), de Adrian Lyne, y Durmiendo con el Enemigo (Sleeping with the Enemy, 1991), de Joseph Ruben, Dulzura acumula cosillas de todas las mencionadas y aquel latiguillo del admirador elevado a lo patológico de Obsesión Pasional (The Fan, 1981), de Ed Bianchi, El Rey de la Comedia (The King of Comedy, 1982), de Martin Scorsese, La Fanática (Der Fan, 1982), de Eckhart Schmidt, y Misery (1990), de Rob Reiner. El trabajo de Higgins, por supuesto salvando las distancias, también recupera a la hembra más peligrosa que el macho de La Fanática más Repulsión (1965), de Roman Polanski, Posesión (Possession, 1981), de Andrzej Zulawski, Audición (Ôdishon, 1999), de Takashi Miike, y Bajo la Piel (Under the Skin, 2013), gesta de Jonathan Glazer.
Todo gira alrededor de Rylee Hill (Kate Hallett), adolescente regordeta y anodina que tiene una relación distante con su padre policía, Ron (Justin Chatwin), y sólo habla con una amiga de ascendencia asiática del colegio, Sidney (Aya Furukawa). La chica, huérfana de madre desde los diez años, suele escaparle a la depresión y al bully escolar mediante su fetiche con una banda noruega de electropop, Floorplan, y fundamentalmente su cantante y letrista, Payton Adler (Herman Tømmeraas), un bobo adicto a la cocaína y los estimulantes que se la pasa limpiándose y recayendo. Luego de un recital el “objeto del deseo” atropella a Rylee, que resulta sin daños, y para escaparle a un posible juicio se ofrece a llevarla a su hogar, no obstante antes pasa por un expendio de drogas, consume y prontamente termina desvaneciéndose al volante cerca de la casa de la púber, quien a su vez lo arrastra como puede hasta su habitación para colocar las esposas de papi en la mano izquierda del músico, todo con la excusa de forzar su rauda desintoxicación siguiendo un plan que incluye como cómplice a Sidney, más adelante asesinada accidentalmente por una Rylee ya enceguecida.
Higgins, aquí también firmando el guión luego de un largo derrotero como directora de videoclips y alguna participación televisiva esporádica, plantea bien la situación, ofrece un relato dinámico e incluso parte el asunto en dos desde la eficacia, con una primera mitad de tono bastante liviano y una segunda parte oscureciéndose paulatinamente debido al óbito de la amiga, a la que Rylee asfixia para que no la escuche una vecina después de un intento de abandonar la faena criminal porque Adler pretende escapar con violencia, sin embargo las actuaciones de los dos protagonistas son flojas, hablamos de los muy inexpertos Hallett y Tømmeraas, las redundancias con respecto a propuestas anteriores están por todos lados, sumando una gran dosis de previsibilidad, y el desarrollo de personajes también deja mucho que desear, por ello nunca terminamos de conectar con la muchacha y el cantante y resultan más interesantes secundarios como Sidney y la novia del padre, Marnie (Amanda Brugel), otra finada ocasional. El film, de todos modos, se las ingenia para mantener alta la tensión y pensar la cultura de la banalidad y la obsesión del presente, repleto de burbujas delirantes…
Dulzura (Sweetness, Canadá, 2025)
Dirección y Guión: Emma Higgins. Elenco: Kate Hallett, Herman Tømmeraas, Aya Furukawa, Justin Chatwin, Amanda Brugel, Steven Ogg, Erika Swayze, Kelly Reich, Julius Cho, Kelsey Ruhl. Producción: Taj Critchlow y Daniel Quinn. Duración: 97 minutos.