El Hombre que Ríe (The Man Who Laughs)

Amor entre mutilados

Por Emiliano Fernández

Si bien dentro del pelotón del expresionismo alemán hay directores mucho más conocidos y representativos de la corriente por antonomasia de la República de Weimar (1918-1933), como por ejemplo Robert Wiene, Fritz Lang, F.W. Murnau, Paul Wegener, G.W. Pabst y Arthur Robison, Paul Leni es uno de los más interesantes y anómalos porque sus dos obras más famosas rodadas en Alemania, de hecho vinculadas al expresionismo de truculencias y decorados oníricos o alienantes, resultan menos atractivas que las que filmó en Hollywood, exilio que ni siquiera se debió al ascenso de los nazis sino que se explica por simple y llana conveniencia profesional, un período en el que la influencia expresionista se vuelve más sutil ya que tiene que ver con el grotesco, cierto humor bizarro, los enigmas de fondo y esa obsesión con personajes complejos a nivel psicológico/ identitario. Leni empieza su carrera en el cine como diseñador de producción y se muda a yanquilandia en 1927 para fallecer de repente a los 44 años de edad a raíz de una sepsis por una infección dental no tratada, sin embargo -y como decíamos antes- su génesis es cien por ciento europea y se vincula al melodrama La Escalera de Servicio (Hintertreppe, 1921), opus codirigido junto a Leopold Jessner, y a la antología de terror y fantasía El Gabinete de las Figuras de Cera (Das Wachsfigurenkabinett, 1924), realizada con Leo Birinsky, evidentemente inspirada en El Gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), joya de Wiene, y en gran medida la abuela de Al Morir la Noche (Dead of Night, 1945), película ómnibus de Alberto Cavalcanti, Charles Crichton, Basil Dearden y Robert Hamer que constituyó el primer popurrí moderno en el ecosistema de los gritos y los sustos. El director luego redondea para aquella Universal Pictures del compatriota Carl Laemmle cuatro propuestas, la comedia de horror El Gato y el Canario (The Cat and the Canary, 1927), el curioso thriller histórico El Hombre que Ríe (The Man Who Laughs, 1928) y las obras de misterio El Loro Chino (The Chinese Parrot, 1927) y La Última Advertencia (The Last Warning, 1928), la primera hoy perdida y la segunda una secuela espiritual de El Gato y el Canario pero prescindiendo de las risas y pinceladas sobrenaturales y reteniendo a la linda protagonista, Laura La Plante.

 

Claramente la gesta más renombrada de Leni en el Siglo XXI y la mejor y más sofisticada de su cosecha es El Hombre que Ríe, film basado en la novela de 1869 de Víctor Hugo que sigue la estela de dos odiseas de época muy exitosas protagonizadas por el querido Lon Chaney, El Jorobado de Notre Dame (The Hunchback of Notre Dame, 1923), de Wallace Worsley, y El Fantasma de la Ópera (The Phantom of the Opera, 1925), de Rupert Julian. La película fue estrenada primero como film mudo y luego con una banda sonora orquestal con algunos sonidos sincronizados con la pantalla en línea con campanadas y golpes, para aprovechar la revolución desencadenada por El Cantor de Jazz (The Jazz Singer, 1927), la primera faena sonora del mainstream, y cuenta como protagonistas al germano Conrad Veidt, visto en El Gabinete de las Figuras de Cera y célebre por su Cesare del opus de Wiene de 1920, y la estadounidense Mary Philbin, conocida por aquella Christine Daaé de El Fantasma de la Ópera. Más allá de la anécdota de que el personaje martirizado de Veidt, Gwynplaine, un payaso con una cirugía del espanto que le garantiza una sonrisa eterna, es la fuente de inspiración explícita del Guasón o Joker, el supervillano y principal enemigo de Batman creado en 1940 por Bill Finger, Bob Kane y Jerry Robinson, lo cierto es que la realización del alemán es una joya del expresionismo leve -en su acepción hollywoodense atenuada- y una adaptación relativamente fiel de la novela de Hugo, como siempre en el caso del escritor francés denunciando la injusticia social, abrazando a los marginados y sumergiéndose de cabeza en el fatalismo de marco pedagógico, con moraleja a favor de la democracia y contra la tiranía, la pena de muerte y todos los privilegios de la burguesía y la aristocracia de Europa. Tan convulsionada como muchas otras superproducciones de su tiempo, aquí aglutinando ingredientes de melodrama, tragedia psicológica, swashbuckler/ capa y espada, terror gótico y la mencionada epopeya histórica, El Hombre que Ríe plantea el catalizador del relato mediante un prólogo centrado en la Inglaterra del Siglo XVII de Jacobo II (Sam De Grasse), quien le guarda rencor a un noble que se negó a besar su mano, Lord Clancharlie (Veidt), a su vez obligado a exiliarse por el hostigamiento subsiguiente.

 

El rasputiniano bufón de la corte, Barkilphedro (Brandon Hurst), no sólo entrega al díscolo al monarca cuando es capturado en su vuelta a Inglaterra para reencontrarse con su hijo, por ello el lord termina en la “doncella de hierro”, en esencia un sarcófago vertical con clavos en su interior para matar de a poco al reo por empalamiento, sino que además confirma que el mocoso de turno, Gwynplaine (Julius Molnar de niño, Veidt en su acepción adulta), fue vendido a una tribu gitana que precisamente se dedica a comerciar con purretes e incluso a realizar crueles cirugías estéticas para transformar a los niños en mendigos o atracciones de feria, los Comprachicos, justo el destino del vástago de Clancharlie a manos del cirujano favorito de los traficantes de personas, el Doctor Hardquanonne (George Siegmann). Ni lento ni perezoso, Jacobo II emite un decreto desterrando a los Comprachicos del país y en medio de la partida queda relegado Gwynplaine, el cual es rechazado como una prueba incriminatoria por los gitanos mientras Hardquanonne se hace oír en vano afirmando que el nene representa dinero cedido por Barkilphedro en nombre del monarca, así las cosas el huerfanito hambriento lucha contra una tormenta de nieve, rescata a una beba no vidente cuya madre ha muerto congelada y ambos eventualmente son cobijados por un filósofo y dramaturgo, Ursus (Cesare Gravina), sujeto que vive con un lobo domesticado, Homo. Los años pasan y este trío de profesionales teatrales, más la mascota y un caballo, recorren los pueblos de Inglaterra con éxito en un típico carromato expresionista, con un techo inclinado y ruedas desniveladas, no obstante la alegría desaparece cuando Hardquanonne reconoce su creación y los invita a la Feria de Southwark, desde donde envía una carta a la noble que está usufructuando las propiedades y fortuna del clan Clancharlie sin saber que existe un heredero del linaje malogrado, la Duquesa Josiana (Olga Baclanova), con el objetivo de extorsionarla para evitar que el chisme llegue a la Reina Ana (Josephine Crowell), hija de Jacobo II que es la primera en enterarse porque Barkilphedro, ahora un agente de la corte, intercepta la misiva y se la enseña a la susodicha, quien decreta el casamiento de Josiana con un Gwynplaine perdidamente enamorado de la cieguita ya adolescente, Dea (Philbin).

 

A pesar de las tribulaciones o condimentos románticos y palaciegos de la trama, como una Duquesa Josiana bastante putona y un hilarante prometido de pacotilla al que le mete los cuernos sistemáticamente con machos de la plebe, el tonto pero no tan tonto Lord Dirry-Moir (Stuart Holmes), el meollo es la relación entre la hermosa Dea, que nunca tocó el rostro de su amado, y ese Gwynplaine que no se cree digno de la muchacha y arrastra el trauma de su semblante de bufón perpetuo involuntario, sonrisa sardónica porque no surge del interior y para colmo fue implantada por el poder social más despótico y sus esbirros, en este sentido que el personaje de Baclanova no se ría de él durante una función teatral le da esperanza de que exista el cariño femenino consciente de su deformación, no obstante la duquesa estalla en carcajadas -luego de coquetear morbosamente con la criatura de Veidt- al enterarse que deberá casarse con el heredero para conservar los privilegios y el dinero de los Clancharlie, actitud que contrasta con la de una Dea que acepta al desfigurado después de su casi affaire y por fin usa las manos para recorrer su hocico desorbitado, manifestando que “Dios cerró mis ojos para que sólo pudiese ver al Gwynplaine real”. Leni construye una obra fascinante y con una maravillosa carga simbólica porque al sustrato sobre la belleza comunal, todos los monstruos que obnubilaban a Hugo, se agrega la parodia tácita sobre las identidades caprichosas de clase homologadas también a Gwynplaine, quien entre despertar las risas del populacho en la Feria de Southwark y recibir una serie de burlas en la Cámara de los Lores, como sucede en el genial último acto al verse obligado por la reina a ocupar el escaño de su familia, opta por renunciar al título nobiliario y por regresar a un pueblo que lo abraza como propio y lo ayuda a escapar de Barkilphedro en la secuencia de acción del desenlace, un gesto discursivo inteligente que pone a la sociedad en su conjunto en la bolsa de los prejuicios y separa a los ingenuos del vulgo, por un lado, del sadismo y la soberbia de la mafia plutocrática, por el otro. Reemplazando el remate lacrimógeno del libro por la felicidad de Hollywood, El Hombre que Ríe salta con comodidad del grotesco de los nobles y los saltimbanquis al amor entre estos mutilados, él y ella, sin boca y sin ojos normales…

 

El Hombre que Ríe (The Man Who Laughs, Estados Unidos, 1928)

Dirección: Paul Leni. Guión: Walter Anthony y J. Grubb Alexander. Elenco: Conrad Veidt, Mary Philbin, Brandon Hurst, Cesare Gravina, Olga Baclanova, Stuart Holmes, George Siegmann, Josephine Crowell, Sam De Grasse, Julius Molnar. Producción: Carl Laemmle. Duración: 110 minutos.

Puntaje: 10