Trilogía de las Colegialas en Peligro de Massimo Dallamano

Concupiscencia a escondidas

Por Emiliano Fernández

La relación entre séptimo arte y sexo ha experimentado diversos cambios a lo largo del tiempo empezando por una etapa de relativa libertad, aquella correspondiente al cine mudo que dio paso al período del Código Hays (1934-1968), sistema de autocensura puritana que tuvo sus ecos en una multiplicidad de cinematografías nacionales de nuestro planeta. Con el ascenso del hippismo, la contracultura y el pacifismo en la década del 60 se produce una fase de liberación que se extiende hasta los años 70 aunque en este caso licuando el costado rebelde del coito y vinculándolo al placer por el placer en sí. A posteriori ya tenemos una etapa de transición, los 80 y 90, en la que la arremetida neoconservadora del reaganismo/ thatcherismo y sus acólitos convivió con las esquirlas de la algarabía erótica previa, como aseverábamos primero cargada de significado político y luego equiparada al individualismo burgués acrítico/ acomodaticio de siempre. En el nuevo milenio domina un neopuritanismo inmundo que tiene que ver con la cobardía o mediocridad ideológica de la mayoría de los directores, guionistas y productores y su hipocresía en términos de dejar contentos a la fauna cavernícola de derecha y a la seudo izquierda del wokismo y el feminismo blanco, ortodoxo, de buen pasar económico y sin conciencia social alguna, por cierto dos sectores opuestos hoy en clara decadencia. Si nos concentramos en la década del 70, etapa de gloria de la promiscuidad de las drogas y las fiestas non stop, el cine aprovechó el jolgorio social hedonista para meterse con una catarata de temas hasta ese momento tabúes y uno de los más candentes fue el de las lolitas o adolescentes putonas, un tópico que por lo general era analizado mediante dos perspectivas superpuestas, por un lado la explotación de impronta masturbatoria y por el otro una denuncia paradójica que abarcaba tanto el “libertinaje” de las ninfas como una sexualización de tipo biológico hasta entonces negada, considerando desde cierta pretensión de objetividad a la pubertad como una fase del desarrollo natural de los sujetos y no como un faro de inocencia infantil tardía, como todavía se la pensaba en su época desde la idealización cristiana. La temática fue tratada desde el freudismo por una infinidad de películas libidinosas y por unos cuantos representantes del horror, no obstante los exponentes más furiosos dentro del género de los gritos y los sustos llegaron de Italia y específicamente del giallo, una variación rimbombante del cine de misterio Clase B. En este sentido Massimo Dallamano, director y guionista de Lombardía, nos legó la llamada Trilogía de las Colegialas en Peligro, léase ¿Qué le han Hecho a Solange? (Cosa Avete Fatto a Solange?, 1972), La Policía Pide Ayuda (La Polizia Chiede Aiuto, 1974) y Enigma Rojo (Enigma Rosso, 1978), propuestas que llevan al extremo el retrato de la sexualidad irresponsable de los 70 mediante el fetiche temático de las adolescentes que se creen libres pero terminan a merced de la lacra más viciosa y oligopólica del capitalismo, esa que las explota y después las descarta como objetos de su propiedad. Este puñado de films hoy en día es recordado especialmente por las dos primeras obras gracias al carácter adictivo de ¿Qué le han Hecho a Solange?, efectivamente una de las cúspides del giallo, y el ADN heterogéneo y al mismo tiempo muy eficaz de La Policía Pide Ayuda, mixtura del género mencionado y su sucesor comercial, el poliziottesco, comarca símil film noir de acción en la que brillarían realizadores como Fernando Di Leo, Umberto Lenzi, Elio Petri, Carlo Lizzani, Enzo G. Castellari, Francesco Rosi y Damiano Damiani, todos retomando cosillas de Bullitt (1968), opus de Peter Yates, Harry, el Sucio (Dirty Harry, 1971), de Don Siegel, Contacto en Francia (The French Connection, 1971), de William Friedkin, El Padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola, La Fuga (The Getaway, 1972), de Sam Peckinpah, Sérpico (1973), de Sidney Lumet, Magnum 44 (Magnum Force, 1973), de Ted Post, y El Vengador Anónimo (Death Wish, 1974), de Michael Winner. A continuación exploraremos detalladamente la trilogía de Dallamano con el doble objetivo de sopesar el enfoque desacralizador hacia la primera juventud que se asomaba por detrás, producto del desarrollo histórico de la sociedad global hasta ese punto, y de sistematizar los elementos retóricos cruciales de cada película, sobre todo en función de las correlaciones con las otras dos y con los géneros que las agrupan, valientes como pocos dentro de un marco expresivo de anclaje disruptivo/ terrorista/ exploitation que ventiló los trapos sucios de la comunidad.

 

¿Qué le han Hecho a Solange? (Cosa Avete Fatto a Solange?, 1972):

 

Dallamano empezó su derrotero en el séptimo arte en la década del 40 como director de fotografía de una generosa retahíla de películas que quedaron en el olvido salvo por tres obras bastante particulares, hablamos de El Gran Farsante (Il Mattatore, 1960), aquella commedia all’italiana de Dino Risi con Vittorio Gassman, y Por un Puñado de Dólares (Per un Pugno di Dollari, 1964) y Por unos Dólares más (Per qualche Dollaro in più, 1965), las dos primeras partes de la Trilogía del Dólar o Trilogía del Hombre sin Nombre de Sergio Leone con Clint Eastwood, saga que luego se completaría con El Bueno, el Malo y el Feo (Il Buono, il Brutto, il Cattivo, 1966), film en el que sería reemplazado por el legendario Tonino Delli Colli, a su vez colaborador asiduo de Pier Paolo Pasolini, Lina Wertmüller, Marco Ferreri, Federico Fellini, Roman Polanski y el maravilloso Leone. La popularidad escalonada de los trabajos con Sergio le permite a Dallamano finalmente convertirse en realizador, rol que de todos modos ya había probado en ocasión de Tierra Mágica (1959), un documental sobre Venezuela codirigido junto a Vittorio Valentini. De hecho, el éxito mundial de El Bueno, el Malo y el Feo arrastró a los dos eslabones previos y le permitió a Massimo entregarse a un frenesí profesional como mandamás que empezó con Bandidos (1967), correcto spaghetti western de revancha protagonizado por Enrico Maria Salerno, y La Muerte no Tiene Sexo (La Morte non ha Sesso, 1968), un thriller ameno que supo aglutinar elementos de giallo y poliziottesco, y continuó de la mano de El Placer de Venus (Le Malizie di Venere, 1969), mediocre sexploitation con Laura Antonelli a partir de La Venus de las Pieles (Venus im Pelz, 1870), esa novela corta del austríaco Leopold von Sacher-Masoch, y El Retrato de Dorian Gray (Il Dio Chiamato Dorian, 1970), bizarra mixtura de horror y porno softcore que ofrece una acepción muy trash de la novela de 1890 de Oscar Wilde, ahora con Helmut Berger como el protagonista del título. Dallamano llega con una mochila muy cargada de experiencia a la propuesta por la que sería recordado de allí en más, ¿Qué le han Hecho a Solange? (Cosa Avete Fatto a Solange?, 1972), no sólo su mejor película por lejos sino también uno de los exponentes fundamentales del giallo en su conjunto, aquí incluso homenajeando de manera espiritual al krimi germano de la década del 60, una de las fuentes de inspiración del giallo además del suspenso y el film noir en general, ya que en el mercado alemán se estrenó como una adaptación de un libro de Edgar Wallace, La Pista del Alfiler (The Clue of the New Pin, 1923), cuando en realidad ¿Qué le han Hecho a Solange? nada tiene que ver con la novela del británico. La historia comienza con una pareja besándose en un bote en un río de ensueño, Enrico Rosseni (Fabio Testi) y Elizabeth Seccles (Cristina Galbó), profesor y estudiante en un instituto educativo católico para señoritas de Londres, Santa María. La ninfa ve a la distancia a una chica corriendo semi desnuda entre los árboles y luego siendo asesinada, mediante un cuchillo largo que un sujeto con guantes negros clava en su vagina, situación que es descartada como inverosímil por Rosseni, un italiano que se dedica a enseñar su idioma más gimnasia en el colegio sin compartir cursos con su amante. El hombre, casado desde hace cinco años con una docente alemana de matemáticas llamada Herta (Karin Baal), pronto descubre que efectivamente es hallada muerta una alumna del establecimiento en ese lugar y bajo esa modalidad homicida, Hilda Ericson, lo que desencadena una investigación a cargo de un inspector de Scotland Yard, Barth (Joachim Fuchsberger), quien no tarda mucho en deducir que Rosseni sabe más del asunto de lo que dice porque se encontró un bolígrafo suyo en la escena del crimen y el susodicho pasó por el lugar apenas enterado del suceso. Por supuesto que el ignoto asesino después se carga a otra colegiala con otra cuchilla enterrada en su feminidad, Janet Bryant (Pilar Castel), y para colmo ahoga a Seccles en la bañera del nidito de amor que compartía con el profesor, un departamento que les permitía autonomía del andamiaje educativo y del influyente tío/ tutor de la joven, el Coronel Douglas Seccles. A través de unas pesquisas paralelas y a veces cruzadas de parte de Barth y Rosseni, eventualmente nos topamos con el dato de que el homicida no es un maníaco sexual sino un psicólogo y padre vengador que viste una sotana de sacerdote, el Profesor Bascombe (Günther Stoll), con el objetivo de escuchar las confesiones de las amigas de su hija, Solange Beauregard (Camille Keaton), cuasi autista que experimentó una regresión hacia la infancia después de ser sometida a la fuerza a un aborto por un grupito de colegialas de su misma edad amantes de las drogas y las orgías, colectivo promiscuo que contrató los servicios de una comadrona multifunción que también elimina embarazos con unas espantosas agujas de coser, Ruth Holden (Emilia Wolkowicz), a la que por cierto Bascombe le clava una hoz en la vagina luego de reventar la cabeza de su dóberman con un caño. La odisea combina de manera bastante caótica una colección de ingredientes paradigmáticos del giallo que ponen de manifiesto el costado más revulsivo y fascinante del género, pensemos en nuestro testigo no confiable, Elizabeth, una relación pecaminosa o sancionada socialmente, la de la muchacha con Rosseni, un crimen sexual aberrante que origina el enigma y sus duplicados, una típica premisa hitchcockiana de falso culpable, el maestro picarón de Testi, resonancias católicas y sexploitation, detalles surrealistas/ oníricos/ grotescos, actrices hermosas y galanes de pura cepa, un lunático con guantes negros a lo Mario Bava, Dario Argento y Sergio Martino, entre otros, la presencia de un policía implacable e incluso adepto a los apremios ilegales, Barth, y esa dialéctica vinculada a las pasiones tanto homicidas y psicosexuales como románticas y familiares, sin olvidarnos de una ambientación en el mundo anglosajón en términos del sutil oportunismo comercial, diversos delirios en la lógica narrativa, una andanada de zooms furiosos, la infaltable música de Ennio Morricone, diálogos intrincados y casi permanentes, una toma subjetiva desde el punto de vista del asesino para el óbito de Seccles, aquel flashback final explicativo marca registrada y por supuesto algo de voyeurismo en las duchas de la escuela de señoritas, hoy cortesía de otro de los sospechosos del inicio, Newton (Antonio Casale), profesor de alemán e historia en Santa María. Jugando con la xenofobia en el Reino Unido mediante la condición de inmigrante de Rosseni, ¿Qué le han Hecho a Solange? por un lado considera a la información como un tesoro dudoso o más bien cercano al inconsciente, la manipulación o el poder, como todo giallo que se precie de tal, y por el otro lado unifica a Eros y Tánatos porque la cosificación del prójimo es recíproca y profundamente violenta en la posmodernidad, algo que rehúye de toda ética y en pantalla es subrayado a través de esos cuchillos destrozando las vaginas de las responsables de haber malogrado la mente y el aparato reproductivo de la burguesita del título en la piel de Keaton, luego conocida por su Jennifer Hills de Escupo sobre tu Tumba (I Spit on Your Grave, 1978), la controvertida faena de violación y venganza/ rape and revenge de Meir Zarchi. Si bien la película ofrece menos gore que otros giallos de la época debido a su clara preocupación por la cruzada del criminal y el trauma que deja primero en Elizabeth y a posteriori en Enrico, de la misma manera que Bascombe quedó golpeado por el calvario de Solange, el opus de Dallamano exuda valentía discursiva al burlarse abiertamente de la bancarrota moral católica/ cristiana de su tiempo aunque sin llegar al nivel de El Extraño Secreto del Bosque de las Sombras (Non si Sevizia un Paperino, 1972), una de las joyas más agresivas de Lucio Fulci que tenía en su corazón a un cura asesino y no a un seudo eclesiástico como en este caso, amén de mocosos hoy reemplazados por colegialas putonas y del hecho de que el móvil del crimen antes era la fe ortodoxa y no este desquite ante nosotros, más prosaico. El film asimismo coquetea con el escándalo social a raíz del affaire con la casi menor de edad, esquema que se anula retóricamente afirmando que Seccles aún era virgen al morir y por consiguiente no fue “profanada” por Rosseni, y además se arrima hacia una celebración tácita del adulterio que también queda en la nada, ahora en función de la metamorfosis de Herta al enterarse de lo mencionado, de arpía frígida a esposa sexy y solícita en la cama y en la exoneración del marido. El realizador no pisa el acelerador de la arenga terrorista símil Fulci pero maneja bien el suspenso, despliega con agudeza los desnudos de índole exploitation, aprovecha el carisma de Testi, por entonces célebre gracias a El Jardín de los Finzi Contini (Il Giardino dei Finzi Contini, 1970), opus de Vittorio De Sica, y sobre todo critica al nihilismo erótico amoral de los 70, surgido como una perversión o vaciamiento simbólico/ ideológico del idealismo sociopolítico de la década anterior, por ello el hedonismo drogón de las ninfas pone en vergüenza a unos adultos que se creen con el poder de decidir sobre el destino de unos adolescentes que transgreden las normas aunque ya no desean salvar al mundo y sólo anhelan concupiscencia a escondidas, ese placer homologado a un fin en sí mismo que debe castigarse desde derecha e izquierda, por su eje transgresor primero e insustancial después.

 

¿Qué le han Hecho a Solange? (Cosa Avete Fatto a Solange?, Italia/ Reino Unido/ República Federal de Alemania, 1972)

Dirección: Massimo Dallamano. Guión: Massimo Dallamano y Bruno Di Geronimo. Elenco: Fabio Testi, Karin Baal, Joachim Fuchsberger, Cristina Galbó, Günther Stoll, Camille Keaton, Pilar Castel, Antonio Casale, Emilia Wolkowicz, Claudia Butenuth. Producción: Fulvio Lucisano, Leo Pescarolo y Horst Wendlandt. Duración: 103 minutos.

 

La Policía Pide Ayuda (La Polizia Chiede Aiuto, 1974):

 

En el período entre ¿Qué le han Hecho a Solange? (Cosa Avete Fatto a Solange?, 1972) y La Policía Pide Ayuda (La Polizia Chiede Aiuto, 1974), Dallamano nuevamente se dedicó a los géneros de moda de su época y prueba de ello son ¿Se Puede ser más Bastardo que el Inspector Cliff? (Si può Essere più Bastardi dell’Ispettore Cliff?, 1973), un poliziottesco apenas simpático estelarizado por Iván Rassimov, e Inocencia y Turbación (Innocenza e Turbamento, 1974), otro sexploitation del montón que copiaba la premisa incestuosa y en ocasiones cómica/ satírica antiburguesa de Malicia (Malizia, 1973), el hitazo de Salvatore Samperi con una infartante Laura Antonelli. En primera instancia se podría aseverar que La Policía Pide Ayuda, también conocida por su título para el mercado angloparlante, ¿Qué les han Hecho a tus Hijas? (What Have They Done to Your Daughters?), cae sólo un escalón por debajo del film de 1972 y supera por mucho a la otra amalgama concienzuda de giallo y poliziottesco de parte del director, La Muerte no Tiene Sexo (La Morte non ha Sesso, 1968), película definitivamente esquemática en lo que atañe a la fórmula y en todo caso cercana al thriller tradicional, y en segundo lugar la joya que nos ocupa funciona como un ejemplo de aquella etapa de transición entre el giallo, en declive en la taquilla italiana, y el ascendente poliziottesco, mejor preparado para retratar el clima de violencia, pánico y nihilismo social correspondiente a los Años de Plomo (1968-1988), suerte de guerra civil tácita entre la izquierda y la derecha de Italia más el gobierno, su aparato represivo, la mafia, la Iglesia Católica, los servicios de inteligencia internacionales y los diversos grupos parapoliciales neofascistas de turno, por ello el poliziottesco recibió la antorcha del giallo así como este último había heredado el interés del público hacia el spaghetti western, lo que no impide reconocer que el mismo poliziottesco se iría desvaneciendo a lo largo de los 70 y sobre todo la década siguiente, cuando los últimos estertores del cine italiano de género, ya golpeado por las estrategias muy agresivas de Hollywood para eliminar a toda la competencia del planeta, se volcaron a una catarata de películas Clase B de acción, fantasía épica y ciencia ficción que retomaban ingredientes de Mad Max 2 (1981), de George Miller, Conan, el Bárbaro (Conan, the Barbarian, 1982), de John Milius, Blade Runner (1982), de Ridley Scott, y Terminator (The Terminator, 1984), de James Cameron, entre otros blockbusters de su tiempo. Todo comienza con el descubrimiento del cadáver de una adolescente de 14 años colgado de la viga de un ático en un asesinato disfrazado de suicidio, Silvia Polvesi (Sherry Buchanan), bella ninfa embarazada de dos meses y con semen en su vagina, ano y estómago, por ello comienza la pesquisa en conjunto de la fiscalía, representada por Vittoria Stori (Giovanna Ralli), y el departamento de policía, primero a cargo del Inspector Valentini (Mario Adorf) y después del Inspector Silvestri (Claudio Cassinelli), polizonte que descubre a un fisgón tomando fotografías de la escena del crimen desde un edificio vecino, Bruno Paglia (Franco Fabrizi), el cual atesora una colección de retratos de la finada intimando en ese mismo lugar con un tal Marcello Tosti (Paolo Turco), espeleólogo que estuvo bajo tierra explorando cavernas durante el momento del homicidio. La policía halla el departamento donde mataron a la chica y encuentra material pornográfico, extensas manchas de sangre en el baño y una grabadora escondida en la pared, para colmo la madre de la occisa, la Señora Polvesi (Marina Berti), le informa a Stori que descubrió que su hija no era virgen cuando encontró píldoras anticonceptivas en un abrigo suyo, así ante el secretismo de la adolescente y sus amenazas de suicidio con una hoja de afeitar contrató a un detective privado, Ruggero Talenti, cuyo cuerpo aparece desmembrado en el baúl de su coche y cuya secretaria y amante, una señorita llamada Rosa (Micaela Pignatelli) que está internada en un hospital a posteriori de un accidente automovilístico, es atacada por un motociclista con una cuchilla de carnicero más casco, ropa de cuero y guantes negros. El loquito le corta la mano izquierda a un oficial, Napoli (Salvatore Puntillo), y consigue escapar aunque sin llevarse lo que buscaba, una cinta de audio que Rosa había escondido en el conducto del aire acondicionado de su habitación, en esencia registro de una serie de encuentros sexuales de menores de edad, entre ellas la hija de Valentini, Patrizia (Roberta Paladini), con una multitud de hombres muy poderosos que forman parte de una red de prostitución infantil encabezada por Paglia, el psiquiatra pederasta de Silvia, el Profesor Beltrame (Steffen Zacharias), y por supuesto ese fanático de las motocicletas que trata de encubrir el asuntillo y eliminar a los encargados de revelar la verdad, un carnicero que responde al nombre de Roberto Melchiorri e intenta asesinar a Vittoria en el garaje de su hogar, reventando en cambio a su chofer de un cuchillazo en la nuca. Entre las diferencias con respecto a ¿Qué le han Hecho a Solange? es posible citar una investigadora femenina, la fiscal adjunta Stori, un mayor volumen de gore y procedimientos policiales/ judiciales, una flamante preocupación por la prensa amarilla, ese retrato de la represión gubernamental contra la izquierda, más cámara en mano en materia de la fotografía -antes de Aristide Massaccesi alias Joe D’Amato, hoy de Franco Delli Colli, primo de Tonino- y la presencia de secuencias de acción propiamente dichas, en línea con el acribillamiento del desenlace o la persecución sobre el carnicero por parte de Silvestri, luego de la embestida en el hospital contra Rosa. Ahora bien, las similitudes tampoco pueden pasarse por alto y aquí tenemos la promiscuidad de las púberes, un asesino de estricto atuendo negro, la cuestión fetichizada de la virginidad, esa policía con tendencia a los apremios ilegales, los diálogos a veces ultra grotescos, el sustrato desinhibido de la juventud en términos de choque intergeneracional, esa sexualidad perversa extrema, un desarrollo dinámico y en simultáneo detallista, mucha ambigüedad moral, una genial banda sonora de Stelvio Cipriani a lo Ennio Morricone y el uso de las pistas en el relato dentro de un abanico laberíntico o literario de correlaciones. Si bien podría haberse ampliado el rol de Adorf, intérprete legendario y muy prolífico del cine europeo, Dallamano sin duda exprime a los excelentes Ralli, veterana que había empezado a trabajar como actriz infantil en la década del 40, y Cassinelli, otro gran profesional que moriría joven, a los 46 años de edad, producto de un accidente de helicóptero durante el rodaje de una de esas trasheadas italianas de ciencia ficción a las que hacíamos referencia, Manos de Acero (Vendetta dal Futuro, 1986), opus de Sergio Martino que anticipó ideas varias de RoboCop (1987), de Paul Verhoeven, Halcón (Over the Top, 1987), de Menahem Golan, y Soldado Universal (Universal Soldier, 1992), de Roland Emmerich. En pantalla la red de lenocinio se vincula a sicarios, amenazas, padres ignorantes, truculencias, mentiras, profesionales burgueses cómplices, muchos cadáveres, fuerzas del orden bastante ingenuas y una retahíla de grabaciones de las sesiones de las ninfas con sus clientes, más un control de daños improvisado y un pacto de silencio de típicas implicancias mafiosas que hasta incluyen a un ministro en funciones de la Democracia Cristiana, asiduo consumidor de las servicios sexuales de las menores de edad. La autoincriminación viene por el lado del egoísmo, la tonta sensación de omnipotencia y la propensión generalizada a la tecnología y a parafilias como el voyeurismo y el exhibicionismo, pensemos que la policía se la pasa filmando a sospechosos y opositores políticos, los proxenetas registran a escondidas a las furcias con sus clientes e incluso la prensa amarilla detenta una relación sadomasoquista con el aparato represivo estatal porque se vale de los datos que consigue/ roba y en algunas oportunidades es utilizada -de manera consciente o no- por la policía o los chupasangres del sistema judicial, en esta oportunidad mediante las fotos del cadáver desnudo de Polvesi, publicadas sin el más mínimo prurito ético, y a través de aquel Silvestri que en el último acto miente a los periodistas diciendo que Paglia sobrevivió a una arremetida en realidad mortal de Melchiorri, confesándolo todo a los polizontes y así desencadenando el suicidio de Beltrame en un episodio de manipulación mediática inversa. El detalle de la trama del ignoto ministro implicado en el tráfico de menores o prostíbulo adolescente homologa de lleno al film al poliziottesco vía la corrupción y degradación social/ política/ económica/ institucional/ massmediática del género, uno que siempre apuntaba a la unión entre la institucionalidad malograda y el submundo del hampa o sus extremidades de pulpo. En este sentido, la estructura de impunidad corporativista que expone el remate de la realización, cuando Stori y Silvestri reciben órdenes del Fiscal General (Corrado Gaipa) de archivar el caso para no revelar los nombres de la clientela, contrasta con la muerte en soledad del carnicero motociclista, acorralado por la policía luego de la denuncia irónica de un par de nenas que lo reconocieron por las fotos en los medios, especie de lumpen del ecosistema criminal que hace el “trabajo sucio” mientras toda la dirigencia burguesa en el Estado y la oligarquía capitalista se cubre las espaldas cerrando la investigación con su fallecimiento.

 

La Policía Pide Ayuda (La Polizia Chiede Aiuto, Italia, 1974)

Dirección: Massimo Dallamano. Guión: Massimo Dallamano y Ettore Sanzò. Elenco: Claudio Cassinelli, Giovanna Ralli, Mario Adorf, Franco Fabrizi, Marina Berti, Steffen Zacharias, Paolo Turco, Salvatore Puntillo, Micaela Pignatelli, Sherry Buchanan. Producción: Paolo Infascelli. Duración: 91 minutos.

 

Enigma Rojo (Enigma Rosso, 1978):

 

El mayor problema de Enigma Rojo (Enigma Rosso, 1978), título de neto corte exploitation que retoma el éxito reciente de Dario Argento, Rojo Profundo (Profondo Rosso, 1975), es el poco o nulo talento de su director, Alberto Negrin, un profesional de raigambre televisiva que más adelante se especializaría en miniseries y telefilms acerca de la Segunda Guerra Mundial, hoy dirigiendo su única película para el séptimo arte con la idea de completar el último proyecto de Dallamano, quien luego de La Policía Pide Ayuda (La Polizia Chiede Aiuto, 1974) rodaría tres películas más antes de fallecer en 1976 a sus 59 años de edad por un accidente automovilístico, hablamos de El Medallón Ensangrentado (Il Medaglione Insanguinato, 1975), olvidable faena de horror modelo Venecia Rojo Shocking (Don’t Look Now, 1973), de Nicolas Roeg, y El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, El Fin de la Inocencia (La Fine dell’Innocenza, 1976), propuesta erótica que funcionaba como un rip-off de Emmanuelle (1974), el hit de Just Jaeckin, y Colt 38: Escuadrón Especial (Quelli della Calibro 38, 1976), un poliziottesco atractivo sobre representantes de la ley transformados en vigilantes en lucha contra un sindicato criminal proclive a los explosivos. Massimo recibe crédito como guionista, junto con el anodino Negrin y la friolera de cuatro personas más, léase Franco Ferrini, Marcello Coscia, Stefano Ubezio y Peter Berling, y se podría afirmar que su sustituto aprovecha las locaciones en Madrid de Enigma Rojo del mismo modo que Dallamano exprimió con astucia la Lombardía de La Policía Pide Ayuda y aquella Londres de ¿Qué le han Hecho a Solange? (Cosa Avete Fatto a Solange?, 1972). Ángela Russo, adolescente de 16 años, es encontrada sin vida en las aguas de una represa como consecuencia de una hemorragia interna causada por un consolador de madera que la desgarró, hallazgo que pone en acción al Inspector Gianni Di Salvo (Fabio Testi, ya visto en la epopeya de 1972), investigador que a su vez mantiene un romance con una simpática cleptómana, Christina (Christine Kaufmann), y se lleva bien con su superior directo, el Inspector en Jefe Luigi Roccaglio (Iván Desny). Esquivando los sollozos de su madre, la Señora Russo (Helga Liné), la hermana pequeña de la occisa, Emilia (Fausta Avelli), por un lado le entrega a Di Salvo la agenda de Ángela, donde aparece un gato dibujado todos los sábados que conduce hacia una sastrería/ tienda de ropa llamada Dibba’s, propiedad de un sujeto acusado de traficar cuadros falsos, Parravicino (Jack Taylor), y por el otro lado le informa de manera implícita al policía que la finada se prostituía con veteranos adinerados y poderosos junto con tres amigas del colegio para señoritas al que asistía, Santa Teresa de Ávila, nos referimos a Paola (Carolin Ohrner), Virginia (Brigitte Wagner) y Franca (Taida Urruzola), todas en muy buena relación con el proxeneta holandés de primera mano, Max van der Weyden (Tony Isbert), un profesor de inglés y alemán en la escuela en cuestión. Ayudado por su asistente sin nombre (Bruno Alessandro), Di Salvo inicia una pesquisa que se mueve en paralelo con respecto a amenazas varias contra las ninfas y otros involucrados utilizando mensajitos con versos del poeta inglés John Donne, además Franca casi fallece al caerse de un caballo por un dardo y Virginia se derrumba por las escaleras de la institución educativa debido a unas canicas de vidrio, justo después de practicarse un aborto. Mientras que aquellas movidas responden al “operativo desquite” de una Emilia furibunda, los crímenes de las ligas mayores tienen que ver con la búsqueda de impunidad de los adultos que intimaban con las púberes y comienzan a traicionarse entre ellos, Parravicino, Van der Weyden y el mismísimo Roccaglio, el responsable de “excederse” con Ángela durante una orgía, así saltamos del asesinato nocturno y al volante del holandés al homicidio de una Paola a la que le rompen el cuello y el óbito de Parravicino con una insólita plancha para el pelo clavada en su anatomía. Aquí nos topamos con un ritmo narrativo bastante aletargado que contrasta con la dinámica fascinante de Dallamano correspondiente a los eslabones previos de la Trilogía de las Colegialas en Peligro, a lo que se suman una trama mucho más sencilla, una ambientación por momentos de ortodoxia gótica de internado, diálogos que se debaten entre la histeria y la redundancia, más desnudos de las adolescentes en las duchas, otro asesino de guantes negros, una nueva tanda de voyeurismo e incoherencias retóricas y ese Testi algo desganado, casi en piloto automático a raíz de la ausencia de Massimo detrás de cámaras y el detalle de que la hermanita de Russo, Emilia, le gana en inteligencia a su personaje. Enigma Rojo, un giallo de idiosincrasia comercialmente anacrónica a fines de los 70, padece la poca imaginación y el poco despliegue de Negrin en cuanto a la pirotecnia de antaño, a escala tanto de la fotografía y el gore como de la edición y el suspenso, y tampoco ofrece ninguna novedad de relevancia entre detalles cómicos muy bobos, unas putillas un tanto aburridas, algunas tomas subjetivas, una novia ladrona sin mayor desarrollo, la linda Christina, y otro colegio católico de fondo que enfatiza la represión sexual como caldo de cultivo para el sadomasoquismo y un coito perverso a escondidas en general, sin olvidarnos de los policías adeptos a los apremios ilegales de siempre, hoy del rango de lo caricaturesco como lo ilustran el interrogatorio de Di Salvo en la montaña rusa sobre Parravicino y aquel otro en Santa Teresa de Ávila despertando a todos en medio de la noche cual razzia de alguna dictadura de su tiempo. Un nuevo aborto por escapadas libidinosas sitúa en primer plano la disparidad de poder entre las muchachas con el ego inflado, pensando que pueden sobrevivir a un plantel de psicópatas, y estos últimos que se creen con el dominio suficiente para hacer lo que quieran y evitar el castigo, hoy con la burguesía capitalista constituyendo en simultáneo por un lado los padres de las jóvenes, principal clientela del colegio, y por el otro lado los consumidores de la carnalidad desenfrenada al mejor postor, siempre dentro del engranaje de las sectas que cosifican a todos los que están afuera hasta que aparecen los problemas, momento que dispara el canibalismo del “sálvese quien pueda”. Más allá de la incompetencia de Negrin, la película no llega a ser mala si la comparamos con el aluvión de bodrios del Siglo XXI, época de una verdadera decadencia artística en todos los niveles, y se las ingenia para redoblar sutilmente la apuesta discursiva de los opus anteriores mediante la criatura de Desny, el Inspector en Jefe, juez y parte del caso que procura garantizar la impunidad del statu quo y al fracasar, ya en las postrimerías del relato, opta por suicidarse arrojándose al vacío en la misma represa del inicio. El perdón del desenlace del polizonte de Testi a la chiquilla, justo luego de intentar estrangular a Virginia en su cama de hospital, subraya la ambigüedad de la saga y la ausencia del maniqueísmo patético hollywoodense del cine del nuevo milenio en su conjunto, digno de unas idiotez y cobardía internacionales.

 

Enigma Rojo (Enigma Rosso, Italia/ España/ República Federal de Alemania, 1978)

Dirección: Alberto Negrin. Guión: Massimo Dallamano, Alberto Negrin, Franco Ferrini, Marcello Coscia, Stefano Ubezio y Peter Berling. Elenco: Fabio Testi, Jack Taylor, Bruno Alessandro, Iván Desny, Christine Kaufmann, Helga Liné, Silvia Aguilar, Taida Urruzola, Fausta Avelli, Tony Isbert. Producción: Antonio Tagliaferri, Leo Pescarolo y Artur Brauner. Duración: 84 minutos.