A nivel social se suele decir que la caída siempre es más veloz que la subida y dicho proverbio tiene mucho de verdad, no obstante la sentencia dista de abarcar el cien por ciento de los casos y más aún en lo que respecta al ecosistema cultural, donde la ecuación tiende a invertirse ya que el éxito descomunal puede ocurrir en un santiamén y el subsiguiente período de decadencia suele cubrir un período muy extenso de tiempo, por cierto homologado al olvido en cámara lenta del artista de turno a instancias de un imaginario colectivo que puede tacharlo de mediocre o simplemente descartarlo por puro capricho para pasar al siguiente foco de interés. A The Strokes, la célebre banda conformada por el cantante Julian Casablancas, los guitarristas Nick Valensi y Albert Hammond Jr., el bajista Nikolai Fraiture y el baterista Fabrizio Moretti, le ocurrió algo similar porque pasaron de encabezar aquel retro rock de comienzos del Siglo XXI a caer paulatinamente en el olvido tanto por factores externos, en esencia un cambio de época que estupidizó/ pauperizó los consumos musicales de manera escalonada, como por causas internas, sobre todo la cuasi separación del grupo a posteriori del primer lustro del nuevo milenio y el sustrato cada día más anodino, repetitivo, torpe o abiertamente fallido de los álbumes de las últimas dos décadas, amén de la distancia temporal entre cada uno de ellos, las incesantes peleas no reconocidas y el carácter fundamentalmente descartable de la enorme mayoría de los proyectos solistas de cada miembro. Dicho de otro modo, Reality Awaits (2026), el decepcionante pero también correcto nuevo disco de los estadounidenses, estaba destinado a desempatar el marcador porque luego de las tres joyas iniciales, léase las obras maestras Is This It (2001) y Room on Fire (2003) más un trabajo desparejo aunque todavía muy interesante, First Impressions of Earth (2005), llegaron tres placas que equilibraron el asunto hacia el costado sutilmente negativo de la balanza, hablamos de los apenas simpáticos Angles (2011) y The New Abnormal (2020) más el horrendo Comedown Machine (2013), discos con un puñado de canciones potables y muchos tracks de relleno que parecían responder a una inexistente sinergia entre los integrantes, desde ya siempre con el peligro adicional de que el colectivo mute en el proyecto solista de un Casablancas que siguió el mismo esquema descendente porque luego del maravilloso Phrazes for the Young (2009), gran álbum ninguneado, llegarían los tres bodrios experimentales con The Voidz, su banda paralela con los guitarristas Amir Yaghmai y Jeramy “Beardo” Gritter, el tecladista Jeff Kite, el bajista Jacob Bercovici y el baterista Alex Carapetis, esos insufribles Tyranny (2014), Virtue (2018) y Like All Before You (2024).
Quizás el principal problema de la versión de The Strokes correspondiente al estrellato de los últimos veinte años, un aburguesamiento que no los hizo perder sus ideales de izquierda inconformista y en gran medida los llevó a combinar mucha autoindulgencia sonora fallida y una apuesta a seguro que no logra reproducir las cúspides de antaño, tenga de hecho que ver con la incapacidad en la madurez de no sólo invocar la magia popera freak de Is This It y Room on Fire, el primero bien garage y el segundo más new wave, sino de al menos traer a colación el eclecticismo noventoso modelo rock alternativo de First Impressions of Earth, el último verdadero chispazo de creatividad al unísono ya que los álbumes posteriores terminaron siendo lo suficientemente inconexos o delirantes para ratificar que existe algo de razón en el chiste que se suele repetir en torno a los veteranos, eso de que en realidad se separaron luego del tercer opus y lo que hoy tenemos es una sociedad por conveniencia en materia de shows en vivo y una placa de demos -o composiciones nunca del todo finiquitadas- de vez en cuando, cada seis o siete años para ser más exactos. Si bien entre el público y la prensa rockera es común decir que el inconveniente principal de la agrupación radica en el carácter insuperable de Is This It, obra que incluso sobrepasa a otros debuts clásicos de aquella etapa en sintonía con Turn On the Bright Lights (2002), de Interpol, Funeral (2004), de Arcade Fire, Fever to Tell (2003), de Yeah Yeah Yeahs, Up the Bracket (2002), de The Libertines, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not (2006), de Arctic Monkeys, y Franz Ferdinand (2004), de la banda escocesa homónima, lo cierto es que por un lado en los recitales nunca hicieron demasiado para salir del lugar asignado por sus admiradores, el de tocar eternamente casi completos Is This It y Room on Fire, y por el otro lado ensayaron en estudio la estrategia opuesta, paradoja de por medio, tratando en vano de ampliar el registro, así Angles y The New Abnormal coquetearon con el synth-pop y la música disco mientras que Comedown Machine apostó por pinceladas de funk y soul encaradas desde el mismo corazoncito indie, garage y post-punk de siempre, entre el noise y el lo-fi. Reality Awaits, una vez más producido por el cada día más devaluado Rick Rubin y con una refotografía en su tapa del controvertido Richard Prince, Untitled (Cowboy) (1989), incluye chispazos de ese power pop símil The Cars y Blondie que los ha estado acompañando desde Room on Fire, deliciosa marca registrada, y en general esta nueva colección de temas abraza una filosofía art rock a lo The Velvet Underground que tiende al tedio por la redundancia sonora, el cansancio de base vintage y el exceso de Auto-Tune sobre la voz de Casablancas, a veces una caricatura de sí mismo por floreos cutres que se hubiesen beneficiado del viejo Vocoder o algo de mesura.
La primera canción del disco, Psycho Shit, propone un in crescendo a mitad de camino entre el post-punk y el rock progresivo para pegarle al imperialismo estadounidense directo, por ejemplo actualmente en Irán, e indirecto, en este caso financiando el genocidio palestino en Gaza a cargo de Israel, esquema que Casablancas -histórico letrista del grupo- atribuye con razón al narcisismo, la ignorancia, la insensibilidad, el egoísmo, la paranoia, la estupidez, el fundamentalismo, la banalidad, la codicia capitalista y el culto a la violencia del Siglo XXI, todos factores que se arrastran desde hace tiempo aunque hoy por hoy terminan ampliamente magnificados por las redes sociales y plataformas, reductos controlados por los algoritmos o bots del neofascismo/ neonazismo de la oligarquía tecnológica y esperpentos como la “mierda psicopática” del título, el pedófilo, corrupto y asesino Donald Trump. Dine N’Dash cuenta con una base típicamente post-punk que abre el abanico hacia una guitarrita new wave y chispazos noise aquí o allá, ahora con el vocalista denunciando en los versos el control o más bien la vigilancia que padecen las masas populares en el nuevo milenio, esas que tienden a creer los embustes más burdos o a enfervorizarse en el ámbito digital para luego ventilar una enorme apatía en la realidad mundana, donde debería operar el tan ansiado cambio para mejor de la sociedad global, destacándose en especial la fantasía paródica de homicidio del puente ya que efectivamente se retrata una contradicción entre los ideales pacifistas del narrador, por un lado, y la indignación o el repudio más enérgico que despiertan los energúmenos mitómanos y payasescos de la extrema derecha, por el otro lado, paradoja que por supuesto se resuelve volcando el asunto hacia la segunda opción porque al fascista no se lo puede curar, siempre hay que reventarlo como deber moral. Entre una intro cuasi metalera y un puente con otro de esos falsetes bizarros de Casablancas, Lonely in the Future nos devuelve a pleno los “diálogos” de guitarras de Valensi y Hammond y nos reenvía al costado más jocoso del frontman como letrista, aquí reconociendo su apego a antiguos clichés, burlándose del calamitoso estado de la industria musical, jugando con la retroalimentación o influencia recíproca en la cultura y de hecho desparramando una serie de referencias irónicas a Drake, Josh Groban, Harry Styles, John Legend y Abel Makkonen Tesfaye alias The Weeknd, todos reapropiándose de elementos de The Strokes y/ o tachados de mediocres e insustanciales por falta de originalidad, amén de dardos contra el youtuber y crítico musical Anthony Fantano, que destrozó el tercer disco de The Voidz, Like All Before You, y elogios a Chris Hedges, un célebre periodista de idiosincrasia socialista/ anarquista que combate el chauvinismo, el neoliberalismo y el jingoísmo yanqui.
Los problemas actuales del grupo quedan resumidos en el tema más largo de la placa en sus más de seis innecesarios minutos, Falling Out of Love, una suerte de balada con una base que podría ser de trip hop y con esa sobreutilización del Auto-Tune a la que hacíamos referencia que tiende a embarrar el falsete soulero del cantante, aquí lamentando que la ninfa ignota en cuestión se haya marchado con otro varón mientras cae en una retahíla de lugares comunes de la confusión, el fatalismo, el Viejo Oeste, la memoria, la negación, el determinismo bíblico y la soledad a la fuerza que sólo se cortan durante el interesante outro, más de cadencia psicodélica ominosa y apelando en los versos a dejar atrás todo infantilismo o capricho ensimismado del rango de la inmadurez contemporánea masiva. Otro de los inconvenientes repetidos de Reality Awaits aparece claramente en Going to Babble On, una canción típicamente new wave símil Room on Fire y exponentes futuros que se hubiera beneficiado enormemente de una aceleración del tempo ya que así como se nos presenta a los oyentes se siente un tanto mucho aletargada, casi un producto de una banda veterana a medio camino entre el punk furioso de antaño y algún que otro experimento minimalista de índole bien tranquila, en este sentido la composición tampoco logra acercarse a un hipotético power pop ralentizado y suma más frustración a la ya acumulada en función del carácter poco memorable de la música en general, hoy acompañada por una alusión sardónica en el título a Babilonia que tiene que ver con una nueva denuncia del sustrato opresor, delirante, abúlico y embaucador del imperialismo norteamericano, incapaz de garantizar algo de estabilidad porque se la pasa exportando la cosificación, la desigualdad, la especulación, el engaño y la explotación capitalistas/ empresariales a todos los rincones del planeta. Suerte de secuela del track anterior, Going Shopping apuesta por un pop sarcásticamente accesible o radio friendly de vieja escuela para satirizar al consumismo, la esterilidad inofensiva, el individualismo, la usura y la cultura de la evasión de la realidad de Internet, la publicidad, los medios de comunicación y el marketing del Siglo XXI, optando en cambio por la solidaridad como antídoto frente a tanta crueldad y tanta sandez escapista que están destruyendo el planeta y exacerbando el edadismo y el clasismo en el mercado laboral, uno lleno de hipócritas, que viven en un campo endiosado aunque consumen en las metrópolis, y de “marionetas políticas” zombificadas/ desclasadas que hacen lo que se les dice y compran o votan lo que se les ordena como buenos esclavos del establishment, ese que dictamina momentos de falsa desconexión que siguen a instantes de lobotomía y alienación.
Liar’s Remorse, quizás una de las mejores canciones del lote porque quiebra el molde con algo de barroquismo sesentoso símil The Beatles bajo la óptica de The Strokes, por un lado ofrece un buen outro y una graciosa coda cercana al Beck de Mellow Gold (1994) y Odelay (1996), aquel adepto a samplear tonadas y efectos de videojuegos, y por el otro lado continúa reflexionando sobre la pasividad, la memoria, la soledad, el autoengaño, la sumisión y los círculos viciosos existenciales, en esta oportunidad subrayando en el estribillo que “no tienes amor porque no quieres dolor/ no quieres dolor porque no tienes confianza/ no tienes confianza, así que no tienes amor/ no tienes amor porque simplemente no puedes soportar el dolor”, sin duda los mejores versos del álbum más allá de un pasaje aislado pegándole a esos mandatos descerebrados de la Inteligencia Artificial que llegan a los intelectos más obtusos o lelos, aquellos de bípedos conformistas que evaden el riesgo y se encierran en burbujas de autosatisfacción cobarde. Abrazando un formato de cuasi funk o cuasi rhythm and blues que una vez más se deshace en ocasión de un puente más abiertamente rockero apocalíptico, The Fruits of Conquest acusa a Trump de déspota, imbécil y sanguijuela colonialista y piensa el vaciamiento del concepto de rebeldía en el nuevo milenio debido a la tendencia en el debate público a licuar las ideologías o adaptarlas a peleas dialécticas pueriles en las que la autovictimización cruzada elimina la comunicación y enturbia los postulados tácitos de la contienda política, con la izquierda tratando de mantenerlos con sensatez y la derecha de transformarlos, conservarlos o suprimirlos según las necesidades electorales de cada momento, de allí el marco profundamente endeble y cínico de su discurso. Tyrants of the Mellow Moon cierra la placa volcándose al indie, otra dosis inflada de Auto-Tune y un outro pesadillesco e hipnótico de voces interconectadas que reinciden en los fetiches de siempre de Casablancas, en el tema que nos ocupa apelando a la confesión en torno a su ansiedad, angustia, melancolía y propensión a esperar y repetirse, precisamente, sin jamás descuidar el humor negro y una autocrítica que roza el masoquismo, todo a su vez respondiendo a una despedida escénica y a flamantes misiles contra los multimillonarios ególatras de hoy en día y la lacra parasitaria/ tiránica/ capitalista obsesionada con adoctrinar al pueblo y robar los recursos naturales de naciones pobres y la riqueza en general de unas masas adictas a sus pantallitas.
Como ocurre con muchos artistas contemporáneos, The Strokes en Reality Awaits no logra alcanzar un equilibrio entre el discurso valioso de fondo, en esencia de lucha contra los psicópatas del neoliberalismo, y una propuesta musical que está atrapada entre los dos atolladeros anteriormente mencionados, nos referimos primero al poco tacto a la hora de incorporar nuevos ingredientes a la fórmula de siempre, lo que deriva en canciones fallidas, y segundo cierta ineficacia -apenas maquillada, gracias al profesionalismo de casi tres décadas en el ruedo- en lo que atañe a aprovechar el esquema ya ampliamente patentado en las dos placas seminales, Is This It y Room on Fire, este último factor un síntoma de una meseta creativa que ya lleva muchos años como lo prueba todo lo editado desde Angles hasta el presente. La producción de Rubin, que como el álbum en su conjunto podría haber sido mucho mejor con perspicacia en serio en las consolas, es relativamente potable y sigue la estela de lo hecho en The New Abnormal en materia de dejar espacio a los músicos para que hagan lo mejor posible en estudio con los arreglos o toques finales sobre las composiciones desde su punto de vista, sin embargo el exceso de Auto-Tune en la voz de Casablancas -o la incapacidad del productor al momento de disuadirlo al respecto- nos regresa a sus peores trabajos con Red Hot Chili Peppers y Metallica, respectivamente Californication (1999) y Death Magnetic (2008), en aquella guerra del volumen/ loudness war que comprime, distorsiona y hace más burda la experiencia sonora contemporánea. El nuevo disco, en última instancia, no saca a la banda neoyorquina de la decadencia de las últimas dos décadas, un pozo homologado al infortunio bajo la inevitable comparación con lo que supieron ser a inicios de su carrera en términos de “faros generacionales”, pero por lo menos ofrece una contraofensiva contra los ataques y embates varios de esperpentos filofascistas como Trump, Javier Milei, Benjamín Netanyahu y otros tilingos similares con los días contados debido a su torpeza y una oposición que no deja de crecer, lo que no es poco cuando el grueso del mainstream musical se la pasa idiotizando a los oyentes con pavadas descartables y un aluvión de chatarra que causa vergüenza ajena desde el vamos, frente a lo cual Reality Awaits nos inmuniza llamando a las cosas por sus nombres y planteando una batalla muy necesaria a pura valentía, desparpajo y parodia política.
Reality Awaits, de The Strokes (2026)
Tracks:
