El danés Nicolas Winding Refn es uno de los últimos cineastas verdaderamente revulsivos que quedan trabajando en el ecosistema internacional del Siglo XXI, atravesado casi de punta a punta por colegas, prensa y público de lo más conservadores y aburridos, siempre adeptos a ventilar su idiotez, mediocridad, impaciencia y/ o mojigatería a los cuatro vientos. Después de una etapa indie marcada por una trilogía suprema, aquella de Pusher (1996), Pusher II (2004) y Pusher III (2005), y un par de trabajos accesorios, Bleeder (1999) y Fear X (2003), el señor llegaría a una madurez expresiva gloriosa de la mano de Bronson (2008) y Drive (2011), amén de un trabajo de dejo experimental bastante complementario, Valhalla Rising (2009). La etapa profesional más reciente de Refn, caracterizada por un fuerte esteticismo neo noir, cubre dos realizaciones estupendas, Only God Forgives (2013) y The Neon Demon (2016), y dos series de autor muy interesantes, Too Old to Die Young (2019) y Copenhagen Cowboy (2023), la primera para Amazon Prime Video y la segunda para Netflix. Como no podía ser de otra forma tratándose de un director y guionista que suele combinar una mayoría de opus extraordinarios con alguna que otra odisea de menor importancia, lo que habla del sustrato artesanal e imprevisible de su devenir artístico, ahora nos toca analizar la faena auxiliar aunque no prescindible de la fase en curso, Her Private Hell (2026), un experimento símil fábula alucinada e inconformista para adultos que por cierto está más cerca en términos de idiosincrasia altisonante de los dos últimos films, Only God Forgives y The Neon Demon, que de las series citadas, también con sus locuras pero condensadas especialmente en el trayecto final y no a lo largo de todo el desarrollo, hoy tan enrevesado como adictivo en su planteo críptico y su riqueza homologada al inconsciente.
Dos son las líneas narrativas exploradas y la más antigua se corresponde a la etapa posterior a la Ocupación de Japón por parte de Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial (1945-1952), cuando un militar yanqui de ascendencia asiática, conocido como el Soldado K (Charles Melton), recorre Tokio para encontrar y destruir a un demonio, El Hombre de Cuero (Jason Hendil-Forssell), que alguna vez fue un padre en busca de su hija y que ahora se la pasa reventando a ninfas varias a raíz de la furia que le despierta el hecho de no hallar a su vástago perdido. K responsabiliza al monstruo por la desaparición de su propia hija y se enfrenta a miembros de la yakuza que esclavizan a mujeres, eventualmente terminando confinado en el mismo reino etéreo y de cristal del cual surge El Hombre de Cuero cuando se da cita una sutil niebla, el portal entre ambos mundos. En una ciudad ignota del futuro una actriz, Elle (Sophie Thatcher), está por empezar el rodaje de un film de ciencia ficción que adapta un cómic, Candy Floss, con su padre oficiando de director, Johnny Thunders (Dougray Scott), más la participación actoral de la joven esposa del susodicho, Dominique (Havana Rose Liu), y una señorita con muy poca experiencia, Hunter (Kristine Froseth). Mientras regresa la niebla y con ella los homicidios espantosos de El Hombre de Cuero, que parecen estar conectados al accionar de un par de vestuaristas japonesas, Ms. S (Aoi Yamada) y Ms. T (Shioli Kutsuna), en simultáneo las creadoras, guías y destructoras del demonio en su condición de zorros convertidos en humanos, “kitsunes”, Elle demuestra estar enamorada de Dominique, se acuesta con un rival de su padre, Nico (Diego Calva), y parece destinada a enfrentarse al monstruo con un hacha dorada, regalo de Johnny por su cumpleaños, y con la ayuda de K, que espía a nuestros personajes desde la otra dimensión.
Refn nuevamente se mueve dentro de una amplia variedad de influencias que le permiten jugar entre la elegancia y el grotesco, entre Douglas Sirk y Alfred Hitchcock, entre el giallo y el anime, entre Jean-Pierre Melville y Seijun Suzuki, entre el surrealismo y el metacine irónico, entre David Lynch y Mario Bava, entre la fantasía sobrenatural y el expresionismo, entre Luc Besson y Brian De Palma, entre el cómic y el terror del cine mudo, entre Masaki Kobayashi y Paul Morrissey, entre el erotismo pop art y aquel exploitation de los años 70 y entre Ridley Scott y Kenneth Anger. Justo como ocurría en las carreras de los cineastas de antaño que se podían permitir un catálogo de excentricidades ya que el ámbito cultural no estaba tan uniformizado ni ofrecía tan pocas sorpresas como sucede en el nuevo milenio, sin duda una etapa de decadencia artística antiintelectual y un automatismo en creación que responde a todos los datos robados a los usuarios por las plataformas audiovisuales y los buscadores de Internet, aquí el danés se entrega sin pedir permiso -ni perdón alguno- a la autoindulgencia a través de un ritmo siempre hipnótico, una estética kitsch/ freak sesentosa, mucho neón histérico, actuaciones afectadas, una fotografía preciosista lunática, paneos meticulosos, un formalismo kubrickiano exquisito y ese soundtrack en verdad majestuoso cortesía de Pino Donaggio, el compositor favorito de De Palma y todo un experto en la hipérbole orquestal de anclaje hollywoodense/ intrusivo. Refn administra los extremos de manera astuta, saltando de la visceralidad de la manopla con puntas de K o esos latigazos que recibe de parte de la policía corrupta, por ejemplo, al esquema esotérico del inframundo espectral, los kitsunes y El Hombre de Cuero, partidario de abrir el tórax de sus víctimas y usar guantes de cuero negro a lo Dario Argento pero con diamantes afilados como navajas.
Más allá de la pirotecnia sensorial en materia del diseño apabullante símil Forbidden Zone (1980), de Richard Elfman, y Liquid Sky (1982), de Slava Tsukerman, el realizador vuelve a elegir con ojo clínico a intérpretes en ascenso ya que Thatcher viene de Heretic (2024), de Scott Beck y Bryan Woods, y Companion (2025), de Drew Hancock, Melton no se queda atrás gracias a May December (2023), de Todd Haynes, y Warfare (2025), de Alex Garland y Ray Mendoza, y finalmente Liu también ha logrado hacerse notar en Lurker (2025), de Alex Russell, y Tuner (2025), de Daniel Roher. Como los otros exponentes de este período decididamente extasiado, Too Old to Die Young y Copenhagen Cowboy por un lado y Only God Forgives y The Neon Demon por el otro, Her Private Hell se hace un festín con unos cuantos fetiches temáticos en sintonía con la violencia mafiosa, la hipocresía social, las relaciones familiares perversas, las cruzadas de desquite, el mainstream del entretenimiento masivo -arte o deporte- y la convivencia entre esos distintos planos de la existencia que en ocasiones se chocan y en otras oportunidades parecen moverse en paralelo, casi sin percibir su enigmática dependencia. En sí una obra menor dentro de una trayectoria fascinante, la propuesta abusa del trasfondo onírico/ esquizofrénico del relato y no puede escapar a cierta estructura de viñetas que le deben mucho tanto al ídolo del señor, Alejandro Jodorowsky, como a la obra maestra de Michael Powell y Emeric Pressburger, The Red Shoes (1948), cuya legendaria secuencia experimental de ballet de 17 minutos marca a fuego el desenlace de Her Private Hell, cuando Elle corta con el hacha las manos de El Hombre de Cuero para rápidamente transformarse en una nueva encarnación del villano a instancias de las bizarras Ms. S y Ms. T, hoy ofreciéndole los guantes del demonio como antaño las zapatillas rojas…
Her Private Hell (Dinamarca/ Reino Unido/ Estados Unidos, 2026)
Dirección: Nicolas Winding Refn. Guión: Nicolas Winding Refn y Esti Giordani. Elenco: Sophie Thatcher, Charles Melton, Havana Rose Liu, Kristine Froseth, Shioli Kutsuna, Aoi Yamada, Dougray Scott, Diego Calva, Jason Hendil-Forssell, Hidetoshi Nishijima. Producción: Nicolas Winding Refn. Duración: 110 minutos.