Trilogía de Spaghetti Westerns de Sergio Sollima

Los juegos sinuosos de la política

Por Emiliano Fernández

Uno de los directores más injustamente olvidados en el Siglo XXI es Sergio Sollima (1921-2015), italiano que prácticamente es tenido en cuenta sólo por los fanáticos del spaghetti western ya que constituye uno de los denominados “tres Sergios”, una suerte de triángulo, compuesto además por Sergio Leone y Sergio Corbucci, que hace las veces de cúspide cualitativa del formato en cuestión, ese en el que asimismo se destacaron otros cineastas como Damiano Damiani, Enzo Barboni, Carlo Lizzani, Antonio Margheriti, Lucio Fulci, Giulio Petroni, Robert Hossein, Enzo G. Castellari, Tonino Valerii, Gianfranco Parolini y Duccio Tessari, entre muchos otros. Si a su vez tuviésemos que segmentar al trío en materia de su influencia en todo el cine de género por venir, tranquilamente va primero el Leone de Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968) y la Trilogía del Dólar, Por un Puñado de Dólares (Per un Pugno di Dollari, 1964), Por unos Dólares más (Per qualche Dollaro in più, 1965) y El Bueno, el Malo y el Feo (Il Buono, il Brutto, il Cattivo, 1966), y justo después viene el Corbucci de Django (1966), El Gran Silencio (Il Grande Silenzio, 1968), El Mercenario (Il Mercenario, 1968) y Vamos a Matar, Compañeros (1970), lo que desde ya no tiene que ver con el talento en sí de cada uno porque en ese rubro están parejos y lo mismo puede aseverarse de Sollima más allá del hecho de que siempre fue un acólito profesional de su amigo Leone, del que tomó varios de los pivotes narrativos y simbólicos centrales a la hora de construir sus únicos tres -aunque estupendos y memorables- spaghetti westerns, hablamos de Ajuste de Cuentas (La Resa dei Conti, 1967), Cara a Cara (Faccia a Faccia, 1967) y Corre, Hombre, Corre (Corri, Uomo, Corri, 1968), films mutilados en el mercado de Estados Unidos, para centrarse en las secuencias de acción, y dominados por la presencia del actor cubano Tomás Milián, también una cara repetida del poliziottesco, y por un trasfondo socialista típico del spaghetti en su conjunto y sobre todo de la producción artística de los tres Sergios, cineastas que en buena medida prefiguraron las disputas de los Años de Plomo en Italia (1968-1988). Con vistas a hacer justicia en un tiempo de banalidad ideológica, cultural e histórica como el nuevo milenio, en las siguientes líneas repasaremos la poco prolífica carrera de Sollima centrándonos en su trilogía de eurowesterns, trabajos fascinantes que bebieron del acervo leoneano así como este último se inspiró en lo hecho por westerns estadounidenses anómalos de izquierda que se mofaron de aquella vertiente jingoísta/ fascistoide/ racista representada por John Ford, Howard Hawks y John Wayne, recordemos para el caso obras sublimes como El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), de John Huston, A la Hora Señalada (High Noon, 1952), de Fred Zinnemann, El Desconocido (Shane, 1953), de George Stevens, Vera Cruz (1954), odisea de Robert Aldrich, El Tren de las 3:10 a Yuma (3:10 to Yuma, 1957), de Delmer Daves, El Hombre del Oeste (Man of the West, 1958), de Anthony Mann, y Terror en un Pueblo de Texas (Terror in a Texas Town, 1958), de Joseph H. Lewis. Realizador obsesionado con las contradicciones de los seres humanos, esas mismas que en el cine maniqueo y casi siempre palurdo de hoy en día brillan completamente por su ausencia, Sollima analizó como pocos los resortes corruptos del poder capitalista y puso en entredicho toda categoría estanca para pensar la dinámica entre individuo y sociedad, a veces derivando en florecimiento solidario y en otras oportunidades en la exacerbación de la espiral egoísta lunática contemporánea.

 

Ajuste de Cuentas (La Resa dei Conti, 1967):

 

Para el momento en el que Sollima entrega su obra maestra, Ajuste de Cuentas (La Resa dei Conti, 1967), también conocida por su título para el mercado anglosajón, El Gran Tiroteo (The Big Gundown), ya acumulaba un largo periplo como guionista por encargo que se remonta a comienzos de la década del 50 y abarca géneros como el melodrama, la comedia, el musical, las aventuras, la fantasía y sobre todo los péplums, aquella variación italiana y algo esperpéntica del cine de espada y sandalia. Hasta este instante el romano no había conseguido destacarse en la silla del director porque sus cuatro obras previas se perdían en la efervescente industria cinematográfica italiana de su tiempo, hablamos de la simpática Amores Difíciles (L’Amore Difficile, 1962), comedia sexual antológica codirigida junto a Alberto Bonucci, Luciano Lucignani, Armando Crispino y un Nino Manfredi que debutaba como realizador, y una trilogía rutinaria o típicamente eurospy en la tradición del James Bond/ 007 de Sean Connery, esa de Agente 3S3: Pasaporte para el Infierno (Agente 3S3: Passaporto per l’Inferno, 1965), Agente 3S3: Masacre en el Sol (Agente 3S3: Massacro al Sole, 1966) y Réquiem para un Agente Secreto (Requiem per un Agente Segreto, 1966). Ajuste de Cuentas fue escrita por el realizador más Sergio Donati, conocido por colaborar con Marco Bellocchio en Noticia de una Violación en Primera Página (Sbatti il Mostro in Prima Pagina, 1972) y con Sergio Leone en Por unos Dólares más (Per qualche Dollaro in più, 1965), Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968) y Los Héroes de Mesa Verde (Giù la Testa, 1971), a partir de una trama original a su vez concebida por Fernando Morandi, quien ayudó a escribir el guión de El Otro Sr. Klein (Mr. Klein, 1976), la joya de Joseph Losey, y por el legendario Franco Solinas, socio fundamental de Gillo Pontecorvo en El Gran Camino Azul (La Grande Strada Azzurra, 1957), Kapò (1960), La Batalla de Argelia (La Battaglia di Algeri, 1966) y Queimada (1969), amén de trabajos varios para Damiano Damiani, Nicholas Ray, Roberto Rossellini, Francesco Rosi, Sergio Corbucci, Costa-Gavras, Giulio Petroni y el citado Losey. La gesta comienza centrándose en Jonathan Corbett (Lee Van Cleef), un cazarrecompensas veterano y con fama de eficaz e implacable que está a las puertas del retiro y contemplando la posibilidad de postularse al Senado, carrera política que termina de solidificarse cuando un magnate, Brokston (Walter Barnes), promete financiarle la campaña electoral de turno a cambio de que lo ayude con el lobby en Washington para la aprobación de un tendido ferroviario desde Estados Unidos hasta México a través de Texas. Corbett acepta en nombre del progreso, aclarándole que no se convertirá en una marioneta política suya, e incluso encara una última cacería cuando se descubre el cadáver de una niña de doce años, violada y asesinada supuestamente por un tal Manuel “Cuchillo” Sánchez (Tomás Milián), vagabundo mexicano que está en plena huida desde yanquilandia hacia su país. Luego de esquivar la captura en una barbería improvisada y en un contingente de mormones polígamos que gustan de casarse con nenitas, Cuchillo, precisamente un experto con las armas blancas que evita las de fuego, termina en un rancho comandado por una viuda putona y sin nombre (Nieves Navarro), mujer que cuenta con un harén de sementales/ empleados a su disposición que suelen pelearse por el privilegio de tener sexo con ella, precisamente por ello después de copular con la patrona el mexicano es sometido a una sesión de latigazos a instancias de los otros machos, unos estadounidenses racistas y xenófobos. El arribo de Corbett y su pretensión de llevarse a Sánchez generan una balacera en la que todos mueren, la viuda se queda sola y Cuchillo logra huir hacia el desierto, donde es encontrado nuevamente por el cazarrecompensas en un manantial aunque sin conseguir retenerlo por mucho tiempo debido a la astucia del azteca, quien lo engaña haciéndole creer que lo mordió una serpiente en la retaguardia cuando en realidad fue el pinchazo de un cactus. Una vez más en fuga, Sánchez atraviesa la frontera pero antes pasa por un monasterio en el que Jonathan encuentra a un monje apodado Hermano Smith & Wesson (Antonio Casas), ex pistolero que le advierte acerca de la corrupción inherente a la vida que lleva, sin embargo Corbett hace oídos sordos y le pide ayuda en vano a un policía mexicano, el Capitán Segura (Fernando Sancho), que le informa que Cuchillo es seguidor de Benito Juárez y está casado con una linda prostituta, Rosita (Manolita Barroso), a la que interroga en buenos términos hasta que la mujer escucha que pretende apresar a su esposo para que lo cuelguen por homicidio, por ello acusa de inmediato a Corbett de no pagar por sus servicios y genera una pelea en el prostíbulo que le garantiza el arresto. En las celdas de la comisaría el cazarrecompensas se topa con un Sánchez que escapa desmontando los barrotes de una ventana con un cuchillo que había dejado escondido en un encierro previo, así las cosas eventualmente Jonathan es liberado y se encuentra con un Brokston que se aparece en México con su sicario favorito importado de Austria, el Barón von Schulenberg (Gérard Herter), y una caterva de mercenarios al servicio de su socio local, Don Serrano (Alfredo Santacruz). En realidad Cuchillo es inocente y el gran culpable de la violación y el asesinato de la mocosa es Chet Miller (Ángel del Pozo), ese yerno borracho y depravado de Brokston que se casó con la hija de este último, Kate (Mónica Strebel), por un acuerdo entre ambas parentelas ya que los Miller son propietarios de unas tierras en Texas por las que debería pasar el ferrocarril del millonario estadounidense, preocupado por eliminar al principal testigo de las andanzas de su yerno, el eternamente en fuga Sánchez. En Ajuste de Cuentas la política es sinónimo de especulación y favores, la religión está homologada a la poligamia y la pedofilia, los forajidos se vinculan a la picardía y un trasfondo nómada, los oligarcas equivalen al sadismo y el ansia de impunidad y finalmente los cazarrecompensas se confunden con los sheriffs y arrastran sueños políticos. Coronada por un soundtrack glorioso de Ennio Morricone y una estupenda y pirotécnica canción para los créditos con la voz de Maria Cristina Brancucci alias Christy, Corre, Hombre, Corre (Run, Man, Run, 1967), con música de Morricone y letra en inglés de Audrey Nohra, la película juega con la ambigüedad moral de Corbett porque en su cruzada detrás del mexicano se transforma en ladrón al robar un caballo en el desierto y traspasa la frontera para ingresar a un país en el que nada tiene que hacer porque ni siquiera es un funcionario público estadounidense por más que Brokston y su sheriff de pacotilla, Jellicol (Robert Camardiel), le hayan entregado una estrella de metal antes de partir, sin olvidarnos del sermón del Hermano Smith & Wesson sobre el envilecimiento del alma producto de tanta muerte por encargo o al mejor postor. Las burlas, las evasiones y los embustes de Cuchillo representan no tanto a las presidencias de Juárez (1858-1872), el gran arquitecto del sistema republicano vernáculo, sino a la futura Revolución Mexicana (1910-1920), la rebelión contra el régimen dictatorial que vino después de Juárez, aquel Porfiriato (1876-1911), mientras que el cinismo y la deshonestidad de la policía adquieren rasgos contrarrevolucionarios y la seriedad arrogante todo terreno de Corbett, por su parte, simboliza una ceguera profesional obsesiva en la que se confunden la misión y la revancha personal por los sucesivos escapes que lo ponen en ridículo como cazarrecompensas de gran valía, por lo menos hasta que en el último acto toma conciencia de su rol de peón en los juegos de la alta burguesía yanqui de impronta mafiosa. La cacería artesanal de Jonathan, asimismo, contrasta con la campaña de terror símil Porfiriato de Brokston con la asistencia de Don Serrano, un corporativismo capitalista que se sirve de un séquito de energúmenos a sueldo a su vez respetados/ temidos por el aparato de represión corrupto de siempre de la institucionalidad de Latinoamérica, planteo al que se suma como “personaje de color” el barón austríaco, Von Schulenberg, sinónimo del eficientismo psicopático y bastante grotesco de los europeos de idiosincrasia fascista. La filiación cinematográfica del clásico de Sollima termina de hacerse explícita en los minutos finales, pensemos en Brokston aseverando que ha disfrutado de la caza de animales en África y la India y ahora pretende consagrarse a su homóloga de seres humanos con la mismas balas explosivas que usaba para reventar a criaturas de generosa envergadura, algo que por supuesto apunta al Conde Zaroff (Leslie Banks), su equivalente de El Juego más Peligroso (The Most Dangerous Game, 1932), “grado cero” de la cacería de bípedos en el séptimo arte dirigido por Ernest B. Schoedsack y Irving Pichel. No obstante el film tiene mucho más de exploitation de la Trilogía del Dólar o Trilogía del Hombre sin Nombre de Leone con Clint Eastwood, aquella de la nombrada Por unos Dólares más y la anterior, Por un Puñado de Dólares (Per un Pugno di Dollari, 1964), y la posterior, El Bueno, el Malo y el Feo (Il Buono, il Brutto, il Cattivo, 1966), especialmente bebiendo de esta última por la presencia del inefable Van Cleef, también en Por unos Dólares más, y por una serie de latiguillos conceptuales/ temáticos como la amistad paradójica, un mundo de perseguidos y perseguidores, el honor siempre en metamorfosis, cierta vulnerabilidad tragicómica y esos duelos existenciales a toda pompa, en el desenlace del opus que nos ocupa no uno sino dos en cámara lenta, el primero entre Sánchez y Miller y el segundo entre el cazarrecompensas y el sicario de Austria, ambos muy leoneanos en su andamiaje de índole entre operística y visceral y en gran medida anticipando el enfrentamiento del dúo de Corbett y Cuchillo, ya hermanados, contra el oligarca de aspiraciones ferroviarias, el hipócrita serial de Brokston.

 

Ajuste de Cuentas (La Resa dei Conti, Italia/ España, 1967)

Dirección: Sergio Sollima. Guión: Sergio Sollima y Sergio Donati. Elenco: Lee Van Cleef, Tomás Milián, Walter Barnes, Nieves Navarro, Gérard Herter, Antonio Casas, Manolita Barroso, Roberto Camardiel, Ángel del Pozo, Fernando Sancho. Producción: Alberto Grimaldi y Tulio Demicheli. Duración: 110 minutos.

 

Cara a Cara (Faccia a Faccia, 1967):

 

Sollima en Cara a Cara (Faccia a Faccia, 1967) explora el falso divorcio entre civilización y barbarie en una humanidad tendiente al delirio, los enfrentamientos y las contradicciones de toda clase, señalando por un lado que no hay nada en verdad infalible a la hora de tomar decisiones, ni el cerebro ni el corazón ni las entrañas, y por el otro lado que la crueldad y su consecuencia, el miedo, suelen considerarse pruebas de valía en comunidades enfermas que aceptan la separación en estamentos dentro de una pirámide de eje plutocrático. Más allá de regresar a dos de las grandes obsesiones de Ajuste de Cuentas (La Resa dei Conti, 1967), los juegos sinuosos de la política y una amistad por lo menos curiosa en continuo proceso de transformación, el segundo spaghetti western del amigo Sergio se mete específicamente con el choque entre contexto y sujeto bajo una caracterización muy particular, el primero definido por las leyes de supervivencia y el segundo por el instinto de supremacía, planteo que por cierto implica un fuerte pesimismo -casi nihilismo, podríamos decir- debido a una naturaleza que antecede y por ende controla al sustrato social de los bípedos imponiendo una dinámica que se exacerba por nuestro cerebro sobredimensionado, ejemplo de que la evolución a veces se pega un tiro en el pie y la presencia de los seres humanos en el Planeta Tierra constituye un buen testimonio de ello. Sirviéndose de un par de protagonistas con destino de mutualismo paradójico por más que provengan de las antípodas colectivas, Brett Fletcher (Gian Maria Volonté), un profesor de historia de Boston con tuberculosis que se toma unas vacaciones en Texas para mejorar su salud en la etapa siguiente a la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), y Solomon “Beauregard” Bennet (Tomás Milián), otrora líder de un grupete de forajidos hoy disperso conocido como la “pandilla salvaje”, el director y guionista, en este último apartado asistido nuevamente por Sergio Donati, aquí salta del análisis de la “absurda sensación de poder” que confieren las armas y el ejercicio de la violencia, como afirma el intelectual de linaje docente, hacia los chispazos autobiográficos porque Sollima participó de la Resistencia Italiana durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), aquel movimiento extremadamente heterogéneo que se opuso a las huestes de Benito Mussolini y Adolf Hitler, en este sentido pensemos que la odisea que nos ocupa va construyendo cuidadosamente un enroque que implica un intercambio de lugares entre los personajes, así Fletcher, en el comienzo un pacifista y reprimido sexual de izquierda con fuertes convicciones morales en pos de la justicia social, se convierte en un mandamás proto fascista que se hace cargo de los seguidores de Bennet mientras que este último, la representación de un anarquismo derechoso consagrado a la supervivencia, las riquezas y una perpetua evasión del Estado burgués, muta en el final del relato en un detractor de la violencia al contemplar los frutos de sus andanzas, léase las masacres, y al acceder a -y repensar, precisamente- los alegatos del primer Fletcher, de paso dando a entender que tanto el arrepentimiento como la misma corrupción son universales o más bien no conocen fronteras ideológicas, políticas, culturales, económicas, legales o del tipo que sea. En un primer instante Brett, en un hotel de Texas, es tomado como rehén por Beauregard, un prisionero de las autoridades, cuando la diligencia en cuestión se detiene en el lugar y el profesor pretende darle agua fresca, así ambos escapan y terminan en un escondite de la pandilla salvaje en un bosque con provisiones, armas y unas medicinas muy necesarias ya que el facineroso tiene una bala en su interior, proyectil que se extrae él mismo con un cuchillo porque Fletcher se acobarda a último momento. Un tal Charley Siringo (William Berger), cazarrecompensas y miembro de la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton, se presenta en el lugar haciéndose pasar por otro forajido y solicitándole a Beauregard un lugar en su cruzada delictiva, no obstante es rechazado aunque logra su otro objetivo, de hecho plantar la idea de reagrupar a la pandilla para volver a las andadas. Bennet en Ciudad Purgatorio se reencuentra con un antiguo compinche hoy encarcelado, Aaron Chase (José Torres), y recibe un dinerillo de un oligarca local, Williams (Gianni Rizzo), para reventar a los pistoleros de Sam Taylor (John Stacy), tiroteo que resulta ser un show para el sádico divertimiento de ambos ricachones y que oficia de preámbulo para la visita a una plantación sureña esclavista a cargo de Belle de Winton (Lidia Alfonsi), donde los hombres se topan con otro amigote, Maximilian de Winton (Ángel del Pozo). Un esclavo alerta al sheriff vernáculo (Guy Heron) y Siringo intenta convencerlo de que no es momento de emboscar a los fugitivos porque lo mejor sería esperar a que la pandilla esté completa para arrestarla o eliminarla por completo, sin embargo no es escuchado y en la esperable balacera termina asesinado el esbirro de la ley por una bala del mismo agente de Pinkerton, lo que le permite ingresar al grupo cual garantía de lealtad. Con un par de amigos más, el cuatrero Vance (Nello Pazzafini) y el empleado de correo Jason (Frank Braña), los casilleros cruciales se llenan y la banda decide instalarse en una comunidad anarquista de forajidos e inadaptados sociales varios que condenan la exclusión capitalista en nombre del significante vacío del “progreso”, Piedras de Fuego. Mientras Beauregard roba un tren para financiar el rescate de prisión del último integrante de la pandilla de antaño, Zachary Shawn (Aldo Sambrell), la transformación identitaria del profesor avanza porque aprende a disparar, se maravilla con la simpleza de los habitantes de Piedras de Fuego e incluso viola a la linda pareja de Vance, María (Jolanda Modio), para reclamarla como suya, gesto que deriva en una pelea en la que Fletcher mata a su rival rompiéndole la cabeza contra una piedra. El detective infiltrado trata de conducir a la pandilla hacia una trampa en Silvertown, donde se encuentra Shawn, pero Fletcher propone atracar el banco de Willow Creek para hacerse de 300 mil dólares producto del comercio de ganado, por ello luego de un duelo simulado -sin balas- contra su mentor la posición del otrora docente prevalece y el grupo roba la entidad financiera con un plan que pretendía evitar el derramamiento de sangre, cosa que no ocurre porque un niño mexicano reconoce a Bennet luego de leer una nota secreta de Siringo al sheriff suplicando que no interfiera en el asalto. Toda la pandilla fallece salvo Beauregard, arrestado por el agente de Pinkerton, y un Brett que logra huir con el botín y una María moribunda, cuya muerte lo termina de llevar a la locura porque al regresar a Piedras de Fuego se posiciona como dictador de la zona y la convierte en una ciudad Estado de idiosincrasia fascista. En Silvertown la oligarquía financia una muchedumbre de sicarios y vigilantes con la intención de desatar una matanza generalizada en Piedras de Fuego, así el rol de jerarca se le ofrece a Siringo primero y a Bennet después aunque ambos se niegan, en este último caso por las enseñanzas del profesor y el trauma por el óbito del mocoso azteca. Brett desquita su furia contra otro infiltrado de la agencia de detectives, Wallace (Lorenzo Robledo), quien lo acusa de ser un camaleón o más bien un parásito que se acomoda a todas las circunstancias, “civilizado entre los civilizados y violento entre los violentos”, mientras que Beauregard escapa de la cárcel y llega momentos luego de la masacre al pueblo de los anarquistas y marginados, ya con los sobrevivientes huyendo en carretas a través del desierto, Fletcher a la cabeza, y un contingente de vigilantes detrás de ellos liderado por el mentado Shawn, ahora saltando al otro bando cual mercenario o soldado de la fortuna sin credo alguno. Cara a Cara, sin jamás renunciar a la efervescencia paradigmática del spaghetti western a escala conceptual y formal, coquetea jocosamente con la posibilidad de refritar la premisa de Por un Puñado de Dólares (Per un Pugno di Dollari, 1964), de Sergio Leone, concretamente a través del episodio en Ciudad Purgatorio, y anticipa elementos de westerns posteriores ya de impronta cien por ciento crepuscular como por ejemplo La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, 1969), joya de Sam Peckinpah también sobre un grupete de veteranos del crimen, Los Héroes de Mesa Verde (Giù la Testa, 1971), un trabajo sublime de Leone en torno a la influencia recíproca entre dos personajes a priori muy opuestos, el bandido rural mexicano Juan Miranda (Rod Steiger) y aquel revolucionario irlandés y experto en explosivos que respondía al nombre de John H. Mallory (James Coburn), y el tríptico temático de Soldado Azul (Soldier Blue, 1970), de Ralph Nelson, Pequeño Gran Hombre (Little Big Man, 1970), de Arthur Penn, y Un Hombre Llamado Caballo (A Man Called Horse, 1970), de Elliot Silverstein, tres propuestas hollywoodenses de anclaje sesentoso revisionista en las que se denuncian las carnicerías -sobre todo las matanzas de indígenas- detrás de la construcción nacional de Estados Unidos. Sollima recurre sistemáticamente al prurito moral para señalar la metamorfosis en el seno de cada personaje, en función de ello Fletcher se arrepiente en la primera mitad de robar unos billetes que unos ancianos enviaban a su vástago por correo, Siringo se espanta ante el hecho de tener que matar al sheriff para mantener su fachada y Bennet contempla apenado el cadáver del niño azteca durante el robo al banco de Willow Creek, con el que había intercambiado unas palabras segundos antes porque lo confundió con un compatriota al sol. Cara a Cara indaga con astucia en la esperanza que subsiste encapsulada en Piedras de Fuego, un refugio para todos aquellos que el capitalismo dejó de lado y que sin cesar aumentan en número gracias al telégrafo, los trenes, la casi extinción del bisonte americano y la concentración de las tierras, el oro y el ganado en pocas manos, y para ello recurre a tres secundarios principales, el líder sin nombre de la comunidad de ácratas (Antonio Casas), el primero al que desbanca Fletcher cuando muta en energúmeno fascista, una ninfa enamorada de Bennet, Annie (Carole André), que insiste e insiste con su cariño pero es rechazada, y un viejito y otrora pistolero, Rusty Rogers (Francisco Sanz), adepto a creer que aún lo buscan las autoridades después de tres décadas desde sus últimas fechorías. Además de la inversión de roles señalada, en la que por supuesto se destaca la adaptación progresiva del profesor a la existencia clandestina, y la noción del desenlace de enfrentar a la mafia plutocrática contra el hampa popular improvisada, parte de una típica contraofensiva derechosa/ burguesa ante cualquier atisbo de rebelión del color político que sea, la película también se luce por un lado en el personaje de Sambrell, ese Shawn que simboliza la traición definitiva porque durante casi todo el relato Beauregard anhela su libertad y el susodicho le paga uniéndose al aparato represivo y genocida de los oligarcas, y por el otro lado en el concepto de violencia que se introduce en ocasión de la tortura sobre Wallace, cuando Brett asevera que es una cuestión de perspectiva según su magnitud, la cual a su vez determina su legitimidad porque un violento es un forajido, cien forman una banda y cien mil constituyen un ejército, así podemos pasar de la ferocidad individual, apenas un crimen, a su homóloga de las masas, esa que de hecho alimenta el motor de la historiografía. Durante el último acto el realizador opta por no engolosinarse con la masacre en Piedras de Fuego, a diferencia de sus colegas estadounidenses del tríptico citado, y en sí reflexiona sobre la responsabilidad y los sacrificios del liderazgo popular bien entendido, garantizando el bienestar del prójimo como pretenden las criaturas de Volonté y Milián al enfrentarse primero contra las tropas de Shawn y luego contra el agente de Pinkerton, un Siringo que deja ir a Beauregard después de que reventase al desaforado Brett, suerte de inversión pesimista del final de índole fraterna de Ajuste de Cuentas. En pantalla el poder, el vil metal y la fuerza aparecen corrompiendo hasta al espécimen más cultivado mientras que al supuesto salvaje irredimible le crece de a poco la conciencia y siente resquemor ante esa misma violencia que antes ejercitaba sin sonrojarse o escandalizarse para nada, con una naturalidad a toda prueba. Así como el entorno moldea y cambia a los sujetos, señal de su fragilidad, en el profesor encontramos una parábola del envilecimiento capitalista porque su megalomanía se mezcla con el afán de riqueza, cuasi esclavos y reconocimiento, todo por cierto anticipado en la violación a una María que se convierte sin más en su pareja oficial.

 

Cara a Cara (Faccia a Faccia, Italia/ España, 1967)

Dirección: Sergio Sollima. Guión: Sergio Sollima y Sergio Donati. Elenco: Gian Maria Volonté, Tomás Milián, William Berger, Ángel del Pozo, Jolanda Modio, Carole André, Nello Pazzafini, Aldo Sambrell, Lidya Alfonsi, Antonio Casas. Producción: Alberto Grimaldi. Duración: 111 minutos.

 

Corre, Hombre, Corre (Corri, Uomo, Corri, 1968):

 

Corre, Hombre, Corre (Corri, Uomo, Corri, 1968), una suerte de secuela de Ajuste de Cuentas (La Resa dei Conti, 1967), en especial por el gesto de retomar aquel personaje inspirado lejanamente en Ernesto “Che” Guevara, Manuel “Cuchillo” Sánchez (Tomás Milián), sería la última película en verdad magistral de Sollima porque a posteriori se iría apagando de manera paulatina su actividad en el séptimo arte luego de su trilogía en el cine negro, compuesta por el thriller psicológico enrarecido con toques de giallo El Diablo en el Cerebro (Il Diavolo nel Cervello, 1972) y sus dos incursiones en el hampa metropolitana, Ciudad Violenta (Città Violenta, 1970) y Revólver (1973), la primera una errática faena de venganza con Charles Bronson y Telly Savalas que copiaba la fórmula de A Quemarropa (Point Blank, 1967), de John Boorman, y la segunda un poliziottesco con Oliver Reed y Fabio Testi que rankea en punta como la mejor realización del cineasta romano por fuera del spaghetti western. En gran medida cansado de las exigencias de taquilla de la pantalla grande, Sergio opta por pasarse a la TV y termina consagrándose a una seguidilla híbrida y muy ambiciosa de colaboraciones en el ecosistema de las aventuras con una estrella hindú, Kabir Bedi, creadas a partir de las novelas de capa y espada de Emilio Salgari, apuntamos a la película El Corsario Negro (Il Corsaro Nero, 1976), la miniserie Sandokan (1976), una de las más famosas de su tiempo, y el telefilm El Tigre Sigue Vivo: ¡Sandokan al Rescate! (La Tigre è Ancora Viva: Sandokan alla Riscossa!, 1977), pelotón al que debe añadirse El Hijo de Sandokan (Il Figlio di Sandokan, 1998), secuela todavía inédita -aparentemente por problemas legales- tanto de la miniserie original como de un eslabón intermedio que no dirigió Sollima, El Regreso de Sandokan (Il Ritorno di Sandokan, 1996), a cargo de Enzo G. Castellari. La vuelta muy tardía al cine con el melodrama bélico Berlín ’39 (Berlino ’39, 1993) se produce después de una retahíla de trabajos para TV también irrelevantes que lo forzaron al retiro, las series Los Muchachos del Celuloide (I Ragazzi di Celluloide, 1981-1984) y Pasos de Amor (Passi d’Amore, 1990) y los telefilms Hombre contra Hombre (Uomo contro Uomo, 1987) y Sólo para Decir Adiós (Solo per Dirti Addio, 1992). Corre, Hombre, Corre toma su título de la canción de créditos de Ajuste de Cuentas, compuesta por Ennio Morricone y Audrey Nohra y cantada por Maria Cristina Brancucci alias Christy, y por su parte ofrece otra disfrutable tonada de apertura con música de Morricone, letra de Peter Boom y la voz del propio Milián, Espanto en el Corazón (1968), precisamente un tema en castellano con motivo libertario/ revolucionario que retoma elementos de Adelita (1914), el célebre corrido inspirado en todas las mujeres que participaron en la Revolución Mexicana, las “soldaderas”, no obstante Morricone en esta oportunidad aparece mediante un testaferro, su habitual director de orquesta Bruno Nicolai, ya que estaba bajo contrato de exclusividad laboral con Universal Pictures, por ello su amigo Nicolai recibió el crédito en pantalla. El film adopta un tono más decididamente cómico y en ocasiones picaresco a raíz de la presencia central de Cuchillo sin ningún verdadero contrapeso dramático que equilibre el sustrato esperpéntico del azteca, lo que implica que lo más cercano dentro del relato a Jonathan Corbett (Lee Van Cleef) de Ajuste de Cuentas, el ex sheriff y hoy cuentapropista del rebusque criminal Nathaniel Cassidy (Donald O’Brien), no cumple ni remotamente esa función aunque el asunto se compensa por el otro gran reemplazo con respecto al opus de un año atrás, hablamos de la desaparición de aquella esposa prostituta de Sánchez, Rosita (Manolita Barroso), y su sustitución por una señorita de más edad que siempre se muestra obsesionada con casarse con el protagonista, Dolores (Chelo Alonso), un personaje mejor desarrollado y con mucho más tiempo de metraje a cuestas. La trama es la más sencilla de los tres spaghetti westerns de Sergio, hoy con la ayuda de un ignoto Pompeo De Angelis en su única incursión cinematográfica, y comienza con Cuchillo regresando a su pueblo natal, robando algo de comida, reencontrándose con el amor insistente de Dolores y salvándole la vida a Cassidy en un duelo bien bizarro de cantina con el forajido Steve Wilkins (Federico Boido), basado en armas sobre las mesas en plan de “defensa personal” para no contrariar la ridícula ley de Porfirio Díaz. De hecho, todo transcurre en las postrimerías del Porfiriato (1876-1911) o los comienzos de la Revolución Mexicana (1910-1920), con un telón de fondo lejano constituido por las presidencias de Benito Juárez (1858-1872) y la Segunda Intervención Francesa en México (1861-1867) vía el payasesco Maximiliano I, archiduque austríaco al que los galos convirtieron en emperador de México, y en general el devenir narrativo se centra en el encuentro en una celda de Torreón entre Sánchez, arrestado sólo por ser pobre y correr en público, y un tal Ramírez (José Torres), poeta allegado a Juárez que se transformó en custodio del oro del susodicho cuando pierde el poder a manos de los europeos, así las cosas esa riqueza dorada azteca -equivalente a tres millones de dólares- termina oculta en los Estados Unidos y Ramírez detenido por la policía cuando opta por regresar a su país. Díaz indulta al responsable del tesoro con la idea de que sea interceptado por un par de franceses del Servicio Secreto que llegaron con Maximiliano I, después se pasaron al bando de Juárez y ahora trabajan para Díaz, el Coronel Michel Sévigny (Marco Guglielmi) y su subordinado Jean-Paul (Luciano Rossi), apenas una de las facciones que pretenden apoderarse del oro dentro de un popurrí que incluye a la comitiva de un ex revolucionario mutado en bandolero, Riza (Nello Pazzafini), las tropas de un general que realmente está luchando contra el dictador para eliminar el Porfiriato, Santillana (John Ireland), y una burguesa beata y falsamente puritana que pertenece al Ejército de Salvación, la Sargenta Penny Bannington (Linda Veras), más su progenitor, Christopher Bannington (Gianni Rizzo), alcalde de Burton City, y los mencionados Cassidy y Dolores, el primero deseoso de la fortuna y la segunda preocupada por sabotear la posibilidad de que Cuchillo la encuentre, claro disoluto que se ausentaría para siempre de la vida de la fémina en caso de acceder a semejante suma o una ínfima parte de ella. Ramírez, a sabiendas de que será objeto de un acoso cruzado, le promete cien dólares a Sánchez para que lo ayude a escapar de prisión antes de su puesta en libertad al día siguiente, cosa que ocurre pero al llegar al pueblo del poeta se presenta la troupe de Riza y empieza a acribillar a los lugareños para que diga dónde está el oro de Juárez que escondió en yanquilandia, así Ramírez fallece al recibir un balazo dirigido a una madre aunque no sin antes decirle a Cuchillo que debe llevar a Burton City, ciudad fronteriza de Texas, un ejemplar del periódico revolucionario clandestino que imprimía durante su exilio. Cassidy, que salva las papas durante el tiroteo aunque luego debe batirse en duelo con un soldado de Santillana que no ve con buenos ojos su codicia, José (Umberto Di Grazia), sigue de cerca al mexicano al igual que Dolores, una mujer que siente celos cuando Sánchez se topa con Bannington y que eventualmente hace un trato con Sévigny, el cual le entrega mil dólares a cambio del destino en Texas de su amado. Luego de que Cuchillo sabotease el prototípico control militarizado en cuanto a la entrega de alimentos por parte del Ejército de Salvación, diciéndole a la multitud de turno que es su derecho tomar lo que se les quita en una sociedad siempre injusta que no amerita pasividad ni obediencia alguna, el hombre termina colgado de una viga por sus manos y con un cartucho de dinamita en su boca cortesía de la policía adepta a las palizas de Díaz, situación de la que sale airoso gracias a las tropas de un Santillana que efectivamente le encarga hallar el oro en Burton City y repatriarlo a México para ya financiar la Revolución contra el déspota en el gobierno. En la metrópoli de Texas coinciden todos alrededor de la imprenta local en la que se escondió Ramírez durante parte del Porfiriato, lugar controlado por tres allegados a Juárez, Fernando López (Calisto Calisti), Manuel Echevarría (Attilio Dottesio) y Mateo González (Dante Maggio), que atesoran el oro disfrazado de una prensa antigua pintada de negro, por ello los franchutes se unen a Riza para imponer un desalojo inmediato de la comarca con la meta de buscar el botín mientras Sánchez y Cassidy envían la prensa a Santillana y se enfrentan a las fuerzas de ocupación, eligiendo hacer lo correcto después de muchas dudas e idas y vueltas. La película utiliza al personaje del poeta para jugar con la posibilidad de un flamante dueto estrafalario semejante al de Brett Fletcher (Gian Maria Volonté) y Solomon “Beauregard” Bennet (Milián) de Cara a Cara (Faccia a Faccia, 1967), en sintonía con el intelecto sin saber práctico y la praxis sin conocimiento teórico, sin embargo el asunto pronto muta en una estructura clasicista de búsqueda del tesoro bajo un contexto político fratricida y muy agitado, desde ya siguiendo el ejemplo de El Bueno, el Malo y el Feo (Il Buono, il Brutto, il Cattivo, 1966), la obra maestra de Sergio Leone sobre otra competencia en pos de oro que movilizaba a los pistoleros en la piel de Van Cleef, Clint Eastwood y Eli Wallach. Así como Dolores cuenta con un talento cuasi sobrenatural para encontrar a Cuchillo en sus tribulaciones del camino, este último detenta una destreza sobrehumana en el arte de lanzar armas blancas, por cierto un paradigmático planteo del spaghetti en términos macros al igual que la condición de Sánchez de eterno muerto de hambre con una enorme capacidad de adaptación a las circunstancias, incluso a una lectura castrense de los santurrones -para colmo hipócritas- de la época, siempre entre la soberbia, la limosna y la misión autoimpuesta de “evangelizar” al pueblo como nuestra Bannington. En este sentido la beata señala el fariseísmo mojigato estadounidense y la criatura del inexpresivo O’Brien, Cassidy, aporta testimonio sobre la frialdad y el egoísmo de tantos yanquis que se acuerdan de la justicia social un poco tarde, algo que no ocurre con un Sánchez que también representa la ambigüedad moral paradójica pero de distinta índole, debatiéndose entre la supervivencia en primera persona y la causa de liberación nacional de fondo de acuerdo a los ideales de izquierda, sin que intervenga la opción de los privilegios inflados de la burguesía eficientista, basada en la razón instrumental del capitalismo, ya que las pasiones son las que movilizan el fluir y las decisiones del vulgo en materia del dinero, el asesinato y el amor. Los principales problemas de Corre, Hombre, Corre, compensados por la estupenda riqueza conceptual, están vinculados a su previsibilidad, un ritmo un poco cansino, el andamiaje semi episódico del opus y aquella incapacidad del ex sheriff a la que hacíamos referencia con anterioridad, en lo que atañe a reemplazar a su homólogo de Ajuste de Cuentas. Entre hilarantes sketchs, como la “pelea de gatas” entre Penny y Dolores, el gringo racista/ xenófobo que con su presencia anuncia al protagonista la llegada a Texas, la negativa de Riza a que su vástago nazca en yanquilandia y el instante en el que la sargenta derechosa del Ejército de Salvación suplica a Dios por ayuda contra la policía fascistoide y lo que llega son las huestes socialistas de Santillana, la propuesta ofrece una multitud de bandos en pugna en función de la avaricia, el pragmatismo, la egolatría y esa perfidia sin frenos de la plutocracia, contra la que lucha la revolución popular en un esquema a su vez caracterizado por el titubeo, la cobardía o el abuso de poder de diferentes personajes. El desenlace, apuntalado en la dupla tambaleante de Cuchillo y Cassidy debiendo enfrentarse a Riza y los galos imperialistas en Burton City, recuerda a la soledad del marshal William Kane (Gary Cooper) de A la Hora Señalada (High Noon, 1952), joya de Fred Zinnemann, e incluye dos duelos como corresponde a la tradición de Sollima, el primero entre Sánchez y Jean-Paul y el segundo entre Sévigny y Cassidy, en este último caso interrumpido por esos esbirros de Díaz que obligan al dúo a una nueva huida mientras Dolores lleva la prensa de oro en una carreta hacia Santillana, sin duda un remate sublime que le hace justicia a escala espiritual al destino de los marginados en sociedades envilecidas, necias y/ o basadas en el parasitismo de los que más tienen sobre los que menos tienen, latiguillo idiota del capital.

 

Corre, Hombre, Corre (Corri, Uomo, Corri, Italia/ Francia, 1968)

Dirección: Sergio Sollima. Guión: Sergio Sollima y Pompeo De Angelis. Elenco: Tomás Milián, Donald O’Brien, Linda Veras, John Ireland, Chelo Alonso, Marco Guglielmi, José Torres, Edward Ross, Nello Pazzafini, Gianni Rizzo. Producción: Alvaro Mancori y Anna Maria Chretien. Duración: 121 minutos.