Pánico en el Bosque (Assault)

Torres como falos

Por Emiliano Fernández

El realizador británico Sidney Hayers (1921-2000), como muchos colegas, fue un artesano incansable de la Clase B de su país que solía rodar con poco presupuesto, circunstancia que lo llevó a volcarse a un medio televisivo que valoró su eficacia formal y al que se consagró durante parte de la década del 70 y los lustros siguientes, siempre entregado a un frenesí de episodios para una generosa colección de series. El susodicho, que había empezado en el séptimo arte en calidad de editor a fines de los 40, constituyó un caso raro porque se ganó un lugar en la revolución cultural del momento, los Swinging Sixties, y trató muchos temas hasta entonces tabúes, casi siempre relacionados con el sexo y las conductas patológicas del ser humano, aunque lo hecho nunca le alcanzó para terminar de saltar a un mainstream anglosajón que le permitiese llegar a Hollywood, indicio de cúspide profesional a raíz del “detalle” de la distribución internacional de las propuestas en cuestión, precisamente por ello Hayers en el Siglo XXI sólo es tenido en cuenta como cineasta dentro del Reino Unido más allá de que en el exterior se recuerden algunas películas específicas dentro del rubro en el que se especializó desde el vamos, las epopeyas delictivas. Si bien se paseó por comarcas varias como el film noir, el melodrama, la faena épica, el thriller, la comedia, el cine de acción e incluso el musical, a decir verdad lo mejorcito que supo entregar se condice con la caper movie Cada Minuto Cuenta (Payroll, 1961), el curioso relato romántico de aventuras La Trampa (The Trap, 1966), el semi giallo Pánico en el Bosque (Assault, 1971), la odisea de misterio Diagnóstico: Homicidio (Diagnosis: Murder, 1974), la road movie de suspenso Encuentro Mortal (Deadly Strangers, 1975) y un par de clásicos del horror, El Fantasma del Circo (Circus of Horrors, 1960) y Arde, Bruja, Arde (Night of the Eagle, 1962), esta última su mejor y más popular propuesta gracias a un guión de Richard Matheson, Charles Beaumont y George Baxt, los dos primeros los responsables de muchísimos capítulos de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), gran serie creada por Rod Serling para la cadena CBS que marcaría a generaciones y generaciones de artistas y espectadores.

 

Pánico en el Bosque, estrenada en Estados Unidos con dos años de demora y bajo el título de En el Jardín del Diablo (In the Devil’s Garden), en esencia para hacer pasar al producto como un exploitation de El Exorcista (The Exorcist, 1973), el éxito de taquilla de William Friedkin, llegó al público en el mismo año de otras dos epopeyas de Hayers, Llamas en la Ciudad (The Firechasers, 1971), thriller sobre la cacería de un pirómano y otra de las tantas anomalías para su época de la carrera del cineasta, y Venganza (Revenge, 1971), drama criminal áspero sobre un desquite familiar contra el supuesto responsable de la violación y el asesinato de una chiquilla, por cierto un trabajo superior con respecto al opus previo. El film que nos ocupa por un lado combina el whodunit de Llamas en la Ciudad y el motivo de la profanación sexual seguida de óbito de Venganza, ejemplo de la permanente unión en Hayers de un sustrato clasicista cincuentoso y una modernidad a toda pompa modelo años 60, y por el otro lado mete en la licuadora al expresionismo alemán, aquel cine erótico de su tiempo, Caperucita Roja, el cuento de hadas oral registrado por Charles Perrault en 1697 y los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm en 1812, y el proto giallo de Mario Bava circa La Muchacha que Sabía Demasiado (La Ragazza che Sapeva Troppo, 1963) y Seis Mujeres para el Asesino (Sei Donne per l’Assassino, 1964), aquí retomado desde cierta fascinación por los rojos histéricos, un enigma freak y diversos planteos del campo del exploitation, sin olvidarnos de ese enfoque austero y típicamente británico para pensar las andanzas de un loquito símil Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y Peeping Tom (1960), joya de Michael Powell. El guión de John Kruse, un veterano de la TV que también colaboró con Hayers en Venganza y Ecos de Bárbara (Echo of Barbara, 1961), thriller hoy olvidado, y que además fue el responsable de Ruta Infernal (Hell Drivers, 1957), de Cy Endfield, y Complot (Crossplot, 1969), de Alvin Rakoff, está basado en una novela de la canadiense Phyllis Brett Young bajo el seudónimo de Kendal Young, El Barranco (The Ravine, 1962), y se lo suele recordar por el marco de Caperucita Roja y su condición de giallo a la inglesa.

 

El catalizador narrativo es la violación de una alumna de un colegio secundario del interior de Gran Bretaña, Tessa Hurst (Lesley-Anne Down), en las inmediaciones de unas enormes torres de luz en un bosque, suceso que genera la intervención de un popurrí de personajes que incluyen al Detective Velyan (Frank Finlay), encargado de investigar el caso, el Doctor Greg Lomax (James Laurenson), psiquiatra que trata a una Hurst en estado catatónico, el reportero Denning (Freddie Jones), obsesionado con todo lo relacionado con el evento, y la propietaria y directora de la escuela para señoritas, la Señora Sanford (Dilys Hamlett), una workaholic mojigata a su vez casada con Leslie Sanford (Tony Beckley), sujeto que detesta a su esposa y gusta de espiar a todas las ninfas, quienes se pasean con minifaldas pensando que saldrán impunes con semejantes piernas. La segunda víctima es Susan Miller (Anabel Littledale) y el asunto trepa a asesinato por estrangulamiento aunque ahora con una testigo, la profesora de pintura y dibujo Julie West (Suzy Kendall), que observa brevemente al homicida a través de la luneta trasera de su vehículo bajo un efecto lumínico rojizo que le confiere al psicópata la apariencia de Lucifer. Con la asistencia del Sargento Beale (James Cosmo), Velyan le asigna un custodio a la docente, Milton (Patrick Jordan), y en un inicio rechaza esa idea suya de ofrecerse como cebo durante cuatro días en complicidad con el periodista gráfico, que publicaría una nota con un bosquejo mefistofélico del demente en la edición del sábado prometiendo que se revelará la identidad del atacante justo el miércoles siguiente. El experimento deriva en un episodio de peligro con motivo de la desaparición de otra suculenta mocosa, Jenny Greenaway (Siobhan Quinlan), así West es casi asesinada en medio de la noche mientras se dan cita en la escena los tres principales sospechosos, léase Milton y Lomax, este último desarrollando una reglamentaria relación romántica con Julie, más el tremendo Leslie, adepto a autoincriminarse para desprestigiar el establecimiento de su esposa. El momento más álgido llega cuando el psiquiatra se propone utilizar una dosis de pentotal, el “suero de la verdad”, sobre Hurst para que revele la identidad del lunático.

 

Hayers, un director no muy imaginativo a nivel visual pero hábil ladrón y con un excelente sentido del ritmo, en Pánico en el Bosque se las ingenia para acumular latiguillos más o menos eróticos en sintonía con labios pintados aún pecaminosos, muchas polleritas rosas, árboles profusos e inhóspitos, torres de luz semejantes a falos, algunas tomas subjetivas desde el punto de vista del asesino de iconografía satánica y desde ya el fetiche en general de la película -y los sospechosos- con la pornografía, el voyeurismo y los corpiños y las piernas de las dulces señoritas. El realizador y su guionista, Kruse, se hacen un festín con el trazo grueso a la hora de pintar a estos periodistas carroñeros, policías poco comprensivos, testigos con vocación suicida, matasanos condescendientes, víctimas más lobotomizadas que un votante de derecha y un psicópata lo suficientemente sádico y visceral para generar un revuelo popular que amerite desde el hilarante operativo para poner en peligro adrede a West, pasando por esa insólita explosión de la farmacia que padece Lomax cuando buscaba pentotal, hasta llegar a un remate construido alrededor del mandamás del hospital donde se desempeña el psiquiatra, el Señor Bartell (Anthony Ainley), pretendiendo envenenar a la ninfa porque efectivamente es el loquito detrás de todas estas movidas muy elaboradas, lo que parece contradecir el carácter rústico de los ataques en sí. La película, en este sentido, cae en ridiculeces como la trampa concebida por Julie y el permiso otorgado por Velyan para que la mujer y Lomax, un sospechoso, pasen la noche juntos, sin embargo constituyen convenciones paradigmáticas de la época al igual que el comodín narrativo vinculado al suero de la verdad. Ahora bien, lo que sí se le puede achacar a Hayers es el poco gore, la ausencia de desnudos reales en pantalla y un bajo número de víctimas para el promedio del suspenso Clase B de los 60 y 70, no obstante el inglés se luce en las insinuaciones sexuales, esquiva el procedimiento policial clásico y aprovecha tanto el matrimonio Sanford, ella una frígida y él un pederasta, como el carisma de la hermosa Kendall, una actriz especializada en giallos que colaboró con gente como Dario Argento, Sergio Martino y Umberto Lenzi…

 

Pánico en el Bosque (Assault, Reino Unido, 1971)

Dirección: Sidney Hayers. Guión: John Kruse. Elenco: Suzy Kendall, James Laurenson, Frank Finlay, Tony Beckley, Freddie Jones, Lesley-Anne Down, Dilys Hamlett, Anthony Ainley, James Cosmo, Patrick Jordan. Producción: Peter Rogers y George H. Brown. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 7