En el anodino Siglo XXI no existe banda alguna en todo el mainstream planetario que se acerque remotamente a la sinceridad, el carisma y la intensidad de The Rolling Stones, grupo británico legendario hoy por hoy compuesto por Mick Jagger en voz y armónica y Keith Richards y Ronnie Wood en guitarras, respectivamente con 83, 82 y 79 años a cuestas, más la batería de Steve Jordan, miembro de la banda solista de Richards, The X-Pensive Winos, y coproductor de los tres álbumes del guitarrista por fuera de los Stones, la joya Talk Is Cheap (1988) y los disfrutables Main Offender (1992) y Crosseyed Heart (2015), en esencia la pieza fundamental que viene ocupar el vacío dejado por Charlie Watts, señor que lamentablemente falleció en 2021 a los 80 años de edad a raíz de un tumor, el carcinoma espinocelular. Si dejamos de lado el interminable desfile de anécdotas e incluso la enorme influencia que la banda ha tenido en el arte internacional de cada década y en la misma definición de lo que entendemos por rock and roll y contracultura en general, es menester centrarse en el derrotero discográfico de estudio de los ingleses por constituir la génesis de la andanada de clásicos que los ha acompañado en su trayectoria, una retahíla de composiciones sin parangón en la historia de la música juvenil desde que debutasen el 12 de julio de 1962 en el Marquee Club, un local nocturno de Londres. La primera fase profesional se divide entre los discos originales editados en el Reino Unido, The Rolling Stones (1964), The Rolling Stones No. 2 (1965), Out of Our Heads (1965), Aftermath (1966), Between the Buttons (1967) y Their Satanic Majesties Request (1967), y las placas publicadas de manera exclusiva para el mercado de Estados Unidos, hablamos de England’s Newest Hit Makers (1964), 12 X 5 (1964), The Rolling Stones, Now! (1965), December’s Children (And Everybody’s) (1965) y Flowers (1967), en este último caso todos opus que en mayor o menor medida ofician de compilados frankensteineanos de temas de múltiple procedencia. Luego de dicho origen, etapa maravillosa que los vio transformarse en creadores musicales exquisitos al dejar atrás su apego por los covers del rockabilly y el blues de Chicago, llega el momento de la tetralogía de obras maestras que marcarían para siempre el horizonte visceral y deliciosamente caótico de los artistas, Beggars Banquet (1968), Let It Bleed (1969), Sticky Fingers (1971) y el disco doble Exile on Main St. (1972).
Los seis álbumes siguientes, léase Goats Head Soup (1973), It’s Only Rock ‘n Roll (1974), Black and Blue (1976), Some Girls (1978), Emotional Rescue (1980) y Tattoo You (1981), estuvieron englobados en una especie de neoclasicismo decadentista que fue incorporando las tendencias en boga de su momento, como por ejemplo el glam, el punk, la música disco, el funk y el reggae, aunque sin nunca renunciar a esa personalidad por antonomasia vinculada a la furia rockera o ampulosa. El inevitable período de crisis llega tanto debido a la recuperación de las drogas de parte de Richards, a posteriori de unos años 70 en los que delegó el control del grupo en Jagger, como en función de las diferencias de criterios en materia de qué hacer con la new wave y el post punk de entonces, con el cantante muy entusiasmado por incorporarlos a la mixtura marca registrada y con su socio optando por rechazar la alternativa, prefiriendo en cambio mantenerse fiel a las raíces blueseras y hardrockeras. Undercover (1983) y Dirty Work (1986) constituyeron los trabajos mediocres de turno dentro de una época que también desencadenó el inicio de la carrera solista de Richards, con el mencionado Talk Is Cheap, y del mismo Jagger gracias a los flojos She’s the Boss (1985) y Primitive Cool (1987), preludio para su faena más loable sin los Stones, Wandering Spirit (1993), y para un trabajo errático aunque a fin de cuentas ameno, Goddess in the Doorway (2001). Por suerte el renacimiento creativo no se hizo esperar y llegó con las reconciliaciones del caso y nuevas sesiones de grabación que dieron por resultado el querido Steel Wheels (1989), placa que tuvo una secuela estupenda, Voodoo Lounge (1994), y otra decididamente despareja pero con muy buenas intenciones en pos del aggiornamiento, Bridges to Babylon (1997). Como se suele decir, el comienzo y el final tienden a parecerse y por ello la efervescencia de los años 60 tiene su eco en una vejez muy homologada a las actuaciones pirotécnicas en vivo y una extensa serie de lanzamientos discográficos que cubre desde compilados y flamantes trabajos en directo hasta tesoros del baúl, box sets y versiones remozadas de discos clásicos, ahora con temas inéditos adicionales, demos o canciones incompletas que fueron finiquitadas décadas después y otras rarezas del arca de los recuerdos. Semejante aluvión de nostalgia cercana a la arqueología melómana, más los citados tours mundiales para acompañar cada lanzamiento de relevancia, ralentizó la aparición de material cien por ciento original no obstante el Siglo XXI sí nos ha regalado tres joyas supremas de estudio repletas de canciones nuevas, A Bigger Bang (2005), Hackney Diamonds (2023) y Foreign Tongues (2026), más un admirable álbum de covers como aquellos de antaño aunque cargado de la sabiduría que a veces ofrece el transcurso del tiempo, Blue & Lonesome (2016).
Los apenas tres años entre Hackney Diamonds y Foreign Tongues contrastan con las casi dos décadas entre el primero y A Bigger Bang, situación que da a entender que los veteranos están atravesando un período de dinamismo compositivo insólito que posee mucho de “efecto arrastre” ya que Foreign Tongues funciona como una continuación del trabajo anterior que logra la proeza de superar a su hermano, algo que a su vez recuerda la esencia y la importancia cualitativa de Tattoo You, placa de descartes de aventuras pretéritas que también -de manera paradójica- dejaba muy atrás a los otros discos de la misma fase, con la salvedad del genial Some Girls. Sin ser enteramente un compilado de descartes como el opus de 1981, Foreign Tongues tiene mucho del espíritu de Hackney Diamonds e incluso mejores canciones con una producción igual de astuta por parte del reincidente Andrew Watt, un treintañero estadounidense que supo colaborar con Lana Del Rey, Post Malone, Charli XCX, Ozzy Osbourne, Elton John, Stevie Wonder, Ed Sheeran, Iggy Pop, Pearl Jam, Lenny Kravitz, Stevie Nicks, Lady Gaga, Paul McCartney y Madonna, entre muchos otros. La reaparición de Watt y el reducido intervalo de tiempo entre álbumes, en el que sólo se editaron dos trabajos del baúl cuando antes sobreabundaban lanzamientos varios, nos referimos a Live at the Wiltern (2024) y Welcome to Shepherd’s Bush (2024), se coronan en el trasfondo apasionadamente guitarrero del disco, en el regreso de Darryl Jones, bajista histórico desde Voodoo Lounge que se había ausentado en Hackney Diamonds, y en el mismo arte de tapa de Nathaniel Mary Quinn, afroamericano que dibujó al pastel un retrato de los tres miembros de cabecera, bautizado de hecho Trinity (2025), que por un lado se ubica entre el collage, el arte pop y la deformación figurativa de Francis Bacon y por el otro lado sintetiza a la perfección y con honestidad la idiosincrasia grotesca de siempre de los Stones, el descaro inconformista del rock y por supuesto el sustrato de índole esperpéntica y tragicómica de la vejez en su conjunto. Saltando entre el blues, el rock pesado, el soul, el rockabilly, el country, el pop, el dance rock, el punk, la balada, el soft rock, el funk y el glam, el disco ofrece un temazo tras otro y se beneficia muchísimo de una producción en simultáneo cristalina y mugrienta cuando así se requiere, de una frescura cuasi hiphopera capaz de dejar fluir a la banda sin imponer ningún enfoque o pastiche posmodernoso/ artificial/ mezquino a sabiendas de que los señores siempre sonarán clásicos y únicamente necesitan de un empujoncito minimalista para traerlos al nuevo milenio respetando ese ABC identitario de larga data.
Nuestra aventura comienza con Rough and Twisted, faena gloriosa que ofrece una versión bien pesada y cuasi noise del blues con el objetivo de sentar las bases ideológicas abiertamente de izquierda del disco, aquí adquiriendo la forma de una sátira desde el punto de vista de uno de los analfabetos políticos, culturales e históricos de la posmodernidad que a lo largo de las estrofas va pasando desde la ignorancia, esa costumbre del pueblo de dejarse engañar en nombre de la esperanza, hacia la toma de conciencia en relación a las mentiras y estafas de los psicópatas de la extrema derecha contemporánea de impronta ultra payasesca, planteo que genera versos sublimes como “muéstrame todas tus joyas, tu poesía y tus amigos/ prométeme un baile como Nijinsky/ nada, nada, nada más que una falsa apariencia/ sí, todo lo que me diste de comer fue arroz rancio y huesos/ todo lo que bebí fue agua turbia, tan solitario como un saxofón/ ¿Por qué no me llevas adonde quiero ir?/ A Natchez, Mississippi, Sicilia y Roma/ me llevaste a un pueblo infestado de moscas en medio de la nada/ el olor era acre y tóxico, no podía respirar/ el único club se llamaba Conspiración, yo no les caía muy bien que digamos/ lo que querían era tiranía y toda esa mierda loca y retorcida/ ¿Por qué no me llevas? Llévame a donde quieras/ sí, ¿por qué no me llevas por este camino brutal y sinuoso?/ Sí, ¿por qué no me enseñas, no me enseñas todas esas lenguas extranjeras?/ Sí, ¿por qué no me llevas? Porque soy sordo, ciego y mudo”. In the Stars desparrama sobre la mesa unos coritos deliciosos souleros y mucha filosofía pop mientras Jagger entrega una letra tan sucinta como esplendorosa que recuerda a la ludopatía de Tumbling Dice, uno de los himnos de Exile on Main St., basta con considerar el inicio: “algunos buscan fortuna en el dorso de una carta/ o echando huesos en un vaso de whisky/ porque si quieres buscar fortuna, necesitas mucha suerte/ estaba allí cuando cayó el rayo/ siento una mano pesada enredándose con mis planes/ está en las estrellas, es nuestro destino/ está en las estrellas, escrito para ti y para mí/ está en las estrellas, no es ningún misterio/ está en las estrellas, escrito para ti y para mí”.
Jealous Lover, primera de las numerosas intervenciones en piano u órgano de Steve Winwood, otrora integrante de The Spencer Davis Group y Traffic, juega con la acepción stone de la cruza del soft rock y el rhythm and blues, esa que arranca en la madurez de Sticky Fingers y Exile on Main St. y se consolida con el barroquismo de Goats Head Soup e It’s Only Rock ‘n Roll, y ofrece un puente estupendo sobre la base de versos alrededor de las sospechas románticas patológicas de una ninfa que el vocalista encara con el falsete del clásico homónimo de Emotional Rescue, por cierto siempre apostando por ese humor negro típico del Reino Unido que tanto le hace falta al mainstream cultural aburrido y petulante del Siglo XXI, más el canibalismo sexual de la mantis religiosa como leitmotiv: “dijiste que me dejarías vivir mi vida, sin ataduras ni cadenas/ creí cada una de tus palabras, ahora has cambiado de opinión/ un día después del café me miraste fijamente y dijiste: ‘¿dónde estabas el viernes por la noche?’/ ‘Dime, ¿quién estaba allí?’/ Bueno, el único problema es que eres una parte importante de mí/ manos fuera, amante celosa/ por favor, déjame en paz/ rezas como una mantis, eres verde esmeralda/ manos fuera, amante celosa/ la broma es a mi costa/ te aferras como la hiedra, estás asfixiando al árbol/ éramos tan generosos compartiendo secretos del corazón/ ahora la fruta se está pudriendo, tengo un mal sabor de boca/ no puedes controlar el océano, no puedes controlar las olas/ no puedes controlar las sombras parpadeando en mi cueva/ porque hay una cosa que me preocupa: sólo quedará una mitad en mi interior, sí/ manos fuera, amante celosa/ por favor, déjame en paz/ tus ojos llenos de envidia y eres verde esmeralda/ manos fuera, amante celosa/ tus palabras son duras y crueles/ rezas como una mantis, te alimentas de mí”. En esencia un rockito mordaz marca registrada con aires de recitado hiphopero, Mr. Charm efectivamente retoma la antorcha de la sátira política del grupo, desde Sympathy for the Devil y Undercover of the Night, respectivamente de Beggars Banquet y Undercover, hasta Sweet Neo Con y Live by the Sword, de A Bigger Bang y Hackney Diamonds, para en esta ocasión pegarle a Elon Musk, el imbécil mitómano de SpaceX, Tesla y Twitter/ X, ex amigote de Donald Trump y uno de los lunáticos de la oligarquía tecnológica filonazi del nuevo milenio, a través de un soliloquio en primera persona en pos de conquistar a una señorita del montón, pensemos en hilarantes dardos como “cuando era joven quería ir a Marte/ y quemar neumático en la carretera y conducir coches de lujo/ ¿quién te llevaría al espacio, en quién confiarías de verdad?/ ¿En Boeing, en la NASA, en el magnate loco del Señor Musk?/ Ahora que soy mayor, me gustaría preguntarte sobre esta noche/ podríamos quedarnos en casa, verás, soy muy educado/ te prepararía cócteles, te serviría vino, obviamente eres muy erudita/ ¿los anagramas producen epigramas?/ ¡Me da igual, señora!/ La vida es demasiado corta para sólo ganar dinero/ enséñame a gastarlo contigo, cariño/ la vida es demasiado corta para desperdiciarla viviendo sola/ la vida es demasiado corta, nada dura para siempre/ no se puede comprar, ayúdame a darte placer/ la vida es demasiado corta para desperdiciarla viviendo sola/ ¡llámame Señor Encanto!”.
Divine Intervention, con la guitarra de Robert Smith, líder de The Cure, se abre camino como un rockabilly sublime a la Chuck Berry que en un principio continúa la burla contra Musk para inmediatamente después saltar a cuatro de las temáticas preferidas de los Stones, hablamos del obrerismo marxista, el apocalipsis de dejo místico/ religioso, la resistencia contra la represión de las autoridades fascistas y finalmente la vida homologada a los juegos de azar cual esquema aleatorio, sin ninguna previsibilidad de fondo, tópicos en gran medida patentados por Street Fighting Man y Salt of the Earth, de Beggars Banquet, y Gimme Shelter e You Can’t Always Get What You Want, de Let It Bleed, y aquí presentes en casi todas las estrofas: “caminando por las calles de Nueva York/ un cartel anunciaba que el fin del mundo estaba cerca/ levanté la vista y vi a los multimillonarios escabulléndose/ trepando a sus refugios en el cielo/ ¡míralos volar!/ Pero mientras tanto nosotros seguimos corriendo/ yendo al fútbol todos los sábados a la noche, sí/ la intervención divina está fuera de discusión/ y voy a bailar entre las llamas/ la intervención divina está fuera de discusión/ y la vida es un juego de azar/ conduciendo por un callejón en una zona destartalada de Hollywood/ vi la luz de neón del letrero de una vidente/ entre la oscuridad le pregunté: ‘¿cuál es mi futuro?’/ bueno, vomitó y luego se derrumbó y lloró/ lágrimas en sus ojos/ pero yo continué hacia Silverhead para tocar la guitarra con un nuevo amigo/ cuando las paredes se derrumben/ y las luces se atenúen y te saque de aquí otra vez/ bueno, los valores distópicos están demasiado calientes para manejarlos/ y me voy a ir en llamas, ¿podemos correr más rápido?/ Es un desastre total/ yo, yo, yo voy a meterme en el fuego/ sí, cuando intenten arrestarte iré a tu rescate/ la vida es un juego de azar”. El tono político de la placa se profundiza aún más en Ringing Hollow, un country que recupera otro pivote letrístico stone, la desilusión, mediante la semblanza de un ciudadano estadounidense lobotomizado por la cultura chatarra y sus ídolos de barro -o quizás un inmigrante latino de derecha- que descubre el trasfondo fraudulento del sueño americano luego de militar en pos del cleptócrata y jingoísta de Trump bajo el eslogan de Make America Great Again o MAGA, “Haz a Estados Unidos grande otra vez”, nuevamente con Jagger luciéndose en la letra: “bueno, estaba locamente enamorado de ti antes de conocernos/ vi todas tus películas, fumé tus cigarrillos/ conduje por tu carretera hasta la cima de la montaña/ gasté todo mi dinero metiendo monedas en tu vieja rocola/ suena hueco, suena profundo, suena fuerte/ y siempre hay un sinvergüenza intentando animar a la multitud/ ¿Qué piensas de eso?/ Los relojes nunca retrocederán/ la Estatua de la Libertad no se ve tan bien cuando frunce el ceño/ y vagué por las ciudades y visité todos los bares/ conduje por los suburbios y me relajé en los centros comerciales/ que los soñadores consigan el sueño que desean, mi chiste favorito/ así que pasen la base de maquillaje Fenty, pasen la cocaína/ y conduje por el desierto con el polvo en mi cara/ y viví en las afueras de Dallas en un lugar derruido/ me esposaron y me arrestaron, no tiene sentido/ fui a la Casa Blanca, le di la mano al presidente/ bueno, suena hueco, suena profundo, suena fuerte/ cuando las voces se ahogan quiero gritar fuerte/ la Libertad no se ve muy bien, tiene otra grieta en su campana/ la Estatua de la Libertad no se ve bien cuando frunce el ceño/ ¿Qué piensas de eso?/ No hay vuelta atrás, cómprame un sombrero nuevo”.
Never Wanna Lose You cuenta con el aporte de Smith aunque ahora en sintetizadores y coros, más el cencerro de un inesperado Peter Gene Hernández alias Bruno Mars, y posee aires no tan lejanos a una hipotética mixtura de dance rock y el díptico de Rock and a Hard Place y Mixed Emotions, ambas de Steel Wheels, orientada a pensar las dificultades del amor con el fantasma de las deudas y la ruina económica a cuestas, todo entre referencias irónicas que aglutinan la miseria del lumpenproletariado, una crisis financiera en puerta y esos consumos del jet set de la aristocracia cultural anglosajona: “polvo de oro entre mis dedos, lo vi escurrirse/ dinero, sangre y tesoros, adónde se fueron simplemente no lo sé/ fotos en mi caja de zapatos, amigos que no recuerdo/ Pollocks y Picassos, acurrucándose y cayendo de la pared de mi cocina/ no te preocupes por el dinero/ ¿qué pasaría si se llevaran los coches y todos los bancos quebrasen?/ Tendría que vender cincuenta guitarras viejas y elegantes/ podríamos mudarnos a Nápoles, vivir en un parque de casas rodantes en ruinas/ ¿seríamos como boxeadores, entrenándonos y luchando cara a cara?/ Nunca quiero perderte, nunca quiero verte huir/ nunca te rechazaré aunque este mundo derrape en un caos decadente”. Hit Me in the Head, track que incluye una cita en la letra a All Shook Up (1957), mítico single de Elvis Presley, y un registro de batería de Charlie Watts en Los Ángeles de 2021, como decíamos anteriormente el año de su muerte, respeta la tradición de lo que los Stones entienden por punk furioso, esa que va desde Respectable, de Some Girls, hasta Bite My Head Off, de Hackney Diamonds, pasando por Where the Boys Go, de Emotional Rescue, Mean Disposition, de Voodoo Lounge, y Rough Justice y Oh No, Not You Again, las dos de A Bigger Bang, entre otras joyas, sin olvidarnos del entrañable gesto de denunciar a todas las arpías del gremio femenino y su tendencia a amargarnos la vida, “me da igual vivir o morir, me da igual reír o llorar/ dame una canción que no pueda cantar, dame una campana que no pueda tocar/ cariño, llévate un pedacito de mi corazón/ un día de estos caeré muerto y me iré mucho más rápido si me golpeas en la cabeza/ bueno, despierto en la mañana y quieres hacerme vomitar/ y aguanto mucha mierda, mucho abuso/ cariño, te llevaste un pedacito de mi corazón/ un día de estos caeré muerto y me iré mucho más rápido si me golpeas en la cabeza”.
You Know I’m No Good, cover del neoclásico del rhythm and blues más sincericida de 2006 de Amy Winehouse, precisamente toma la forma de una clase magistral acerca de cómo encarar canciones ajenas, en esta oportunidad reemplazando la sección de vientos del original con la armónica de Jagger, invirtiendo el género sexual a lo ancho de esa letra de sadomasoquismo emocional en la pareja y exprimiendo con suma inteligencia la visceralidad de los versos de la malograda cantante británica, fallecida en 2011 a la edad de 27 años por una intoxicación etílica, en este sentido conviene tener presente el desparpajo con el que el grupo se apropia de versos como “dulce reencuentro, Jamaica y España, somos como éramos antes/ estoy en la bañera, estás sentada/ te relames los labios mientras remojo mis pies/ entonces notas pequeñas quemaduras en la alfombra/ se me revuelve el estómago y siento un nudo en las entrañas/ te encoges de hombros y eso es lo peor/ a decir verdad clavaste tu cuchillo primero/ me engañé a mí mismo como sabía que lo haría/ te dije que era un problema, sabes que no soy bueno”. Como corresponde a toda odisea sonora de los Stones, no podía faltar el tema de Richards y Some of Us ocupa ese lugar, una balada excelsa en torno a la atracción erótica y los sacrificios que tantas veces reclama, destacándose sobre todo una melodía y un estribillo celestiales, la voz inigualable del guitarrista y una colección de palabras tan sencillas como sentidas, “todos piensan que eres hermosa/ obsérvalos, de pie y mirándote fijamente/ pero no me importa, cariño/ mira cómo te admiran, se mueren por una sonrisa/ los haces esperar un buen rato/ porque todo lo que necesitamos es un poco de amor/ me arrancas el corazón del pecho/ sabes que no podemos tenerlo todo/ algunos de nosotros estamos de rodillas/ sí, algunos de nosotros estamos de rodillas”. Covered in You, con una intervención en bajo de nada menos que Paul McCartney, aquel genio de The Beatles y Wings, combina sutilmente el pop, el funk y el rap para reflexionar sobre el fundamentalismo, la necedad y la polarización política y seguir pegándole a la lacra ultra autoritaria de derecha de hoy en día, desde Javier Milei, Nayib Bukele y José Antonio Kast hasta Trump, Benjamín Netanyahu y Giorgia Meloni, pensemos para el caso en esa segunda y brillante estrofa de anclaje hiphopero: “escucha, me despierto harto de todos estos autócratas/ sabes que parecen reproducirse como una plaga de ratas/ con sus misiles en exhibición y envueltos en brocado dorado/ la oposición juega a las charadas, siempre hay que obedecerles/ sabes que voy a esperar a que pase el pánico/ espera hasta que veas el blanco de sus culos/ tú y yo fuimos separados como Corea/ hay tantos nudos que no podemos desatar, que no podemos soltar/ siempre intentas darme malas críticas/ cubierto de ti, cubierto de ti/ me estoy descontrolando un poco/ cubierto de ti, cubierto de ti/ sintiéndome un poco abusado”.
En el planeta stone un rock a media máquina de idiosincrasia glam modelo David Bowie o T. Rex, Side Effects parece burlarse de la simpleza de Can’t Get Enough (1974), el hit de Bad Company, mientras se mete con la artificialidad posmoderna, los embustes informativos o digitales y algunas de las consecuencias de lo anterior sobre el organismo o la psiquis, en especial la ciclotimia, las compulsiones, la paranoia, el malestar, las dudas obsesivas, la depresión, el insomnio y las adicciones de toda clase en las que se suele caer para aliviar los síntomas más no el trastorno, a la postre por supuesto empeorándolo, algo que queda de manifiesto en versos como “estoy de mal humor y tengo la lengua áspera, deben ser efectos secundarios/ tomo pastillas y bebo como un borracho, deben ser efectos secundarios/ sí, le tengo miedo a mi sombra, ¿qué me pasa?/ No puedo hacer nada, ¿quién lo diría? Efectos secundarios/ me tiemblan las manos, estoy hecho un manojo de nervios/ demasiados efectos secundarios/ ayúdame, cariño/ todo tiene un precio, todo lo que te metes en las venas/ no puedo parar, no puedo tener suficiente/ ¿es real o es químico?/ No puedo parar, no puedo tener suficiente/ tengo la sensación de que es químico”. Back in Your Life rankea en punta como una de las power ballads de corazón roto más emotivas y atemporales de los Stones, una canción en la que Wood se luce con un solo estupendo y Jagger vuelve a demostrar que es un letrista magnífico que está atravesando un período de oro, recordemos las estrofas intermedias y el estribillo, “tomamos unas copas/ nunca nos tocamos, sólo nos miramos/ compartimos fotos, las tuyas eran mejores que las mías/ pero hubo un momento en el que supimos que estábamos enganchados/ era sólo cuestión de tiempo/ sin embargo cuando llegó la pasión rompimos la porcelana/ los secretos cayeron suaves en la noche/ huelo tu piel y tu cabello/ desapareciste al amanecer y ni siquiera me escribiste una línea/ ¿qué se necesita para volver a tu vida?/ Odio perder a una amiga/ intenté hacerte reír, intenté hacerte llorar/ ¿Así terminará nuestra historia, así terminará nuestro amor?”, y ese outro de antología, casi apocalíptico a escala microscópica, “oh, ¿qué se necesita, qué se necesita?/ Debo haber dicho perdón, perdón mil veces, sí/ ¿acaso soy, soy basura en tu piso desde que me mostraste la puerta?/ Y sigo esperando, sigo esperando que me escribas una sola línea, una sola línea, sí/ oye, te desapareciste en la bruma de la ciudad/ sí, te estás desvaneciendo como una loca/ y nunca, nunca, nunca dejaste un adiós”. Beautiful Delilah, cover acústico en clave folk/ country de un célebre rockabilly de 1958 de Berry en esta oportunidad con un bombo de concierto a cargo de Chad Smith, el baterista de Red Hot Chili Peppers, reproduce lo hecho en Hackney Diamonds por Rolling Stone Blues, reformulación de un tema de Muddy Waters, Rollin’ Stone (1950), y cierra el disco con Richards y Wood descollando en guitarras y el cantante volcado a otro de los pivotes históricos de los Stones, la relación con las mujeres y especialmente con las más putonas y soberbias, esas que se merecen una rauda venganza en nombre de todo el ecosistema masculino: “hermosa Dalila, dulce como un pastel de manzana/ siempre llama la atención de los chicos que pasan/ cada vez que la ves está con un muchacho diferente/ hermosa Dalila, ella misma es la causa/ mi mamá no me deja hacer tonterías durante la noche/ bueno, eres tan tentadora, no puedes ser verdad/ hermosa Dalila, tomando el sol/ un público de diecisiete varones y no le presta atención a ninguno/ algún Casanova local que no se deje intimidar/ que le robe el corazón y se lo rompa, sólo por diversión”.
A diferencia del álbum anterior, decididamente ecléctico y muy preocupado por oficiar de muestrario de todas las vertientes de la carrera de la banda, Foreign Tongues aún tiene algo de eso aunque invocado desde un naturalismo que poco y nada tiene que ver con la evidente diplomacia detrás de A Bigger Bang y Hackney Diamonds en materia de balancear los intereses del vocalista, siempre homologados al pop, las vanguardias y el sustrato bailable, y de su socio compositivo, más preocupado por el purismo rockero o bluesero de vieja cepa. The Rolling Stones en este nuevo trabajo no sólo le sacan lustre a la sociedad Jagger-Richards, una de las más gloriosas de la historia de la música masiva desde mediados del Siglo XX en adelante, sino que efectivamente ofrecen el que quizás sea el popurrí más coherente y menos forzado de canciones desde el renacimiento con Steel Wheels, lo que abarca tanto la trilogía de superproducciones primigenias, nos referimos a Voodoo Lounge, Bridges to Babylon y la placa aludida de 1989, como el tríptico subsiguiente de impronta más minimalista según la filosofía de “regreso a las raíces”, A Bigger Bang, Hackney Diamonds y este Foreign Tongues. Más allá del trasfondo milagroso de la obra maestra que nos ocupa, sustrato que tiene que ver con la vitalidad de los dos octogenarios que encabezan el proyecto o más bien su capacidad para reponerse de los distintos problemas de salud padecidos, el álbum no tiene tema alguno de relleno y nos presenta una dinámica muy aceitada en la que Richards y Jagger trabajan al unísono con un nivel de perfección inusitado en el que aparentemente tuvo mucho que ver el hilarante detalle de que por primera vez en muchos años -Mick, el caprichoso, bajó la guardia- no tenemos nada que se le parezca a un clon de Miss You, el himno de los Stones enrolado en la música disco perteneciente a Some Girls, así las cosas el sello guitarrero de Keith no hace más que reforzarse al igual que la espontaneidad lúdica de las eventuales citas al pasado, sin el dejo radiable o meloso de Jagger ni nada tan calculado/ concienzudo como lo visto en el resto de la producción artística posterior al declive fugaz sintetizado en Undercover y Dirty Work, este último de todos modos a veces simpático. Siempre serán bienvenidos un prodigio de la talla de Foreign Tongues y el mismo hecho de que todavía sean posibles joyas como la presente o las previas dentro de una carrera con 64 años de recorrido como la de sus Majestades Satánicas, un grupo que tantas y tantas alegrías nos concedió y que por cierto ha ayudado a pensar los pros y contras de una humanidad que de un tiempo a esta parte viene demostrando una pauperización cognitiva apabullante, de allí se desprende la virulencia de las canciones o su esquema político de barricada, desde el cual contraatacan lanzando bombas incendiarias a esa mafia derechosa oscurantista ya de salida, atrapada por sus propias corrupción, idiotez y psicopatía.
Foreign Tongues, de The Rolling Stones (2026)
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