Buddy

La dictadura del amor incondicional

Por Emiliano Fernández

Buddy (2026), debut en el largometraje cinematográfico del hasta hoy profesional televisivo Casper Kelly, es una película sorprendente que satiriza desde el lenguaje del terror a nada más y nada menos que Barney y sus Amigos (Barney & Friends, 1992-2010), esa serie de televisión chatarresca pero con pretensiones educativas que dominó la crianza de un par de camadas de nuestra humanidad y que se suele considerar uno de los diversos culpables del individualismo y la estupidez hedonista y conservadora de los zoomers/ Generación Z y los millennials/ Generación Y, quienes precisamente reclaman emociones y no raciocinio, se acobardan ante los problemas o los niegan y tienden a privilegiar el amor incondicional, la inmediatez y la alegría falseada por sobre cualquier vínculo auténtico, donde las paradojas, la frustración y las idas y vueltas anímicas son moneda corriente. Aquí el programa infantil de los años 90 y la primera década del Siglo XXI, creado por Sheryl Leach a partir de una retahíla de directos a video que empezaron en 1988 y se extendieron hasta 1991, responde al nombre de ¡Es Buddy! (It’s Buddy!) y sigue la dinámica de Barney y sus Amigos, basada en un muñeco de peluche que se transforma ante purretes en un gigante antropomorfizado que hace gala de una predisposición amigable, ingenua o cariñosa, antes un Tyrannosaurus Rex de color púrpura y ahora un unicornio naranja con un corazón también púrpura en su pecho, respetando lo que sería una versión para subnormales de la querida Plaza Sésamo (Sesame Street, 1969-2025), hogar de los Muppets de Jim Henson, pero filtrada por basura como Teletubbies (1997-2001) o Bananas en Pijamas (Bananas in Pyjamas, 1992-2001), entre otros productos lamentables del emporio capitalista que suele promediar hacia abajo.

 

Kelly, veterano del bloque de programación de Cartoon Network orientado a los mayores, Adult Swim, en esta ocasión nos presenta a un protagonista psicótico, homicida e incluso abusador sexual porque no se resiste a manosear culos de señoritas o pasarles la lengua por la cara, ese Buddy del título con la voz de Keegan-Michael Key y un tal Sergey Zhuravsky en el interior del traje que efectivamente asesina a todos los que lo contradigan, piensan por su cuenta o simplemente se niegan a cantar, bailar y sonreír sin interrupciones, siempre con el unicornio recibiendo abrazos por dificultades que se resuelven mágicamente con la ayuda de una actitud optimista posmoderna. Como en sus dos opus previos más conocidos, Leño de Navidad (Yule Log, 2022) y Leño de Navidad 2: Ramificándose (Yule Log 2: Branchin’ Out, 2024), telefilms para Adult Swim, aquí el director y guionista entrega una historia surrealista, morbosa y metadiscursiva/ experimental que se mueve en distintos planos de la existencia mientras apunta a burlarse de la previsibilidad en la industria cultural, todo su esquema comercial marketinero de redundancia y pobreza intelectual, en este sentido ¡Es Buddy!, show infantil de 1999 dentro de la película, funciona como una de las dimensiones posibles ya que tiende a “chupar” a mocosos y mayores de nuestra realidad que reemplazan a los personajes asesinados por el protagonista, cuyo némesis es una nena que descubre su cruento raid, Freddy (Delaney Quinn), cuando dentro de la dinámica del programa de TV halla un ejemplar ensangrentado de Una Arruga en el Tiempo (A Wrinkle in Time, 1962), célebre novela de Madeleine L’Engle que estaba leyendo otro niño que se negó a utilizar unos zapatos mágicos de baile que Buddy le ordenó calzarse, aquel Josh (Luke Speakman).

 

De a poco los cadáveres se apilan en modalidad slasher o giallo debido a la condición de testigos o “desobedientes” de las víctimas, nos referimos a Nancy, la Enfermera (Phuong Kubacki), a la que Buddy mata a golpes, Miles, el Cartero (Bennie Taylor), acuchillado sin piedad en un lindo jardín, y Wade (Caleb Williams), que fallece empalado por el cuerno del unicornio, sin olvidarnos de objetos parlantes que asimismo padecen su furia en línea con un buzón, un reloj e incluso un tren semejante a aquellos de Thomas y sus Amigos (Thomas the Tank Engine & Friends, 1983-2026). El segundo acto salta a una praxis mundana en la que Grace (Cristin Milioti), mujer casada con Ben (Topher Grace) y madre de dos vástagos, Timothy (Seamus Flynn) y Derek (Bryson JonSteele), recurre a una psíquica, la Doctora Deborah Burr (Brooke Bloom), para tratar de entender una suerte de “presencia ausente” en su hogar que termina siendo Freddy, hija de Grace que fue succionada de la realidad para sustituir a una mocosa previa como le ocurre al personaje de Milioti, arrastrado hacia ¡Es Buddy! utilizando un televisor, portal en cuestión, con el objetivo de reemplazar a Nancy, no obstante el unicornio la manosea en una consulta médica después de terminar en llamas por un encontronazo con la nena, quien junto a dos chiquillos más, Hannah (Madison Skyy Polan) y Oliver (Tristan Borders), escapan hacia Ciudad Diamante y en el camino se topan con una pareja homosexual compuesta por un cowboy avejentado y algo pederasta, George (Clint Howard), y su marioneta destartalada, Willie (Michael Shannon), dúo esperpéntico que conoció la génesis violenta de Buddy e incita a los purretes a ingerir pétalos de flores psicotrópicas para robarles su alimento y la mochila de Freddy, Strappy (Patton Oswalt).

 

El cineasta estadounidense, que también había participado con un segmento en la antología de horror V/H/S Halloween (2025), Tamaño Divertido (Fun Size), y ayudó a escribir Mandy (2018), joyita de Panos Cosmatos con Nicolas Cage, desparrama referencias cinéfilas en sintonía con El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), de Victor Fleming, La Noche del Cazador (The Night of the Hunter, 1955), odisea de Charles Laughton, Cuerpos Invadidos (Videodrome, 1983), del gran David Cronenberg, Pesadilla en lo Profundo de la Noche (A Nightmare on Elm Street, 1984), de Wes Craven, La Rosa Púrpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), de Woody Allen, Laberinto (Labyrinth, 1986), del ya mencionado Henson, El Mundo de los Feebles (Meet the Feebles, 1989), de Peter Jackson, y Bailarina en la Oscuridad (Dancer in the Dark, 2000), de Lars von Trier, amén de Conejos (Rabbits, 2002), serie web que David Lynch a posteriori reutilizó en el largometraje Imperio (Inland Empire, 2006). El film contrasta muy bien la ficción televisiva de ¡Es Buddy!, peligrosa en sus delirios tiránicos, con la realidad de Grace y su familia, todos amnésicos al punto de no recordar la existencia de Freddy, planteo que constituye una hilarante metáfora del nuevo milenio al igual que Ciudad Diamante y las canciones compulsivas simbolizan las patrañas banales del mainstream cultural, por un lado, y el propio Buddy encarna al ansia burguesa patológica de perfección y a la ciclotimia infantilizada actual, criatura que con el odio muta en monstruo y con el amor -verdadero o no- se resetea a pura hipocresía, por el otro lado. Como afirmábamos antes, Kelly redondea una parodia eficaz de la sociedad de hoy en día denunciando la negación de los problemas y esa dictadura del capricho de índole amoral…

 

Buddy (Estados Unidos, 2026)

Dirección: Casper Kelly. Guión: Casper Kelly y Jamie King. Elenco: Delaney Quinn, Keegan-Michael Key, Cristin Milioti, Michael Shannon, Patton Oswalt, Tristan Borders, Madison Skyy Polan, Topher Grace, Sergey Zhuravsky, Eric Bauza. Producción: Tyler Davidson, J.D. Lifshitz, Raphael Margules, Tracy Rosenblum y Drew Sykes. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 8