Barreda

Los quilombos con las minas

Por Emiliano Fernández

A esta altura es una verdad de Perogrullo que las versiones del Siglo XXI del machismo y el feminismo equivalen a unas caricaturas hilarantes que poco y nada tienen que ver con las características de otras épocas, basta con pensar que el machismo cavernícola está en crisis, al igual que la nueva derecha gracias a su incompetencia, psicopatía, idiotez y corruptelas de toda índole, y el feminismo por un lado perdió por completo su sustrato reivindicativo de antaño, hace mucho operando sobre terreno político ganado, y por el otro lado asimismo está en decadencia debido a la derrota o el desgaste del wokismo a raíz de su arrogancia y fundamentalismo misándrico, sin que se puedan pasar por alto rasgos que comparte con el machismo new age como su impronta blanca, burguesa, racista, xenófoba, aporofóbica y sin conciencia social alguna, siempre fetichizando la estafa de la “identidad” acomodaticia posmoderna para tratar en vano de esconder el elefante en la habitación, eso de que la única diferencia verdadera es la de clase social, viejo axioma del marxismo que hoy sigue más vigente que nunca en tiempos de precarización laboral, pluriempleo, crisis cíclicas y una plataformización de la economía según los preceptos de una tecnocracia global que opera con el aval de los sectores dirigentes, cómplices en este proceso de concentración de la riqueza. Barreda (2026), retrato a cargo de Daniela Goggi del cuádruple asesinato de 1992 perpetrado en la ciudad de La Plata, Argentina, por el odontólogo Ricardo Barreda (1936-2020), es la típica película trasnochada de los servicios de streaming contemporáneos -en este caso Amazon Prime Video- que pretende ofrecer un retrato inmaculado de todos los personajes femeninos aunque con la inteligencia suficiente para ya no ofender a los varones del público, casi como reconociendo con nostalgia la derrota del wokismo marketinero rosa sin enajenarse al público masculino porque ambos segmentos del mercado consumen por igual todo este “true crime” producido cual chorizos aburridos, por demás intercambiables.

 

A pesar de que a ciencia cierta no se sabe casi nada de la larga convivencia familiar previa a los asesinatos porque la parentela formaba parte de una clase media adicta a aparentar perfección a puro fariseísmo, hablamos de todo el plantel femenino que incluía a la suegra del dentista, Elena Arreche, a su esposa, Gladys McDonald, y a sus dos hijas veinteañeras, Cecilia y Adriana Barreda, la odisea opta por mostrarlas como unas pobres víctimas de un chiflado que post mortem las acusó de maltratos, burlas y abusos varios en plan de justificar sus actos, lo que por supuesto significa que la verdad se ubica justo en el medio ya que en la casa compartida, eje de las disputas económicas de fondo, de seguro todos deben haberse comportado como unos energúmenos y narcisistas patológicos símil guerra simbólica de trincheras basada en el dolor infligido al prójimo de modo cotidiano. Sin mucha narración de por medio y constantes saltos temporales desde el período anterior a la matanza hasta el juicio penal contra Barreda, el opus de Goggi, por cierto responsable de dos de los grandes bodrios del cine argentino del nuevo milenio, Abzurdah (2015) y El Hilo Rojo (2016), y dos trabajos muy mediocres, la miniserie para HBO Max María Marta: El Crimen del Country (2022) y la película El Rapto (2023), entrega una Arreche modelo arpía (Mercedes Morán), una McDonald símil boba cornuda (Carla Peterson) y dos hijas de marco bastante anodino, la abogada Adriana (Margarita Páez, vástago de la actriz Romina Ricci y el rockero otrora valioso Fito Páez) y la también odontóloga Cecilia (Maite Lanata), amén de ese Barreda reglamentariamente siniestro (Luis Machín), mujeriego que sin ser misógino odiaba a las cuatro hembras que lo opacaban en el hogar, conducía un Ford Falcon verde a lo grupo de tareas del genocida Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) e incluso admiraba a Carlos Monzón, célebre boxeador que reventó a otra ninfa, Alicia Muñiz, y en un diálogo con los imbéciles del aparato de represión se homologa a “los quilombos con las minas”.

 

En esta oportunidad las atractivas pinceladas exploitation, como la histeria gritona por la rata del comienzo o su opuesto exacto, aquella masacre semi silente del desenlace, se dan la mano con detalles coyunturales muy poco imaginativos, pensemos por ejemplo en las citas a Ilona Staller, más conocida como la Cicciolina, y la Enciclopedia Básica Visual, todo un clásico del Grupo Editorial Océano, o la presencia de canciones de bandas como Suéter y Roxette y de solistas como César “Banana” Pueyrredón y Alejandro Lerner, que a su vez contrastan con el gusto del homicida por Wolfgang Amadeus Mozart, Antonio Vivaldi y Richard Wagner. Como aseverábamos con anterioridad, la propuesta pretende apropiarse de la mirada de las mujeres porque de las pavadas que solía decir Barreda hay muchísimos registros, en esencia un sujeto con una formación cognitiva de un neandertal o un votante de la nueva derecha, sin embargo la perspectiva autoindulgente deja entrever de manera involuntaria que estamos frente a una contienda solapada entre cinco lunáticos por el hogar en el que vivían y que el bando rosa pretendía vender porque las hijas se mudaban con sus parejas, con el dentista como el tradicionalista de la música clásica y la suegra encabezando la otra facción, la “moderna” cercana al pop y pretendiendo empapelar el inmueble para tapar manchas de humedad, un gesto que equivale a esconder el problema sin solucionarlo. Barreda, rodada en Uruguay e inspirada en un libro de Rodolfo Palacios que recuperó el supuesto apodo denigrante del psicópata puertas adentro, Conchita (2013), no analiza la génesis del conflicto, correspondiente a la infancia de las hijas, y jamás explica en serio la convivencia con Ricardito durante décadas a pesar de su relación con una vidente/ amante/ confesora/ amiga, María de los Ángeles Arba alias “Pirucha” (Paola Barrientos), lo que nuevamente da a entender que todo el clan era demencial y no sólo el ejecutor, en realidad un burgués frustrado, pelmazo y odiador del montón que se burlaba de todos a su alrededor.

 

Con la psíquica de Barrientos, paradójicamente el único personaje interesante del lote si descontamos al excelente Marcelo Subiotto como el abogado defensor, Santiago Cáceres, se evita el vuelco misándrico pleno del relato, a lo que también apunta la inclusión de los novios afables de cotillón de Cecilia y Adriana, Gastón (Franco Rilla) y Martín (Federico Formento), respectivamente. En el mediano plazo cansa este esquizofrénico ida y vuelta cronológico entre el estrado y la etapa previa a la seguidilla de escopetazos, sin nunca alejarnos demasiado en el tiempo con respecto a las muertes en sí y siempre encarándolo todo desde una superficialidad conceptual modelo caricatura del mainstream más masivo/ televisivo, recurriendo al trazo grueso con muy pocas ideas dramáticas que nos salven del soponcio o la rutina. Aquí la paranoia, la manipulación y el ventajismo en general entre ambos bandos impiden la comunicación, algo que se ve tanto en la disputa por la venta de la casa, una idea de Arreche que McDonald aprobó, como en el episodio del pedido de un sillón viejo de parte de Cecilia a su padre para abrir su propio consultorio luego de obtener el título de odontóloga, ya independizándose de la tiranía económica del futuro verdugo. Ahora bien, la epopeya tampoco aprovecha la manera en que las humillaciones y venganzas cruzadas de la familia -o lo que se pudo reconstruir o deducir del ámbito privado- mutaron en la histeria popular alrededor del caso, con los medios carroñeros alimentándose de las noticias y el culto sobre la figura del castigador enalteciendo la masculinidad del desquite contra toda hembra que arruina la vida, detalle que reclama justicia y encuentra su síntesis en “San Barreda”, aquel santo fálico que aparece en estampitas desopilantes y protege a las víctimas de maltrato por parte de las vaginas psicóticas con patas. Machín no desentona pero tampoco se luce ni inspira miedo, el insólito epílogo en Súper 8 no pasa del golpe bajo -aparición tardía de las mocosas como infantes- y el film en su conjunto resulta impecable a nivel técnico, rasgo habitual del derrotero intrascendente de Goggi, aunque no así a escala narrativa, sin ofrecer novedad alguna a quien ya conoce el caso y para colmo derrapando en la banalidad por la falta de astucia, respuestas o auténtica valentía Clase B para complejizar el asunto en sintonía con la también fallida aunque mucho más misteriosa Pasajeros de una Pesadilla (1984), obra de Fernando Ayala sobre el Caso Schoklender, un parricidio de 1981 en el que los hermanos Sergio y Pablo Schoklender asesinaron a sus progenitores, Mauricio Schoklender y Cristina Silva Romano, en unas circunstancias nunca del todo aclaradas…

 

Barreda (Argentina, 2026)

Dirección: Daniela Goggi. Guión: Daniela Goggi, Juan Cavoti, Tamara Talesnik, Josefina Licitra y Donna Tefa Sanguinetti. Elenco: Luis Machín, Marcelo Subiotto, Carla Peterson, Mercedes Morán, Paola Barrientos, Margarita Páez, Franco Rilla, Maite Lanata, Federico Formento, Alberto Ajaka. Producción: Armando Bo, Natacha Cervi, Ezequiel Olemberg, Axel Kuschevatzky, Mercedes Reincke y Cindy Teperman. Duración: 106 minutos.

Puntaje: 4