La trayectoria del animador y cineasta húngaro György Pál Marczincsak alias George Pal (1908-1980), sin duda uno de los grandes genios del cine fantástico, comenzó con aquellos Puppetoons, una larga retahíla de cortos en stop motion de las décadas del 30 y 40 basados en una colección de marionetas de madera talladas a mano en vez del estándar del gremio, eso de mover un único muñeco. Después de emigrar a Estados Unidos en 1939 debido a la Segunda Guerra Mundial, el señor viró hacia los largometrajes en live action y consiguió destacarse como productor en una seguidilla de obras imprescindibles de la ciencia ficción de su tiempo, apuntamos en concreto a Con Destino a la Luna (Destination Moon, 1950), de Irving Pichel, Cuando los Mundos Chocan (When Worlds Collide, 1951), de Rudolph Maté, y sus tres colaboraciones en el rubro con Byron Haskin, La Guerra de los Mundos (The War of the Worlds, 1953), La Conquista del Espacio (Conquest of Space, 1955) y El Poder (The Power, 1968), con la segunda influyendo de manera muy marcada en 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), de Stanley Kubrick, sin olvidarnos de opus inferiores en otros géneros como El Gran Rupert (The Great Rupert, 1950), también de Pichel, Houdini (1953), de George Marshall, Marabunta (The Naked Jungle, 1954), de Haskin, y Doc Savage: El Hombre de Bronce (Doc Savage: The Man of Bronze, 1975), de Michael Anderson. No obstante la gran metamorfosis aparece cuando muta en director y entrega dos de las joyas de la fantasía kitsch sesentosa, La Máquina del Tiempo (The Time Machine, 1960) y Las 7 Caras del Dr. Lao (7 Faces of Dr. Lao, 1964), lo que no implica descuidar sus otras tres incursiones en calidad de realizador, las de todos modos atractivas Pulgarcito (Tom Thumb, 1958), La Atlántida: El Continente Perdido (Atlantis: The Lost Continent, 1961) y El Maravilloso Mundo de los Hermanos Grimm (The Wonderful World of the Brothers Grimm, 1962), esta última codirigida junto a Henry Levin. Si bien no llega por poco a la cima profesional de Pal, La Máquina del Tiempo, obra sublime que adaptó lo hecho por H.G. Wells a escala literaria en 1895, Las 7 Caras del Dr. Lao es también una odisea esplendorosa que en esta oportunidad se inspira en la novela de 1935 del periodista estadounidense Charles G. Finney, todo un clásico de la literatura fantástica anglosajona que sería recuperado por Ray Bradbury en una versión más tenebrosa a través de La Feria de las Tinieblas (Something Wicked This Way Comes, 1962), libro a su vez adaptado por Jack Clayton en una gesta de 1983 financiada por la execrable Walt Disney Productions.
El otro responsable del opus que nos ocupa es el querido Charles Beaumont, guionista de El Maravilloso Mundo de los Hermanos Grimm y artífice central de muchos de los mejores capítulos de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), la serie de Rod Serling para la cadena CBS, señor que asimismo nos legó Arde, Bruja, Arde (Night of the Eagle, 1962), la maravilla de Sidney Hayers, y sus trabajos para Roger Corman, desde El Intruso (The Intruder, 1962), extraordinario drama racial con William Shatner, hasta tres eslabones en el legendario ciclo de films basados en los escritos de Edgar Allan Poe, léase El Entierro Prematuro (Premature Burial, 1962), El Palacio Encantado (The Haunted Palace, 1963) y La Máscara de la Muerte Roja (The Masque of the Red Death, 1964), lote al que se suman la olvidable Aventurero en Kenia (Mister Moses, 1965), de Ronald Neame, y dos trasheadas interesantes, La Reina del Espacio Exterior (Queen of Outer Space, 1958), clásico del sci-fi modelo camp de Edward Bernds, y Muerte Cerebral (Brain Dead, 1990), film surrealista de terror de Adam Simon inspirado en un viejo guión inédito de Beaumont para Corman. El relato, tan minimalista como inteligente, nos presenta la llegada al pueblo de Abalón en un burro dorado del Dr. Lao del título (Tony Randall), sujeto enigmático de ascendencia china que encabeza un circo y viaja con su mascota, un pequeño bagre en una pecera que en realidad es el Monstruo del Lago Ness, criatura que crece en tamaño al salir del agua. Abalón está atravesando una crisis fogoneada por Clint Stark (Arthur O’Connell), magnate que desea comprar baratas las tierras de la zona aprovechando que los lugareños aún no saben que el tren pasará por la comarca en un futuro no muy lejano, por ello utiliza a sus esbirros, Carey (Royal Dano) y Lucas (John Doucette), para amedrentar a un periodista e imprentero, Ed Cunningham (John Ericson), que no se resigna a la extinción del pueblo y sospecha de la excusa del latifundista para ofertar por las tierras, eso de que la tubería que trae el agua desde lejos está en mal estado y necesita reparaciones que cuestan la friolera de 237.000 dólares. Al oligarca tampoco le gustan las preguntas de la bibliotecaria vernácula sobre su obsesión con comprarlo todo cuanto antes, Ángela Benedict (Barbara Eden), una hermosa viuda que rechaza sistemáticamente las propuestas románticas de Cunningham y vive con su hijo de ocho años, Mike (Kevin Tate), y su simpática suegra, Sarah (Argentina Brunetti, de hecho nacida en Buenos Aires y casada con un norteamericano, Miro Brunetti, con el que ayudó a fundar la célebre Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood).
En una reunión con todos los habitantes de Abalón se acuerda que el momento para decidir el futuro del territorio será dentro de dos días, lo que coincide con las dos únicas funciones del circo del pope asiático, espectáculo de índole intelectual o anímica bizarra en el que el Abominable Hombre de las Nieves oficia de operario y una serie de personajes adicionales, todos con la voz y/ o la fisonomía de Randall, se presentan ante el público, hablamos del Mago Merlín, el Dios Pan, Medusa, la Gran Serpiente y Apolonio de Tiana, aquí un vidente y no simplemente un filósofo o místico griego. Lao se hace amigo de Mike, un admirador en especial de Merlín, y utiliza sus excentricidades, poderes y habilidades para sabotear la especulación de Stark, así durante la primera función del circo Apolonio le comenta unas verdades poco agradables a una veterana hipócrita, la Señora Cassin (Lee Patrick), Benedict disfruta de un orgasmo gracias a una danza y una canción contagiosa de Pan, curándola de su mojigatería, Medusa por su parte convierte en piedra a una arpía insoportable y siempre escéptica, Kate Lindquist (Minerva Urecal), e incluso el villano protagoniza un intercambio autoparódico desopilante con el reptil, una Gran Serpiente parlante que precisamente se asemeja a Stark, sin embargo los milagros de Merlín no logran impresionar a espectadores bastante crueles que le piden nuevas gracias sin cesar o lo atacan por su fragilidad y edad avanzada. Los matones del magnate eventualmente destrozan la imprenta de Cunningham, donde publicaba el diario local, pero Lao pronto reconstruye sobre los destrozos y en la segunda jornada ofrece a Abalón un espectáculo de linterna mágica en el que una localidad espejo, Woldercan, se deja corromper sin más por un equivalente del oligarca de O’Connell y termina sufriendo las catastróficas consecuencias del caso, ahora con la gente entregando su dignidad por monedas de plata y recibiendo un castigo divino digno del Apocalipsis de la Biblia. La película tiene mucho del weird western más puro o sin demasiada anestesia hollywoodense, ese que combina el Lejano Oeste con una ristra de recursos heterogéneos del terror, la fantasía y la ciencia ficción, lo que subraya la distancia con respecto al gothic western de La Maldición del Vampiro (Curse of the Undead, 1959), de Edward Dein, el acid western de obras como El Tiroteo (The Shooting, 1966) y A Través del Huracán (Ride in the Whirlwind, 1966), ambas de Monte Hellman, y el science fiction western de El Valle de Gwangi (The Valley of Gwangi, 1969), de Jim O’Connolly, y Jim West (The Wild Wild West, 1965-1969), aquella peculiar serie con Robert Conrad creada por Michael Garrison.
Los rasgos autorales del húngaro dicen presente en títeres, stop motion, superposiciones, mattes, animación tradicional y un trabajo exquisito en maquillaje, sustrato artesanal que llega a su cúspide en la famosa escena del último acto del ataque del Monstruo del Lago Ness, al que le crecen terroríficos brazos que culminan en los rostros de las atracciones que acompañan a un Lao que logra frenar a la criatura -con el mocoso como testigo- gracias a una hilarante “máquina para hacer llover”, invento de su cosecha. Otro latiguillo infaltable de Pal pasa por los detalles refritados -metraje y utilería- de La Máquina del Tiempo y La Atlántida: El Continente Perdido, por un lado, y Quo Vadis (1951), de Mervyn LeRoy, y El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), de Víctor Fleming, ya por el otro lado, además del surtido en sí de géneros, no sólo el western y la fantasía sino también la comedia, el opus romántico, la propuesta familiar, el horror, la sátira social y algún que otro instante digno de una faena musical. Beaumont, como siempre, aprovecha el asunto para meterse con una multitud de tópicos en línea con la codicia plutocrática, la industria del espectáculo, los terratenientes mafiosos, la ingenuidad popular, el autoengaño, la claustrofobia pueblerina, la represión sexual, el alcoholismo esperpéntico naturalizado, la amoralidad capitalista y el combo de violencia, racismo y xenofobia típico del estadounidense caucásico promedio, en este sentido tampoco faltan la corrupción del poder económico concentrado y los límites de nuestras ilusiones pero sobre todo su enorme capacidad a la hora de estimular la psiquis. Randall, recordado por interpretar a Félix Unger en La Extraña Pareja (The Odd Couple, 1970-1975), esa sitcom basada en la obra de teatro de 1965 de Neil Simon al igual que la película de 1968 de Gene Saks, por cierto estelarizada por los inigualables Jack Lemmon y Walter Matthau, no llega al nivel habitual de Peter Sellers, el elegido en un principio por Pal para componer a tantos personajes, aunque lo realizado por el actor estadounidense resulta muy digno en lo que atañe a los camaleones humanos (vale aclarar que en realidad compuso a seis personajes ya que en el pesado traje del Yeti estaba el vástago del director, Péter Pál, intervención que quedó sin acreditar por motivos publicitarios, para ensalzar al protagonista). Aquí la magia aparece como una hipnosis atea que nos controla brevemente, cuya sinceridad se opone a todos los embustes de los oligarcas, y la cotidianeidad como un espacio creativo potencialmente maravilloso que nos aleja de la alienación, de allí el sueño de Mike vinculado a convertirse en mago como Merlín o acompañar al asiático en su viaje.
Hoy el misterio puede esquivar su sombra favorita burguesa, la amenaza, y de hecho llegar vía un planteo amistoso/ humanista/ estrafalario como el del Dr. Lao, quien reclama la fe del prójimo reproduciendo la suspensión de incredulidad del arte o la ficción, un esquema volcado a alejarse tanto de la peligrosidad, fetichizada a pura paranoia por los psicópatas capitalistas, como de los argumentos defensivos del vulgo y los escépticos en materia de la verosimilitud o el trasfondo “poco convincente” de la ilusión, por definición homologada a la creencia del interlocutor. Estamos frente a un circo de sabiduría, mensajes dolorosos y extravagancias culturales que ocupan el lugar de la banalidad, el conformismo escapista y las colecciones en fauna del imperialismo europeo de antaño, con el acento, la nacionalidad y las etnias transformados en caprichos sarcásticos que emparejan a los sujetos en vez de separarlos bajo la excusa de una identidad cargada de contradicciones u “operada” por las cúpulas sociales para que sea determinada cosa y niegue todo el resto. Así como la lección final viene en forma de relato de impronta mitológica y el show circense en general apuesta a la pedagogía en términos de aprender y sentirse reflejado en lo visto en plan de empatía, masoquismo o el gesto de romper la burbuja en la que vivimos, en pantalla la experiencia privada, negadora de lo colectivo, únicamente genera idiotez y presunción como demuestra el pueblo de Abalón durante el primer show de Lao y compañía, habitantes atrapados en la soberbia, la irreflexión o la tendencia patológica a someterse ante el poderoso al igual que los buenos esclavos, felices del yugo padecido. Entre pinceladas más o menos insólitas para la época en sintonía con la sexualización de la viuda frígida y la presencia de una Medusa travestida o del borrachín que se duerme en todos lados para burlarse de ese alcohol a toda hora en yanquilandia y el Reino Unido, Peter Ramsey (Frank Kreig), Beaumont introduce una inesperada metamorfosis altruista alrededor de Stark, alegoría completamente ausente en la novela, y convierte al chino en un militante del absurdo más florido y de la justicia de base social, no la egoísta modelo empresarial, por ello asimismo se podría aseverar que el film posee ecos de Milagro en Milán (Miracolo a Milano, 1951), joya de Vittorio De Sica, en lo referido a la destreza para resolver problemas reales apelando a recursos imaginarios, sin embargo lo que se mueve por detrás resulta muy valioso en consonancia con la idea de imponer a la solidaridad como un valor que desarma las farsas o mentiras, lamentablemente en muchas ocasiones aún eficaces por la ceguera del egoísmo y la avaricia al por mayor…
Las 7 Caras del Dr. Lao (7 Faces of Dr. Lao, Estados Unidos, 1964)
Dirección: George Pal. Guión: Charles Beaumont. Elenco: Tony Randall, Arthur O’Connell, John Ericson, Barbara Eden, Kevin Tate, Royal Dano, John Doucette, Lee Patrick, Minerva Urecal, Argentina Brunetti. Producción: George Pal. Duración: 100 minutos.