Fito Páez: El Mundo Cabe en una Canción (2026), documental soporífero y muy poco imaginativo de Matías Gueilburt para Netflix que retoma el título del álbum homónimo de 2006, vuelve a ratificar la enorme mediocridad, autoindulgencia y lisa y llana idiotez de la versión del Siglo XXI del músico rosarino, un millonario que vive encerrado en su propia mansión desde los tiempos de sus últimos discos solistas valiosos, por un lado El Amor Después del Amor (1992) y Circo Beat (1994) y por el otro Euforia (1996) y Enemigos Íntimos (1998), este último un trabajo con Joaquín Sabina que ofició de preludio para la debacle en dos actos vía Abre (1999), placa despareja, y Rey Sol (2000), a ciencia cierta el primero de la catarata de mamarrachos involuntariamente autoparódicos que entregaría en lo sucesivo. Nuestro film para la N roja, asimismo el hogar de El Amor Después del Amor (2023), aquella biopic o hagiografía burda en formato serie de Felipe Gómez Aparicio y Gonzalo Tobal, pretende retratar de manera trasnochada la grabación de Novela (2025), álbum errático que ya fue dejado atrás por otra epopeya intercambiable del montón, Shine (2026), amén de repasar de manera muy superficial el único período de su trayectoria que aún despierta algún interés, ese inicial subdividido en los años 80 contraculturales y los 90 de acomodamiento popero mainstream gracias al gigantesco éxito en ventas de la placa de 1992, todavía foco de su repercusión popular como lo demuestran los abucheos durante un recital de mayo de 2026 por querer tocar completo Novela antes que sus hits de siempre.
Páez, hoy con 63 años de edad, en pantalla es un gordo aburrido, torpe y sensiblero que se condice con la redundancia y el narcisismo berreta sin fin de los veinte álbumes entre Rey Sol y Shine, todos llenos de temas insufribles en los que los latiguillos vocales, musicales y en letras que otrora resultaban simpáticos o quizás inofensivos se transforman en su risible condena, siempre girando en bucle sobre lo mismo sin lograr ofrecer algo nuevo o siquiera una copia atractiva de sus aciertos, al contrario de esas bandas o solistas que repiten una o dos ideas a lo ancho de su trayectoria pero por lo menos dicha fórmula funciona porque en lo que respecta al corsé estilístico todo está bien. Gueilburt, típico mercenario sin talento ni osadía de la industria cultural del nuevo milenio que ha entregado una extensa retahíla de bodrios y gestas anodinas varias del campo documental, en esta oportunidad cae en dos de los problemas más insistentes de estos retratos para streaming cual “contenido” equiparable a los viejos directos a video o a especiales de TV de bajo presupuesto para un segmento muy específico del mercado musical/ cinematográfico, hablamos primero de una edición sonora desastrosa (la música tapa constantemente las supuestas palabras importantes de Páez y otra gente de cotillón como dos de sus muchísimas ex parejas, la también cantante y compositora Fabiana Cantilo y la actriz Eugenia Kolodziej) y segundo las idas y vueltas temporales, tan esquizofrénicas como innecesarias (casi todos los interesantes flashbacks correspondientes a las décadas del 80 y 90 son interrumpidos por un presente letárgico).
Para colmo el documental va de Guatemala a Guatepeor porque empieza con el sustrato meloso de la relación con Kolodziej, una influencia molesta que no deja de robar cámara en plan de futura viuda/ albacea/ chupasangre del rock, y con el golpe bajo a escala dramática del accidente doméstico de 2024 que sufrió en España, cuando se cayó por una escalera y se fracturó cinco costillas cual abuelito gagá, planteo que deja todo servido para el resto del metraje y su autovictimización ad infinitum por la separación de Kolodziej, por sus dolores o poca movilidad física -como si la panza previa ayudase en algo o no fuese sinónimo de alto aburguesamiento- y por un síndrome de abstinencia del alcohol que él trata como si fuese delirium tremens cuando de manera evidente el cuadro es muchísimo menos grave, sin olvidarnos de la paranoia de sentirse abandonado por sus hijos y defraudado por unos músicos/ sesionistas que se mueven por debajo de su elevada vara de exigencia, tanto en estudio como en los shows, derivando en maltratos de diversa envergadura cual dictador de pacotilla. Entre la absurdamente costosa grabación de Novela en Abbey Road, célebres estudios de Londres, y el ritmo narrativo flemático o seudo arty que imponen Gueilburt y sus dos editores, léase Ezequiel Chamorro y Gabriel Fasano, en Fito Páez: El Mundo Cabe en una Canción desfilan las giras nostálgicas y ultra intrascendentes de la actualidad y los momentos y las conversaciones con esos vástagos que tuvo con las actrices Cecilia Roth y Romina Ricci, parte de una burbuja a esta altura demacrada de egolatría y crisis existencial.
A lo largo del metraje vemos afiches de Amigos Míos (Amici Miei, 1975), obra maestra de Mario Monicelli con Ugo Tognazzi y Philippe Noiret, y Sign o’ the Times (1987), discazo de Prince, y encontramos citas a Vidas Privadas (2001), su horrenda ópera prima como director y guionista, y La Lógica del Escorpión (2024), flojo disco de un Charly García en estado terminal, gran padrino artístico del señor al igual que Luis Alberto Spinetta, en este sentido recordemos que sus primeros conciertos como público fueron de La Máquina de Hacer Pájaros e Invisible, bandas de ambos. Lo mejor pasa por los recuerdos en relación a su progenitor, Rodolfo Páez, y la influencia que ejerció a nivel literario, cinematográfico y musical, más las menciones al paso a 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), de Stanley Kubrick, y La Aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, 1972), obra de Ronald Neame de la que Gueilburt rescata un genial monólogo de Ernest Borgnine, no obstante todo queda sepultado en el constante ir y venir cronológico y en el lloriqueo de Fito por no poder seguir emborrachándose a gusto o tragar pastillitas de colores sin destruir su salud. El músico pretende un sincericidio, homologando el asunto a mostrarse orinando o quejándose del dolor en el hospital, y deja en claro que según su perspectiva el rock es en simultáneo matemática y emoción, por ello otro punto loable constituye su postura ante el paupérrimo panorama musical del mainstream y el indie del nuevo milenio, por ejemplo aseverando que estamos rodeados de estandarización, avaricia capitalista y falta de pasión en la música y la cultural contemporáneas. Aquellas inflexiones vocales del pasado, como decíamos previamente, hoy se vuelven insoportables porque las repite de modo maniático en todos los temas mientras que antes las limitaba a determinadas canciones. Si bien el documental va un poco más allá con respecto a la serie en materia de las etapas analizadas, ahora llegando hasta principios del Siglo XXI, lo cierto es que no agrega nada nuevo a lo ya ampliamente cubierto en biografías y especiales del rubro y hasta parece convalidar el fantasma que sobrevuela de fondo, el reconocimiento de que lo mejor de su arte quedó muy lejos y que la melancolía grotesca minimalista de hoy en día se explica por esta permanente tendencia a ensimismarse en un círculo vicioso de estupidez, vacuidad, basura compositiva, delirios ególatras y lamentos por pavadas que a su vez pretenden justificar su depresión. Semejante reconocimiento por lo bajo de la mediocridad reciente, tanto de Páez como del documental en sí, por lo menos nos deja con la hilarante sensación de que el Fito veterano se parece a aquel Dustin Hoffman de mediana edad y que el opus rutinario de Gueilburt le sigue el juego al ser redundante y al alargar un viaje que pide a gritos un desenlace, en el caso del músico un retiro digno que nos ahorraría la catarata de bodrios que escupe año a año. El film también deja entrever que el millonario tiende a sobrepensarlo todo, cayendo en una pose meditabunda, y no sabe cómo convivir con la vejez y la sequedad creativa, casi siempre creyendo que con el gesto de recorrer el planeta o pagar estudios en el extranjero puede volver a invocar la frescura y las musas de antaño con la meta de componer aunque sea una de aquellas canciones memorables de sus dos primeras décadas como profesional…
Fito Páez: El Mundo Cabe en una Canción (Argentina, 2026)
Dirección: Matías Gueilburt. Guión: Matías Gueilburt y Nicolás Gueilburt. Elenco: Fito Páez, Fabiana Cantilo, Eugenia Kolodziej, Charly García, Luis Alberto Spinetta, Cecilia Roth, Romina Ricci, Joaquín Sabina, Phil Ramone, Juan Carlos Baglietto. Producción: Sebastián Gamba. Duración: 113 minutos.