Si bien dentro de la amnésica y/ o francamente ignorante a secas comunidad cinéfila en general del Siglo XXI, volcada a la visión reduccionista del mainstream estadounidense, ya casi no se recuerda al cineasta sueco Bo Widerberg como se merece, en términos de una figura disruptiva con una voz muy propia, en la Península Escandinava todavía se lo tiene presente como el principal responsable de separar a Suecia de la imagen a ojos foráneos que supo construir Ingmar Bergman, a quien precisamente Widerberg atacó en esencia por ofrecer un exotismo existencialista para exportación que estaba divorciado de la realidad o abusaba de su ensimismamiento de corte psicologista, todo lo contrario de un Bo siempre tendiente a privilegiar las dimensiones cultural, política, económica, humana, ideológica y social de los relatos, eje sobre el cual giraban todas y cada una de sus propuestas. Está claro que rodó algunas anomalías descartables, como la comedia ¡Hola, Roland! (Heja Roland!, 1966) o la epopeya deportiva infantil Puchito Campeón (Fimpen, 1974), y que sus obras maestras indiscutibles son El Hombre en el Tejado (Mannen på Taket, 1976) y El Hombre de Mallorca (Mannen från Mallorca, 1984), joyas del noir nórdico y sus únicas incursiones en el género, una acepción lúgubre y de izquierda del policial dominada por el cinismo, el asesinato, la corrupción, el racismo, la xenofobia, el supremacismo y los crímenes sexuales, sin embargo el resto de su producción artística es muy pareja a escala cualitativa y abarca tres vertientes sutilmente complementarias en su compromiso con una praxis mundana por demás compleja, hablamos del marco autobiográfico de El Cochecito (Barnvagnen, 1963), El Barrio del Cuervo (Kvarteret Korpen, 1963) y Amor 65 (Kärlek 65, 1965), los romances trágicos en primer plano de Elvira Madigan (1967), Victoria (1979) y La Belleza de las Cosas (Lust och Fägring Stor, 1995), ésta quizás su faena más popular, y finalmente la lucha contra los atropellos, la cruel explotación y los desvaríos del sistema capitalista de aquellas Ådalen 31 (1969), Joe Hill (1971) y El Camino de la Serpiente (Ormens Väg på Hälleberget, 1986), amén de un documental colectivo que se enrola dentro de este último grupo, El Deporte Blanco (Den Vita Sporten, 1968), acerca de las protestas en torno a un match de 1968 de la Copa Davis entre Suecia y Rodesia -hoy Zimbabue- contra el gobierno racista de minoría caucásica de Ian Smith del país africano, contienda que sería cancelada.
Financiada de manera independiente por el propio Widerberg e incluso rodada en buena medida en Estados Unidos, Joe Hill constituye una rareza dentro del tríptico de denuncia del realizador porque es una biopic sobre una figura que unificó los derroteros históricos de Suecia y yanquilandia, ese Hill del título (1879-1915) que se convertiría en un mártir de la canción de protesta y del anarcosindicalismo de base revolucionaria deleonista, todo gracias a su militancia en Trabajadores Industriales del Mundo (Industrial Workers of the World), y que en pantalla es interpretado por el actor fetiche del director de la fase que nos ocupa, el genial Thommy Berggren, quien más adelante sería reemplazado por Tomas von Brömssen a partir de El Hombre de Mallorca, pensemos por contraste que Ådalen 31 analiza un hecho específico, el homicidio en 1931 a manos del ejército de cinco empleados de una fábrica de pasta de celulosa durante una protesta, y El Camino de la Serpiente, por su parte, se mete con el pago de las deudas en la Suecia del Siglo XIX vía favores sexuales de las parentelas empobrecidas hacia toda la lacra burguesa, tanto terrateniente como comercial. El guión del realizador respeta los acontecimientos verídicos -o lo que se sabe de ellos a la distancia- y comienza con la llegada de Hill, nacido Joel Emmanuel Hägglund, y de su hermano, Paul (Hasse Persson), a la Nueva York miserable de 1902, donde alquilan un monoambiente derruido y Joe se compra un banjo con el poco dinero que consigue como empleado en un restaurant/ bar popular, en esencia barriendo, vaciando las escupideras y atendiendo a los borrachines del Barrio Chino. Mientras se hace amigo de un niño mexicano que le roba su reloj, El Zorro (Kelvin Malave), y conoce a una inmigrante italiana que es amante de la música como él, Lucía (Anja Schmidt), Joe de a poco descubre cómo el sueño americano se convierte en pesadilla porque al muchacho lo arrestan y su familia es desalojada y la joven, de la que se había enamorado, termina en las garras de un tenor egocéntrico, Luigi Mazzini (Frank Molinari). Paul, quien no conseguía trabajo por su dificultad con el idioma inglés, eventualmente se marcha sin dejar rastro y Hill opta por recorrer el país, conociendo a un vagabundo avejentado que suele subirse a los trenes y robar gallinas del montón, Blackie (Evert Anderson), el cual también lo abandona cuando el protagonista decide quedarse un tiempo con la dueña de una granja, Cathy (Cathy Evelyn Smith), que lo trata como esposo.
Hill eventualmente se suma a Trabajadores Industriales del Mundo, uno de los sindicatos combativos más importantes de Estados Unidos durante las dos primeras décadas del Siglo XX, y se dedica a cambiar la letra de canciones famosas para difundir socarronamente las consignas proletarias reivindicativas en una época en la que la esclavitud era el destino por defecto de la fuerza laboral, siempre con jornadas larguísimas, sueldos lamentables y un continuo maltrato cortesía de los esbirros/ mercenarios del sector propietario símil fauna posmoderna del neoliberalismo, como lo comprueba el mismo Joe al convertirse en obrero itinerante sumándose al tendido de vías ferroviarias y trabajando para una curtiembre y las empresas mineras, explosiones asesinas de compañeros de por medio. El muchacho no sólo se adueña de los himnos lelos del Ejército de Salvación, parodiándolos de paso, sino que en un inicio logra no ser arrestado porque la policía no permite arengas al público sin cánticos, no obstante suele terminar preso junto con otros militantes sindicales que reciben golpizas, humillaciones y/ o amenazas de muerte del aparato represivo del Estado y la patronal, dos consorcios que funcionan como una sola mafia. Entre la sindicalización de un restaurant de la alta burguesía, Humphrey’s, y su llegada a la intelligentsia de Trabajadores Industriales del Mundo, especialmente un tal Ed Rowan (Joel Miller), gracias a la popularidad de sus canciones entre las bases obreras y los colegas del sindicato, Hill encabeza distintas huelgas por mejores condiciones laborales y de casualidad se reencuentra en Salt Lake City, en el Estado de Utah, con Lucía, aparentemente la esposa del tenor al que conocieron mientras se escabullían para escuchar Rigoletto (1851), la ópera de Giuseppe Verdi y Francesco Maria Piave. Cuando Joe se aparece con un balazo en su pecho en el consultorio de un médico afirmando que se peleó con un hombre por una mujer, casi nadie le cree porque se niega a mencionar el nombre de la ninfa para no manchar su reputación y así padece la insólita acusación de haber asesinado a un almacenero y su hijo en Salt Lake City con un ignoto cómplice, derivando en un proceso judicial muy farsesco en el que desde el vamos fue visto como culpable por el hecho de ser un sindicalista revolucionario. Basado en testimonios sesgados y la manipulación policial de un mocoso que fue testigo del asunto, otro vástago del finado, el juicio lo deja con una condena a muerte que genera protestas internacionales.
Widerberg aprovecha al máximo aquella estructura narrativa favorita porque se adapta a la perfección al periplo nómada de Joe, aquí unas viñetas tragicómicas que retratan la picardía del sobreviviente y cómo deja paso a la conciencia de clase y la necesidad de militar contra la lacra empresarial, la policía, sus leyes de impunidad y ese sistema capitalista demente en su conjunto que corrompe y pauperiza, defendiendo en cambio la dignidad y los derechos de todos los trabajadores. En este sentido el realizador asimismo exprime con perspicacia la faceta musical de la película y de Hill en primera persona, futura influencia crucial para gente de la talla de Woody Guthrie, Phil Ochs, Bob Dylan y Pete Seeger, ya que pone en interrelación la urgencia de esquivar la represión gubernamental, aquella obligación de los obreros sindicalizados de expresarse y el gusto popular para con la sátira carnavalesca anti statu quo y en relación a la música en sí, un arte que los poderosos pretenden acaparar, por ejemplo encerrándolo en teatros lujosos para la alta burguesía, aunque en realidad circula socialmente en todos los estratos e incluso en los más explotados o con menos tiempo libre para los consumos culturales, esos que por suerte siempre se cuelan en el devenir cotidiano para reafirmar una identidad en simultáneo individual y colectiva. Por la pantalla desfila un popurrí de criaturas que pintan el estado del mundo, como las ricachonas supuestamente solidarias que se espantan frente a la miseria de los barrios marginales, niños rateros con hermanos inválidos que no pueden afrontar el oneroso sistema de salud yanqui, cantantes/ actores tendientes a “poseer” a sus admiradoras, ancianos errantes que sobreviven robando comida y viajando incansablemente en tren, campesinas con familiares postrados en una cama -o quizás alcohólicos- y trabajadores de ascendencia multicultural del ferrocarril que son maltratados por capataces psicopáticos. Estrenado el mismo año de Sacco & Vanzetti (1971), de Giuliano Montaldo, y La Clase Obrera va al Paraíso (La Classe Operaia va in Paradiso, 1971), de Elio Petri, y apuntalado en un soundtrack magistral con las canciones originales de Hill y tonadas incidentales de Stefan Grossman, englobadas en el folk y el country, el film por un lado es un canto a la visceralidad de los 70, siempre moviéndose entre la denuncia, el nihilismo y la algarabía contracultural, y por el otro lado subraya que el trabajo produce toda la riqueza sin rehuirle a la condena de la proto oligarquía sindical…
Joe Hill (Suecia/ Estados Unidos, 1971)
Dirección y Guión: Bo Widerberg. Elenco: Thommy Berggren, Anja Schmidt, Kelvin Malave, Evert Anderson, Cathy Evelyn Smith, Hasse Persson, Joel Miller, Frank Molinari, David Moritz, Liska March. Producción: Bo Widerberg y Waldemar Bergendahl. Duración: 113 minutos.