Karel Reisz (1926-2002) fue un realizador checoslovaco asentado en el Reino Unido que junto a otros profesionales, como Lindsay Anderson, Joseph Losey, Tony Richardson, Jack Clayton, Bryan Forbes, Ken Loach y John Schlesinger, formó parte de la querida Nueva Ola Británica, vinculada a la ficción a diferencia del Free Cinema, aquel núcleo de cadencia documentalista del que asimismo Reisz fue uno de sus miembros fundadores a la par de Anderson y Richardson, dos movimientos de las décadas del 50 y 60 vinculados al cinéma vérité, el naturalismo obrero antiburgués y el binomio conceptual del realismo de fregadero de cocina/ “kitchen sink realism” y los jóvenes iracundos/ “angry young men”, eufemismos por un cine inconformista que abogaba por la perspectiva de los marginados en detrimento del punto de vista de la cultura mainstream anglosajona, centrada en los estratos sociales opulentos y sus intereses. Reisz, uno de esos casi diez mil niños refugiados en Inglaterra durante el episodio de 1938 y 1939 conocido como Kindertransport y retratado en Lazos de Vida (One Life, 2023), film de James Hawes con Anthony Hopkins, Helena Bonham Carter y Jonathan Pryce, posee una primera fase abiertamente enrolada en la Nueva Ola Británica y marcada por Somos los Chicos de Lambeth (We Are the Lambeth Boys, 1959), correcto documental sobre la juventud proletaria inglesa, Todo Comienza el Sábado (Saturday Night and Sunday Morning, 1960), clásico absoluto del realismo de fregadero de cocina con una actuación consagratoria de Albert Finney, Al Caer la Noche (Night Must Fall, 1964), un atractivo thriller psicológico de angustia e hipocresía comunal basado en el film de 1937 de Richard Thorpe, y Morgan: Un Caso Clínico (Morgan: A Suitable Case for Treatment, 1966), sátira errática sobre el sistema de clases sociales con algunas pinceladas surrealistas/ fantásticas, amén del hecho de producir El Llanto de un Ídolo (This Sporting Life, 1963), glorioso debut en el largometraje ficcional del mencionado Anderson con Richard Harris. La diversificación, en un contexto de madurez creativa, llega de la mano de Isadora (1968), biopic acerca de la bailarina y coreógrafa Isadora Duncan que sólo se destaca por la gran actuación de Vanessa Redgrave, El Jugador (The Gambler, 1974), gran bautismo de fuego hollywoodense de Reisz y en sí un recordado estudio sobre un caso de ludopatía o adicción al juego con un extraordinario James Caan, y Amargo Cargamento (Who’ll Stop the Rain, 1978), neo noir potable sobre narcotráfico que ensalza el trauma por la Guerra de Vietnam.
En el período final, previo a su retiro del cine en 1991 para dedicarse al teatro y por cierto una etapa tan despareja como el resto de la poco prolífica carrera de Reisz, encontramos a La Amante del Teniente Francés (The French Lieutenant’s Woman, 1981), opus romántico con actuaciones supremas de Meryl Streep y Jeremy Irons y un meticuloso guión de Harold Pinter basado en la famosa novela de 1969 de John Fowles, Dulces Sueños (Sweet Dreams, 1985), biopic apenas simpática alrededor de la cantante de country Patsy Cline que se suele recordar por la inestimable presencia de Jessica Lange y Ed Harris, y Cada Cual a su Juego (Everybody Wins, 1990), segundo intento de Reisz en el policial negro y en este caso fallido a pesar de un guión de Arthur Miller y del regreso del protagonista todo terreno de Amargo Cargamento, el inefable Nick Nolte. Si bien se suele señalar a Todo Comienza el Sábado y La Amante del Teniente Francés como cúspides profesionales, su filmografía ofrece joyas por descubrir mucho menos populares en sintonía con Al Caer la Noche y El Jugador, esta última una obra estupenda que, como decíamos antes, está estelarizada por un joven Caan, por entonces en la cresta de la ola por su Sonny Corleone de El Padrino (The Godfather, 1972), joya de Francis Ford Coppola, aunque también ya había participado en otras cosillas atendibles como Irma, la Dulce (Irma, la Douce, 1963), de Billy Wilder, Diez Horas de Terror (Lady in a Cage, 1964), de Walter Grauman, El Dorado (1966), de Howard Hawks, La Conquista de la Luna (Countdown, 1967), de Robert Altman, La Muerte Toca la Puerta (Games, 1967), de Curtis Harrington, y Dos Almas en Pugna (The Rain People, 1969), otra firmada por Coppola. El guión de cadencia autobiográfica está a nombre del debutante y ludópata James Toback, futuro responsable de Dedos (Fingers, 1978), su dura ópera prima como realizador con Harvey Keitel, Bugsy (1991), aquel retrato a cargo de Barry Levinson del mafioso Bugsy Siegel (Warren Beatty), crucial en el desarrollo de Las Vegas, y Tyson (2008), documental en primera persona alrededor del paradójico Mike Tyson, quien tuvo algún que otro problemilla con las mujeres al igual que Toback, en 2025 condenado a pagar 1.68 billones de dólares a 40 señoritas por abuso sexual a lo largo de cuatro décadas. Axel Freed (Caan) es un profesor universitario de literatura de Nueva York que admira a Fiódor Dostoyevski, William Carlos Williams y E.E. Cummings y que por su adicción al juego, en una noche desafortunada, acumula una deuda de 44 mil dólares en un garito del montón.
La suma pone en alerta tanto a su corredor de apuestas, Hips (Paul Sorvino), como a su novia, Billie (Lauren Hutton), y la madre del hombre, Naomi (Jacqueline Brookes), médica que eventualmente accede a brindarle el dinero pero Freed no puede con su genio y sigue en lo suyo, ahora viajando a Las Vegas con la bella señorita y prácticamente duplicando el monto que le entregase su progenitora en una racha de buena suerte que rectifica el desastre previo. Todo el asunto a partir de allí comienza a derrapar de nuevo porque la mitad de lo conseguido va a parar a tres partidos de fútbol americano universitario que le son esquivos y el resto a un match de básquet de Los Ángeles Lakers que también le juega en contra, por ello recurre al dato que le pasa otro ludópata acerca de un encuentro amañado, El Mono (London Lee), y consigue doce mil dólares que no dejan contenta a la mafia de las apuestas, un sindicato que incluso se pone en contacto con el abuelo materno ricachón de Axel, A.R. Lowenthal (Morris Carnovsky), magnate de la venta de muebles que se niega a auxiliarlo. El protagonista se ve obligado a obedecer cuando un mandamás criminal (Vic Tayback) lo “invita” a hablar con un estudiante negro y muy zafio de su clase que es también jugador de básquet, Spencer (Carl W. Crudup), para convencerlo con cinco mil dólares de que en el próximo juego gane por no más de siete puntos de diferencia con el otro equipo, así los facinerosos apuestan fuerte, la tensión crece y la movida cubre lo adeudado por Freed. Con aires indisimulables a una adaptación oblicua de El Jugador (Igrok, 1866), del asimismo ludópata Dostoyevski como Toback, éste regresando más adelante a la temática en las muy fallidas Blanco y Negro (Black and White, 1999) y Hombre de Harvard (Harvard Man, 2001), la propuesta nos presenta a la racha, ya sea positiva o negativa, como un augurio de cosas por venir que convierten al destino en un agujero negro siempre desconocido, además en el metraje el truco por antonomasia del gremio parece ser tapar deuda con más deuda, procrastinando los problemas sin jamás resolverlos, o directamente dejarlo todo al arbitrio del azar, la voluntad individual/ colectiva de base mágica o el corrimiento de los límites de lo razonable, por supuesto llegando al extremo del autosabotaje o el suicidio, una jugada que a su vez se asemeja muchísimo a esa especulación fetichizada por los Estados actuales desde la llegada del neoliberalismo en estos mismos años 70, un momento bisagra porque el trabajo es reemplazado por la timba financiera como fuente de la riqueza a nivel social.
Reisz apela a flashbacks entrecortados construidos a partir de escenas recientes para retratar el flujo de conciencia intranquilo de Freed, el cual regresa sobre las consecuencias nefastas de sus actos en su círculo íntimo, en este sentido la odisea que nos ocupa analiza el impacto de la adicción en la familia, el trabajo, la pareja, las amistades y la propia integridad física del enfermo, hoy un mentiroso crónico que tiene episodios de lucidez como después de atestiguar la violencia de la que es capaz el consorcio salvaje del juego a través de matones marginales pero muy efectivos en el campo del terror como aquel Carmine (Burt Young), esbirro de un prestamista, Bernie (Allan Rich). El film deja en claro que el miedo a perder o a desencantarnos nos puede paralizar y por ello tratamos de reducir el riesgo, sin embargo las eventualidades se acumulan y la propia idiosincrasia de los sujetos adora coquetear con la pulsión de muerte. El abuelo de Axel, un inmigrante lituano, constituye su figura paterna porque la madre enviudó joven y el hecho de que lo abandone, negando toda solidaridad, lo deja huérfano y hace que el anciano simbolice el egoísmo del sueño americano, raquítico de por sí ya que ni siquiera ve la realidad desde su burbuja de privilegio como se deduce de las charlas con el nieto, a quien considera un intelectual judío de gran carácter y virtud sin saber -o haciendo caso omiso- de sus compulsiones y “debilidades”. El frenesí o vértigo de las apuestas embriaga al jugador símil autopista hacia la sobredosis, algo representado en el derrotero por Las Vegas y la anécdota de Billie en torno al destino calamitoso de un otrora amigo o amante, Eugene, que por perder quedó desahuciado y con la cara irreconocible gracias al filo de una botella rota de dos matones del casino/ hotel de turno. La tendencia de Freed hacia la exasperación, del rango de lo privado, contrasta con la paz del fluir público universitario cual esquizofrenia modelo Dr. Jekyll y Mr. Hyde, en términos de Robert Louis Stevenson, y se mueve en consonancia con su apego hacia la incertidumbre del juego y la algarabía de ganar, cuya contracara es la amenaza de la derrota a la vuelta de la esquina. Otro tópico explorado por la película pasa por la fugacidad de la victoria en este reino de la aleatoriedad, un esquema que resulta tan abrumador que suele conducir a la desesperación cuando nuevamente se está en la lona del ring o limitado en los movimientos posibles de resurgimiento o quizás escape. El realizador refrita algo del antiguo realismo de fregadero de cocina en nuestro estudio de un burgués que se maneja como proletario en función de su masoquismo y un mundo que se pone en su contra a medida que cae más y más en las garras de la adicción, andamiaje homologado al mercado del consumo esclavo capitalista tracción a publicidad, competencias deportivas, avaricia y tentaciones marketineras por todos lados sin la más mínima regulación por parte de un Estado que se desentiende de la saturación sensorial, tan plutocrática como insípida. En el último acto, volcado al terreno del thriller de anclaje mafioso, el film señala que la emoción de la apuesta peligrosa resulta mucho más fuerte/ satisfactoria que jugar a seguro o simplemente pagar la deuda original y devolver la suma que entregó mami, lo que desemboca en la humillación y en el declive moral en tanto pivotes de la fase terminal de la ludopatía, ya con el jugador en soledad por haberse enajenado a todos a su alrededor y en esencia confinado al limbo entre el orgasmo del triunfo y el vacío de la derrota, dos extremos que suelen confundirse en su cabeza o tienden a tocarse. Con cameos de M. Emmet Walsh y James Woods, respectivamente como un apostador de Las Vegas y un empleado bancario soberbio, y una buena reinterpretación de parte de Jerry Fielding de la música ominosa de Gustav Mahler, la faena en sus minutos finales pone de relieve por un lado la ironía existencial de Freed, eso de que su salvador es su peor estudiante, Spencer, y por el otro lado la necesidad de castigo, expiación u óbito que esconde en su seno la ludopatía o cualquier otra adicción, en pantalla representada en el epílogo en el gueto negro, cuando Axel invoca su inmolación mediante el encuentro con un proxeneta (Antonio Fargas) y sobre todo una prostituta de pocas pulgas (Starletta DuPois), terminando sonriendo frente a un espejo sucio que exhibe una cara horriblemente cortada…
El Jugador (The Gambler, Estados Unidos, 1974)
Dirección: Karel Reisz. Guión: James Toback. Elenco: James Caan, Paul Sorvino, Lauren Hutton, Morris Carnovsky, Jacqueline Brookes, Burt Young, Vic Tayback, M. Emmet Walsh, James Woods, Carl W. Crudup. Producción: Irwin Winkler y Robert Chartoff. Duración: 111 minutos.