De la mano de Rose (2026), film protagonizado por la estupenda Sandra Hüller e inspirado en los numerosos casos de mujeres europeas disfrazadas de hombres con el objetivo de ampliar su catálogo de derechos antes, durante y después de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), el director y guionista austríaco Markus Schleinzer no sólo entrega su mejor película a la fecha sino que redondea una suerte de trilogía alrededor de sus dos fetiches temáticos, léase la caprichosa identidad de los sujetos y los engranajes del poder tanto en la intimidad como en el ámbito público, en este sentido recordemos que Michael (2011) y Angelo (2018), sus odiseas previas, también trabajaban ambos tópicos y estaban basadas en sendos casos verídicos, la primera en el secuestro durante ocho años de la joven Natascha Kampusch, a manos de aquel Wolfgang Přiklopil que se suicidaría en 2006 saltando delante de un tren a raíz de la fuga de Kampusch, y la segunda en el derrotero de Angelo Soliman, esclavo nigeriano que alcanzaría una posición de privilegio entre la aristocracia vienesa del Siglo XVIII, sin olvidarnos del guión que Schleinzer supo escribir para Variaciones de Casanova (Casanova Variations, 2014), propuesta un tanto mucho descartable de Michael Sturminger protagonizada por John Malkovich y basada en las memorias del famosísimo aventurero, escritor y libertino Giacomo Casanova, Historia de mi Vida (Histoire de ma Vie, 1822), autobiografía que alcanzaría una enorme popularidad en las centurias por venir.
Schleinzer, con una carrera previa desde fines de los años 90 como director de reparto para gente heterogénea de su país como Jessica Hausner, Michael Haneke, Stefan Ruzowitzky, Ulrich Seidl y Wolfgang Murnberger, entre otros, precisamente en el opus que nos ocupa retoma el retrato impiadoso de época de Haneke y Seidl y lo combina con ingredientes varios de cineastas de la talla de Robert Bresson, Werner Herzog, Peter Weir, Carl Theodor Dreyer, Robert Eggers, Ingmar Bergman y Peter Greenaway, siempre preocupado por no quedar confinado en el marco mainstream amigable pero tampoco excederse con la buena fotografía arty en blanco y negro del compatriota Gerald Kerkletz. La trama del realizador y Alexander Brom, el mismo de Angelo, es sencilla y comienza con la llegada a un pueblo bucólico protestante alemán de Rose (Hüller), una mujer que se hizo pasar por hombre y así peleó durante la Guerra de los Treinta Años al extremo de que tiene el pómulo derecho con cicatrices, cortesía de una bala que lleva consigo en su cuello y suele meterse en la boca. Con documentos que pertenecieron a un colega en armas y le permiten heredar una granja abandonada, la protagonista no levanta sospechas en la comunidad, contrata a dos peones y logra reconstruir el lugar, no obstante la decisión de ampliar sus dominios la coloca en una situación peligrosa porque para comprar una parcela cercana a un arroyo debe casarse con Suzanna (Caro Braun), hija analfabeta de un terrateniente y agricultor (Godehard Giese).
La película, narrada de manera muy florida por una voz femenina enigmática y omnisciente (Marisa Growaldt), está plagada de detalles enriquecedores que hablan del costado grotesco y en ocasiones absurdo del engaño, el pueblito y la jerarquía luterana tradicional en general, como por ejemplo la caza/ muerte de un oso por parte de Rose, lo que le permite ascender en términos sociales, la obligación de simular relaciones sexuales para contentar a la esposa y su progenitor, para lo que recurre a un consolador con arnés hiper precario del período en cuestión, o el imprevisto embarazo de una Suzanna que se siente cómoda como cabeza femenina de su propia parentela, aparentemente gracias a la vitalidad de un criado manco de corta edad (Maurice Leonhard), el único en nuestra granja que podría haber realizado tal “milagro”. El catalizador del desastre, hoy unas picaduras de abejas durante un intento poco feliz de los aldeanos de robar la miel de una colmena, asimismo está bien trabajado porque ofrece una interpretación compleja/ bipartita del gremio rosa, pensemos que el desmayo de Rose y su convalecencia en una cama derivan en el descubrimiento de su vagina tanto por parte de Suzanna, que opta por mantener el curioso secreto a pura conveniencia, como de una criada metiche que efectivamente la denuncia ante el resto de los pajueranos, gesto que provoca el escape de las dos mujeres con el crío y el arribo de un funcionario/ juez de la corona, el bailío (Sven-Eric Bechtolf). Lejos del feminismo misándrico, burgués, alienado, racista y sin conciencia social del Siglo XXI, el film se las ingenia para denunciar el núcleo patriarcal imponiendo una solidaridad rosa que no excluye la traición más desvergonzada, aquí el accionar de esa sirvienta que canibaliza a otras vaginas sin prurito moral alguno.
Mientras se mete con temáticas variopintas como la mentira, la paz, el fundamentalismo, la codicia, la abundancia, los pactos, la superstición, la existencia rural, el arcano, la paranoia, la reputación, la obediencia, el insulto y aquel libre albedrío, la obra de Schleinzer por un lado nos presenta el choque entre la voluntad individual y el mandato social, cada uno con sus compulsiones y prerrogativas, y por el otro lado incluye un juicio final cuasi lírico a lo Dreyer e incluso un paradigmático momento bressoniano en torno a la dinámica de los rituales, hablamos del ensayo de la ejecución de la protagonista luego de dar a luz, producto de una violación perpetrada por cuatro hombres de una horda de pueblerinos energúmenos defensores de la fe y las “buenas costumbres” impuestas por la oligarquía latifundista. En pantalla la comunidad impone límites que identifica con lo posible y/ o conveniente para una supervivencia profundamente hipócrita que es la capitalista, la del más fuerte, por ello nuestra fábula alrededor de Rose y sus tribulaciones señala que la independencia toma la forma de una construcción de raigambre individual cuyo horizonte reside en la imaginación y no en los postulados externos, que de hecho pueden limitar pero nunca ahogar al sujeto por completo. La familia deforme y fugaz que edifican los personajes de Hüller y Braun, la primera siempre en guardia y la segunda aprendiendo a adaptarse con rapidez, desdibuja el yugo comunal de las otras parentelas ya que su acto de rebeldía la dignifica y la acerca a la libertad, lo que a su vez contradice el ataque generalizado del nuevo milenio a los clanes consanguíneos clásicos -tachando a la familia de dictadura- desde un fariseísmo mayúsculo que anhela ascender en el estatus social sin reconocer ningún punto en común con el otro…
Rose (Austria/ Alemania, 2026)
Dirección: Markus Schleinzer. Guión: Markus Schleinzer y Alexander Brom. Elenco: Sandra Hüller, Caro Braun, Marisa Growaldt, Godehard Giese, Sven-Eric Bechtolf, Maurice Leonhard, Augustino Renken, Robert Gwisdek, Maria Dragus, Rainer Egger. Producción: Johannes Schubert, Philipp Worm, Tobias Walker y Karsten Stöter. Duración: 94 minutos.