Desde que falleciese en 2016 a la edad de 57 años como consecuencia de una sobredosis accidental de fentanilo debido a la ingesta de comprimidos ilegales de Vicodin, una combinación de paracetamol e hidrocodona, opioide al que era adicto y que en general se utiliza como analgésico para dolores entre moderados y fuertes, Prince Rogers Nelson alias simplemente Prince ha sido eje de distintos lanzamientos póstumos que se dividen en dos períodos según el administrador de turno del patrimonio del legendario músico, por cierto con un enorme volumen de material grabado/ descartado/ archivado en su complejo insignia del Estado de Minnesota, Paisley Park, así las cosas entre 2016 y 2022 las ediciones quedaron principalmente en manos de un fideicomiso, Bremer Trust, y luego de una empresa de servicios financieros, Comerica, porque Prince no estaba casado ni tuvo hijos ni dejó testamento al morir y todo recayó en términos jurídicos en seis hermanos con los que no tenía mucho contacto ni sabían qué hacer con semejante legado, varios de los cuales murieron en los años siguientes y otros vendieron su participación a una compañía de inversión musical, Primary Wave, que fundó Prince OAT Holdings LLC, revoltijo capitalista que hizo que a partir de 2022 el patrimonio fuese administrado por Prince Legacy LLC, entidad encabezada por L. Londell McMillan y Charles F. Spicer Jr. Si nos concentramos en lo editado post mortem, en primer lugar tenemos las versiones extendidas de Purple Rain (1984), 1999 (1982), Sign o’ the Times (1987), Diamonds and Pearls (1991) y Around the World in a Day (1985), siendo la primera el último proyecto encarado por el genio estadounidense ya que supervisó en 2015 la remasterización del clásico de 1984. En segunda instancia vienen los compilados dobles de hits y perlas de estudio 4Ever (2016), correspondiente a la etapa bajo Warner Bros. entre 1978 y 1993, y Anthology: 1995-2010 (2018), placa exclusiva para plataformas digitales que abarca los veinte álbumes posteriores, la publicación en formato discográfico doble de Prince and the Revolution: Live (1985), originalmente un VHS que ofrecía el registro de un recital en Syracuse, Nueva York, del Purple Rain Tour (1984-1985), y las reediciones de dos rarezas, His Majesty’s Pop Life: The Purple Mix Club (1985), disco para el mercado japonés de remixes y versiones extendidas de Around the World in a Day y las dos placas previas, y The Versace Experience (Prelude 2 Gold) (1995), en este caso un cassette promocional que fue entregado a los asistentes de la presentación de la Colección Versace en la Semana de la Moda de París, en esencia adelantando el todavía inédito The Gold Experience (1995).
Sin duda lo más interesante del lote tiene que ver con una trilogía de placas heterogéneas de estudio, hablamos de Piano and a Microphone 1983 (2018), colección de demos y ensayos grabados en una única toma, precisamente con un piano, que pretende unificarse con proyectos parecidos como el álbum One Nite Alone (2002) y su última gira de conciertos, Piano & a Microphone Tour (2016), Originals (2019), antología de versiones primigenias de canciones que Prince entregó en las décadas del 80 y 90 a artistas más o menos asociados o directamente testaferros, léase Martika, The Time, Sheila E., Jill Jones, The Bangles, Mazarati, Kenny Rogers, The Family, Taja Sevelle y Vanity 6/ Apollonia 6, y Welcome 2 America (2021), álbum inédito grabado en 2010 con un trío, que incluía a Prince más la bajista Tal Wilkenfeld y el baterista Chris Coleman, y aparentemente archivado por la incapacidad de ambos acompañantes de sumarse al tour mundial por venir, Welcome 2 (2010-2012). McMillan y Spicer se hicieron cargo de las relecturas deluxe de Diamonds and Pearls y Around the World in a Day, editadas respectivamente en 2023 y 2025 y la primera en un inicio cubriendo también Love Symbol (1992), optaron por cancelar The Book of Prince (2025), documental ya finiquitado de nueve horas de duración para Netflix de Ezra Edelman que incluía algunos chispazos del célebre carácter dictatorial en estudio y su poca o nula tolerancia ante la idiotez/ banalidad de los colegas y el círculo íntimo, y finalmente publicaron un nuevo disco de temas inéditos, Timeless (2026), placa que nos ocupa que abarca toda la carrera del señor, desde 1977 hasta 2016, aunque sin el concepto unificador de los demos de Originals ni las sesiones con los mismos colaboradores de Welcome 2 America ni el recorte temporal de las versiones extendidas que han estado acumulándose desde aquella deluxe de Purple Rain, lanzada en 2017.
La elección caprichosa de las canciones, apenas diez cuando se sabe que existen cientos de temas en el baúl de Paisley Park, le ha ganado críticas feroces a Timeless, placa con un título, una portada y un arte en general bastante precarios que efectivamente parecen generados con la anodina inteligencia artificial de nuestros días, además la lógica de estudio se quiebra con un insólito tema en vivo final, How Come U Don’t Call Me Anymore?, y aquí se incorporó una canción que parece un descarte de Originals, With This Tear, ya que fue compuesta para -y luego sería grabada por- Celine Dion, vocalista canadiense que entregaría su acepción en el disco homónimo de 1992, su segundo en inglés después de Unison (1990). Para colmo de males Spicer, durante la presentación de Timeless, afirmó muy campante que ninguna composición fue cambiada, editada, completada o remixada, una lamentable mentira porque cuando llegó la placa al público muchos descubrieron una inconsistencia en fechas en los instrumentos de viento de la canción Calabama, sección a cargo de Greg Boyer, Adrian Crutchfield y Lynn Grissett, con el primero, un trombonista, confirmando por Facebook que el trío había sido convocado para sobregrabaciones meses antes de la aparición del álbum.
McMillan y Spicer contrataron como productor a Chris James, colaborador de Prince desde 2012 y una de las piezas centrales del disco porque el ingeniero de sonido, aquí encargado principalmente de la mezcla y la masterización, consigue que el proyecto no desbarranque del todo al garantizar un marco uniforme, cristalino y al mismo tiempo respetuoso de cada época involucrada, siempre bajo las sencillas ideas de ordenar cronológicamente la colección y no modificar la integridad sonora de las composiciones. Timeless, trabajo que conmemora el décimo aniversario del fallecimiento del genio de Minneapolis, comienza de la mano de I Am You (1977), estupendo track de música disco previo al debut propiamente dicho, For You (1978), que pondera a un corazón roto lagrimeando por una señorita que se marcha y con la que el protagonista se identifica al nivel de la intercambiabilidad, todo un leitmotiv de la trayectoria futura de un Prince que hizo de la androginia una marca registrada. Tick Tick Bang (1981) es una inusual y majestuosa exploración punk circa el período de Dirty Mind (1980) y Controversy (1981), crucial en el crecimiento artístico, que más adelante aparecería regrabada y con una base hiphopera en Graffiti Bridge (1990), ahora exudando una potencia que puede interpretarse no tanto como una oda a una bomba sexual del montón sino al mismo acto amatorio en sí y sobre todo la eyaculación, de allí que gran parte de la graciosa letra apunte a pasar cuanto antes de la masturbación al coito real, ya sin fantasía de por medio. Especie de declaración de principios sobre la necesidad del amor, la nobleza, la imaginación artística y la confianza en Dios para alcanzar la paz aquí y en el Más Allá, Heaven (1985) se abre camino como una joya situada entre el funk rock de Purple Rain y la psicodelia modelo new wave de Around the World in a Day y en algún momento considerada para The Dawn, aquel proyecto cinematográfico que sucedería a Purple Rain (1984), de Albert Magnoli, y Under the Cherry Moon (1986), del propio Prince, hasta eventualmente mutar en Graffiti Bridge (1990), film también dirigido por el músico en plan de secuela conceptual de Purple Rain.
I Wonder (1989), maravilla en la que el narrador anhela a una pareja de antaño cuya ausencia no puede llenarse con ninfas huecas posteriores que no le llegan ni a los talones, ofrece un delicioso solo de piano símil ragtime y tiene mucho de la efervescencia synth-popera mordaz e irresistiblemente funky de Graffiti Bridge y en especial Batman (1989), recordado soundtrack de la película de Tim Burton estelarizada por Jack Nicholson, Michael Keaton y Kim Basinger, asimismo vale aclarar que la composición pudo haber integrado Crystal Ball: Volume II (2000/ 2001), un álbum abortado por razones desconocidas y destinado a posicionarse como el corolario del box set Crystal Ball (1998), trabajo triple de descartes que incluyó el semi acústico The Truth y la suite instrumental Kamasutra. With This Tear (1991) es un tema disfrutable cercano a los baladones de Diamonds and Pearls y Love Symbol aunque algo mucho meloso y claramente “formateado” a las necesidades expresivas de la cursi Celine Dion, a pesar de una letra interesante en la que lo que parece ser otro lamento de ruptura se transforma en una elegía por el fallecimiento de la mujer amada, esquema que deriva en una locura que se mezcla con el dolor y el luto cual versión exacerbada de Love Story (1970), la película de Arthur Hiller con Ryan O’Neal y Ali MacGraw. La amena Stone (1995) puede pensarse como una incursión en el pop enérgico que explora una separación latente y enaltece la necesidad de tratar al amor con respeto o jamás banalizarlo, faena por un lado espiritualmente vinculada a The Gold Experience y por el otro lado inspirada en una obra de Sandra St. Victor, Nothing Left 2 Give, firmada por Vernon Jeffrey Smith, Jules Van Veen y St. Victor, esta última conocida por ser la voz de The Family Stand, one-hit wonder que gozaron fugazmente de la fama mundial gracias a Ghetto Heaven, single de Chain (1990). Estupendo soliloquio sobre la celebridad, la sabiduría en la madurez, el poder sanador del arte y el sustrato parasitario de las compañías discográficas, el fisco yanqui y muchos imbéciles de los medios de comunicación y la misma industria musical, Calabama (2003) juega con el funk y el hip hop y se supone que como composición estaba destinada a titular un álbum en el que Prince trabajó antes de Musicology (2004), aquella lectura del clasicismo en sintonía rhythm and blues o de lo que sería un disco de regreso pero sin esas excentricidades de los años 80 y 90 que tanto le sumaron a su música y que abandonaría para negar el querido delirio en la vejez de otros artistas, en línea por ejemplo con Tom Waits, Frank Zappa o George Clinton, de Parliament/ Funkadelic.
The Guilty Ones (2007), coqueteando con los pasajes más rockeros o de banda tradicional de 3121 (2006) y sobre todo Planet Earth (2007), es un track olvidable o quizás genérico en su afán mimético en relación al rock pesado seminal de Deep Purple, Led Zeppelin y Black Sabbath aunque por supuesto filtrado por la algarabía contagiosa de Jimi Hendrix, en esta oportunidad con una letra en la que Prince recurre a la metáfora del patíbulo, para analizar el hecho de subirse al escenario, y hasta parece reafirmarse en soledad frente a un público al que considera en simultáneo fuente de alegría y perdición. La retahíla de estudio se cierra con Bestest Friend (2012), digna power ballad cuasi orquestal sobre una guerra campal en la pareja que incluye un sample de Maybe, aparecida en el álbum debut de la británica Emeli Sandé, Our Version of Events (2012), y que se ubica más cerca de la pirotecnia de Art Official Age (2014) que del minimalismo funky y soulero de 20Ten (2010), la furia rockera de Plectrumelectrum (2014) y el eclecticismo modelo New Power Generation de HITnRUN Phase One (2015) y HITnRUN Phase Two (2015), aquel díptico que sería lo último editado por el músico en vida. El corolario, How Come U Don’t Call Me Anymore? (2016), ofrece una interpretación magistral de la mítica balada de 1982 de corazón ninguneado, con aires góspel y blueseros, correspondiente a un recital en Oakland, California, del Piano & a Microphone Tour, aquí luciéndose tanto vocalmente como en los juegos con el público y logrando en parte que nos olvidemos del hecho de que el registro en vivo quiebra el devenir acumulado de estudio, enfatizando el sustrato indefectiblemente deforme del álbum y la propuesta en su conjunto.
Tres son las objeciones primordiales que se le pueden hacer a Timeless y la primera se condice con su redundancia en materia de las distintas épocas de Prince ya que no aporta nada que quiebre el estereotipo de siempre, así los cuatro temas de los 70 y 80 son los mejores por lejos de la antología y el resto ofrece un periplo errático en el que la década del 90 entrega un promedio superior con respecto al nuevo milenio en su totalidad, por supuesto sin que nada resulte del todo descartable porque los instantes de genialidad son en verdad sublimes y a veces se pierden entre temas de poco vuelo o parecidos a cosas del pasado. El segundo inconveniente tiene que ver con el sabor a poco que deja el disco en el oyente culto debido al número reducido de temas, diez que podrían haber sido el doble o el triple considerando la manía del señor con grabarlo todo y su vocación musical eterna, literalmente privilegiando a la música por sobre cualquier otra actividad o interés en su existencia al extremo de componer, componer y componer con una naturalidad que tantos colegas envidian al día de hoy, pensemos para el caso en la mediocridad artística del Siglo XXI, el enorme intervalo entre obras en cualquier trayectoria contemporánea y la ausencia de referentes culturales valiosos en general. Finalmente el tercer escollo para el disfrute pleno pasa por esa improvisación, con trasfondo de codicia un tanto cutre o perezosa, de parte de McMillan y Spicer, dúo que como curadores deja mucho que desear porque al trabajo que nos ocupa se suman el recorte ya comentado en la edición extendida de Diamonds and Pearls, en un principio abarcando también Love Symbol, y la pobreza de su homóloga para Around the World in a Day, sin temas inéditos ni un booklet con datos o un background histórico como en las acepciones deluxe previas de Purple Rain, 1999, Sign o’ the Times y el mismo Diamonds and Pearls. Timeless no sólo cae muy por debajo de la obra maestra del derrotero póstumo, Originals, sino que tampoco consigue hacerle sombra a álbumes decididamente menores/ anecdóticos como Piano and a Microphone 1983 y Welcome 2 America, en última instancia dando la sensación de que la placa se armó a los apurones para compensar la frustración que generó en los fans la cancelación de The Book of Prince, documental que puede no haber sido la hagiografía que esperaban los sultanes de la especulación judicial, financiera y comercial a cargo del legado/ patrimonio del artista, siempre preocupados por el “posicionamiento de marca” y no por retratar a un ser humano real con contradicciones, pero sin duda la miniserie de Edelman prometía un retrato enriquecedor o complejo en sus nueve horas de metraje construidas a partir del acceso irrestricto al baúl, los archivos de Paisley Park. La mala administración reciente de tesoros símiles secretos audiovisuales, aún a la espera de ver la luz, no parece augurar grandes sorpresas a futuro ya que en una carrera tan ambiciosa y prolífica como la de Prince, donde más es mejor, hace falta que se le entregue al técnico en cuestión, Chris James, un mayor catálogo sobre el cual trabajar con el objetivo de ofrecer al público un retrato más profundo y ecléctico del genio de Minneapolis.
Timeless, de Prince (2026)
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