Boorman y el Diablo (Boorman and the Devil)

Genealogía de la secuela

Por Emiliano Fernández

El Exorcista II: El Hereje (Exorcist II: The Heretic, 1977), séptima película del realizador británico John Boorman a posteriori de las estupendas A Quemarropa (Point Blank, 1967), Infierno en el Pacífico (Hell in the Pacific, 1968), Amarga Pesadilla (Deliverance, 1972) y Zardoz (1974) y las flojas Atrápanos si Puedes (Catch Us If You Can, 1965) y El Príncipe sin Palacio (Leo the Last, 1970), tranquilamente rankea en punta como una de las mejores peores películas de la mejor década del cine estadounidense, los años 70, y en esto tienen mucho que ver dos factores cruciales, primero la riqueza conceptual del film en materia de ofrecer una batalla abstracta entre las fuerzas del mal y el bien aunque con muchos matices intermedios, todo a su vez mezclado con planteos bizarros inspirados en el jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin y vinculados a la telepatía, la hipnosis y la evolución de la humanidad hacia una conciencia colectiva que unificaría las estructuras del sentido cultural, y segundo la valentía en sí de la propuesta ya que Boorman privilegió el enfoque artístico por sobre el hollywoodense comercial en lo referido a entregar “más de lo mismo” como se espera de toda secuela, lo que por cierto se conecta con el primer punto ya que el inglés por un lado se sentía atraído hacia la luminosidad del guión del dramaturgo William Goodhart, interesante a nivel intelectual aunque con problemas narrativos y un exceso de diálogos en detrimento de la dimensión visual, y por el otro lado detestaba a la película original dirigida por William Friedkin y escrita por William Peter Blatty, El Exorcista (The Exorcist, 1973), trabajo que en su momento Warner Bros. supo ofrecerle y que terminó rechazando porque consideraba a aquella novela de 1971 de Blatty apenas un libro sobre la tortura de una niña.

 

La faena resultante fue un éxito moderado en taquilla y un fracaso en cuanto a la valoración de la crítica y el público, que comprensiblemente la juzgaron dentro de los parámetros de la naciente franquicia, léase por el volumen de gore y detalles shockeantes, y no como la obra mayormente autónoma que Boorman concibió basándose en el crédito que aún le quedaba en el mainstream luego de la excelente acogida de Amarga Pesadilla, cheque en blanco que ya venía usando desde el proyecto previo, Zardoz, una joya excéntrica de ciencia ficción que tenía mucho de parodia social y anticipaba las temáticas de la corrupción espiritual y de la lucha entre ciencia y religión que dominarían en El Exorcista II: El Hereje. La secuela en cuestión, protagonizada por los flamantes Richard Burton, Louise Fletcher y James Earl Jones y unos reaparecidos Linda Blair, Kitty Winn y Max von Sydow, curiosamente no fue una epopeya tan autoindulgente como Zardoz sino más bien motivada por la necesidad del director de ofrecer una obra valiosa que niegue el costado documentalista y exploitation del film original, paradójicamente el punto fuerte de Friedkin, sin embargo el verdadero clavo en el ataúd de El Exorcista II: El Hereje se condice con la presión psicológica/ comercial (era la segunda parte de una película que recaudó 37 veces su presupuesto), el carácter muy complejo del proyecto (tanto a escala de los efectos especiales como en lo que atañe a sets enormes que se construyeron en Burbank Studios, California), cierta mala praxis innegable (Boorman reescribió aquel guión de Goodhart junto con Rospo Pallenberg, colaborador en Amarga Pesadilla) y la lisa y llana mala suerte (el inglés padeció la Fiebre del Valle, una enfermedad respiratoria causada por hongos que retrasó el rodaje durante cinco semanas).

 

Semejante periplo es retratado por Boorman y el Diablo (Boorman and the Devil, 2025), exquisito documental del estadounidense David Kittredge que salta del Nuevo Hollywood de las décadas del 60 y 70, la querida vanguardia contextual, y de la carrera anterior de Boorman, haciendo foco en Amarga Pesadilla y Zardoz pero también en A Quemarropa, clásico de los thrillers de venganza de impronta experimental, hacia la repercusión de El Exorcista, las primeras secuelas de relevancia del mainstream y la producción más el rodaje de la estrafalaria odisea del británico, sin olvidarnos de la andanada de remakes, rip-offs y exploitations varios que generó la faena de 1973, entre los cuales se citan a Abby (1974), de William Girdler, Un Pacto con el Diablo (Chi sei?, 1974), delirio de Ovidio G. Assonitis y Roberto D’Ettorre Piazzoli, y Lisa y el Diablo (Lisa e il Diavolo, 1974), film de Mario Bava que sería reeditado por el productor Alfredo Leone y reestrenado con inserts como La Casa del Exorcismo (The House of Exorcism, 1975). Kittredge, hasta ahora sólo conocido por dos productos de índole gay, el film Pornografía: Un Thriller (Pornography: A Thriller, 2009) y la miniserie documental Queer por Miedo: La Historia del Terror Queer (Queer for Fear: The History of Queer Horror, 2022), evita el cinismo posmoderno idiota modelo cultura pop y por suerte adopta una perspectiva rigurosa fascinante que se toma en serio el marco filosófico de El Exorcista II: El Hereje y se permite algunas anécdotas graciosas en torno a la recepción exageradamente negativa y las eventualidades de su realización, como el alcoholismo y la rigidez actoral de Burton, todo a su vez condimentado por el glorioso montaje del propio Kittredge y muchas animaciones y gráficos que ilustran los episodios.

 

El documental homenajea la carrera y la visión artística de base de Boorman, quien después entregaría trabajos encomiables como Excalibur (1981), La Selva Esmeralda (The Emerald Forest, 1985), La Esperanza y la Gloria (Hope and Glory, 1987), Más allá de Rangún (Beyond Rangoon, 1995) y El General (The General, 1998), y se abre camino como una de las exploraciones cinéfilas más completas del Siglo XXI porque a las sinceras palabras del genio inglés, hoy con 93 años a cuestas y al momento de las entrevistas en pantalla con 85, se suman los reveladores testimonios tanto de Blair y Fletcher, la primera negándose en la filmación a las eternas sesiones de maquillaje de 1973 y la segunda llegando por el éxito de Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), de Miloš Forman, como de Pallenberg y Garrett Brown, este último el operador de la legendaria Steadicam utilizada para las escenas ambientadas en Etiopía y el primero una especie de codirector que luego ayudaría a escribir Excalibur y La Selva Esmeralda. En materia de la coyuntura histórica y los puntos de vista retrospectivos complementarios, tenemos los atractivos aportes de Joe Dante, Mike Flanagan y Karyn Kusama, colegas de Boorman que edifican con el resto la genealogía de la continuación más extraña que haya entregado la industria cinematográfica yanqui. El documental pasa por alto la faceta antropológica/ etnográfica del film de 1977, algo lamentable ya que el inglés es uno de los principales representantes en los años 70 y 80 del rubro junto con el australiano Peter Weir y el alemán Werner Herzog, aunque lo compensa con su retahíla de datos poco conocidos del rodaje y su correcta caracterización de El Exorcista II: El Hereje, precisamente como un film iconoclasta que prefiere apostatar antes que transformarse en otro más de la legión de productos sin alma ni razón de ser con los que Hollywood viene inundando el mercado global desde estos mismos 70, por un lado sobreintelectualizando la lucha entre el demonio Pazuzu y el Padre Philip Lamont (Burton), con Regan MacNeil (Blair) oficiando de nexo entre ambos, y por el otro lado alejándose de la gesta de Friedkin al negar su fetiche con la maldad, el realismo documentalista y el terror sucio/ gore, tres pivotes que Boorman reemplazó con sus opuestos exactos, la bondad, el artificio y la fantasía preciosista, en última instancia acercándonos hacia un cuento de hadas imperfecto pero sorprendente que retoma ese sustrato esteticista y estrambótico de Narciso Negro (Black Narcissus, 1947), la obra maestra de Michael Powell y Emeric Pressburger. Desde las bellas pinturas mattes de Albert Whitlock y las tomas desde el punto de vista de las langostas o de los mismos insectos en vuelo, pasando por las llamas en el vestido de Rose Portillo y el trasfondo ridículo del “sincronizador” para la hipnosis, hasta los cambios trasnochados en el desenlace, el momento peligroso rodando en el rascacielos de la Warner en Manhattan y aquella subasta a ciegas utilizada para financiar la película vía el dinero de los exhibidores o cadenas de cine, Kittredge no deja tópico en el tintero, pondera al caos creativo por antonomasia y se luce con un lienzo tan ambicioso como la película que retrata mientras llora la desaparición de los riesgos y del inconformismo en el arte infantilizado del nuevo milenio, en gran medida conservador, redundante y anodino, casi siempre incapaz de llegar al nivel de esta locura suicida que algún día nos regaló El Exorcista II: El Hereje…

 

Boorman y el Diablo (Boorman and the Devil, Estados Unidos, 2025)

Dirección y Guión: David Kittredge. Elenco: John Boorman, Linda Blair, Mike Flanagan, Joe Dante, Louise Fletcher, Karyn Kusama, Rospo Pallenberg, Garrett Brown, Melissa Skoff, Bonnie Prendergast. Producción: David Kittredge, Travis Stevens y Jim Fall. Duración: 112 minutos.

Puntaje: 10