Sin duda una de las grandes joyas del terror latinoamericano moderno que merece un mayor reconocimiento es La Tía Alejandra (1980), film de Arturo Ripstein que forma parte del ciclo supremo inicial del mexicano, aquel de Tiempo de Morir (1966), El Castillo de la Pureza (1973), El Santo Oficio (1974), La Viuda Negra (1977), El Lugar sin Límites (1978) y Cadena Perpetua (1979), todas maravillas que antecedieron su salto hacia el melodrama truculento a partir de El Imperio de la Fortuna (1986) y Mentiras Piadosas (1988), a su vez las dos primeras colaboraciones de Ripstein con Paz Alicia Garciadiego, su futura esposa y principal guionista de allí en adelante. La película, única incursión del cineasta en el horror, supera por mucho a los tristes exponentes de América Latina del rubro del Siglo XXI y está caracterizada por una sutileza y una elegancia que recuerdan a los clásicos del espanto de Carlos Enrique Taboada, compatriota responsable de Hasta el Viento Tiene Miedo (1968), El Libro de Piedra (1969), Más Negro que la Noche (1975) y Veneno para las Hadas (1986), y se podría decir que la idea de La Tía Alejandra, eso de una veterana enigmática destruyendo a su familia, parece una versión seria del sarcasmo exacerbado de La Nona (1979), joya del argentino Héctor Olivera, a lo que se suman la claustrofobia de El Castillo de la Pureza, sustituyendo el puritanismo hipócrita de aquel grupete por el conformismo burgués promedio, y la presencia de Isabela Corona como la protagonista del título, mítica actriz que reenvía a El Espejo de la Bruja (1962), clásico de Chano Urueta con guión de Taboada en el que también compuso a una hechicera en pos de venganza/ justicia, en este caso bautizada Sara. Todo comienza con el fallecimiento por causas naturales de una abuela sin nombre (Ana María Hernández), suceso que deja sola a su hija solterona Alejandra y por ello opta por mudarse con su sobrino treintañero, Rodolfo (Manuel Ojeda), empleado administrativo en el mundillo de la educación que vive en una casa modelo popular de la capital de México con su esposa, la ama de casa Lucía (Diana Bracho, intérprete ya vista en El Castillo de la Pureza y El Santo Oficio), y sus tres vástagos, la pequeña Martita (María Rebeca), el del medio Andrés (Adonay Somoza Jr.) y la ya preadolescente Malena (Lilan Davis), un lote que responde a la cosmovisión de la típica clase media urbana de la época.
La convivencia está marcada por el interés de la pareja en congraciarse con la veterana, señora con mucho dinero y ganas de solventar los gastos de la familia para que Rodolfo renuncie a su trabajo y pueda dedicarse a lo que realmente ama, construir y vender cajitas de música, sin embargo se apilan hechos extraños como cristales rotos, una mesa que levita, un cuasi terremoto y desde ya algunos conjuros bizarros que Alejandra le enseña a Andrés y sobre todo a su favorita, Martita, hembra que se contrapone a la desconfianza y después abierta hostilidad de Malena, porque los progenitores metieron a la tía en el que fuera su cuarto. El primer desastre lo provoca Andrés dejando unos patines en la escalera del lugar, así las cosas Alejandra experimenta una caída que la lleva un par de meses al hospital y la condena a utilizar un bastón, detalle que desata una guerra muda contra Malena, que suele acaparar el baño y por ello se gana agua hirviendo sobre su anatomía, y contra el tremendo Andrés, que se burla de la anciana y protagoniza una caída en la misma escalera por usar patines, en apariencia gracias a un hechizo que simula los llamados de la progenitora desde la planta alta del inmueble. Luego del funeral del crío la cosa no aminora en intensidad porque la púber le arroja té caliente en el rostro a la tía y nuevamente la lleva al hospital, ganándose Malena un raudo incendio que devora de noche el ambiente donde se hallaba. Rodolfo se vuelve en contra de Alejandra, la culpa por todo lo acontecido y en medio de una borrachera la expulsa del hogar y la deja en la calle y bajo la lluvia, por ello se gana otro castigo satírico en esta ocasión vinculado a ahogarse en la cama de agua que comparte con Lucía, otra que a su vez pronto se convence de los poderes de la señora y pretende enfrentarla en soledad, para lo que le solicita al médico familiar (Ignacio Retes) que lleve a Martita a la casa en Guadalajara de un cuñado de Lucía, no obstante los planes se frustran cuando la niña de repente cae misteriosamente enferma, desarrollando un cuadro de fiebre. La mujer eventualmente consigue mandar a su hija a Guadalajara y se propone envenenarle el té a la tía, no obstante la veterana traslada el óbito a unos pájaros que había comprado y que utilizaba de ejemplos para convencer a Martita de que acepte una metamorfosis en ave, lo que le permitiría salir de la complacencia burguesa o ampliar los límites de su existencia.
Entre afiches de tanques del momento que simbolizan la banalidad de la cultura consumista moderna en contraposición a la sabiduría del conocimiento recóndito y complejo, esos de Rocky (1976), de John G. Avildsen, y La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), de George Lucas, que Malena tenía en la morada que tuvo que ceder a Alejandra, el dinero en pantalla aparece comprando libertad, pero también trayendo un yugo subrepticio que todo lo enrarece en el devenir cotidiano de la parentela, y la superstición posee un anclaje semi lúdico, por las sonrisitas irónicas de Alejandra, y está sustentada en arcanos del ámbito doméstico e incluso en alguna que otra secta/ aquelarre que no tiene nada que envidiarle a su homóloga de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), opus de Roman Polanski, pensemos para el caso en la breve aunque memorable escena de la ceremonia satanista de fondo con una mujer desnuda, mucho humo púrpura y otra hembra recorriéndola con una suerte de plumero mientras los miembros del culto observan impasibles. El film utiliza con inteligencia los sonidos experimentales/ electrónicos del español Luis Hernández Bretón y compañía, sobre todo para enfatizar la influencia de la brujería en el hogar, y reserva un excelente y melancólico vals de Felipe Villanueva para los títulos del comienzo y el final, todo entre otros latiguillos como la lluvia como lágrimas sobrenaturales, aquellos títeres de Alejandra amigos de la parca o quizás Belcebú y por supuesto unas aves de idiosincrasia doble, por un lado absorbiendo la muerte y por el otro lado ampliando las posibilidades de la vida, amén de alguna que otra escena en homenaje a Los Pájaros (The Birds, 1963), de Alfred Hitchcock, en sintonía con ese mínimo acoso que sufre Lucía que recuerda el padecimiento de Melanie Daniels (Tippi Hedren). La odisea asimismo pone en el tapete la baja tolerancia de la vejez ante el egoísmo, la redundancia, los caprichos, la torpeza y el sustrato mayormente sádico e idiota de la infancia, especie de temática tabú que corre en paralelo con respecto a la apología mordaz de las excentricidades de la tercera edad, bajo el ropaje de una colección de rituales incomprensibles desde la inmunda óptica judeocristiana, y una fábula sardónica acerca del edadismo pancista y cobarde contemporáneo que denigra a los ancianos sirviéndose de una debilidad que deriva en conjuros homicidas justicieros.
Otro pivote incómodo es la necesidad de castigo contra los purretes, tanto puertas adentro como a escala social en general, con el objetivo de que la educación no sea sólo ofrecer la otra mejilla como un siervo o un esclavo masoquista, alternativa posmoderna new age en el Siglo XXI ya en crisis, sino que también implique la amedrentación de los mocosos frente a la desviación individualista y la poca o prácticamente nula empatía con el prójimo, otro de los males estandarizados/ naturalizados del nuevo milenio. La trama insinúa la ferocidad latente de la tía, por ejemplo cuando es interrumpida en sus ritos por Malena o cuando rasga unas sábanas en la azotea después de que Martita se negase a convertirse en pájaro saltando al vacío, y propone cierta idea de invasión sobre un terreno que la va de soberbio aunque en realidad es virgen, todavía no tocado por esa magia que sí genera cambios en la praxis a diferencia de las religiones tradicionales, paulatinamente más y más inocuas en el ecosistema moderno por acción del cinismo, la razón instrumental y la especulación del capitalismo. La naturaleza invariante de cada bando, en este sentido, constituye otro factor muy importante en el planteo ya que la paranoia de la parentela no le permite entender que los embates de la señora no son gratuitos y siempre tienen que ver con ofensas o atropellos hacia su persona, precisamente los instantes en los que la bruja buena original se convierte en mala al verse amenazada de alguna forma. Ahora bien, la película también puede leerse de modo inverso como un relato de aprendizaje modelo bildungsroman centrado en Martita, quien a lo largo del desarrollo en simultáneo se aleja de su clan de base y se acerca a la tía que la entiende y le ofrece un mundo simbólico de una riqueza que no encuentra para nada en sus padres y hermanos, tan burgueses como conservadores y aburridos. El desempeño de todo el elenco -Corona y Bracho en especial- resulta prodigioso y por cierto el implacable esquema narrativo hace un uso magistral de un inmueble símil inquilinato digno de El Chavo del Ocho (1973-1980), la querida serie de Roberto Gómez Bolaños alias Chespirito, aunque llevado al grotesco del horror gótico y de una batalla campal por la hegemonía y la supervivencia/ autodefensa cruzada. Hasta la golpiza mortal del desenlace de Lucía sobre la tía, un momento de frenesí gore inesperado, la violencia era fundamentalmente indirecta, gesto que se toca con otro extremo ya que en los minutos siguientes se produce la ansiada transferencia de la identidad de Alejandra a Martita, todo frente a los ojos de una Lucía que mata a su enemiga pero se siente derrotada debido a que no puede detener la reproducción de la magia negra dentro del mismo enclave familiar. Aún lejos de la visceralidad y los arrebatos de formalismo a toda pompa del período con Garciadiego, el primer Ripstein solía entregarse a la ambigüedad, el enigma y la atmósfera sugestiva con un grado de maestría extraordinario que le debía mucho a su mentor, Luis Buñuel, por ello La Tía Alejandra es al mismo tiempo una rareza, ya que el mexicano no volvería nunca más al horror, y un buen ejemplo de su talento de siempre en la puesta en escena reorientado hacia el cine de género, sin embargo su fetiche melodramático se percibe fuerte de fondo en materia de una lógica consensuada que se va degradando cual normalidad de raigambre colectiva y en agonía…
La Tía Alejandra (México, 1980)
Dirección: Arturo Ripstein. Guión: Arturo Ripstein y Vicente Leñero. Elenco: Isabela Corona, Diana Bracho, Manuel Ojeda, María Rebeca, Lilan Davis, Adonay Somoza Jr., Ignacio Retes, Ana María Hernández, Yaco Alva, María Barber. Producción: Mauricio Rojas. Duración: 87 minutos.