Hangar Rojo

El despliegue del aparato represivo

Por Emiliano Fernández

A ninguna de las dos variantes históricas del fascismo se las puede “curar” y lo mejor es reventarlas o por lo menos pisarles la cara como escarmiento, hablamos por supuesto del fascismo original de mediados del Siglo XX, de marco autoritario, conservador y genocida por un lado y corporativista y nacionalista autárquico por el otro, y la acepción posmoderna que apareció en las décadas del 70 y 80 con vistas a retener los rasgos más regresivos en materia comunal, política y cultural mientras se reprimía a los opositores de izquierda y se reconfiguraba la pata económica, ahora volcada al neoliberalismo de la desregulación, el endeudamiento escalonado, la timba financiera y esa precarización laboral sustentada en la transferencia de ingresos de los sectores populares a la mafia empresarial más concentrada y nauseabunda. En este panorama geopolítico Hangar Rojo (2026), coproducción entre Chile, Argentina e Italia dirigida por el realizador chileno Juan Pablo Sallato en su ópera prima ficcional, resulta una película muy necesaria que explora la puesta en funcionamiento de campos de concentración luego del Golpe de Estado en Chile de 1973 contra el gobierno democrático socialista de Salvador Allende por parte del excrementicio Augusto Pinochet y sus socios de yanquilandia, los asimismo psicópatas Richard Nixon y Henry Kissinger, en este sentido pensemos que el film de Sallato no sólo ilustra el neofascismo sino que además le calza como anillo al dedo a un país como Chile que jamás juzgó en serio a los delitos de toda clase de la dictadura cívico militar de Pinochet, entre 1973 y 1990, y que para colmo continúa con fuerzas pinochetistas enquistadas en su vida institucional como lo demuestra el presidente en funciones, José Antonio Kast, otro de los tantos descerebrados de extrema derecha del Siglo XXI aunque éste con antecedentes familiares que se condicen con la sarta de barbaridades que suele decir a los cuatro vientos, en esencia un papi afiliado al Partido Nazi, Michael Kast Schindele, y un hermano que perteneció a la cleptocracia neoliberal del tirano como Ministro de Estado y Presidente del Banco Central de Chile, Miguel Kast, gran prueba de que la sociedad vernácula fingió demencia como la española ante el franquismo.

 

Sallato, conocido por un exitoso documental sobre el fútbol de América Latina codirigido junto con Ismael Larraín y Juan Ignacio Sabatini, Ojos Rojos (2010), para más adelante dedicarse a la producción cinematográfica y la realización de diversos encargos televisivos, rodó esta propuesta en la Provincia de Mendoza, Argentina, basándose en Disparen a la Bandada: Crónica Secreta de los Crímenes en la FACH contra Bachelet y otros (2002), libro autobiográfico del periodista Fernando Villagrán, un secuestrado y torturado por la dictadura que se salvó de ser asesinado junto con un amigo y compañero socialista, Felipe Agüero, gracias a la intervención de un oficial de la Fuerza Aérea de Chile, Jorge Silva, lo que motivó un estudio histórico más general acerca de los militares que se opusieron a la barbarie de Pinochet y sus secuaces y por ello terminaron padeciendo el mismo destino de tantos civiles que en mayor o menor medida defendieron a Allende o simplemente osaron mostrarse opositores al totalitarismo. En la previa al Golpe de Estado nos topamos con un Silva (Nicolás Zárate), capitán de la Fuerza Aérea y paracaidista famoso, que es una de las autoridades de una base en Santiago en la que funciona la Escuela de Especialidades con múltiples cadetes a su cargo y un único superior, el Coronel Soler (Boris Quercia), quien termina semi reemplazado luego del alzamiento por Mario Jahn Barrera (Marcial Tagle), represor formado en la Escuela de las Américas bajo la égida del Plan Cóndor, campaña de Terrorismo de Estado de los Estados Unidos durante la Guerra Fría que armó escuadrones de la muerte, impulsó el neoliberalismo, financió insurrecciones militares anticomunistas e inculcó “técnicas” de contrainsurgencia vinculadas a la vigilancia, el rapto, la tortura, el asesinato, el robo de propiedades, los atentados de falsa bandera y la desaparición de los cadáveres de las víctimas. Casado sin hijos con una docente universitaria, Rosa (Catalina Stuardo), y tutelando a un joven del interior, el Sargento Hernández (Aron Hernández), Silva eventualmente recibe la orden de interrogar a Villagrán (Renzo Fioretti) y Agüero (Taiu Braver Iosovich), dos flamantes detenidos entre muchos a raíz del Golpe de Estado.

 

Hangar Rojo, título que hace referencia al nombre que recibe el lugar donde los psicópatas de turno recluyen, torturan y ejecutan a los opositores ideológicos, explora la dinámica de la complicidad dentro de la milicia de manera activa y pasiva, contagiando el autoritarismo y la sensación de impunidad como si se tratase de un virus muy peligroso a escala social, así en primera instancia tenemos la convicción fascista de Soler, un ingenuo que cree que Pinochet llamará a elecciones en un año después de “normalizar” el país, y Jahn Barrera, prototípico exponente de esta lacra amante del genocidio y el neoliberalismo especulador y hambreador, y en segundo lugar viene el propio Silva, en un inicio fagocitado por la cadena de mando sin conciencia de las Fuerzas Armadas demenciales de entonces, por ello recibe sucesivas llamadas de los militares leales a Allende pero opta por rechazar toda ayuda, en línea con un exilio en la Argentina, convenciéndose de que será aceptado dentro del bando sublevado a pesar de haber mostrado simpatías al gobierno socialista y protagonizar un conflicto tácito de larga data con Jahn Barrera que le impidió ascender dentro de la FACH. Con la estupenda música de Matteo Marrella y Alberto Micheli, de impronta solemne, un guión muy astuto de Luis Emilio Guzmán, siempre balanceando el peso de los distintos personajes, y una exquisita fotografía de Diego Pequeño, sustentada en el blanco y negro, la cámara en mano y muchos primeros planos, la epopeya se juega por la claustrofobia, la presión, la intimidad pesadillesca, la angustia y una sangre que en los reos se unifica con la suciedad de la deshumanización, siempre considerando que lo imaginado es peor que lo exhibido al espectador en un hipotético exploitation sobre los crímenes de lesa humanidad, por ello la obra de Sallato está más cerca de la sutileza de Garage Olimpo (1999), de Marco Bechis, que de aquella pirotecnia testimonial de La Noche de los Lápices (1986), de Héctor Olivera, dos retratos del accionar hiper salvaje de la dictadura homóloga argentina bajo el amparo del Plan Cóndor, el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), otro ejemplo de cómo operaban en América del Sur la CIA, las embajadas y la Escuela de las Américas.

 

El secretismo y la obediencia oscurantista de los fascistas quedan reflejados en el gesto de no avisarle a la esposa, como decíamos antes una profesora de historia en una universidad, de la inminencia del Golpe de Estado y de sus consecuencias inmediatas en lo referido al despliegue del aparato represivo pinochetista, así el temor por el destino de Rosa durante las primeras razias de la dictadura despiertan la conciencia en un Silva ya descreído del “buen juicio” de sus superiores, a su vez unos energúmenos ignorantes, bobos y/ o fanáticos de esa demonización del marxismo tan popular entre la burguesía y los mandos castrenses de Chile, precisamente por ello sospechan de la lealtad del desapasionado capitán. Sallato garantiza el supremo trabajo de Zárate, Tagle y Quercia y asimismo aprovecha a personajes secundarios para trazar contrapuntos, sin duda el más evidente entre el Teniente Carrasco (Francisco Carrasco), la mano derecha de Jahn Barrera y paradigmático verdugo desalmado del Terrorismo de Estado de la época, y Hernández, aún con eje ético luego de la rebelión y deseoso de abandonar la locura marcial en la que terminó insertado sin proponérselo porque -como el mismo Jorge, en buena medida- ama más al paracaidismo que a la Fuerza Aérea. En el momento más álgido del relato, cuando Silva desobedece las órdenes de Jahn Barrera de fusilar a Villagrán y Agüero en el traslado desde el Hangar Rojo al Estadio Nacional, otro centro de detención y tortura aunque muchísimo más grande, se concentra la paradoja detrás del capitán y militares parecidos, hablamos de un acto de dignidad que perdona vidas para llevarlas sin saberlo a otro infierno incluso más truculento. En este sentido lo que se mueve por detrás del film es la utopía de las manos limpias en medio de semejante masacre contra opositores políticos y después contra cualquiera que se cruce en el camino de estos lunáticos con uniforme y sus cómplices de la plutocracia. Jorge, quien efectivamente fue torturado por sus colegas y nunca más regresó a Chile, abraza la libertad del paracaidismo, opuesto exacto del control absoluto de la vida militar, y humaniza a los uniformados en sus dos alternativas, renunciar a las armas o plegarse a la dictadura por convicción o pánico…

 

Hangar Rojo (Chile/ Argentina/ Italia, 2026)

Dirección: Juan Pablo Sallato. Guión: Luis Emilio Guzmán. Elenco: Nicolás Zárate, Boris Quercia, Marcial Tagle, Catalina Stuardo, Aron Hernández, Renzo Fioretti, Taiu Braver Iosovich, Francisco Carrasco, Juan Cano, Tomás Micheletti. Producción: Juan Pablo Sallato, Carolina Pezzini, Valeria Forster, Gonzalo Rodríguez Bubis, Raika Khosravi, Marco Luca Cattaneo, Stefano Mutolo, Juan Ignacio Sabatini, Valentina Quarantini y Lucía Van Gelderen. Duración: 83 minutos.

Puntaje: 9