Klara y el Sol (Klara and the Sun)

Ternura a flor de piel

Por Emiliano Fernández

Klara y el Sol (Klara and the Sun, 2026), la última película del neozelandés Taika Waititi, ataca el darwinismo social y pertenece a una antigua estirpe del cine vinculada a las obras fallidas pero interesantes, hoy en día casi en extinción porque el grueso de los films del anodino Siglo XXI es fallido aunque sin nada remotamente interesante. Sin duda mucho se esperaba de la tercera adaptación de alto perfil de una novela de Kazuo Ishiguro, célebre autor británico de linaje japonés que ganó en 2017 el Premio Nobel de Literatura e inspiró Lo que Queda del Día (The Remains of the Day, 1993), neoclásico de James Ivory, y Nunca me Abandones (Never Let Me Go, 2010), joya de Mark Romanek, sin embargo el producto resultante, de hecho bebiendo del libro homónimo de 2021 de Ishiguro, no pasa de cierta corrección que en términos cinematográficos se asemeja a una versión más sensible que cerebral -léase, más cercana a Steven Spielberg que a Stanley Kubrick- de A.I. Inteligencia Artificial (A.I. Artificial Intelligence, 2001), dirigida y escrita por el primero a partir de un proyecto original del segundo, amén de latiguillos extraídos de El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), lugar común de Victor Fleming, y del acervo artístico en general de Jacques Demy y Terry Gilliam, sobre todo un marco de fábula sobre el binomio realidad/ fantasía.

 

La trama transcurre en un futuro en el que los niños de la alta burguesía son modificados genéticamente para aumentar su inteligencia y mejorar su rendimiento académico, lo que genera tanto aislamiento, porque la educación es hogareña, como el negocio compensatorio de los “amigos artificiales”, una serie de robots que se adquieren en tiendas especializadas de las metrópolis. Todo está narrado desde el punto de vista del personaje del título con sangre muy inflamable, Klara (Jenna Ortega), un androide ya discontinuado modelo B1 que necesita de un comprador para no convertirse en chatarra y que diviniza al Sol al punto de rezar para formular deseos y agradecerle, además de creer identificar al amor mediante una luminiscencia siempre intensa. Chrissie (Amy Adams), una plutócrata que vive en el campo y es madre soltera desde que su esposo la abandonase a posteriori del fallecimiento de Sal (Sophia Bryant-Taukiri), compra a Klara con la idea de que oficie de compañera para su otra hija, Josie (Mia Tharia), adolescente moribunda por una complicación del tratamiento genético que anhela una relación romántica con un vecino entusiasta de la robótica y de las bandadas de pájaros artificiales, Rick (Aran Murphy), en sí uno de los flamantes amigos de Klara junto con un autómata lelo destinado a “trabajar” de espantapájaros (Jessie Griffin).

 

Waititi en Klara y el Sol entrega su opus más meloso y explícito en materia conceptual, en esencia analizando con mucha paciencia y buenas intenciones la dinámica del aprendizaje y la amistad, los límites del cinismo contemporáneo, la obsesión con la ortopedia emocional, los problemas concernientes al luto, la soledad y la vejez o pérdida parcial de la memoria, la persistencia del delirio capitalista de la eugenesia y especialmente la pregunta en torno al encuadramiento de la sobrevalorada inteligencia artificial, en pantalla homologable a un reemplazo del ser humano del rango de lo imitativo, esquemático o bastante torpe, por ello Chrissie, inicialmente hostil al androide al igual que la ama de llaves de la casona, Melania (Rachel House, actriz fetiche de siempre de Waititi), de a poco se encariña con el robot e incluso planea utilizarlo para conservar todo lo que aprendió de Josie en un autómata con el look de su hija creado por Capaldi (Steve Buscemi), profeta de la sustitución de los seres queridos fallecidos con duplicados exactos sintéticos. El realizador y guionista, en este último rubro ayudado por el canadiense Dahvi Waller, simplifica la trama y las nociones de Ishiguro para en gran medida enfocarse en la ingenuidad de Klara y sus súplicas al Sol para que cure a la púber, ofreciendo en cambio la destrucción de una cosechadora monstruosa.

 

El prólogo en la tienda exuda un encanto bien freak digno de Los Paraguas de Cherburgo (Les Parapluies de Cherbourg, 1964) y Las Señoritas de Rochefort (Les Demoiselles de Rochefort, 1967), de Demy, y aquel horizonte místico/ fantástico/ religioso que se traza la criatura de Ortega recuerda a sus homólogos de Pescador de Ilusiones (The Fisher King, 1991) y Tierra de Pesadillas (Tideland, 2005), ambas de Gilliam, no obstante Waititi da demasiadas vueltas alrededor de los mismos latiguillos ya explorados y nunca termina de exprimir los celos de Josie por Klara o de construir un villano propiamente dicho, ya sea esa cosechadora que mata al espantapájaros, ejemplo de la técnica fría en contraposición a la ternura a flor de piel de Klara, o la misma madre de la adolescente, una Chrissie que es “perdonada” dentro de la lógica del relato porque en última instancia no quiere sustituir a Josie luego del óbito sino no tener que lidiar con su desaparición y el luto subsiguiente, algo que ya vivió con Sal. De todos modos la película no es mala porque el neozelandés se las ingenia para incluir algo de oscuridad y sátira social, como el intento de asesinato de Chrissie contra Klara o la reunión de los púberes sádicos superdotados, en suma regalando una acepción ortodoxa del melodrama de ciencia ficción spielbergiano más empalagoso…

 

Klara y el Sol (Klara and the Sun, Nueva Zelanda/ Estados Unidos/ Reino Unido, 2026)

Dirección: Taika Waititi. Guión: Taika Waititi y Dahvi Waller. Elenco: Jenna Ortega, Amy Adams, Mia Tharia, Steve Buscemi, Aran Murphy, Rachel House, Jesse Griffin, Natasha Lyonne, Harry Greenwood, Molly Curnow. Producción: Taika Waititi, David Heyman y Garrett Basch. Duración: 116 minutos.

Puntaje: 4