Por supuesto que The Room (2003), una de las tantas obras que compiten por el dudoso honor de ser una de las peores películas de la historia del cine, está unos cuantos escalones por encima de la enorme mayoría de films que semana tras semana llegan a la cartelera internacional por la sencilla razón de que hablamos de una propuesta única e irrepetible, con una tremenda personalidad propia, que a pesar de sus múltiples errores y el delirio general que la enmarca, se termina grabando a fuego en la mente del espectador para dejar flotando preguntas en torno a cómo y quién pudo realizar semejante mamarracho encantador. El quién es fácil de responder en su dimensión más elemental: si bien el señor delante y detrás de cámaras es el inefable Tommy Wiseau, lo cierto es que nadie conoce su devenir personal ni sabe de dónde sacó el dinero para financiar la faena en cuestión (se supone que se hizo rico en el negocio inmobiliario y que en algún momento de su vida tuvo un accidente que explicaría en parte su comportamiento excéntrico). El cómo fue analizado por su cofrade y cómplice principal, Greg Sestero, en The Disaster Artist (2013), unas muy graciosas memorias sobre su amistad con Wiseau, el derrotero previo al opus y finalmente el rodaje en sí, toda una odisea por una colección de avatares que resultan casi surrealistas.
Luego de 14 años del estreno de The Room y con la susodicha convertida en un neoclásico de culto, no debe haber en el Hollywood contemporáneo una persona más “capacitada” para adaptar las crónicas de Sestero que James Franco, un carilindo célebre en esencia por su faceta actoral aunque poseedor de un secreto a voces que pocos conocen: el californiano cuenta con una carrera muy extensa como director que lo hizo artífice de una generosa pluralidad de convites -cortos, largometrajes de ficción y hasta documentales- francamente horrendos, muchos de los cuales son tan pero tan aburridos y/ o impresentables que bien podemos afirmar que el muchacho es uno de los peores (característica negativa) y más imprevisibles (característica positiva) realizadores trabajando hoy en día en esta suerte de mainstream con vocación indie. De hecho, The Disaster Artist (2017) es por lejos su primera gran película a secas, circunstancia que aquí se eleva al súmmum de la paradoja porque la obra en sí es una de las mejores de este año que termina, un opus que explota con inteligencia las anécdotas más hilarantes -y famosas- sobre el halo demente de The Room y el propio Wiseau con el objetivo de construir un pantallazo -un tanto verídico, otro tanto ficcional- acerca de los misterios de la creación artística y la fuerza irrefrenable que la guía.
Franco interpreta al protagonista y su hermano Dave se pone en la piel de Sestero, una dupla que se conoce a fines de la década del 90 en San Francisco en una clase de actuación, donde Tommy se destaca por su acento insólito del este europeo, por su conducta errática pero apasionada y por una desconcertante serie de tics físicos. Como ambos son criticados muy duramente por la docente y sus compañeros de turno, la reacción negativa los termina hermanando y con el tiempo los lleva a Los Ángeles, ciudad en la que el acaudalado Wiseau tiene un departamento. Desde ya que la falta de experiencia y el trasfondo bizarro del dúo no compatibiliza con la frialdad caníbal de los agentes, productores y directivos de Hollywood, por lo que ambos deciden encarar juntos un proyecto propio que eventualmente se transforma en The Room, una obra producida, escrita y dirigida por Wiseau. A pesar de no disponer de talento alguno, desconocer el sustrato técnico del medio, no tener idea de los “gajes del oficio” y fundamentalmente haber visto muy poco cine en su vida, Tommy se pone a la cabeza de una realización que costó unos seis millones de dólares, recaudó apenas un par de miles y desde entonces ha ido creciendo en popularidad entre los cinéfilos amigos de la clase B, las incongruencias y esas “mejores peores” películas de ayer, hoy y siempre.
El guión de Scott Neustadter y Michael H. Weber hace un trabajo estupendo en lo que atañe a retratar el entusiasmo de Wiseau, sin jamás faltarle el respeto o parodiarlo sin piedad ya que la intención de fondo pasa por comprender su acervo emocional durante el período y no por desentrañar en un cien por ciento el enigma de su persona, una jugada que engloba al proyecto dentro de la categoría de “biopic oficial” y se agradece de sobremanera porque permite resguardar los secretos que el propio Tommy tanto se preocupó de defender a lo largo de los años. Como si se tratase de una reformulación aggiornada de Ed Wood (1994), una de las últimas propuestas interesantes de Tim Burton antes de que se vendiese a la industria más superficial, sucumbiendo a sus marcas registradas reconvertidas en clichés anodinos, The Disaster Artist pone en interrelación el poderío inherente a los sueños ninguneados y una voluntad de acción enfocada hacia un esperpento que combinó -con una enorme inocencia- el porno soft, el drama de alcoba, los relatos criminales y las ocurrencias teatrales con tintes de comedia, logrando una de las aventuras cinematográficas más fallidas y divertidas de las últimas décadas al pretender imponerse como una alternativa “seria” y terminar cayendo en el campo de los despropósitos cuyo corazón es el ridículo involuntario.
Quizás el mayor mérito del film sea precisamente hacernos olvidar por completo de la mega estupidez/ mediocridad de Franco, Seth Rogen (aquí como Sandy Schklair, el continuista y “director de facto” de The Room) y Judd Apatow (aportando un cameo como un productor), entre otros involucrados, para en cambio ofrecernos un retrato de un episodio sin igual en el que se conjugan -contradicciones mediante- la burla y la crueldad sistemáticas del mainstream conservador de nuestros días como catalizadores de un emprendimiento autogestivo en verdad memorable, capaz de transformar al alienígena de turno en una figura reconocible y celebrada más allá de los confines de la razón, el sentido común y la lógica capitalista. El Franco actor consigue además replicar la disposición corporal y léxica de Tommy desde el cariño irrestricto hacia el personaje/ persona en cuestión, uno de los tantos parias de la industria del espectáculo que se pudo recuperar ante la incomprensión, asumiendo rápidamente el rol de adalid de la extravagancia en esencia al darse cuenta que su “obra maestra” no era tal, que generaba más carcajadas que reflexiones existenciales y que ponía en la cuerda floja todo lo que se supone que debería primar en un proyecto faraónico de esta envergadura, como siempre lo es el encarar una película. La algarabía demencial/ anárquica de Wiseau y esa aceptación final de la lectura oblicua por parte de los espectadores hacia su creación constituyen la cara y seca de un autor caprichoso de una anomalía con todas las letras, poseedor de una dignidad y una convicción mayúsculas en función de las cuales estas cartas de amor al cine -nos referimos al desastre de Tommy y al metadesastre de Franco- brillan con luz propia en un mar cada vez más saturado de impersonalidad, artificios baratos y falta de curiosidad artística, esa misma que nos permite experimentar con lo desconocido y saltar al vacío sin importarnos un comino el dinero, justo como hizo el amigo Wiseau al proponerse fijar su trascendencia vía este “coso” llamado The Room. Sólo resta dar rienda suelta al melodrama freak, coquetear con el homoerotismo, jugar al fútbol americano con esmoquin, arrojar la TV por la ventana de la querida habitación y finalmente rematar el viaje pegándose un buen balazo en la boca.
The Disaster Artist (Estados Unidos, 2017)
Dirección: James Franco. Guión: Scott Neustadter y Michael H. Weber. Elenco: James Franco, Dave Franco, Seth Rogen, Ari Graynor, Alison Brie, Jacki Weaver, Zac Efron, Sharon Stone, Melanie Griffith, Tommy Wiseau. Producción: James Franco, Seth Rogen, Evan Goldberg, Vince Jolivette y James Weaver. Distribuidora: Warner Bros. Duración: 104 minutos.