Terminator (The Terminator)

Retrocontención de daños

Por Emiliano Fernández

Terminator (The Terminator, 1984) es una de esas películas que detentan una sola idea pero en este caso es sin duda una de las mejores ideas de la historia del cine, una que combina el viejo motivo del acervo fantástico de los viajes en el tiempo con las premisas de dos legendarios capítulos de Rumbo a lo Desconocido (The Outer Limits, 1963–1965), Soldier y Demon with a Glass Hand, todo en un combo polimorfo con elementos de film noir, la ciencia ficción tecnológica y un terror cercano al suspenso, el slasher más despiadado y los thrillers rimbombantes de acción del período, aquellos cargados de gloriosas adrenalina y testosterona sin necesidad de agradar a nadie más que a su público específico, los hombres. La película que posicionó a James Cameron como un director y guionista de peso y a Arnold Schwarzenegger como una de las estrellas cinematográficas más taquilleras de las décadas del 80 y 90 en esencia es una clase B con un presupuesto más que decente, un perfeccionismo técnico en verdad admirable y especialmente un sustrato muy culto que se vincula a la utilización de la terminología y motivos varios del por entonces naciente/ en proceso de consolidación Cyberpunk, un género que en términos literarios bebió mucho de la obra de Philip K. Dick, J.G. Ballard, William Gibson y ese mismo Harlan Ellison que firmó los guiones de Soldier y Demon with a Glass Hand. Cameron, recién salido de la “escuela Roger Corman” y con la mala experiencia detrás de Piraña II: Asesinos Voladores (Piranha II: The Spawning, 1982), un típico ejemplo del cine trash de su época que para colmo estuvo enmarcado en un montón de conflictos a nivel de la producción y la edición, en Terminator deja ver claramente un primer chispazo de lo que sería su ulterior ambición artística y esa propensión a cuidar cada aspecto de la película dentro de una idiosincrasia que sabe equilibrar las dimensiones conceptual y formal sin que una domine sobre la otra.

 

La realización nos regala una serie de escaramuzas entre dos personajes que llegan desde el 2029 a aquel presente de 1984 con misiones exactamente opuestas: por un lado tenemos al Exterminador del título (Schwarzenegger), un cyborg -mitad hombre, mitad máquina- creado por una red de inteligencia artificial orientada a la defensa nacional de Estados Unidos, Skynet, un ser con un endoesqueleto metálico y tejido externo orgánico cuya única meta es asesinar a una mujer llamada Sarah Connor, y por otro lado está Kyle Reese (Michael Biehn), un soldado raso de una resistencia humana del futuro que lucha contra Skynet y también fue enviado para interceptar a dicha mujer, aunque en esta oportunidad con el objetivo expreso de protegerla del androide homicida. La coyuntura general la aporta un holocausto nuclear provocado por ese entramado informático estatal/ militar -creado asimismo por una empresa concreta, Cyberdyne Systems- que se hizo autoconsciente y consideró a la humanidad en su conjunto una amenaza, de allí la necesidad de recurrir a un equipo de desplazamiento en el tiempo para matar a la que se transformará en la madre del líder del movimiento de resistencia, John Connor, principal artífice de lo que promete ser la derrota de Skynet en la guerra venidera de las máquinas contra una humanidad diezmada aunque aún capaz de dar batalla. El cyborg, cuya denominación es Cyberdyne Systems Modelo 101, se dedica a “reventar” a todas las Sarah Connor de la guía telefónica hasta que encuentra a la indicada (Linda Hamilton), una pobre camarera de un restaurant familiar que termina en el medio de un fuego cruzado entre ambas partes y un Departamento de Policía de Los Ángeles que considera una patraña la crónica de Reese, autoridades representadas en el relato a través del Teniente Ed Traxler (Paul Winfield), el Detective Hal Vukovich (Lance Henriksen) y el Doctor Peter Silberman (Earl Boen), un psicólogo criminalista.

 

Teniendo presente la franquicia que a posteriori desencadenaría Terminator, esta primera película continúa siendo la más inconformista e interesante del lote porque rankea en punta en brutalidad, desparpajo y energía retórica mundana; situación que a su vez se hace evidente en el hecho de que casi todas las continuaciones pasarían por alto sus ingredientes centrales y se consagrarían en cambio a intentar copiar una y otra vez su secuela directa, Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, 1991), una obra con méritos tan importantes como los del film que nos ocupa pero ya con la impronta hollywoodense tradicional marcada a fuego de la mano de diversos rasgos que nos hablan de un lavaje biempensante más o menos sutil (recordemos que Schwarzenegger componía a un cyborg de buen corazón que no mataba policías, Sarah Connor ya se había convertido en una guerrera empoderada, el John Connor de Edward Furlong era el clásico niño/ adolescente posmoderno histérico y el T-1000 de cristal líquido -en la piel de Robert Patrick- ya señalaba el rol preponderante que tendría el artificio digital en el mainstream de allí en adelante, amén del mismo tono mesiánico hiper marcado de todo el convite). La propuesta original de 1984, por otro lado, no cae del todo en el triste gigantismo que sobrevino luego de T2 en lo que respecta al aparato hollywoodense, siendo el propio Cameron uno de los primeros diletantes del esquema aunque bajo un tamiz ideológico que terminaría perdiendo la contienda frente a esa banalidad imperante hoy en día que homologa al séptimo arte a un parque de diversiones para retrasados mentales, en este sentido basta con pensar que hablamos de un fanático de la tecnología que ataca la utilización fascista/ imperial de la misma y pondera su uso en el plano artístico, de lo que por supuesto se deriva su fetiche con los recursos disponibles, el diseño riguroso de producción y las pausas entre películas.

 

Más allá de escenas memorables como la del arribo del amigo Arnold, el robo en aquella armería atendida por el gran Dick Miller, los flashbacks de los recuerdos y/ o pesadillas del traumado por el conflicto bélico Reese, el primer encontronazo entre el Exterminador, Sarah y Kyle en un club nocturno, la persecución automovilística posterior, la famosa secuencia de la reparación del Cyberdyne Systems Modelo 101 de su antebrazo derecho y la extirpación de su ojo biológico izquierdo, la mítica frase “volveré” y la arremetida fulminante inmediata contra la estación de policía, y finalmente el genial desenlace en su totalidad, a decir verdad la propuesta de por sí constituye un prodigio de la tensión y la virulencia, ítems asimismo sostenidos en la desesperación neurótica de Reese y esa frialdad asesina del Exterminador, un ente cibernético capaz de no detenerse ante nada con tal de cumplir su misión en un periplo que incluye una andanada de disparos, palizas bien crueles y hasta puñetazos que destrozan alguna que otra caja torácica. Aquí el canadiense Cameron apuntala una lucha -tan inteligente como minimalista- de retrocontención de daños cargada de una furia envidiable que desparrama fusilamientos, gore, cadáveres femeninos, grandes actuaciones de todos los involucrados, muchos uniformados con agujeros de balas, detalles exquisitos en stop-motion y en materia de los animatronics, una magnífica banda sonora de Brad Fiedel a puro sintetizador y una puesta en escena ochentosa de lo más exuberante, de pelos revueltos y un cinismo metropolitano todo terreno. El director y guionista sabía muy bien lo que hacía y hasta lo bautizó Tech Noir, tal el nombre del boliche donde se refugia Sarah, como decíamos antes una reinterpretación del horror y el policial en clave de ciencia ficción nihilista orientada a enfatizar los peligros de la dependencia tecnológica desde un militarismo humanista de izquierda que denuncia a su homólogo antropófago de derecha…

 

Terminator (The Terminator, Estados Unidos/ Reino Unido, 1984)

Dirección: James Cameron. Guión: James Cameron, William Wisher y Gale Anne Hurd. Elenco: Arnold Schwarzenegger, Michael Biehn, Linda Hamilton, Paul Winfield, Lance Henriksen, Rick Rossovich, Bess Motta, Earl Boen, Dick Miller, Shawn Schepps. Producción: Gale Anne Hurd. Duración: 107 minutos.

Puntaje: 10