Luce

Sofisticación del desvalido

Por Emiliano Fernández

De entre las pocas sorpresas que nos depara el cine y el arte en general contemporáneos Luce (2019) es sin duda una de las más gratificantes y exacerbadas del lote: hablamos de una película muy valiente que por un lado retoma una de las grandes obsesiones del séptimo arte, léase el análisis de las dinámicas de poder en los ámbitos educativos vía el entrecruzamiento de influencias entre alumnos, docentes y familiares de ambos, y por otro lado se mete con el tokenismo actual extendido o la patética práctica de otorgarle a determinados colectivos sociales más o menos discriminados pequeñas concesiones que no modifican nada a nivel macro y sólo sirven para lavar culpas de los sectores dominantes y sus cómplices tácitos dentro de los dominados más inmaduros, algo que puede verse de manera clara en nuestros días en idioteces como el lenguaje inclusivo o detalles peligrosos como el apego a justificar al victimario fetichizado en las escuelas o Internet y la cultura laboral de la mujer o el discapacitado en tanto “floreros”. La película funciona como una autocrítica de izquierda porque examina cómo se estigmatiza al diferente al punto de tratar de convertirlo en un santo sin fallas, en franca contraposición con respecto al monstruo que ve la derecha aunque en esencia realizando la misma operación psicológica/ marketinera/ reduccionista vinculada a una idealización que anula las características concretas de los sujetos en pos de amoldarlos en su conjunto a todo lo que se espera de ellos en materia de “emblemas” discursivos potenciales destinados a cumplir su función en las polémicas políticas e ideológicas alrededor del prójimo juzgado en términos de una otredad, apenas otra faceta más de ese multiculturalismo y esa globalización que vienen de la mano de un capitalismo que provoca crisis muy agudas en todo el planeta y desencadena millones de refugiados internos y externos que escapan de la pauperización, el desempleo y el hambre.

 

El detonante narrativo es muy sencillo y se condice más con una coyuntura general que con hechos específicos: Luce (Kelvin Harrison Jr.) es un joven negro que cursa el último período del secundario y que vivió los primeros siete años de su vida en medio de la Guerra de Independencia de Eritrea, su lejana nación natal, un adolescente que es considerado un maravilloso estudiante, polemista y atleta hasta por la única profesora que le cae mal, Harriet Wilson (Octavia Spencer), una afroamericana obesa y adusta titular de la asignatura de Historia y Gobierno, quien viene de hacerle perder la beca deportiva a un compañero de pocos recursos del protagonista, DeShaun Meeks (Brian Bradley), cuando le revisó su casillero en el colegio, encontró marihuana y llamó a la policía. Luce resiente la propensión de Wilson a utilizar a sus alumnos como ejemplos de sus argumentos de centroizquierda, por ello le cae pésimo que haya erigido a DeShaun como símbolo de lo negativo/ el negro sin potencial académico y a Stephanie Kim (Andrea Bang) como efigie de la mujer víctima, una estudiante asiática de la que se corren rumores de haber padecido abusos sexuales en una fiesta estando borracha. Luce de por sí se niega a ser encasillado en el cajón en el que adoran meterlo tanto la docente y el director del colegio, Dan Towson (Norbert Leo Butz), como sus padres adoptivos de clase media alta, la médica Amy Edgar (Naomi Watts) y el directivo contable Peter Edgar (Tim Roth), la horma del “joven estrella” que representa los logros de la integración norteamericana para con el diferente. Cuando Wilson pretenda proteger el ideal que se construyó en torno al protagonista, guardando silencio institucional y entregándole a su madre un ensayo -juzgado “peligroso” o por lo menos sugerente- que el muchacho escribió y una bolsa con fuegos artificiales ilegales que halló en su locker, sin darse cuenta pondrá el mojón inicial en una enérgica disputa entre ella y su alumno modelo.

 

No es precisamente una casualidad que el ensayo de turno, que respondía a una tarea de Historia y Gobierno en la que los jóvenes debían situarse en la perspectiva de una figura histórica, sea sobre Frantz Fanon, un famoso intelectual y revolucionario negro de origen martiniqués que pregonaba que la violencia emancipadora es una consecuencia inevitable del accionar de los agentes de la colonia y que el grado de virulencia será proporcional a las injusticias que los opresores cometan contra los oprimidos/ esclavizados/ subyugados, un planteo que considerando el trasfondo individual de Luce pone en alerta a una Harriet que se mueve con criterios del oportunismo político y que en esencia discrimina a sus estudiantes bajo la excusa de combatir las desigualdades de base de la sociedad yanqui (la referencia a Fanon también abarca el borramiento de la identidad particular que sufrió el adolescente, ya que así como el filósofo afirmaba que la adopción de la cultura explotadora por parte de los sometidos implica el acto de incorporar a escala diaria el sentimiento de inferioridad, el propio muchacho fue rebautizado en suelo estadounidense debido a que su madre no podía pronunciar su nombre africano original). El excelente guión del también realizador Julius Onah junto al ignoto J.C. Lee, basado en una puesta teatral del segundo, contrapone por un lado la denuncia del tokenismo por parte del protagonista y su tendencia psicopática -aparentemente producto de su infancia en una zona bélica- y por el otro la soberbia de Wilson a la hora de decidir quién merece ser recompensado y quién no, a lo que se suma una evidente hipocresía porque bajo la máscara de militar en favor de la equidad y la comprensión se esconde una intolerancia que en el relato se materializa en su reacción ante la inestabilidad psicológica de su hermana Rosemary (Marsha Stephanie Blake), una pobre mujer a la que termina condenando a regresar a la soledad de un neuropsiquiátrico.

 

La trama destruye desde el principio todo maniqueísmo y evita los atajos tradicionales rimbombantes del thriller in crescendo porque apuesta a la complejidad retórica y moral de la superposición de situaciones y diálogos, un mejunje que incluye amenazas, vandalismo, acoso sexual, encubrimiento, cruzadas expiatorias o condenatorias y en especial un sutil maquiavelismo que siempre trae a colación el hecho de servirse del otro para la agenda personal; ya sea que hablemos de la estrategia cotidiana de Harriet para con sus alumnos o de su homóloga de Luce en lo que atañe a Stephanie y DeShaun, peones que utiliza para atacar o defenderse de las movidas de Wilson mientras él se enclaustra tranquilo con vistas a concebir su coartada ante los “jueces” del progresismo farsante de cartón pintado, léase sus progenitores y el paparulo de Towson. Lejos de las revoluciones académicas símil Cero en Conducta (Zéro de Conduite: Jeunes Diables au Collège, 1933), If…. (1968) y hasta La Ola (Die Welle, 2008), y más cerca de la tradición de los conflictos claustrofóbicos entre opuestos que se parecen mucho entre sí -con relativa admiración de fondo que muta en resentimiento o sadismo- en sintonía con Absolución (Absolution, 1978), El Aprendiz (Apt Pupil, 1998) y Confesiones (Kokuhaku, 2010), Luce sistematiza y desarma con paciencia tópicos como las expectativas infladas de los padres, los clichés sociales y sus límites, la óptica ultra acotada de los docentes, las perpetuas faltas de respeto en las instituciones públicas, los sacrificios que conlleva criar a un individuo con necesidades que escapan al promedio comunal, la costumbre de mentir para agradar al prójimo, la simultaneidad de dimensiones antagónicas en la vida, la promesa maltrecha de la prosperidad, la vigilancia constante y falta de privacidad de nuestros días, la condescendencia paternalista decadente de las figuras de autoridad y las mismas luchas hegemónicas por imponer nuestra voluntad.

 

Entre la frustración, las mentiras y la manipulación más o menos abierta, Onah viabiliza actuaciones brillantes de Harrison Jr., Spencer, Watts y Roth y hasta consigue la proeza de no descuidar a los personajes de estos dos últimos, estableciendo un muy buen contrapunto de naturaleza edípica porque al cariño fanático de ella hacia su hijo, al cual defiende y protege ante cualquier circunstancia y con ecos incestuosos, se opone la angustia de un Peter que deseaba un clan de impronta más normal -sin declaraciones políticas implícitas- y que tiene muy presente los años de terapia y rehabilitación que implicó la decisión de adoptar al huérfano de Eritrea y transformarlo en el “ciudadano perfecto” de hoy en día, cuya cara oculta/ tenebrosa continúa estando latente, se alimenta de su semblante luminoso y permanece siempre al acecho como ocurre con todos los seres humanos. Apoyándose en una gran tensión dramática cortesía de la inmaculada fotografía de Larkin Seiple y la gloriosa música incidental a lo trip hop de Ben Salisbury y el querido Geoff Barrow de Portishead, el director, que venía de entregar las flojísimas The Girl Is in Trouble (2015) y The Cloverfield Paradox (2018), aquí no sólo redime su carrera sino que nos regala una de las mejores y más completas exploraciones acerca del tokenismo y esa sofisticación ridícula del desvalido metamorfoseado en estampida de una centroizquierda repleta de oligofrénicos que se autoerotizan con sus gestos de cotillón -tan banales y cretinos como en ocasiones funcionales al mantenimiento del statu quo, dando a los lelos la impresión de éxito- en pos de un igualitarismo que no es tal porque vive manejándose con estereotipos y presionando violentamente por la aceptación automática, en vez de optar por educar de a poco a unas mayorías de por sí casi siempre incapaces de alcanzar una autoconciencia emancipadora en tanto dominados por la oligarquía mafiosa de la elite capitalista. Así como Wilson confunde potencial académico con darwinismo social y sus padres ven peligrar la utopía de la familia tipo por cobijar a ese elemento extraño e impredecible y asignarle el papel de “hijo salvado de las fauces del infierno”, Luce por su parte se alza como una nueva generación de marginados que ya no pueden volver al terruño pasado, a sus verdaderos orígenes étnicos/ culturales/ espirituales/ ideológicos, y que por cierto no se sienten a gusto con la sarta de payasadas a las que deben suscribir para acomodarse en una sociedad donde las minorías son bandera de un pancismo ético baladí -y de sus adeptos burgueses new age- con el objetivo de simular una integración ficticia que no se condice con la realidad y sus muchos atropellos, hoy más que nunca enmarcados en Occidente en conceptos de división clasista y ya no exclusivamente en cuestiones de piel, órganos sexuales o el detalle azaroso que sea…

 

Luce (Estados Unidos, 2019)

Dirección: Julius Onah. Guión: Julius Onah y J.C. Lee. Elenco: Kelvin Harrison Jr., Octavia Spencer, Naomi Watts, Tim Roth, Norbert Leo Butz, Andrea Bang, Marsha Stephanie Blake, Brian Bradley, Noah Gaynor, Omar Shariff Brunson. Producción: Julius Onah, John Baker y Andrew Yang. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 10