El Halcón y el Muñeco de Nieve (The Falcon and the Snowman)

Comportamiento predatorio

Por Emiliano Fernández

Si bien El Halcón y el Muñeco de Nieve (The Falcon and the Snowman, 1985) transcurre durante las postrimerías de la presidencia de Richard Nixon -cortesía del Escándalo de Watergate- y prácticamente toda la administración de su sucesor Gerald Ford, a decir verdad el film que nos ocupa se corresponde con el período de transición entre el fin de los relatos cinematográficos centrados en la Guerra Fría por un lado y el ascenso posterior de los thrillers posmodernos que giran en torno a los dispositivos de vigilancia y ese mega mercado de la información ya de cadencia bien pragmática por el otro, circunstancia que nos permite afirmar que el opus del enorme John Schlesinger constituyó una de las piezas fundamentales en la metamorfosis en cuestión desde las viejas epopeyas de espionaje que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, casi siempre basadas en un esquema binario férreo compuesto por Occidente y el Bloque del Este, hacia el desencanto y la frustración de las odiseas del rubro que sobrevinieron luego de la caída del Muro de Berlín. Este carácter profético se condice con el sustrato mismo de la trama, la cual retrata no tanto lo que podría ser una decepción escalonada de dos jóvenes que se meten de manera impulsiva en el enclave de los espías internacionales sino más bien la trabazón indisociable entre idealismo y nihilismo, dos rasgos que van de la mano continuamente debido a que se retroalimentan a pura reciprocidad, aportando cada uno las soluciones discursivas que requieran las fallas en la praxis del otro: la ciclotimia procedimental de los protagonistas, léase su apego en simultáneo al dinero fácil y a la denuncia de izquierda para con las múltiples matufias de los gobiernos estadounidenses, le otorga a la gesta secreta un delicioso aire de singularidad.

 

Christopher Boyce (Timothy Hutton) es un muchacho fanático de la cetrería que abandona sus planes de convertirse en cura y regresa a la casa familiar, en esencia controlada por su padre Charlie (Pat Hingle), un ex agente del FBI y director de seguridad de Strata Research. Precisamente por contactos de su progenitor, Christopher consigue trabajo como mensajero interno de RTX, una compañía que fabrica, mantiene y en buena medida opera una serie de satélites ignotos de vigilancia creados por el Departamento de Defensa bajo el nombre clave Black World y puestos al servicio de las operaciones ilegales de la CIA alrededor del globo. Pronto el joven es ascendido a una jerarquía que podría describirse como una suerte de empleado administrativo en un centro clasificado de comunicaciones dentro de RTX, algo así como un baluarte intermedio similar a un nodo de una red que entrelaza la sede central de la CIA en Langley, Virginia con un popurrí de “estaciones de seguimiento” a lo largo y ancho del planeta. Al contar con la posibilidad de leer los mensajes enviados/ recibidos mediante teletipos encriptados y relacionados con el accionar inescrupuloso de la agencia de inteligencia yanqui, siempre coordinando esfuerzos vía satélite con los sectores más concentrados de la oligarquía capitalista de cada país y sus testaferros políticos y militares, Boyce se entera de que la CIA considera a Gough Whitlam, el Primer Ministro de Australia en funciones desde 1972, un claro enemigo porque amenazaba con el cierre de las bases yanquis en la nación. Así las cosas, el estadista -perteneciente al Partido Laborista Australiano- es expulsado de su cargo en 1975 por su rival político, el Gobernador General Sir John Kerr, a expensas de la CIA y los cabecillas de la administración de Gerald Ford.

 

Christopher comprende de inmediato la movida desestabilizadora pro yanqui y en un principio piensa llevar el asunto a la prensa pero luego recula al recordar que no sirvió de nada la denuncia internacional sobre la participación de la CIA en el Golpe de Estado de 1973 en Chile, aquel encabezado por el genocida Augusto Pinochet contra el presidente socialista Salvador Allende. Teniendo presente la profunda crisis australiana y desde una dialéctica de guerra, Boyce decide ofrecerle a un precio módico “información sensible” al enemigo obvio de los Estados Unidos de la época, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a través de su mejor amigo, Andrew Daulton Lee (Sean Penn), un traficante de cocaína de clase media alta y con un generoso prontuario que suele hacer compras en México para a posteriori revender la mercadería. Pronto Lee se aparece en la embajada rusa del Distrito Federal con una serie de mensajes cifrados del servicio de inteligencia yanqui y comienza a cobrar unos cuantos miles de dólares por los datos, algo que se transforma en una profesión que complementa la vida de ambos de manera cada vez más arriesgada porque los muchachos son por demás ingenuos y terminan sobrepasados por una situación enmarcada en la desconfianza, el temor, la paranoia y las traiciones mutuas: mientras que Christopher se enamora de Lana (Lori Singer) y se quiere hacer el gracioso mechando fotos de una Playmate entre los documentos filtrados a los soviéticos, Daulton comienza a tratar regularmente con su contacto ruso Alex (David Suchet), le ofrece un insólito negocio de exportación de heroína desde Perú y entra en una espiral de enajenación cuando su amigo/ socio le comunica que renunciará a su puesto en RTX y retomará sus estudios en derecho.

 

En plena pesadilla reaganiana/ thatcherista de la década del 80 Schlesinger filma el primer guión de Steven Zaillian, a su vez inspirado en The Falcon and the Snowman: A True Story of Friendship and Espionage (1979), el célebre libro de investigación de Robert Lindsey, y consigue una de las descripciones más crudas del particular ecosistema del espionaje y su retahíla de torpezas, compulsiones y banalidades superpuestas, en especial debido a que todos los involucrados demuestran ser unos imbéciles mayúsculos (los superiores de Boyce y los principales responsables de su ascenso dentro de RTX, esos Tony Owens y Larry Rogers interpretados respectivamente por Jerry Hardin y Macon McCalman, son unos paparulos que santifican a una persona sin siquiera conocerla y le dan un puesto crucial en el aparato de defensa yanqui, a lo que se suma el infantilismo político de Christopher, la adicción a las drogas del impresentable Daulton y la burocracia de los rusos y el tiempo que les lleva descubrir que los dos protagonistas jamás les podrán ofrecer aquello que tanto buscan, las frecuencias por las que se envían los mensajes, amén de gestos ridículos como hacerle firmar un recibo a Lee por el dinero entregado) y sin duda nadie sale ganando de la experiencia en su conjunto (justo como asevera Boyce en relación a la impronta macro de las potencias, los Estados Unidos y la URSS son igual de paranoicos y peligrosos, detalle que queda demostrado vía el abandono de ambos a su suerte por parte de la segunda y el arresto y la condena cortesía de los primeros, con 40 años de prisión para Christopher y cadena perpetua para un Daulton que encima soportó numerosas sesiones de tortura gracias a la “sospecha” de la policía mexicana sobre su participación en el asesinato de un oficial).

 

El Halcón y el Muñeco de Nieve es uno de los tantos mojones admirables que conformaron la trayectoria del realizador británico, aquel de A Kind of Loving (1962), Billy Liar (1963), Darling (1965), Lejos del Mundanal Ruido (Far from the Madding Crowd, 1967), Perdidos en la Noche (Midnight Cowboy, 1969), Dos Amores en Conflicto (Sunday Bloody Sunday, 1971), El Día de la Langosta (The Day of the Locust, 1975), Maratón de la Muerte (Marathon Man, 1976), Los Creyentes (The Believers, 1987), Madame Sousatzka (1988), El Inquilino (Pacific Heights, 1990) y Ojo por Ojo (Eye for an Eye, 1996); aquí entregando una pequeña obra maestra del suspenso de arcanos institucionales que en primera instancia le quita todo el brillo a los adustos agentes encubiertos de antaño, en cierta medida hasta reemplazándolos por seres kafkianos y para colmo autoindulgentes o hedonistas al extremo, y en segundo lugar prefigura las políticas de vigilancia masiva informática mediante las nuevas -en realidad a veces sólo antiguas aggiornadas- tecnologías de la comunicación y el procesamiento de datos, esas que desde la década del 70 han estado eliminando al clásico agente de campo y sustituyéndolo por la posibilidad de observar, investigar, inculpar, controlar, amoldar y hasta destruir a seres y cosas a la distancia (basta con recordar cómo Rogers se regodea ante Boyce en lo que atañe al renovado poder de vigilancia del gobierno norteamericano gracias a los “bondades” de los satélites y la red de estaciones de la CIA en todo el maldito globo). A pesar de que Hutton está muy bien como el semi imperturbable Christopher, es Penn el que aporta la cuota necesaria de decadencia burguesa y remarca la perversión de aquellos ideales iniciales, luego cooptados por la lógica monetaria más burda.

 

Incluso desacralizando a todas las partes involucradas y poniendo en primer plano la estafa que se esconde detrás de cualquier pensamiento binario o simplemente maniqueo, la película no cae nunca en el cinismo tan típico de nuestros días porque en ningún momento se aparta del tono seco casi documentalista en cuanto a la exposición de los hechos ni renuncia a esa intención de fondo vinculada a señalar el comportamiento predatorio de los esbirros de la KGB y sobre todo de la misma CIA, entidad especializada en desarticular regímenes considerados opositores y/ o ahogar a gobiernos débiles que no siguen los lineamientos del engendro fascista de turno que ocupe la Casa Blanca. Las aventuras del diletante de la cetrería y su homólogo de los “polvitos blancos” son manejadas con mano firme por un Schlesinger que comprende que para retratar un episodio tan bizarro y a la vez representativo de las dinámicas detrás de un estrato tan caníbal y absurdo como el del espionaje, se debe encadenar los sucesos sin nunca descuidar a los personajes centrales colocando en el candelero a su contradictorio humanismo, ese que no tolera las injusticias de Occidente pero hace la vista gorda facilitándole el trabajo a un imperio ruso que también había dejado -y todavía dejaría- un cuantioso tendal de cadáveres a su paso, aunque por supuesto menor si lo pensamos en relación a las invasiones yanquis de aquí, allá y todas partes. La buena y escasa música incidental de Pat Metheny y Lyle Mays, más el temazo de cierre This Is Not America de los dos señores y el eterno David Bowie, son la frutilla de una torta extraordinaria que desnuda la farsa de los servicios de inteligencia y sus estrategias salvajes a la hora de alcanzar unas metas que a mediano plazo siempre quedan en la nada…

 

El Halcón y el Muñeco de Nieve (The Falcon and the Snowman, Reino Unido/ Estados Unidos/ México, 1985)

Dirección: John Schlesinger. Guión: Steven Zaillian. Elenco: Timothy Hutton, Sean Penn, Pat Hingle, David Suchet, Lori Singer, Jerry Hardin, Macon McCalman, Boris Lyoskin, George C. Grant, Michael Ironside. Producción: John Schlesinger y Gabriel Katzka. Duración: 131 minutos.

Puntaje: 9