Escuela Primaria (Obecná Skola)

La insolencia de crecer

Por Emiliano Fernández

Los retratos de la niñez han sido cuantiosos a lo largo de la historia del cine pero muy pocos han alcanzado el nivel de sensatez y picardía de la entrañable Escuela Primaria (Obecná Skola, 1991), ópera prima del realizador Jan Svěrák escrita por su padre Zdeněk Svěrák, sin duda una de las obras maestras del cine contemporáneo de Europa del Este y un opus central del período específico que va desde la Revolución de Terciopelo de 1989 y el colapso del régimen comunista hasta la división definitiva de Checoslovaquia de 1993 en República Checa y Eslovaquia. La película examina las implicancias de la metamorfosis de fondo y del cambio de modelo social -desde el esquema soviético hacia un capitalismo de alto desarrollo humano- mediante el viejo ardid retórico de centrarse en otra etapa de transformaciones profundas, en términos concretos los meses posteriores inmediatos al fin de la Segunda Guerra Mundial y previos a la victoria de aquel Partido Comunista de Checoslovaquia en las elecciones parlamentarias de 1946 y al Golpe de Estado de 1948; lo que significó el ascenso al poder del comunismo en una nación que se consideraba afín a Occidente y que entró en un estancamiento antidemocrático que duró hasta la Primavera de Praga de 1968 y las reformas radicales de Alexander Dubček con vistas a reducir el control burocrático sobre los ciudadanos, un experimento que asimismo pronto fue suprimido por la invasión armada de la mayoría de las fuerzas que suscribieron el Pacto de Varsovia, léase Polonia, Hungría, Bulgaria, la República Democrática Alemana y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, quienes restablecieron en el poder al comunismo más ortodoxo basándose en la llamada Doctrina Brézhnev de soberanía limitada o solidaridad socialista en materia de combatir a “enemigos internos” que pretendían reintroducir el capitalismo.

 

La propuesta cuenta con muchos personajes y por momentos se vuelca al retrato coral de un pueblito de los suburbios de Praga durante 1945 y 1946, no obstante a decir verdad dos son los protagonistas que movilizan un relato construido a través de viñetas tragicómicas que atesoran una buena dosis de costumbrismo y otra de un humanismo etéreo y gloriosamente contradictorio: por un lado tenemos a Eda Souček (Václav Jakoubek), un niño que cursa la escuela primaria junto a su mejor amigo Tonda (Radoslav Budác) y que tiene de padres a la Señora Součková (Libuše Šafránková), una ama de casa, y Fanous Souček (el propio Zdeněk Svěrák), un empleado de una planta eléctrica cercana encargado de encender el alumbrado público y de chequear la peligrosidad de los transformadores antes del comienzo de las eventuales reparaciones, y por otro lado está el inefable Igor Hnízdo (Jan Tříska), el nuevo maestro de los purretes en el colegio luego de que los susodichos -con el tremendo Rosenheim (Marek Endal) a la cabeza, un alumno más veterano que repitió de grado en numerosas ocasiones- volviesen literalmente loca a la profesora anterior, Maxová (Daniela Kolárová), obligándola a renunciar y provocando su reemplazo por un hombre que supo luchar en las filas de la resistencia antifascista durante la ocupación alemana entre 1939 y 1945. Así las cosas, el recién llegado impone un sistema de castigos físicos para controlar los constantes desbordes y faltas de respeto de los muchachos que incluye pegarles una vez en cada palma con una varita ante las infracciones y luego darse las manos con el maestro para que no se resienta esa amistad que siempre debería prevalecer en la relación docente/ alumno, lo que va acompañado de esporádicas clases de violín y de arengas muy sentidas en favor de la valentía, la verdad, las convicciones personales y el sutil orgullo nacional.

 

Los niños pasan de atacar sistemáticamente a las profesoras mujeres y mofarse del Director de la Escuela (Rudolf Hrušínský) a admirar e identificarse con Hnízdo, quien por cierto les narra anécdotas infladas sobre sus supuestos roles de paracaidista, partisano, prisionero político y comandante de un tren blindado y de a poco deja entrever sus dotes de mujeriego, sobre todo por el affaire con la esposa de un ferroviario (Irena Pavlásková), sus avances para con un par de gemelas adolescentes un tanto “regaladas”, Kveta (Iva Skudrnová) y Reza Fabianová (Miroslava Skudrnová), y hasta sus flirteos con la madre de Eda, la cual hace lo que puede para resistir los encantos del señor. El punto de inflexión de la trama es el despido de Igor por una denuncia de estupro por parte de la esposa del ferroviario, quien a puro despecho acusa a Hnízdo ante la madre de las gemelas (Alice Dvoráková) de haberlas dejado embarazadas, algo que demuestra ser una mentira y así se produce la salida del aula de la sustituta, la Señorita Plecita (Miroslava Plestilová), y el regreso de un Igor que deja atrás el castigo corporal porque a diferencia de los italianos que en democracia por miedo eligieron a un dictador, el execrable Benito Mussolini, el hombre del momento sí sabe balancear su costado dulce y su homólogo severo y comprende que el estado de temor infantil ha finalizado porque los chicos protegen, alaban, respetan y quieren mucho a su profesor. Entre los secundarios encontramos al hilarante padre de Tonda, el ludópata Cejka (Rudolf Hrusínský), una vecina de la Señora Součková adicta a los chismes necrológicos, Mlejniková (Tatana Puttová), y el matrimonio de la casa contigua al hogar de Tonda, compuesto por una mujer a la que nunca vemos y Plíha (Bolek Polívka), un hipocondríaco que ante cualquier pelea se viste de negro porque considera que pronto morirá de un infarto.

 

Resulta muy curioso el incomparable tono narrativo al que llega Jan Svěrák, debido a que el cineasta apela en simultáneo a las fábulas de crecimiento individual, a cierta ensoñación anárquica de la niñez, a las historias de entorno claustrofóbico bucólico, a los dramas de reconstrucción post bélica y a un realismo macro de lo más peculiar que consigue un equilibrio entre las lágrimas y las risas, convencido de que cada extremo no existiría sin el otro ya que ambos se retroalimentan e impiden el dominio perenne de una dimensión de la vida sobre la otra. En este sentido, todos los personajes exudan dosis casi iguales de astucia y torpeza porque son tan falibles como certeros en muchas de sus apreciaciones y actitudes, siempre poniendo en primer plano las travesuras de los niños y su deliciosa osadía vital (es ese fulgor de los pequeños el que admira Hnízdo y el que provoca las barrabasadas que sufren sus padres, como por ejemplo el hecho de robar los aros de un fakir -Rádži Tamil, interpretado por Petr Čepek- que se presenta en el colegio, el desarmar la bicicleta de Fanous, el llevar en un carrito por una ladera empinada al hermanito bebé de Eda, el armar un mortero con pólvora de proyectiles varios, el lamer las barandas de hierro congeladas de la institución educativa, el prender fuego unos fotogramas de celuloide para forzar la salida de Cejka de un bar o el subirse a un tren carguero sin saber siquiera hacia dónde se dirige) y esculpiendo con paciencia y cariño las paradojas de los adultos (el Director de la Escuela tiene buenas intenciones aunque al prohibirle cosas concretas a los mocosos sólo consigue incentivarlos a quebrar las reglas, Fanous no participó en la resistencia como el héroe de su hijo pero es un hombre afable, su esposa privilegia a su familia por sobre Igor y este último es un docente muy lúcido que no puede ni desea controlarse en lo que atañe a las mujeres).

 

Hilando fino en materia de los dos protagonistas excluyentes del relato, Eda carga el peso de tener el mismo nombre exacto de un hermano que murió antes de su nacimiento, un chico que desapareció del ámbito familiar a causa del tétanos luego de pisar un clavo e infectarse, lo que para colmo desencadenó un intento de suicidio de la Señora Součková vía la ingesta de pastillas para dormir, y Hnízdo viene a representar el ideal máximo de perfección masculina, uno en el que se combinan por un lado esas acritud y rigurosidad simbolizadas en su atuendo militar, su pistola y su férreo código de convivencia y por otro lado esas creatividad y dulzura que se dan cita en sus narraciones rimbombantes y las lecciones de música destinadas a los pequeños. La infancia del varón es pintada como una conjunción de algarabía, estupidez, audacia, delirio y desfachatez todo terreno, sin duda relegando al universo femenino a un “no lugar propio” dentro de la dialéctica retórica porque sólo vemos de las mujeres lo que los niños y adultos perciben de ellas, en especial su hermosura, su cautelosa distancia, sus berrinches y cierto enigma indescifrable que las recubre para contagiar de un manto sexy a todo lo expuesto. Retomando lo que decíamos al principio, las mismas secuencias de apertura y desenlace -la primera enmarcada en el juego y la imaginación de Tonda y Eda adentro de un tanque de combate y la segunda en el retiro del mismo por parte de una camioneta del ejército checoslovaco- apuntan a señalar el cierre del pasado bélico inmediato y la apertura del período socialista; un esquema que evita cargar las tintas alrededor de la pretendida “madurez” o “domesticación” de los nenes, ese gran fetiche del cine yanqui, para en cambio nivelar la existencia privada con el devenir colectivo de la nación, cuyas esperanzas están empardadas a las del querido Igor, suerte de mojón intermedio entre la Segunda Guerra Mundial y la influencia soviética y entre esta última y la apertura democrática de 1989 en adelante (de todas formas, en la conversación en el ómnibus entre él y Fanous se hace evidente que su interés no pasa por el partidismo político sino por el credo democrático a secas). Los dos Svěrák, padre e hijo, nunca más alcanzarían esta cima cualitativa, ni en la digna precuela Barefoot (Po Strnisti Bos, 2017) ni en la célebre y también recomendable Kolya, el Nombre de la Esperanza (Kolja, 1996), porque cada segundo de Escuela Primaria -y cada compás de la sublime banda sonora de Jiří Svoboda y cada fotograma concebido por el director de fotografía František A. Brabec- constituyen un monumento al arte de filmar desde la sinceridad absoluta y con el corazón en la boca y a la paradigmática insolencia de crecer y su reverso, el crecer con insolencia…

 

Escuela Primaria (Obecná Skola, Checoslovaquia, 1991)

Dirección: Jan Svěrák. Guión: Zdeněk Svěrák. Elenco: Jan Tříska, Václav Jakoubek, Radoslav Budác, Zdeněk Svěrák, Libuše Šafránková, Rudolf Hrušínský, Irena Pavlásková, Marek Endal, Daniela Kolárová, Rudolf Hrusínský. Producción: Anna Vásová. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 10