No cabe la menor duda de que Eli Roth es un entusiasta y un conocedor del cine de terror, el problema que arrastra el señor desde el comienzo de su carrera pasa por la mediocridad, de la que el díptico de su regreso a la dirección no es precisamente una excepción: tanto la presente The Green Inferno (2013), inspirada en Holocausto Caníbal (Cannibal Holocaust, 1980) de Ruggero Deodato, como El Lado Peligroso del Deseo (Knock Knock, 2015), remake de la delirante Juego Mortal (Death Game, 1977), se condicen con la pobreza que el norteamericano viene demostrando desde Fiebre en la Cabaña (Cabin Fever, 2002), aquel mamarracho con el que comenzó su derrotero. Las dos características principales de su producción, el fervor por el exploitation desideologizado y la presencia exacerbada de la estupidez de las estudiantinas ochentosas, alcanzarían su mejor forma en Hostel (2005) y su continuación del 2007, en cierto modo la cumbre de su devenir profesional hasta la fecha.
Alejado del porno de torturas que le dio fama internacional, y luego de años orientados a la actuación y otros menesteres, la vuelta a la silla del director lo encuentra escribiéndole una carta de amor a Deodato, a quien está dedicada la película de manera explícita, lo que a su vez nos reenvía a ese momento histórico específico en que los mondos (una andanada de seudo documentales sensacionalistas) mutan en esa fábula centrada en turistas despiadados que gustan de estimular la tendencia antropófaga de aborígenes de regiones inhóspitas (“inhóspitas” para el Primer Mundo, ya que la mayoría de los cannibal flicks transcurrían en el Amazonas). En The Green Inferno Roth transforma a los documentalistas de turno en militantes ecológicos, responsabiliza a una compañía maderera difusa de los atropellos que padecen los nativos y finalmente reemplaza con sus típicas sandeces a la postura nefasta del trabajo del italiano, redondeando una obra desganada y simplona, carente de todo impacto.
Pero profundicemos en la denuncia hipócrita de la hipocresía de los protagonistas -valga la redundancia- del opus de Deodato, estrategia que en la década del 80 se convertiría en la base procedimental del subgénero: así como Holocausto Caníbal ponía de manifiesto la doble moral de los medios de comunicación y la antropología/ arqueología, el mismo equipo a la cabeza del film cayó en cada uno de los “deslices” que supo señalar (hablamos del maltrato para con las tribus durante el rodaje, la simulación y/ o payasadas detrás de determinadas situaciones que la iban de “shockeantes”, y la inefable matanza de animales, un detalle innecesario que después se extendería al cine arty). Mal que pese, el convite fue revolucionario para su época, y pretender invocarlo con semejante torpeza y cobardía hasta resulta contraproducente, volcando a The Green Inferno hacia la autoparodia (basta con aclarar que la primera mitad del metraje funciona como un prólogo larguísimo y anodino).
Como si se tratase de uno de esos fanáticos del horror que conocen apenas un puñado de directores/ lugares comunes del rubro y que se llenan la boca con un cariño que no conlleva ningún análisis o reinterpretación según el prisma de nuestros días, Roth nos regala un rescate emotivo loable de por sí, no obstante el gesto se agota de inmediato y ni siquiera cae simpático, debido a que se percibe un automatismo muy marcado en cuanto al desarrollo. El realizador vuelve a llamar a la chilena Lorenza Izzo, como en El Lado Peligroso del Deseo, pero sinceramente la belleza de su esposa no se condice con el desempeño actoral de la veinteañera, como sucede con el resto del elenco. Otra recurrencia es la deficiente construcción del protagonista masculino: Alejandro (Ariel Levy), el profeta ambientalista que condena a los militantes a ser alimento de los aborígenes de la selva, es casi tan ridículo como el Evan Webber de Keanu Reeves, impostación vocal y “cero carisma” de por medio.
A diferencia de Rob Zombie, otro fundamentalista nostálgico del terror, Roth no sabe cómo transformar sus debilidades en fortalezas retóricas vía el naturalismo o la desproporción lisérgica. Mientras que hoy los grandes apellidos del género vienen de Europa (Alexandre Aja, Neil Marshall, Pascal Laugier), de la independencia estadounidense (Jeremy Saulnier, David Robert Mitchell, Bryan Bertino, Ti West, Mike Flanagan) o de la periferia (Jennifer Kent, Guillermo del Toro, la dupla Jemaine Clement/ Taika Waititi), algunos cineastas ya establecidos parecen predestinados a sufrir restricciones que los arriman a proyectos insípidos por encargo como El Lado Peligroso del Deseo u homenajes fallidos como The Green Inferno, en los que la literalidad y la falta de ideas novedosas se amalgaman para aburrir o promediar hacia abajo. Aquí el humor vacuo y la irresponsabilidad política son en simultáneo signos de los tiempos que corren y manierismos decadentes del propio Roth…
The Green Inferno (Estados Unidos/ Chile, 2013)
Dirección: Eli Roth. Guión: Eli Roth y Guillermo Amoedo. Elenco: Lorenza Izzo, Ariel Levy, Daryl Sabara, Kirby Bliss Blanton, Magda Apanowicz, Sky Ferreira, Nicolás Martínez, Aaron Burns, Ignacia Allamand, Ramón Llao. Producción: Eli Roth, Christopher Woodrow, Nicolás López, Molly Conners y Miguel Asensio. Duración: 100 minutos.