Justo cuando creíamos que el exploitation verdadero estaba muerto, ese que saca a relucir lo peor del apestoso ser humano y que se mofa de los palurdos que afirman que la quietud es el “estado natural” de nuestras sociedades, hoy nos encontramos con Landmine Goes Click (2015), una película con una fortaleza inusitada, como no veíamos en mucho tiempo. Este ejercicio en el campo de la brutalidad y el nihilismo combina parajes inhóspitos, improvisación, una dosis generosa de sadismo y un desarrollo marcado por el desasosiego y una tensión seca, siempre en ascenso. El film comienza con tres amigos norteamericanos paseando por los confines de Georgia, un pequeño país de la ex Unión Soviética: Chris (Sterling Knight) y una bella pareja conformada por Alicia (Spencer Locke) y Daniel (Dean Geyer). El pulso idílico/ entrañable se viene abajo cuando Chris pisa una mina antipersonal.
El asunto se torna aún más escabroso ya que Daniel se reconoce culpable del “percance” de su camarada, por un affaire del susodicho con Alicia, a quien a su vez le comenta -justo antes de irse- que una posible solución sería cavar una trinchera enfrente de Chris. Como si esto fuera poco, de repente llega Ilya (Kote Tolordava), un lugareño adepto a la crueldad y dispuesto a prestarles su handy para pedir ayuda a cambio de que Alicia se someta a juegos que involucran humillación y ultraje; mientras tanto Chris debe permanecer totalmente inmóvil, con su pie sobre la mina. Si bien la propuesta acusa influencias de obras maestras como Perros de Paja (Straw Dogs, 1971) y La Violencia Está en Nosotros (Deliverance, 1972), en realidad se acopla a la tradición salvaje de They Call Her One Eye (Thriller: En Grym Film, 1973), I Spit on Your Grave (1978) y House on the Edge of the Park (1980).
Desde ya que la venganza funciona como catalizador fundamental del relato, llegando al punto de dividirlo en dos de acuerdo a una extensa primera parte, en la que predominan el naturalismo y las tomas secuencias, y una coda centrada en los corolarios del periplo anterior y la transmutación difusa entre los roles de la víctima y el victimario. A diferencia de la formalmente similar Bound to Vengeance (2015), otra epopeya de revancha que también se abría camino a pura inconformidad, Landmine Goes Click tiene marcado a fuego el ADN de la clase B y/ o los márgenes disruptivos con respecto al mainstream, esos que ponen en primer plano el esfuerzo de producción involucrado a través de los desniveles en el acabado final (la contracara del esplendor de las escenas sin cortes es la desprolijidad de los clímax de acción, circunstancia que aun así le otorga un encanto especial a la obra).
Aquí el director Levan Bakhia supera ampliamente lo realizado en 247°F (2011), su ópera prima en conjunto con Beka Jguburia, y nos entrega un ejemplo actualizado de aquel cine desagradable que no pretendía contentar a cada estrato del público ni estaba craneado por los gerentes de marketing de los estudios o las productoras. Lejos de toda higiene procedimental y despertando el único morbo admisible, el que unifica la incorrección con un alto grado de anarquía y la sensación del “vale todo” social, la película explota los miedos del burguesito modelo turista, cosifica a las mujeres en tanto trofeos/ mecanismos de presión y aprovecha el imaginario general en torno a esa “barbarie” que caracteriza al morador del interior. Tanta potencia discursiva nos remite a las contradicciones de la moral desdibujada, redondeando un opus fulminante, que nadie quisiera ver una segunda vez…
Landmine Goes Click (Georgia, 2015)
Dirección: Levan Bakhia. Guión: Adrian Colussi. Elenco: Sterling Knight, Spencer Locke, Dean Geyer, Kote Tolordava, Giorgi Tsaava, Helen Nelson, Nana Kiknadze, Nika Apriashvili. Producción: Nika Apriashvili, Irakli Chikvaidze, Levan Kobakhidze, Adrian Colussi, Gato Scatena y Jordan Rosner. Duración: 104 minutos.