Ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes como Mejor Película en 1960, éxito de taquilla a nivel mundial e icono de su época, La Dolce Vita (1960) se transformó a lo largo de los años en una leyenda cinematográfica. En 1960, Federico Fellini ya era una celebridad, un director de culto con una carrera impecable, que había comenzado con Luces de Varieté (Luci del Varietà, 1950) y tenía en su haber éxitos como Los Inútiles (I Vitelloni, 1953), La Strada (1954), El Cuentero (Il Bidone, 1955) y Las Noches de Cabiria (Le Notti di Cabiria, 1957), cuando se estrenó el film coescrito junto a su colaborador habitual, Tullio Pinelli, y el prestigioso escritor italiano Ennio Flaiano. Brunello Rondi, otro colaborador de Fellini, también participó lateralmente del guión al desarrollar la idiosincrasia de Steiner (Alain Cuny), uno de los personajes secundarios. El film también está imbuido del espíritu del poeta y director italiano Pier Paolo Pasolini, que ayudó a Fellini con el desarrollo de algunas escenas que los guionistas no podían resolver, pero su participación fue a modo consultivo y quedó fuera de los créditos finales.
Marcello Mastronianni interpreta aquí a Marcello Rubini, un apuesto periodista de espectáculos y chismes que como todo reportero tiene pretensiones literarias insatisfechas, un libro inconcluso en proceso de escritura y una vida amorosa atareada y compleja. El protagonista lucha contra sí mismo a la vez que se entrega al placer y a la amistad y satisface sus deseos para encontrarse siempre en una nueva búsqueda que lo saque del marasmo cotidiano, en una operación imposible que siempre lo coloca en el mismo lugar de partida. Marcello es un testigo de una realidad ajena pero ambiciona ser protagonista de ella, hacer el amor con mujeres hermosas, ser el objeto de las miradas y de las cámaras, no obstante siempre debe conformarse con permanecer en un segundo plano. Con una amante aristocrática que juega con él y una novia que ansía casarse a pesar de saber que él ya no la ama, esta última siempre lo espera sin prestarle atención a la dialéctica del amor y el destrato del periodista. Marcello sale así todas las noches en la búsqueda de la noticia sensacionalista, de una mujer que lo seduzca y de los arcanos de la esquiva e imprevisible luminosidad romana.
En siete escenas, un prólogo, un intermezzo y un epílogo, La Dolce Vita expone mundos perfectos que se desmoronan, estrellas que disfrutan y sufren, y espectadores que nunca pueden convertirse en protagonistas. El film, que se desarrolla a lo largo de una semana en la vida de Rubini, cubre el conflicto interior de éste alrededor de su afán de superar su posición para convertirse en parte de la clase alta, ya sea a través del respeto o del éxito, la literatura o el mundo del espectáculo, la seriedad del artista que busca la palabra justa o la frivolidad del marketing, dos antagonismos siempre presentes en la vida de cualquier artista.
Encuentros con prostitutas en plazas públicas, milagros incomprobables, histeria popular alrededor de las imágenes religiosas, una mirada popular sobre el centro y los arrabales de Roma, los detalles de las tertulias intelectuales y los juegos aristocráticos, la vida sufrida del suburbio pobre, los claroscuros de las estrellas y la monumentalidad derruida de una Roma que siempre respira su pasado colosal son algunos de los ejes y los atractivos de uno de los films más importantes y deliciosamente indóciles de la historia del cine.
La ciudad de Roma refulge en La Dolce Vita en sus monumentos y calles vía el deambular de sus personajes. Sylvia (Anita Ekberg) pasea así con un gatito bebé en la cabeza hasta que se topa con La Fontana di Trevi, una de las obras artísticas al aire libre más importantes del mundo, que había sido restaurada recientemente y brillaba en todo su esplendor. La Vía Véneto, la Plaza Barberini, el Castillo Giustiniani-Odescalchi y la cúpula de la Basílica de San Pedro en el Vaticano son algunas de las locaciones que no fueron reconstruidas en los estudios de Cinecittà, también ubicados en Roma, donde se crearon parte de los decorados del film.
Al igual que casi toda la cinematografía de Fellini, La Dolce Vita es exuberante, esperpéntica, circense y desbordada en todos sus rasgos, un verdadero retrato existencialista de una época en ebullición que marcaba un período de desembarazo del neorrealismo italiano, un género que resaltaba el costumbrismo, que recuperaba la visión del hombre común y de los escenarios reales, destacando las contradicciones políticas y sociales que atravesaban a los protagonistas, para pasar a un cine más simbólico. Es precisamente en La Dolce Vita donde Fellini capta la antítesis entre una clase aristocrática en decadencia, una clase trabajadora en plena efervescencia, un crecimiento económico que parecía no tener límites, una clase media que creía en el ascenso social y un capitalismo en plena expansión en una ciudad donde a cada paso aguardaba una sorpresa. Completamente sumergida entre la sociedad del espectáculo y la industria cultural, La Dolce Vita realiza una viva impresión sobre el surgimiento del hedonismo en la ciudad de Roma como una forma de inserción en el mundo y de olvido del fascismo, un tratamiento sensual para lidiar con el trauma del pasado bélico viviendo solo para el presente, aspirando siempre a más, con un deseo siempre insatisfecho. Dejando atrás aquellos delirios de organización y grandeza imperial de antaño, Roma aquí acepta su carácter periférico abrazando la voluptuosidad del individualismo pero sin poder abandonar del todo la sensación de que algo muy profundo sigue pudriéndose en el fondo del pozo.
La Dolce Vita no solo logra actuaciones excelsas de parte de actores maravillosos como Marcello Mastroniani, Anita Ekberg, Anouk Aimée, Yvonne Furneaux, Alain Cuny, Annibale Ninchi y Magali Noël, sino que redondea también una fotografía muy precisa, bajo la dirección cinematográfica de Otello Martelli, un vestuario exquisito, responsabilidad de Piero Gherardi, y una música profusa y resonante compuesta por Nino Rota, eterno colaborador del cine de Fellini.
Con un comienzo y un final tan icónicos como simbólicos sobre la cultura popular italiana y su devenir histórico, La Dolce Vita ha calado férreamente en esta cultura masiva retratada tan cáusticamente. Ejemplo de esta influencia es la denominación de “Paparazzi” de los fotoperiodistas que persiguen a la farándula, figura que refiere al nombre de uno de los personajes del film, Paparazzo (Walter Santesso). Definida como obscena por la prensa vaticana, el film fue prohibido en varios países como España, donde recién se estrenaría veinte años después. Voluptuosa y sensual, La Dolce Vita se alimentó de esa censura acrecentando su leyenda de film bisagra y funcionando como punto de partida de una filmografía en la que todas estas características desbordarían aún más.
La Dolce Vita (Italia/ Francia, 1960)
Dirección: Federico Fellini. Guión: Federico Fellini, Ennio Flaiano, Tullio Pinelli y Brunello Rondi. Elenco: Marcello Mastroianni, Anita Ekberg, Anouk Aimée, Yvonne Furneaux, Magali Noël, Alain Cuny, Annibale Ninchi, Walter Santesso, Valeria Ciangottini, Riccardo Garrone. Producción: Giuseppe Amato y Angelo Rizzoli. Duración: 174 minutos.