Estados Alterados (Altered States)

Espiral de regresiones

Por Emiliano Fernández

Se podría decir que la incendiaria Estados Alterados (Altered States, 1980), además de ser una de las epopeyas más originales de la historia de la ciencia ficción y una película de culto por antonomasia que nos invita a no buscarle demasiadas explicaciones a lo que sucede en pantalla y sólo dejarnos llevar por la maravillosa narración, constituye también uno de los pocos casos de un film exitoso que consiguió superar el enfrentamiento campal entre las dos principales fuerzas creativas involucradas, hablamos del director británico Ken Russell y el guionista norteamericano Paddy Chayefsky: al primero, un artista conocido por su estilo estrambótico y despampanante a nivel visual y conceptual, le parecían demasiado taciturnos, impostados y declamatorios los diálogos que había escrito el segundo, en esencia pretendiendo ser tomado en serio desde un rigor científico que poco tenía que ver con la versión exuberante del séptimo arte que el genial Russell tenía en su cabeza, sin duda vinculada a la fastuosidad, el barroquismo y la sensualidad freak y melancólica de Federico Fellini. Desde el vamos ya se sabía que el responsable de las historias de las recordadas Marty (1955), Banquete de Bodas (The Catered Affair, 1956), Nunca Comprarás mi Amor (The Americanization of Emily, 1964), Hospital (The Hospital, 1971) y Poder que Mata (Network, 1976) era muy proclive a inmiscuirse en la producción de todas las películas basadas en sus guiones, lo que por supuesto generó un sinfín de conflictos con el realizador que tomaron la forma de pequeños intentos de sabotaje diario y así el asunto se resolvió con Chayefsky siendo expulsado del set de filmación por el inglés, quien para colmo tenía encima el acuciante estrés de estar rodando su debut en el mega sistema hollywoodense de estudios al servicio de la casi siempre complicada Warner Bros., nada más y nada menos.

 

La trama se centra en un psicopatólogo, Eddie Jessup (William Hurt), que se dedica a la docencia, estudia formalmente la esquizofrenia y gusta de sumergirse en tanques de aislamiento/ flotación con vistas a generar un estado de privación sensorial que movilice distintos tipos de alucinaciones vía un trance que permita analizar los diversos planos de la conciencia humana, todo con un objetivo manifiesto homologado a tratar de descubrir una verdad primordial semi mística/ religiosa/ abstracta que asimismo funciona como un pivote para la memoria genética inmortal de la especie y para esa energía aglutinada tanto por la carne como por el acervo psicológico de los hombres y las mujeres. Siempre obsesionado con el “yo prehistórico” y cargando un fetiche con lo constante que guardaría los secretos del saber absoluto que no admite reduccionismos, planteo que por cierto deriva en que no le preste demasiada atención a los otros mortales que tiene a su alrededor a nivel cotidiano, Eddie conoce en Nueva York a una joven antropóloga llamada Emily (Blair Brown) y ambos se casan y eventualmente se mudan a Boston, pero la felicidad conyugal no dura mucho porque luego de siete años y dos hijas el hombre pretende el divorcio por considerar que la vida en pareja y las responsabilidades concernientes a las niñas están coartando el desarrollo de su carrera e investigaciones. Ya con la soledad recuperada y sin resignarse a la mediocridad del ámbito educativo, el protagonista ve la oportunidad de retomar sus experimentos con los tanques de agua -pero ahora potenciados- cuando entra en contacto con un tal Echeverría (Thaao Penghlis) que lo acompaña a México para formar parte de una ceremonia de una tribu indígena, aparentemente basada en la ingesta de hongos como el amanita muscaria dentro de un brebaje que a su vez se asemeja en general a la Ayahuasca.

 

A partir de este punto la película nos presenta una espiral de regresiones que se condicen con los sucesivos trances que Jessup experimenta -a veces en soledad, en otras ocasiones asistido por sus colegas investigadores Arthur Rosenberg (Bob Balaban) y Mason Parrish (Charles Haid)- en torno al consumo del mejunje alucinógeno indígena, del cual se trajo para Estados Unidos medio frasco para ser utilizado en combinación con un tanque de aislamiento que el trío halla en los subsuelos de la Universidad de Boston. En el primer ensayo Eddie sale del líquido con sangre en su boca, sin poder articular palabra y con una sutil transformación corporal que lo emparenta a los gorilas, en el segundo explícitamente se transforma en un hombre primitivo de las cavernas (Miguel Godreau) que golpea a un sereno y un guardia de seguridad, escapa del lugar y termina matando y devorando a una cabra salvaje en el zoológico, y en el tercer experimento -ya incluso con la presencia de Emily- Jessup se convierte en una masa amorfa de características primordiales y protoconscientes que destila un enorme volumen de energía y no sólo destruye el tanque y todo el tendido de caños y tuberías del edificio sino que además desencadena la aparición de un remolino acuoso/ gaseoso, donde segundos antes de la desaparición del protagonista en un estado previda -o quizás en otro plano de la realidad- su ex lo rescata ofreciéndole sus manos, algo querible de lo que asirse para regresar al mundo de los bípedos. Ahora bien, retomando lo que decíamos anteriormente sobre la disputa encarnizada entre el director y el guionista, el mecanismo que utilizó Russell para tomar posesión de la propuesta fue doble: por un lado relativizó/ desvirtuó los diálogos y situaciones cerebrales de Chayefsky, esos que asimismo estaban inspirados en las minucias del ecosistema académico contracultural de los 60 y 70 y en los experimentos de privación sensorial de John C. Lilly en particular, haciendo que los actores reciten sus líneas susurrando o gritando o bebiendo o comiendo o en plan anímico inquieto, y por otro lado impregnó a las secuencias psicodélicas de su extraordinaria imaginería marca registrada de talante católico, sexual e irreverente a más no poder, enfatizando sin cesar el quiebre del bloqueo en materia de visiones cristianas que padecía Eddie desde que a los 16 años vio morir de cáncer a su padre, con los mágicos hongos del brebaje importado más el tanque como catalizadores excluyentes de la vuelta a full de la artillería onírica/ ancestral/ especulativa/ erótica/ desquiciada y de las mismas mutaciones esporádicas de una carne que parece pedir a gritos un regreso al estado semi instintivo de esos primates inteligentes que de a poco comenzaron a caminar erguidos. La soberbia científica y su vocación por medirlo y cuantificarlo todo aquí encuentran su contrapeso en un cerebro enigmático que abre sus puertas a la anarquía más pura dando a entender que más allá de la eventual catarata de electrodos y ventosas que recubran la piel, en realidad sólo después de muertos podremos confirmar o refutar nuestros prejuicios sobre la existencia de otros campos de raciocinio que hoy por hoy se nos escapan por completo.

 

En este sentido, al sustrato fascinante de la involución en pos de una verdad que termina licuándose cuando Jessup en los minutos finales le comenta a Emily que estaba equivocado porque no existe nada más allá de esta vida transitoria prosaica, se suma el trasfondo vanguardista de las escenas que retratan esos “viajes” regresivos continuos hacia un inicio vitalista homologado a la presencia del ser en medio del vacío de la noche más oscura; secuencias que utilizan en simultáneo una edición pesadillesca y muy veloz por un lado, que luego sería rapiñada hasta el infinito por la publicidad y los videoclips, y las primeras versiones del CGI por el otro, también encarado desde una concepción prodigiosa en donde el horizonte está dado por la integridad y el desparpajo de la creación artística y no por un parque de diversiones autocontenido digno de palurdos sin curiosidad o imaginación propia. Muy lejos de la tendencia a sobreexplicar de nuestros días y la triste obsesión con el artificio visual por el artificio visual en sí, Estados Alterados es una de esas pocas realizaciones en las que predomina la inventiva de principio a fin y una paciencia retórica que nos presenta con cuidado a los personajes para que cuando lleguemos al núcleo de la trama -ya entrado generosamente el metraje- los conozcamos en serio, nos interese su suerte y hasta comprendamos en un cien por ciento las implicancias del desenlace, cuando estando juntos el protagonista y Emily en su hogar retornan las metamorfosis compulsivas tendientes al caos, él “contagia” a la mujer al tocarse las manos de ambos y finalmente la voluntad de Eddie de salvar al amor de su vida lo lleva a recuperar el control genético de su cuerpo y restituir la normalidad, una que antes despreciaba y ahora es sinónimo de un tesoro a proteger (encima momentos antes de semejante escena, claramente una de las más impresionantes e influyentes de todo el enclave de la ciencia ficción y el terror planetarios, el hombre llegó a fantasear con un suicidio muy próximo debido a lo que juzgaba como su imposibilidad de luchar contra una fuerza creadora/ destructora de cadencia ontológica orientada a devorarlo de manera progresiva). El gran desempeño del debutante Hurt y del resto del elenco, la apasionante banda sonora de John Corigliano y esa eterna algarabía inconformista de Russell, aquí algo distanciado de sus biopics musicales pero coqueteando con la iconografía tenebrosa de las futuras Gothic (1986) y La Guarida del Gusano Blanco (The Lair of the White Worm, 1988), ponen en primer plano todo lo que se puede lograr cuando se construye un relato coherente aunque al mismo tiempo con la capacidad de desviarse a través de gloriosos instantes de un lirismo existencialista en éxtasis a lo 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), como el trance en México con las esculturas humanas desvaneciéndose con el viento o la escena del vórtice centrípeto durante la última sesión alucinógena tracción a claustrofobia, en la que ella lo rescata a él, y su continuación, en la que él le devuelve la gentileza cual dulce reciprocidad amatoria que pondera la solidaridad en la pareja, en la amistad diaria y en todas las relaciones humanas…

 

Estados Alterados (Altered States, Estados Unidos, 1980)

Dirección: Ken Russell. Guión: Paddy Chayefsky. Elenco: William Hurt, Blair Brown, Bob Balaban, Charles Haid, Thaao Penghlis, Miguel Godreau, Dori Brenner, Peter Brandon, Charles White-Eagle, Drew Barrymore. Producción: Howard Gottfried. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 10