Arlequín (Harlequin, 1980) desde su mismo título nos habla de las mascaradas sociales y ese doble sentido que encontramos en prácticamente todos los vínculos humanos, haciendo referencia de manera específica a uno de los personajes más famosos de la Commedia dell’Arte, aquel teatro popular italiano desarrollado entre los Siglos XVI y XIX que incluía historias románticas, míticas o aventureras tradicionales, farsas de ocasión, elementos carnavalescos, juglares, acróbatas, mimos, malabaristas y ese bufón de talante pícaro que hoy pasa a protagonizar el relato a nivel conceptual: de hecho, el arlequín era una especie de criado -dentro de estas representaciones más o menos caóticas e improvisadas- cuya astucia le permitía tener siempre una agenda propia y no acatar de modo ciego las órdenes de su amo o amos, muchas veces cumpliendo incluso la función de un “entremés” cómico para lo que luego sería -o antes fue- el argumento concreto de la obra (como bien se aclara en la misma película, en estos casos el arlequín sólo era visible para el público porque su acto ocurría a espaldas de la trama principal y del fluir ciclotímico de los personajes que le daban sentido). A mitad de camino entre la fantasía y el thriller decididamente político, el film retoma esta parábola sobre la capacidad de la ilusión para torcer la voluntad de los sujetos y reordenar su flujo perceptivo y la canaliza en una historia que transcurre en aquel presente de comienzos de la década del 80 aunque recuperando casi al pie de la letra el devenir final de la Dinastía Románov, con el derrotero de Grigori Yefímovich Rasputín (1869-1916) y del último zar de Rusia, Nicolás II (1868-1918), como insólito eje tácito de un relato que jamás aclara en qué país anglosajón transcurre, si Australia o Estados Unidos.
Justo en el momento en que el Senador Nick Rast (David Hemmings) se convierte en el principal candidato a reemplazar al Vicegobernador Eli Steele (Jack Ferrari), quien desapareció misteriosamente durante una sesión de buceo a pesar de estar fuertemente custodiado, Gregory Wolfe (Robert Powell) entra en la vida de la familia del político bajo la excusa de sanar al pequeño hijo con leucemia del hombre, Alex (Mark Spain), un niño que atraviesa las últimas fases de la enfermedad, ya sin pelo, en una silla de ruedas y con hemorragias por las drogas. De inmediato la enigmática presencia de Wolfe, el cual se aparece de la nada en la mansión de turno, genera una gran mejoría en el purrete y por ello gana la simpatía de la esposa de Rast, Sandra (Carmen Duncan), la hija de un embajador que sucumbió a una relación sin amor y pautada en las altas esferas de la política sólo por conveniencia. Mientras Nick se entretiene con su amante, una asistente de prensa llamada Zoe Cayce (Mary Simpson), y se hace cada vez más evidente que el susodicho es un títere de un tal Doc Wheelan (Broderick Crawford), quien parece controlar no sólo su suerte sino también la del Gobernador Connors, quien se encuentra internado en grave estado en un hospital por una condición sin especificar, Gregory comienza una relación cada vez más cercana con Sandra, se transforma en un amigo inseparable de Alex y despierta una catarata de celos y rumores por su influencia en una parentela que parece destinada a controlar la nación, señor al que eventualmente el círculo de Wheelan tacha de “infiltrado y charlatán” tracción a hipnosis, prestidigitación y diversos trucos de magia muy elaborada, amén de levitación y ademanes mentales, terapéuticos, telequinéticos y de manipulación de fuego.
Así como Wolfe representa a Rasputín en el entramado retórico y Rast a Nicolás II, Sandra hace lo propio con respecto a Alejandra Fiódorovna Románova (1872-1918), la emperatriz consorte del zar, y Alex hace las veces de Alekséi Nikoláyevich Románov (1904-1918), el zarévich/ heredero al trono por ser el primogénito del monarca, un joven que padecía de hemofilia y que fue arrestado junto a su familia luego de la Revolución de Febrero de 1917 y finalmente asesinado por los bolcheviques el 17 de julio de 1918 ya bajo la coyuntura de la incipiente Rusia soviética. Si bien a Arlequín se la suele englobar dentro del ozploitation de las décadas del 70 y 80, aquel movimiento cinematográfico vertiginoso de Australia del que surgieron una enorme cantidad de profesionales de primer nivel, a decir verdad la película resulta bastante más compleja y freak de lo que era el promedio de films de su tiempo: dirigida por el heterogéneo Simon Wincer, el cual por esos años comenzaría el mejor período de su carrera de la mano de propuestas como Phar Lap (1983), D.A.R.Y.L. (1985), Jinetes de Leyenda (The Lighthorsemen, 1987) y Con Todas las de la Ley (Quigley Down Under, 1990), y escrita por el prodigioso Everett De Roche, sin duda la figura central del ozploitation gracias a clásicos primigenios como Patrick (1978), Largo Fin de Semana (Long Weekend, 1978), Juegos de Carretera (Roadgames, 1981), Razorback (1984), Fortress (1985) y Link (1986), la realización desarma con inteligencia las miserias de la administración estatal, denuncia las mafias que actúan bajo su ala y hasta hace un uso muy interesante de la imaginería cristiana bajo la forma del carácter mesiánico de Wolfe y de esos retratos espontáneos de su semblante que aparecen en el piso de la cocina de los Rast.
La intervención de Hemmings, ya algo lejos de Blowup (1966) y Rojo Profundo (Profondo Rosso, 1975), está muy bien pero es Powell la presencia magnética de turno, otro británico que venía acumulando fama vía trabajos muy particulares como Asylum (1972), The Asphyx (1972), Mahler (1974), Tommy (1975), la miniserie Jesús de Nazareth (Jesus of Nazareth, 1977), Más allá del Bien y del Mal (Al di là del Bene e del Male, 1977) y Los 39 Escalones (The 39 Steps, 1978); un hombre que calza perfecto en la vocación de fondo de analizar desde lo semi metafísico temáticas siempre candentes como la desintegración familiar, la facilidad con la que se “inventan” los estadistas, el carisma real versus las payasadas marketineras/ autoritarias políticas, el vigor de la sugestión y su erotismo, la importancia de la perspectiva a futuro en el Estado, la hechicería como fascinación reparadora, la mugre homicida de los servicios de inteligencia, la manipulación en los ámbitos doméstico y profesional, los gobiernos en tanto sinónimos de un nido de víboras maquiavélicas, el esquema aristocrático/ nepotista del capitalismo gerencial moderno y finalmente la muerte como una potencia latente. A pesar de que el legendario desenlace de Rasputín aquí está aligerado significativamente, aquel que incluyó veneno, balas, golpes y hasta ahogamiento, las sucesivas metamorfosis de Wolfe a nivel de su vestimenta y los diferentes personajes/ facetas que interpreta según quien tiene delante ponen en cuestión desde la sutileza y el detallismo la pantomima del poder y el trasfondo caprichoso y “a dedo” que la motiva, señalando que el catalizador de todo puede ser la magia de un monje loco o las cortinas de humo y la fabricación de liderazgos cortesía de psicópatas en las sombras como Wheelan…
Arlequín (Harlequin, Australia, 1980)
Dirección: Simon Wincer. Guión: Everett De Roche. Elenco: Robert Powell, David Hemmings, Carmen Duncan, Broderick Crawford, Mark Spain, Gus Mercurio, Alan Cassell, Mary Simpson, Alyson Best, Jack Ferrari. Producción: Antony I. Ginnane. Duración: 95 minutos.