Whistle Down the Wind

Milagros que no son

Por Emiliano Fernández

Películas sobre distintas clases de malentendidos hay muchas pero Whistle Down the Wind (1961) es un caso aparte, quizás el exponente más interesante de la historia del cine sobre un pequeño equívoco que habilita múltiples interpretaciones según las perspectivas de los involucrados: el recordado debut como director de Bryan Forbes se basa en una premisa en apariencia muy simple, léase el descubrimiento de un extraño por parte de tres niños y la idea de éstos de que el susodicho es una reencarnación de Jesucristo, para pronto llevar todo el asunto hacia el terreno de las alegorías dramáticas que analizan la distancia para con el ecosistema de los adultos, la crisis de la religión organizada, la banalidad pragmática y mitómana del mundo moderno, la curiosidad intrínseca de la niñez y la destrucción del mito de la pureza del campo como enclave alejado de las miserias del acervo metropolitano, ese terreno bucólico sede del relato en el que la yuxtaposición de la sutil ingenuidad de los purretes -y su ansia de afecto y conocimiento- y las pocas respuestas en verdad sabias que pueden extraer de los mayores provoca una inestabilidad crónica existencial que derivará a futuro en frustración, angustia y desconfianza hacia los semejantes que nos rodean a diario.

 

El film de Forbes, un legendario actor que paulatinamente se volcó a la dirección y a la escritura de guiones, está basado en la novela homónima de 1959 de Mary Hayley Bell, ahora adaptada con gran perspicacia por Keith Waterhouse y Willis Hall: la adolescente Kathy (Hayley Mills), hija mayor del Señor Bostock (Bernard Lee) y sobrina de la Tía Dorothy (Elsie Wagstaff), los dos adultos con quienes vive, es la que halla a un hombre malherido (uno de los primeros trabajos del siempre maravilloso Alan Bates) en el granero de la familia, lo que luego comunica a la hermana del medio, Nan (Diane Holgate), y rápidamente termina siendo descubierto por el nene más pequeño del clan, Charles (Alan Barnes). Los mocosos están bajo el halo de diferentes figuras religiosas del pueblito donde viven que los bombardean con mensajes sobre la importancia de Jesús, como por ejemplo el sacerdote del lugar (Hamilton Dyce), una maestra dominical de catecismo (Diane Clare) y hasta una chica del Ejército de Salvación (Patricia Heneghan), detalle que provoca que cuando Kathy le pregunte al extraño quién es exactamente, se tome de manera algo mucho literal lo que sale de la boca del señor, “Jesucristo”, justo antes de desvanecerse de golpe.

 

La trama, de todos modos, ofrece asimismo una explicación más concreta para el equívoco central que tiene que ver por un lado con la costumbre del empleado del Señor Bostock, el mamarrachesco Eddie (Norman Bird), de arrojar gatitos vivos en una bolsa a un arroyo para que se ahoguen y por el otro lado con la decisión de los purretes de salvarlos de la muerte, con la consiguiente obsesión de Charles de encontrarle un hogar a uno de los felinos porque su padre les prohíbe quedárselos como mascotas y el apático/ sádico de Eddie no hace nada tampoco para esterilizar a la gata reproductora de la granja familiar. Como la mujer del Ejército de Salvación le dijo al muchacho que Cristo se encargará del minino, su hermana a posteriori lo contradice afirmando que eso es una pavada absoluta ya que Jesús está muerto, haciendo que sus hermanos le den una reprimenda -precisamente- bajo la forma de una advertencia acerca de la segunda llegada del supuesto salvador. Kathy se toma muy a pecho su “deuda” tácita con el hombre, quien eventualmente sabemos que se llama Arthur Alan Blakey y está siendo buscado por la policía por el asesinato de una mujer, y lo protege de los adultos, lo alimenta y hasta colabora para que se cure la generosa herida en su pierna.

 

A contrapelo de lo que cualquier otra película haría desde la década del 70 en adelante, eso de acentuar el suspenso o invocar los engranajes del thriller clásico símil film noir, Whistle Down the Wind opta en cambio por mantener la dicotomía de base -el secreto tambaleante de los niños frente a la paranoia peligrosa de los adultos- sin recurrir a truculencias o al hipotético carácter pérfido o violento del fugitivo, en esencia debido a que el personaje de Bates toma conocimiento del malentendido y en vez de transformarse en una bestia maquiavélica que aprovecha al máximo el asunto, simplemente decide quedarse callado y tratar de recuperarse cuanto antes porque el tremendo Charles le contó de la presencia de Jesús en su casa a un amigo, Jackie (Roy Holder), y éste a su vez desperdigó el rumor entre los chicos y chicas de la bella comarca, al punto de que todos suelen peregrinar para ver al hombre en cuestión. De hecho, así como Blakey baja la guardia con los niños sus pares adultos de la aldea no aflojan con la suspicacia ni por un segundo, ya sea que pensemos en el Señor Bostock y la Tía Dorothy, dos taciturnos consumados, o en el mismo cura, a quien sólo le interesa que se capture a los responsables de unos actos de vandalismo en su iglesia.

 

Más allá de la resonancia cristiana de los purretes cual discípulos devotos, esa revelación de la existencia del fugitivo a Bostock durante el cumpleaños de Charles semejante a La Última Cena y la disposición corporal de Blakey del desenlace, cuando siendo cacheado por los oficiales sus brazos extendidos aluden a la mismísima crucifixión, la propuesta examina el sustrato cuestionador de la infancia y la adolescencia a través de una escala que va desde el fundamentalismo para con las propias creencias (Kathy), pasa por el trasfondo influenciable/ cambiante estándar (Nan), y finalmente termina en las desilusiones cercanas al cinismo actual (Charles, quien se cuestiona la identidad del hombre cuando descubre que no hizo nada para evitar la muerte de su gatito, a quien había llamado Araña y había dejado a su cuidado sin entender que el señor tenía otras “prioridades” y no estaba en condiciones de andar velando por el pobre animal). El genial trabajo del elenco, sustentado sobre todo en la gesticulación de los actores y la economía verbal, corre de la mano de una indagación muy sensata en torno a la fe y el significado del respeto, el amor y la caridad, tres pilares del protocristianismo que terminaron sepultados en la vorágine ególatra de la modernidad.

 

Forbes más adelante encararía otras cuantas obras estupendas, como por ejemplo The L-Shaped Room (1962), Seance on a Wet Afternoon (1964), King Rat (1965), The Wrong Box (1966), The Whisperers (1967), The Raging Moon (1971), The Stepford Wives (1975) y The Slipper and the Rose: The Story of Cinderella (1976), no obstante ya prontamente perdería el glorioso minimalismo expresivo de Whistle Down the Wind y parte de la complejidad de una mirada alternativa en relación a la sociedad, aquí escudriñada mediante los ojos de unos jovencitos que no sólo identifican al mundo de los adultos en tanto fuente inagotable de autoengaños, comportamientos compulsivos y estupideces varias, sino también como un gran diletante de una vigilancia que asfixia/ limita a los niños de por sí y a su búsqueda incesante de alegría y verdad. Los milagros que no son y los requerimientos automáticos hacia una autoridad celeste aquí se empardan con un paganismo improvisado infantil que suple las falencias del acervo comunal, familiar e individual, al tiempo que contrapone el cariño y la solidaridad con la crueldad más ciega de las autoridades y la tiranía cotidiana de padres reales o adoptivos que nunca saben del todo cómo “leer” o criar a sus vástagos…

 

Whistle Down the Wind (Reino Unido, 1961)

Dirección: Bryan Forbes. Guión: Keith Waterhouse y Willis Hall. Elenco: Alan Bates, Hayley Mills, Diane Holgate, Alan Barnes, Bernard Lee, Norman Bird, Elsie Wagstaff, Hamilton Dyce, Diane Clare, Patricia Heneghan. Producción: Richard Attenborough. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 9