Resulta muy difícil afirmar que cualquier adaptación de algún trabajo de H.P. Lovecraft es “definitiva” porque el legendario escritor norteamericano fue un diletante fanático de la descripción meticulosa por sobre las tramas tradicionales, por un lado, y de los horrores y misterios ancestrales que no se condicen precisamente con nuestro mundo circundante y sus parámetros estándar en lo que atañe a materia y tiempo, por el otro, sin embargo El Color que Cayó del Cielo (Color Out of Space, 2019) es lo más cerca que hemos estado en mucho tiempo de toparnos con una traslación cinematográfica en verdad prodigiosa del relato corto homónimo de 1927, uno de los pivotes fundamentales del siempre fascinante universo literario de Lovecraft. En esencia hablamos del demoradísimo regreso a la dirección del sudafricano Richard Stanley, realizador y guionista de culto por antonomasia, luego de haber sido reemplazado por John Frankenheimer en ocasión de la hiper problemática La Isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, 1996), lo que frustró hasta hoy la promesa artística incipiente de aquellas Hardware (1990) y Demonio del Polvo (Dust Devil, 1992), sin duda dos neoclásicos de la fantasía apocalíptica de fines del Siglo XX: aquí el señor combina su misticismo de cadencia lírica marca registrada, una buena tanda de body horror de vieja escuela, detalles de comedia negra desaforada, algo de CGI de una ampulosidad psicodélica maravillosa, chispazos de abuso doméstico solapado y un gran trabajo de parte del elenco en función de una historia minimalista aunque intensa y ambiciosa, por supuesto destacándose lo hecho por un Nicolas Cage que se sumerge sin culpa alguna en otra de sus queridas sobreactuaciones a pura exageración y delirio histriónico corporal/ gestual/ verbal.
Como en la obra original, la narración respeta el punto de vista de un profesional que está realizando un estudio en las afueras de Arkham, en Massachusetts, en esta oportunidad el joven hidrólogo Ward Phillips (Elliot Knight) que trabaja para una compañía del rubro, y se concentra en el accidentado devenir de la familia Gardner, unos lugareños que padecen en carne propia la influencia ponzoñosa de la caída de un meteorito en su propiedad: la parentela está compuesta por el patriarca Nathan (Cage), un hombre que viene de heredar la casona y granja de su padre y está obsesionado con criar alpacas por su leche y carne, su esposa Theresa (Joely Richardson), una agente bursátil, y los tres hijos del matrimonio, léase Lavinia (Madeleine Arthur), una adolescente de inclinaciones góticas e interesada en lo oculto, y sus dos hermanos, el púber Benny (Brendan Meyer) y el nene pequeño Jack (Julian Hilliard). El meteorito en cuestión cae de improviso y no sólo afecta al clan Gardner sino también a su único vecino, Ezra (Tommy Chong), un ermitaño veterano, bizarro y hippón que deduce rápidamente lo que ocurre antes de que lleguen los primeros corolarios, como por ejemplo el comportamiento extraño de celulares, vehículos, diversos aparatos eléctricos, las alpacas, el perro de la familia -Sam- y las propias personas, empezando por episodios de ensimismamiento, siguiendo con una generosa dosis de angustia y terminando en una enajenación que se condice con el doble hecho de Theresa rebanándose dos dedos al cortar zanahoria en la cocina y la rauda desaparición del can bajo la mirada de Jack, quien comprende que el pozo de agua/ aljibe del hogar familiar se ha transformado en el lugar elegido por una entidad alienígena bien difusa que asimila todo lo que encuentra a su paso.
Stanley, que escribió el ingenioso guión junto a Scarlett Amaris, complementa lo creado por Lovecraft desde su propia idiosincrasia tendiente a explorar los arcanos de la naturaleza y la existencia humana desde la algarabía de una clase B capaz de pasar de la poesía visual extasiada al gore de transformaciones símil La Mosca (The Fly, 1986) y El Enigma de Otro Mundo (The Thing, 1982), como si todo se tratase de una amalgama entre Aniquilación (Annihilation, 2018) y Mandy (2018). En términos prácticos los dos primeros tercios del metraje toman la forma de una introducción -empardada al suspenso y el desarrollo de personajes- para el acto final, esa verdadera catarata de inconformismo fluorescente y muy apasionante que se inicia con la escalada psicótica de Nathan a lo Jack Torrance (Jack Nicholson) de El Resplandor (The Shining, 1980), a quien le surgen unas costras escamosas en sus brazos luego de descubrir que los tomates mutados de la granja son incomibles a pesar de su gran tamaño, con el sanguinario ritual que Lavinia lleva adelante amparada en el Necronomicón, el mítico grimorio del “árabe loco” Abdul Alhazred, y con la siniestra unión entre los cuerpos de Theresa y Jack producto de un halo púrpura de energía que sale de las pobres alpacas, las cuales también se convierten en un único y confuso ser de una monstruosidad indescriptible que el enloquecido patriarca “cura” a través de disparos de escopeta. El asunto para colmo incorpora subtramas como el cáncer que padece Theresa, el acercamiento romántico tácito entre Lavinia y Ward y la misma propensión al maltrato por parte de Nathan, quien tiene de “objetivo predilecto” a su hija adolescente una vez que la fuerza extraterrestre despliega al máximo su poder sobre la psiquis abatida de los Gardner.
El sudafricano aquí encuentra aliados de peso en las figuras de Colin Stetson, el encargado de la excelente banda sonora, Steve Annis, el imaginativo director de fotografía, Katie Byron y Sérgio Costa, los geniales responsables del diseño de producción y la dirección de arte respectivamente, y todo el voluminoso equipo creador de los pesadillescos efectos especiales, tanto los materiales basados en animatronics como los digitales sustentados en relámpagos, fulguraciones varias y remolinos cósmicos que dejan su marca indeleble en los mortales que caen bajo su marco de influencia. Retomando en partes iguales el trasfondo lisérgico tenebroso de películas tan distintas como The Neon Demon (2016) y Conjuros del Más Allá (The Void, 2016) y la potencia retórica de epopeyas fundamentales del acervo lovecraftiano propiamente dicho como El Resucitado (The Resurrected, 1991), de Dan O’Bannon, y la extraordinaria pentalogía de adaptaciones del enorme Stuart Gordon a partir de trabajos del escritor, aquella compuesta por Re-Animator (1985), From Beyond (1986), Castle Freak (1995), Dagon (2001) y Dreams in the Witch-House (2005), esta última perteneciente a la serie televisiva Masters of Horror, Stanley invoca las metáforas freaks mundanas símil Alejandro Jodorowsky de Hardware y Demonio del Polvo y le saca todo el jugo posible no sólo a ese Cage neurótico todo terreno, al que por cierto le solicitó que tome de “horizonte interpretativo” a lo hecho por él mismo en la deliciosamente delirante El Beso del Vampiro (Vampire’s Kiss, 1988), sino también a una Madeleine Arthur que funciona en pantalla como una presencia en verdad magnética, una chica muy hermosa y talentosa que aquí tiene la primera oportunidad real de lucirse como es debido. El Color que Cayó del Cielo entiende a la perfección las opciones fatalistas del horror intolerante y ultra misántropo de Lovecraft, la muerte o la demencia más rotunda, y nos regala un periplo deslumbrante en donde la falta de raciocinio de la fuerza ejecutora abstracta constituye en simultáneo el núcleo mismo del espanto y la razón de ser de un contagio inmisericorde que restringe, controla o erradica a la flora, la fauna y los cuatro elementos de la naturaleza…
El Color que Cayó del Cielo (Color Out of Space, Estados Unidos/ Portugal/ Malasia, 2019)
Dirección: Richard Stanley. Guión: Richard Stanley y Scarlett Amaris. Elenco: Nicolas Cage, Madeleine Arthur, Elliot Knight, Joely Richardson, Tommy Chong, Brendan Meyer, Julian Hilliard, Q’orianka Kilcher, Melissa Nearman, Amanda Booth. Producción: Elijah Wood, Lisa Whalen, Josh C. Waller y Daniel Noah. Duración: 111 minutos.