La Nona

La voracidad sin freno

Por Emiliano Fernández

El grotesco desbordante de sagacidad e ironía cual escalpelo de una película como La Nona (1979) nada tiene que ver con la obsesión de buena parte del cine actual con ese “realismo” pulcro y técnicamente inmaculado que por un lado anula toda idiosincrasia propia y nos reenvía al terreno de lo estandarizado y por el otro impide una mínima identificación por parte del espectador con respecto a lo que ve en pantalla porque por más que la intención de base sea duplicar la versión supuestamente más cartesiana del capitalismo dominante, en verdad lo que opera de fondo es un filtrado que borra todo rastro de verdadera peligrosidad con vistas a construir un mundo de cartón pintado semejante al de las publicidades y el marketing, léase sin sexo, violencia real o algún cuestionamiento revulsivo para con el orden vigente. Todo lo anterior asimismo queda patente en la diferencia entre la causticidad del realismo de plástico de nuestros días y el sarcasmo exuberante de antaño, ya que mientras que este último manejaba una cierta sutileza retórica y delimitaba sus objetivos desde planteos ideológicos bien concretos, el humor del presente se mueve en cambio en el terreno de la literalidad burda, el subrayado continuo para hacerse notar, la mediocridad repetitiva/ redundante como horizonte y en especial la falta de inteligencia y detallismo en lo referido a la estructuración y la puesta en ejecución de los mensajes, hoy más que nunca cargados de un cinismo ultra negativo que en el caso de las comedias masivas muchas veces cae en saco roto porque desaparece en el océano del nihilismo estúpido actual y/ o los pequeños fundamentalismos de grupitos que ignoran la solidaridad social de otras épocas.

 

La película, dirigida por Héctor Olivera y escrita por el susodicho junto a Roberto Cossa a partir de su famosísima obra de teatro homónima de 1977, examina la dinámica de una familia proletaria de Buenos Aires, los Spadone, compuesta por la Nona del título (el genial Pepe Soriano), una abuelita de unos cien años con un apetito insaciable, Carmelo (excelente desempeño de Osvaldo Terranova), el nieto de la anciana, la cabeza del clan y el dueño de un puesto de venta de frutas y verduras en una feria/ mercado popular, Chicho (Juan Carlos Altavista), el hermano menor del anterior, el otro nieto de la Nona y un bandoneonista con delirios de compositor de tangos, María (Nya Quesada), la esposa ama de casa de Carmelo, Anyula (Eva Franco), la única hija con vida de la Nona, una solterona de entrecasa y tía de Carmelo y Chicho, y finalmente Marta (Graciela Alfano), vástago del matrimonio de María y Carmelo y una prostituta que suele engañar a sus padres diciendo que todas las noches trabaja en una farmacia, sin que sus progenitores se den cuenta que esos autos que pasan a buscarla regularmente son de diferentes clientes. Como la voracidad sin freno de la viejita les consume todos sus magros recursos económicos y el principal “bien” que poseen, nada menos que la comida, los otros miembros de la parentela ensayaran distintas opciones para sacarse de encima al simpático parásito una vez que los exámenes médicos de turno les confirman que tienen Nona para muchos años más porque de salud aparentemente está perfecta, por más que no deja de fagocitarse todo lo que hay en la casa al punto de que caen en la desesperación progresiva debido a que la situación deriva en una esclavitud implícita.

 

El artífice de las ideas para desembarazarse de la anciana es Chicho, un vago con todas las de la ley que no quiere tener que trabajar y mucho menos para mantener a la Nona, por ello primero trata de venderla como un ejemplar de estudio en el Instituto de Antropología y luego se sumerge en una catarata de manotazos de ahogado que incluyen abandonarla en un restaurant, dejarla en un refugio de la Iglesia Católica y hasta casarla con Don Francisco (Guillermo Battaglia), un kiosquero e inmigrante italiano entrado en años como ella que a pesar de estar interesado en la joven Marta, acepta desposar a la centenaria bajo la promesa de Chicho de que le queda un mes de vida y luego heredará un cuantioso patrimonio en la ciudad de Catanzaro, que el hombre imagina compuesto por viñedos, una fábrica de pastas y barcos especializados en la pesca de mariscos. Una y otra vez todo se desvía hacia el desastre tanto por la torpeza de Chicho como por el hambre de la señora, quien siempre termina agotando las viandas disponibles o provocando catástrofes de salud como la que le ocurre a Don Francisco por los nervios, convirtiéndose en otro lastre más para los Spadone porque queda postrado en una silla de ruedas y repitiendo sus quimeras sobre Catanzaro. Presionado por Carmelo, el personaje del sublime Altavista prueba suerte como ayudante en un puesto de venta de pescado y después como cafetero, sin embargo su nula convicción laboral lo lleva al fracaso y así comienza a utilizar a Don Francisco para pedir limosnas en la vía pública, algo que de todos modos no alcanza para llegar a fin de mes por más que María empieza a vender suéteres de puerta en puerta y Anyula a fregar pisos de burgueses.

 

La destrucción definitiva de la familia se producirá de manera escalonada -cual slasher de la época- y abarcará una serie de acontecimientos que vuelcan el relato hacia un humor negro a la italiana, comenzando por el robo/ desaparición de Don Francisco a manos de un grupito de “nenes bien” de colegio privado, siguiendo con la idea descartada de prostituir a la Nona y terminando con el descubrimiento por parte de los paparulos de Carmelo y Chicho -ya sin inocencia de por medio- de que Marta es una meretriz que tiene la intención de abandonar a la familia cuanto antes, primero yéndose a Mar del Palta y luego a Puerto Rico. El film trabaja de manera extraordinaria esta transición entre el grotesco costumbrista de toda la primera parte y la comedia sardónica y apocalíptica del último acto, cuando se genera un consenso tácito entre los dos hombres, María y hasta la “hija cristiana” Anyula sobre la urgente necesidad de matar a la anciana, por ello intentan asesinarla colocando un brasero en su cuarto cerrado para que se intoxique al respirar el humo del carbón, frente a lo cual la Nona responde colocando una sartén encima y cocinándose unos huevos fritos. A mitad de camino entre los dibujos animados más vertiginosos y procaces y la fábula social de marco tragicómico, esos 20 minutos finales constituyen una lección magistral de cómo se debe encarar el cierre de una historia sin concesión mainstream alguna y extremando las hipérboles que se venían trabajando/ puliendo a priori, con los personajes desprendiéndose de todas sus posesiones, renunciando a sus anhelos, debiéndole dinero a todo el mundo y sucumbiendo ellos mismos en los venenos/ trampas destinados a dar de baja a la abuelita.

 

Amparándose en los resortes formales de Feos, Sucios y Malos (Brutti, Sporchi e Cattivi, 1976), el clásico antineorrealista y desesperanzado de Ettore Scola, pero también en las implicancias conceptuales e ideológicas de La Gran Comilona (La Grande Bouffe, 1973), la obra maestra suicida de Marco Ferreri, La Nona es la contracara amarga de Esperando la Carroza (1985), un opus mucho más amable hacia la tercera edad, porque juega con el círculo vicioso del organismo interno fagocitando al huésped a través de la parábola de la casa desmantelada -la nación argentina- para pagar los funerales de los miembros del clan. De hecho, las muertes de los dos varones, la de Carmelo de un infarto cuando ve a la señora comiéndose unos crisantemos amarillos destinados a la venta y la del tremendo Chicho cuando pretende reventarla con una madera para sólo conseguir provocar un derrumbe en la residencia ya devastada, van en consonancia con las otras desgracias motivadas por una mujer por momentos consciente y en ocasiones muy autista que hasta se come a los pájaros que cantan felices por ahí, como por ejemplo los eventuales “accidentes” que padecen los personajes, el empeoramiento físico y psicológico -y el delicioso envilecimiento- de todos los involucrados y la misma venta de pisos, ventanas y puertas para lograr sobrevivir un día más. En este sentido, la realización ofrece un lindo y representativo surtido en lo que atañe a las figuras/ especímenes que es posible hallar tanto en la sociedad argentina de entonces como en la de nuestros días: Carmelo encarna al laburante sufrido del lumpenproletariado que quiere ascender a clase media, Chicho es algo así como su espejo hedonista torcido porque evidentemente ya no se hace ninguna ilusión sobre “promociones” utópicas dentro de la pirámide social, María funciona como la ama de casa prototípica que organiza la vida de todos dentro de la morada compartida, la bien aburrida Anyula representa a una fanática religiosa adormecida e igual de conservadora que la anterior, y Marta hace las veces del “bicho raro” que aquí sin duda simboliza a los vicios y miserias egoístas de la clase media, negando sus orígenes populares y pretendiendo escapar para trazar su camino hacia la alta burguesía explotadora del modo que sea (basta con recordar que es la única que no muere ya que abandona el enclave menesteroso del clan, dejándolo solo ante su fatídico destino, uno que parece desembocar en justicia poética comunal porque en el desenlace la Nona llega a una casa burguesa en medio de un cumpleaños para continuar el ciclo de la debacle).

 

Olivera tuvo una trayectoria muy similar a la de otros colegas de su tiempo -precisamente como su socio en la productora Aries Cinematográfica Argentina, el recordado realizador Fernando Ayala- que supo combinar trabajos locales netamente comerciales, documentales de impronta musical, películas testimoniales aguerridas, representantes del exploitation anglosajón y convites un poco más personales cercanos a la anomalía, todo en una extensa y bizarra carrera en la que se destacan en especial Las Venganzas de Beto Sánchez (1973), La Patagonia Rebelde (1974), Buenos Aires Rock (1983), No Habrá más Penas ni Olvido (1983), La Noche de los Lápices (1986), Una Sombra ya Pronto Serás (1994) y El Mural (2010). No obstante al cineasta le ocurrió lo mismo que a Cossa porque nada de lo hecho consiguió superar en términos prácticos a La Nona, incluso con un derrotero en el cine más parejo a nivel cualitativo como el del dramaturgo, ese que incluyó a propuestas de la talla de Tute Cabrero (1968), El Arreglo (1983), la citada No Habrá más Penas ni Olvido y Yepeto (1999). Quizás lo mejor del film, más allá de su hilarante fatalismo, la noción de que las apariencias inofensivas engañan y sus bellos puntos en común con el inconsciente colectivo argentino y de América Latina, es que no aclara nunca de qué sería una metáfora el personaje de Soriano, dejando el asunto a la libre interpretación de cada espectador en función de la voluminosa colección de problemas, compulsiones y parásitos estatales/ capitalistas/ rurales/ financieros/ sociales/ mediáticos que han rapiñado el país al punto de empeorar año a año su situación en cuanto a desempleo, inequidad, pobreza, corrupción, etc. (la misma decisión de que un hombre componga a la viejecita pone en primer plano el carácter inconformista de fondo… y la poca disposición de las mujeres en general hacia la comedia). La película no sólo esquivó la censura del genocida Proceso de Reorganización Nacional​ y fue otro mojón que demostró que era posible en el cono sur un cine minimalista, veloz, astuto y comprometido con la realidad, sino que incluso profetizó lo que sería el devenir de las masas luego de la vuelta a la democracia de 1983, un pueblo que se mueve como la familia Spadone al quejarse incansablemente de quien controla su existencia -esa anciana que se asemeja a la clase política vernácula, la basura que hegemoniza el Estado desde entonces y hasta el presente- aunque a la par sin jamás optar por dejar de alimentar al parásito con su triste “voto de confianza” de comida en comida y de elección en elección…

 

La Nona (Argentina, 1979)

Dirección: Héctor Olivera. Guión: Héctor Olivera y Roberto Cossa. Elenco: Pepe Soriano, Osvaldo Terranova, Juan Carlos Altavista, Nya Quesada, Eva Franco, Graciela Alfano, Guillermo Battaglia, Vicente La Russa, Max Berliner, Roberto Dairiens. Producción: Fernando Ayala y Luis Osvaldo Repetto. Duración: 73 minutos.

Puntaje: 10