La carrera de Eloy de la Iglesia, uno de los directores más inconformistas e interesantes por lejos que haya dado el casi siempre paupérrimo cine español, aglutina distintas fases que arrancan con el prólogo melodramático de Algo Amargo en la Boca (1969) y Cuadrilátero (1970) y los géneros duros vinculados al giallo, el thriller e incluso la ciencia ficción, eje que incluye El Techo de Cristal (1971), La Semana del Asesino (1972), Nadie Oyó Gritar (1973) y Una Gota de Sangre para Morir Amando (1973), ésta su relectura de La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), joya de Stanley Kubrick. El período intermedio se concentra en unas sátiras psicosexuales solapadas que también cubren las postrimerías del Tardofranquismo (1969-1975) y ya ingresan a la Transición hacia la Democracia (1975-1982), así nos topamos con films como Juego de Amor Prohibido (1975), La Otra Alcoba (1976), Los Placeres Ocultos (1977), La Criatura (1977), El Diputado (1978) y aquella El Sacerdote (1978). Sin embargo la fase más popular del cineasta sería la siguiente, esa del “cine quinqui” obsesionado con la marginalidad y todos los embates fascistoides del poder público, etapa que abre Miedo a Salir de Noche (1980) y se extiende a Navajeros (1980), Colegas (1982), El Pico (1983), El Pico 2 (1984) y La Estanquera de Vallecas (1987), amén de intentos fallidos de regreso al terror, léase Otra Vuelta de Tuerca (1985), y a la parodia libidinosa, La Mujer del Ministro (1981) y Los Novios Búlgaros (2003). Es Miedo a Salir de Noche la propuesta bisagra entre la perspectiva burguesa de buena parte del cine previo del realizador y la óptica lumpen o criminal del rubro quinqui, a su vez inspirado en una trilogía de José Antonio de la Loma compuesta por Perros Callejeros (1977), Perros Callejeros II (1979) y Los Últimos Golpes de El Torete (1980), en este sentido el opus que nos ocupa de De la Iglesia se sirve del fetiche de la clase media con la inseguridad para pensar esa crisis económica de la época enmarcada en la inflación, el desempleo, la caída del consumo y la incapacidad de la pirámide plutocrática del capitalismo para garantizar el ascenso de por lo menos una mínima parte de las capas menesterosas, especialmente las de corta edad que ingresan por primera vez al mercado laboral y terminan expulsadas desde el vamos, lo que implica una puerta abierta hacia un descontento suicida y muy individualista.
El protagonista es Francisco alias Paco (José Sacristán), un empleado bancario aburrido dentro de un cuadro de situación que incluye por un lado su apoliticismo imbécil burgués, además de chispazos de soberbia, pusilanimidad, delirios, absurdo y una gigantesca dosis de ignorancia y prejuicios, y por el otro lado la patética abstinencia sexual de su esposa, Begoña (Claudia Gravy), el sustrato anodino o caprichoso de su hija preadolescente, Tere (Nuria Gallardo), una fugaz huelga en el emporio de la usura donde trabaja liderada por un sindicalista de izquierda, Domínguez (Vicente Cuesta), un affaire con una subalterna que oficia de secretaria y asevera falsamente haber sido violada, Loli (Tina Sainz), un cuñado vasco que nunca conocemos y dispara la psicosis de toda la parentela ante las bombas de Euskadi Ta Askatasuna (ETA), Iñaki, una madre fascistoide, esperpéntica y de tendencia proto survivalista adicta a la televisión y las crónicas policiales más cruentas y mentirosas, Claudia (la genial Mari Carmen Prendes), el fetiche de los sectores medios y altos para con los ascensores con llaves, las puertas de entrada blindadas y las alarmas en los vehículos, entre otros juguetes semejantes, y por supuesto un montón de fantasías por parte de Paco alrededor de la inseguridad, los atropellos sexuales y su propia jubilación futura una vez que lo ascienden a mandamás del banco, reemplazando a Don Felipe (Gabriel Llopart). A decir verdad no ocurre demasiado a lo largo del desarrollo, todo un signo de las comedias semi costumbristas destinadas al ecosistema popular, y por ello el grueso del relato apunta a viñetas homologadas a la “violación” de Loli a expensas de un taxista, la contratación de un vigilante para el edificio donde vive Francisco, Agapito González (Alfred Lucchetti), una puerta trabada que impide la salida del clan y genera la llegada de los bomberos, un aerosol de gas pimienta que Claudia le da a Tere, quien de inmediato lo utiliza con tres mocosos, y la costumbre de los burgueses de acumular alimentos -como hace la abuela en su armario, casi todos podridos- y encerrarse en sus cómodas casas por el miedo del título a un exterior social que no pueden someter a la razón instrumental o la lógica caníbal del neoliberalismo, ya sugerido en el gobierno de la Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez y después profundizado durante el mandato del Partido Socialista Obrero Español de Felipe González.
Claramente el trasfondo de la historia, confirmado por la misma película una y otra vez, se mueve entre el terrorismo, la delincuencia, la “mano dura” policial, la paranoia burguesa, los abusos callejeros, la especulación política cruzada, el fantasma de un Golpe de Estado por parte de los nostálgicos del franquismo, la expansión del turismo, la inoperancia del aparato represivo estatal, el auge de la industria farsesca de la seguridad, la difusión de las drogas duras al extremo de la epidemia, el destape cultural por la abolición de la censura, la histeria del primer feminismo baladí post dictadura, el manto conservador del grueso de la sociedad, el sensacionalismo/ pancismo de los medios de comunicación y sobre todo la TV, la distancia intergeneracional entre los involucrados y desde ya ese racismo que suele ir de la mano de la xenofobia, primero demonizando al migrante vernáculo y después optando por echarle todas las culpas al nacido en tierras lejanas como si estuviésemos frente a niños chiquitos o adultos subnormales que no desean responsabilizarse por lo que ocurre en su propio hogar, hablamos de sus “travesuras”. Así como la redención identitaria o ideológica de Paco se condice con un vecino vitalista que funciona de cordero para un sacrificio de índole ética, Don Cosme (el estupendo Antonio Ferrandis), cuya influencia resulta crucial para que Francisco abandone el discurso del pánico y la violencia contra todo lo diferente, algo que tiene que ver con la sabiduría y el pasado del susodicho porque luchó en la Guerra Civil por el bando republicano, fue encarcelado durante la dictadura franquista y para colmo perdió a sus dos hijos y su esposa en un accidente de tránsito, el resto del ecosistema social asimismo está atravesado por la polarización y la prueba evidente es el hecho de que Domínguez se contrapone a un bancario derechoso y apático, Gómez (Antonio Gamero), que forma parte de la fauna de cavernícolas e ignorantes del período, en la que encontramos a una vecina boba desesperada por un macho, Doña Paulita (Florinda Chico), el presidente sin nombre del consorcio del edificio (Ricardo Tundidor), un vendedor de puertas blindadas (Ángel García) y un barista que gusta de las anécdotas de muy dudosa procedencia, Ángel (Rafael Hernández), precisamente el responsable de un momento de cuasi gore porque unos facinerosos supuestamente le arrancaron un pezón de cuajo a una hembra con unos alicates.
Sacristán, que ya había trabajado con De la Iglesia en El Diputado y luego reincidiría en un papel menor en Navajeros, está perfecto como el típico hipócrita y egoísta de buen pasar económico que autojustifica su posición identificándose con cualquiera que esté en el poder y siempre pretendiendo trepar hacia la alta burguesía mediante la exclusión de todos los que están por debajo, planteo que en el Siglo XXI no ha perdido vigencia porque el palurdo ve lobos feroces por todos lados y se consagra a la identificación de “aberraciones”, en esta época las drogas, el aborto y los gays, por ello el ideario en pantalla es ridiculizado a través de la cámara rápida -símil dibujos animados de pretensión socarrona- para los momentos de conventillo/ cotilleo popular y de represión cortesía de las inmundas “fuerzas del orden”. La faena se luce por una insólita alusión a un disco clásico del tango, Aníbal Troilo/ Floreal Ruiz (1964), y por diversos chistes contextuales -algunos más astutos y locales que otros- sobre la dictadura de Miguel Primo de Rivera, el movimiento monárquico/ tradicionalista conocido como carlismo e incluso el futuro presidente González, amén de chascarrillos muy eficaces sobre Bruce Lee y Último Tango en París (Ultimo Tango a Parigi, 1972), célebre obra de Bernardo Bertolucci censurada por el franquismo al punto de provocar que muchos españoles viajen a Francia para verla, específicamente a la ciudad fronteriza de Biarritz, otra pata de la represión erótica payasesca del nacionalcatolicismo. Si bien Miedo a Salir de Noche a veces puede confundirse con una parodia del cine de vigilantes de los 70 en sus diferentes vertientes, como la nihilista a lo Joe (1970), de John G. Avildsen, y Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, la exploitation en la tradición de Coffy (1973), de Jack Hill, y Thriller: Una Película Cruel (Thriller: En Grym Film, 1973), gesta del sueco Bo Arne Vibenius, y la mainstream de Harry, el Sucio (Dirty Harry, 1971), de Don Siegel, y El Vengador Anónimo (Death Wish, 1974), joya fundamental de Michael Winner, lo cierto es que es la única epopeya optimista del director en el lote quinqui porque el destino aciago domina el resto de este arco temático, ya sea que pensemos en los robos, la prostitución y los críos no deseados de Navajeros y Colegas, el narcotráfico atroz de El Pico y El Pico 2 o esa toma de rehenes con sainete y Síndrome de Estocolmo de La Estanquera de Vallecas…
Miedo a Salir de Noche (España, 1980)
Dirección: Eloy de la Iglesia. Guión: Eloy de la Iglesia, José María Palacio y Roberto Bodegas. Elenco: José Sacristán, Claudia Gravy, Antonio Ferrandis, Tina Sainz, Mari Carmen Prendes, Nuria Gallardo, Rafael Hernández, Antonio Gamero, Vicente Cuesta, Alfred Lucchetti. Producción: Antonio Martín. Duración: 92 minutos.