Tiger Bay

A tres millas de la costa

Por Emiliano Fernández

J. Lee Thompson tuvo una carrera muy heterogénea y casi surrealista, digna de aquellos artesanos de antaño que más que adaptarse a los distintos contextos con vistas a seguir trabajando lo que hacían era mantenerse a flote a nivel artístico a partir de los recursos disponibles y abrazando un ritmo de trabajo en verdad furioso, aquí pendulando entre una a tres películas por año a lo largo de cuatro décadas, entre los 50 y los 80. El inglés no sólo empezó siendo actor para después saltar primero a la escritura de guiones y segundo a la realización de películas sino que se paseó por una serie de cambios en su trayectoria como director que resultan insólitos vistos desde el conservadurismo y la soberbia banal de tantos colegas suyos de nuestros días, a los que no se les cae ni una puta idea a la hora de aportar novedades reales y/ o reconvertirse a escala profesional: luego de una primera etapa en la que combinó film noir, opus musicales, romance y comedias como Murder Without Crime (1950), The Yellow Balloon (1953), For Better, for Worse (1954) y The Good Companions (1957), el señor se volcaría a una serie de propuestas que anticiparon a pura vanguardia tanto el Free Cinema como la Nueva Ola Británica, dos movimientos volcados al realismo metropolitano más crudo que pueden percibirse en films de Thompson como The Weak and the Wicked (1954), Yield to the Night (1956) y Woman in a Dressing Gown (1957), obras que dejarían paso a esa temprana metamorfosis hacia el cine de aventuras de Ice Cold in Alex (1958) y North West Frontier (1959) y a la esperable mudanza a Hollywood, donde encararía las recordadas The Guns of Navarone (1961), Cape Fear (1962), Taras Bulba (1962), Kings of the Sun (1963), What a Way to Go! (1964) y Mackenna’s Gold (1969), amén de algún que otro regreso esporádico al Reino Unido en línea con Return from the Ashes (1965) y Eye of the Devil (1966) que a su vez lo llevarían a la etapa final de su viaje por el cine, esa caracterizada por sus colaboraciones con el querido Charles Bronson y por dos clásicos de la saga iniciada con Planet of the Apes (1968), de Franklin J. Schaffner, hablamos de Conquest of the Planet of the Apes (1972) y Battle for the Planet of the Apes (1973), el cuarto y el quinto eslabón de la maravillosa franquicia de influjo apocalíptico.

 

Mucho antes de sus dos graciosos exploitations del Indiana Jones de Steven Spielberg y George Lucas, King Solomon’s Mines (1985) y Firewalker (1986), de películas tardías e interesantes asiladas, como por ejemplo The Reincarnation of Peter Proud (1975), The Passage (1979) y Happy Birthday to Me (1981), y de la catarata de trabajos variopintos con Bronson, esos que van desde las adorables St. Ives (1976), The White Buffalo (1977), 10 to Midnight (1983), The Evil That Men Do (1984) y Murphy’s Law (1986) hasta las bastante flojas Caboblanco (1980), Death Wish 4: The Crackdown (1987), Messenger of Death (1988) y Kinjite: Forbidden Subjects (1989), Thompson realizó una pequeña película que hoy es considerada uno de los más grandes clásicos del cine británico, Tiger Bay (1959), una especie de solución negociada entre aquel realismo marginal de sus propuestas de los 50 y su interés de siempre por el suspenso, los dramas criminales y el marco de referencias del film noir, ahora incluso reenviándonos al pasado inmediato de su carrera porque aquí vuelve a colaborar con aquel John Mills de Ice Cold in Alex y claramente retoma la premisa narrativa de The Yellow Balloon aunque en gran medida invirtiéndola con inteligencia porque en vez de toparnos con un ladrón y asesino maquiavélico chantajeando, robando y persiguiendo a un nene por la muerte accidental de un amigo hoy descubrimos que nuestra protagonista es una niña mitómana que une fuerzas con un homicida de buen corazón y hasta lo protege hasta las últimas consecuencias a pesar de haber sido testigo del crimen de turno. Basado en Rodolphe et le Revolver, un cuento corto de Noël Calef, autor francés cuyos trabajos fueron llevados a la gran pantalla por gente como Joseph Losey, Louis Malle, Laslo Benedek y Alberto Lattuada, el guión de John Hawkesworth y Shelley Smith, dos profesionales con largas trayectorias televisivas, vuelca sus simpatías hacia el prófugo de la ley y de este modo deja todo servido para una rara avis que constituye en términos prácticos una de las pocas faenas de la historia del cine que se solidariza con un hombre que viene de reventar a una arpía desagradable y ventajista en pleno episodio pasional al verse acorralado y basureado, subrayando el egoísmo autovictimizante de muchas mujeres.

 

La historia en sí es muy sencilla y arranca con la llegada de Bronislaw Korchinsky (Horst Buchholz), un marinero polaco que trabaja en la flota británica, a Cardiff con el objetivo de reencontrarse con su novia, la algo mayor y también inmigrante Anya Haluba (Yvonne Mitchell), pero cuando se presenta en el departamento de turno de una ciudad multicultural, con negros y blancos por todas partes, descubre que Anya se mudó llevándose el dinero que le había estado enviando por correo desde alta mar y que en el lugar ahora vive una furcia, Christine (Shari), situación que lo obliga a sobornar/ pagar el alquiler y gastos adeudados al dueño del inmueble, el médico hindú Das (Marne Maitland), para que le pase la nueva dirección de la fémina. En el camino le pide indicaciones a una nena huérfana llamada Gillie Evans (Hayley Mills), un marimacho que vive con su tía, la siempre malhumorada Señora Phillips (Megs Jenkins), y usa pantalones en vez de polleras, se mete en constantes problemas por sus mentiras y travesuras y en esencia gusta de jugar a los vaqueros e indios con los varones, quienes se dividen entre quienes la discriminan por ser niña y quienes la aceptan sin problemas a pesar de no tener un revólver con que jugar. Luego de una fuerte discusión porque la mujer corta la relación a pura agresividad y confesándole que no quiere esperar nunca más su vuelta y que para colmo tiene otro macho, el comentarista deportivo casado Barclay (Anthony Dawson), un celoso Korchinsky la mata con un revólver que Anya saca de un cajón y que le había dado su amante previendo el regreso de Bronislaw. Gillie no sólo lo ve todo a través del buzón de la puerta del departamento sino que se lleva el arma homicida para jugar con los niños en la calle, provocando que Korchinsky la siga hasta una boda en una iglesia en la que la nena canta en el coro sacro, donde le entrega una bala a otro purrete a cambio de un autito de juguete y una barra de chocolate. Contra todo pronóstico Bronislaw y Gillie se hacen amigos y el hombre acepta llevarla en uno de sus viajes pero el plan se desvanece cuando la madre del purrete de la bala contacta a la policía e identifican a Evans como poseedora del revólver del asesinato, panorama que encima se complica todavía más porque Christine asimismo le lleva a los uniformados un bolso propiedad de Bronislaw que había dejado en el hogar previo de Anya en el que hallan una fotografía de la occisa y él. Mientras que el oficial encargado del caso, el Superintendente Graham (John Mills), pasa de considerar al burgués Barclay como el principal sospechoso en el asunto a escudriñar más a fondo en las versiones contradictorias de la única testigo del enigmático homicidio, Gillie, ésta sueña con abandonar a su tía yéndose con un Bronislaw al que protege con sus dichos ante las autoridades y que, por su parte, hace lo que puede para abandonar el Reino Unido cuanto antes en un buque mercante venezolano, el Poloma, ya que pasadas las tres millas de distancia entre la tierra y la nave se considera que ya son aguas internacionales y así la jurisdicción policial/ judicial británica no tiene competencia alguna, suerte de alegoría en torno a un futuro promisorio aunque desesperado en el que la reincorporación en la comunidad y el perdón por el delito cometido fuesen verdaderos y no sinónimos de un castigo estigmatizante que arruina la vida del criminal y lo lleva a más y más encontronazos cíclicos con el aparato represivo del Estado y sus muchos exponentes.

 

Thompson maneja de manera extraordinaria el suspenso del relato y construye personajes verosímiles capaces de sacar a relucir de manera permanente una idiosincrasia paradójica que les permite pasar de un extremo al otro para sobrevivir un día más, basta con pensar que Evans, por un lado, es una mocosa muy simpática y una pequeña máquina de decir mentiras para salirse con la suya tanto en la dictadura de los adultos como en el universo pueril salvajón de los suburbios metropolitanos empobrecidos, por ello precisamente se identifica más con los varones y su agresividad que con la afectación bobalicona y casi siempre en pose pasiva de las hembras, y que Korchinsky, por el otro lado, es un muchacho tranquilo y de carácter romántico que se ve llevado hasta el límite de su paciencia y/ o tolerancia psicológica cuando la perfidia de Haluba le termina de “comer el cerebro” entre gritos, insultos y una colorida denigración como sólo las mujeres son capaces de regalar a los hombres, emasculación simbólica de por medio para bajarlos de su pedestal inocentón de corte esencialmente individualista y caprichoso. El mismo Graham constituye un ejemplo de esta contradicción que humaniza a la odisea en su conjunto, un policía que se deja engañar por la chiquilla en un primer momento, a posteriori del crimen, y más adelante cuando se separa de Bronislaw y es capturada en la campiña inglesa, aunque eventualmente termina comprendiendo la lógica detrás de la red de mentiras defensivas de Gillie y hasta consigue leer entrelíneas y en buena medida utilizarla a su favor, detalle que queda en evidencia en la estupenda secuencia final a bordo del Poloma cuando Evans se escapa bajo la ilusión de viajar como polizona en una jugada que le permite al Superintendente llevarse al polaco sobrepasando la autoridad de los jerarcas del barco, el Capitán (George Pastell) y el Primer Oficial (Paul Stassino), porque el marineo hasta salta al agua para salvarla cuando la niña cae al mar y luego no le queda otra opción que subirse al barco de sus futuros carceleros británicos. Esta metamorfosis actitudinal y muy sutil de fondo de Korchinsky, de a mediados del metraje considerar la posibilidad de matar a la diminuta testigo arrojándola al agua a bordo de otro buque a convertirse en su protector a costa de dejarse atrapar por los esbirros de la ley que lo van cercando de a poco, pinta muy bien el tópico de la solidaridad entre marginados que enmarca de principio a fin a Tiger Bay, algo que también abarca a la meretriz, Christine, quien le devuelve el pasaporte a Bronislaw porque lo extrajo de su bolso justo antes de entregárselo a la policía. Los célebres John Mills y Horst Buchholz están perfectos pero aquí sobresale la genial debutante Hayley Mills, hija de John, eje sin duda de una de las mejores actuaciones infantiles de la historia del séptimo arte y bello preámbulo de una carrera que terminaría de arrancar con Pollyanna (1960) y The Parent Trap (1961), ambas de David Swift, y con la excelente Whistle Down the Wind (1961), de Bryan Forbes, una actriz que se come cada escena en la que interviene con su naturalidad y un carisma indescriptible que acentúa el humanismo pluriclasista de la realización de Thompson y por supuesto esa comprensión mutua entre los diferentes personajes del relato, por más que en la praxis los separen múltiples y estúpidas subdivisiones que la sociedad cuelga sobre sus cabezas en función de la edad, raza, profesión o ingresos económicos…

 

Tiger Bay (Reino Unido, 1959)

Dirección: J. Lee Thompson. Guión: John Hawkesworth y Shelley Smith. Elenco: Hayley Mills, Horst Buchholz, John Mills, Yvonne Mitchell, Megs Jenkins, Anthony Dawson, George Pastell, Paul Stassino, Marne Maitland, George Selway. Producción: John Hawkesworth, Leslie Parkyn y Julian Wintle. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 9