No Tengo Cambio (Quick Change)

Abandonar el asfalto

Por Emiliano Fernández

Y pensar que hubo un tiempo no muy lejano en el que Hollywood financiaba películas como No Tengo Cambio (Quick Change, 1990), obras diminutas del rubro de la comedia irónica e inteligente que formaban parte de un catálogo anual de lo más variado, ese que rápidamente a partir de la década del 90 iría achicándose de una forma en verdad dramática por la obsesión de siempre del mainstream con ensanchar el margen de ganancia en tiempos de piratería física (el viejo y querido copiado eterno de VHS) y luego virtual (Internet y sus corolarios), lo que por supuesto implica que el sistema de estudios fue cortando en su grilla las comedias -principalmente debido a que las risas, a diferencia de las lágrimas, nunca son universales y requieren productos para determinado segmento o segmentos del público- y concentrando mucho más que antes la torta presupuestaria disponible en tanques hiper berretas de fantasía, acción y/ o ciencia ficción que pudiesen ser vendidos a cualquier bípedo de cualquier parte del planeta, ya sin ninguna división -paradoja incluida- dentro de un mercado que ellos mismos segmentaron a más no poder con el fetiche del marketing, la publicidad, los estudios de consumidores y los testeos perpetuos con vistas a adaptar cada uno de estos mamotretos para todos -y por consiguiente, para nadie- a las “exigencias” de los mil mini colectivos sociales que identificaron. La película que nos ocupa, en esencia el único film dirigido por el extraordinario Bill Murray, aquí en colaboración con Howard Franklin, funciona como un ejemplo perfecto de cómo se hacían las cosas en épocas menos impersonales y vacías, así uno hasta puede imaginarse a los responsables preguntándose qué surgiría de una cruza entre Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975), de Sidney Lumet, y Después de Hora (After Hours, 1985), de Martin Scorsese: las respuestas a estos “dilemas” pasaban casi siempre por el hecho de encontrar una novela acorde, más o menos parecida, en este caso el libro homónimo de 1981 de Jay Cronley, y echar manos a la obra.

 

La propuesta tiene uno de los mejores inicios/ catalizadores del cine norteamericano de las últimas décadas, similar en parte a su homólogo de la genial El Socio del Silencio (The Silent Partner, 1978), con Grimm (Murray), un empleado desencantado del Departamento de Desarrollo Urbano de Nueva York, disfrazado de payaso en el metro, saliendo a la calle, pasando por delante de un sex shop y entrando a último minuto en un banco a punto de cerrar, donde luego de conseguir que el avejentado custodio (Bob Elliott) renuncie a su arma sin resistencia alguna, le cuesta convencer a los empleados y clientes de que en serio se trata de un asalto y que pretende llevarse todo el dinero de las cajas y la bóveda, algo que logra desencadenando que uno de los esbirros de los usureros active una alarma silenciosa que avisa a las autoridades. Cuando llega al lugar el Jefe de la Policía, el veterano y afable Walt Rotzinger (Jason Robards), para lidiar con la situación de rehenes, Grimm le exige un autobús de pasajeros con el tanque lleno de gasolina, una moto Harley Davidson XL-1000, dos helicópteros jet de asalto y un gracioso camión monstruo/ monster truck, prometiendo que liberará a un rehén por cada vehículo que le entregue. Primero arriba un helicóptero, al cual intercambia por un llorón compulsivo que resulta ser un cómplice disfrazado, Loomis (Randy Quaid), el mejor amigo del protagonista, y a posteriori el micro y la motocicleta, permitiéndoles salir del banco al propio Grimm y a otro cómplice, nada menos que su bella novia Phyllis (Geena Davis). Escabulléndose de las garras de los tontos oficiales de la ley y con un millón de dólares pegados con cinta adhesiva a sus cuerpos, el trío se propone ir al aeropuerto para tomar un vuelo a Fiyi pero atravesar la Gran Manzana se transformará en una pesadilla sin fin entre empleados de construcción ignorantes, robos al paso, burgueses paranoicos y armados, unos bomberos que destruyen su auto, un taxista árabe que no habla nada de inglés, citas aleatorias con mafiosos y hasta un conductor de autobús insoportable.

 

Sin duda el gran fuerte de la propuesta de un Murray también productor y un Franklin que firmó el guión, y además responsable de obras como El Nombre de la Rosa (Der Name der Rose, 1986), Peligro en la Noche (Someone to Watch Over Me, 1987), El Ojo Público (The Public Eye, 1992), El Hombre que no Sabía Nada (The Man Who Knew Too Little, 1997) y El Gran Año (The Big Year, 2011), pasa por la combinación muy meticulosa de parodia institucional, heist movie y film romántico, basta con pensar -primero- en el detalle del gerente del banco (Brian McConnachie) aclarándole sin tapujo alguno a Rotzinger que los dueños de la entidad financiera no colaborarán con la policía y que lo humillarán ante la prensa si el payaso se escapa, y -segundo- en el hecho de que la huida de los uniformados ocupa gran parte del metraje cual retrato del conventillo metropolitano, incluso sazonando el asunto con la histeria de una Phyllis que busca desesperada el momento oportuno para decirle a Grimm que está embarazada y que quiere finiquitar el vínculo entre ambos porque lo considera demasiado egoísta ahora que llevó a cabo su “obra maestra criminal”, por más que el hombre en esencia se comporte normal y no caiga en exabrupto alguno de soberbia. Murray, como siempre, está perfecto y Davis acompaña muy bien, no obstante llama mucho la atención el excelente desempeño de secundarios de peso como ese Quaid en plan de bufón neurótico, un inmortal Robards en el último tramo de su carrera, ese impensado Tony Shalhoub componiendo al taxista de Medio Oriente que piensa que mató sin querer a Loomis -cuando éste se arroja del coche en movimiento y termina estampado contra un puesto de diarios, en una de las mejores y más hilarantes escenas del convite- y hasta unos geniales Kurtwood Smith y Stanley Tucci como Lombino y Johnny, respectivamente, el primero un mega capo mafioso y el segundo uno de los matones del entramado del crimen organizado con el que los tres ladrones se topan en su frustrante viaje hacia el aeropuerto.

 

De un modo muy similar a Tarde de Perros, No Tengo Cambio humaniza a los asaltantes de bancos dándoles una profundidad psicológica insólita si la comparamos con el promedio hollywoodense en materia de la representación del hampa y en lo que atañe a las comedias policiales en general, y desde una perspectiva narrativa casi surrealista en consonancia con Después de Hora, el opus asimismo recupera ingredientes del film noir más caótico para examinar no sólo lo agresivas que son las ciudades modernas para la vida sino además la estupidez estándar del ser humano y lo bizarro, demente e insufrible que puede llegar a ser en cuanto a la convivencia con el prójimo; pensemos en lo mucho que el protagonista dice odiar a Nueva York o en el accidentado derrotero que debe sobrellevar para abandonar la jungla de asfalto, y en episodios concretos como la lucha cual caballeros medievales de esos latinos que en el terreno lindante a una iglesia sustituyen a los corceles con bicicletas y a las lanzas con escobillones, o en las descabelladas exageraciones que el custodio del banco le cuenta a la policía para plantarse como un héroe cuando en realidad entregó el arma de inmediato porque es un anciano y de por sí no vale la pena morir por los parásitos de la usura, o en esa delirante referencia a Un Tranvía Llamado Deseo (A Streetcar Named Desire, 1951) vía la presencia de una veterana espectral que en la caminata nocturna final se aparece ofreciendo “¡Flores! ¡Flores para los muertos!”. Si bien la novela de Cronley ya había tenido una adaptación, la inferior aunque simpática Asalto al Banco de Montreal (Hold-Up, 1985), con Jean-Paul Belmondo en el rol de Grimm, es el trabajo de Murray y Franklin el verdaderamente memorable porque se ubica cómodo entre las últimas grandes comedias que supo legarnos el aparato mainstream yanqui, una película tan furiosamente comercial como eficaz desde todo punto de vista y muy original en su mini vuelta de tuerca burlona para con los ineptos esbirros de la ley, esos que los ladrones hoy logran esquivar…

 

No Tengo Cambio (Quick Change, Estados Unidos, 1990)

Dirección: Bill Murray y Howard Franklin. Guión: Howard Franklin. Elenco: Bill Murray, Geena Davis, Randy Quaid, Jason Robards, Tony Shalhoub, Philip Bosco, Phil Hartman, Bob Elliott, Stanley Tucci, Kurtwood Smith. Producción: Bill Murray y Robert Greenhut. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 8