Red Angel (Akai Tenshi)

Abstinencia y virilidad

Por Emiliano Fernández

Sin duda dos de los ejes temáticos históricos del séptimo arte japonés han sido la represión y la crudeza, tópicos hermanados porque bajo la aparente mansedumbre de una sociedad fuertemente dividida en jerarquías que inspiran respeto automático se esconde un carnaval de emociones negadas que en algún momento pueden salir a la luz de las maneras más coloridas, violentas o aberrantes, planteo que por supuesto se mueve en consonancia con el hecho de que la sublimación psicológica tiene fecha de vencimiento ya que la rigidez -y los abusos que inspira por parte del más poderoso hacia un subalterno o cualquier ser humano juzgado más débil- termina cansando en el contexto cotidiano y eventualmente mostrando cuán ridículos son sus hilos, justificaciones comunales y caprichos de base. La exquisita Red Angel (Akai Tenshi, 1966), obra maestra dirigida por Yasuzô Masumura y escrita por Ryôzô Kasahara a partir de una novela de Yoriyoshi Arima, examina todas estas temáticas interrelacionadas dentro de una estructura vincular todavía más férrea y menos adepta a las rebeliones de cualquier clase, nada menos que la milicia nipona durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945), cuando el ejército inició la invasión progresiva de China a gran escala hasta que todo el conflicto terminó unificándose con la Segunda Guerra Mundial con motivo del mayor error estratégico de los japoneses, el ataque a Pearl Harbor en 1941, lo que derivó en la participación estadounidense en la contienda y su papel crucial en lo que suele llamarse la Guerra del Pacífico. Las fases iniciales de la conflagración estuvieron caracterizadas por los intentos chinos de apostar a una guerra de desgaste porque estaban frente a tropas mejor equipadas y entrenadas, no obstante la vastedad territorial de China y la sutil destreza de los locales para escapar de las maniobras destinadas a sitiarlos obligaron a los japoneses a constantemente perseguir al enemigo en tierras inmensas de nunca acabar.

 

La película es un relato en primera persona de una joven enfermera, Sakura Nishi (Ayako Wakao), quien abandona Japón y llega a China en 1939 para sumarse al cuerpo médico militar del Ejército Imperial apostado en distintas bases rudimentarias, siendo destinada por la jefa de enfermeras, la adusta Iwashima (Ranko Akagi), a medicina general y teniendo que encargarse de pacientes crónicos -algunos con tuberculosis, otros con enfermedades mentales- que por regla general prefieren estar en el hospital que luchando en el frente, lo que genera que tiendan a mentir y/ o exagerar su condición con vistas a prolongar su estadía. Es precisamente en el nosocomio donde un soldado que parecía amigable en un principio, Sakamoto (Jôtarô Senba), la termina violando ante la complicidad de todos los otros pacientes, así la chica denuncia la situación a una Iwashima que le informa que ya van tres ataques por parte de Sakamoto y por ello decide mandarlo de nuevo a la línea de combate. Sakura eventualmente es reasignada a un hospital de campaña muy cercano al frente, un lugar en verdad pesadillesco donde llegan permanentemente cientos de heridos que son atendidos por un personal sobrepasado y con muy pocos medicamentos y sangre para transfusiones. El mandamás es un cirujano, el Teniente Okabe (Shinsuke Ashida), que decide quién vive y quién muere ante una falta de recursos que obliga a realizar continuas amputaciones de miembros sin anestesia. Nishi se topa con un Sakamoto agonizante que le pide perdón y le suplica que lo salve pero Okabe se niega a concederle una transfusión porque es un caso perdido, frente a lo cual Sakura insiste ya que no quiere que el violador piense que se está vengando de él y a cambio de una promesa de ir a visitarlo durante la noche, el doctor accede a darle sangre al soldado, quien luego muere de todos modos. Nishi visita a Okabe en su cuarto y para su sorpresa el médico lo único que quería era conversar.

 

Así las cosas, la mujer queda prendida del misterioso doctor que no se abalanzó sobre ella y a su vuelta al primer hospital se apiada de otro soldado, Orihara (Yûsuke Kawazu), quien a pesar de estar bien de salud no se le permite volver a Japón porque tiene amputados ambos brazos y ello desmoralizaría a la ciudadanía y a las tropas en general. El hombre le pide a la mujer que lo lave de noche, para que no lo vean sus compañeros, y de repente le cuenta a Sakura acerca de sus necesidades sexuales y la tensión que desencadenan porque no puede satisfacerse solo, provocando que la muchacha acceda a masturbarlo, a abrazarlo, a besarlo y a dejarlo tocarla en la entrepierna con sus pies. Nishi va incluso más allá y lleva a Orihara a una habitación de hotel donde lo baña y hacen el amor, sin embargo al aclararle que será una experiencia de una sola ocasión el hombre termina suicidándose saltando del techo del hospital y falleciendo de una fractura de cráneo, todo porque toma conciencia de que ya nunca encontrará a nadie como ella ni será tan feliz. La protagonista se convence a sí misma que sin proponérselo mató tanto a Sakamoto como a Orihara y cuando la vuelven a destinar al frente termina aún más apegada a un Okabe que le recuerda a su padre, el cual murió antes de nacer la chica. El teniente cumple las órdenes que llegan de las cúpulas aunque en simultáneo reconoce el absurdo de la guerra y el destino funesto que le espera a Japón en el conflicto, y de a poco nace un amor con Nishi a pesar de que el médico es impotente porque lleva años inyectándose morfina para poder enfrentar el horror de cientos de extremidades amputadas y pisos bañados de sangre. Cuando el cirujano es enviado a una aldea muy cerca del combate, la enfermera decide seguirlo y propone como ayudante a una chica un tanto inexperta, Tsurusaki (Ayako Ikegami), así los tres llegan al puesto militar y descubren que no sólo están próximos a ser aniquilados por las fuerzas chinas sino que además una de las “mujeres de consuelo”/ esclavas sexuales de los soldados está infectada con cólera en lo que parece haber sido una maniobra explícita de sabotaje del enemigo, el cual introdujo el bacilo de la enfermedad mediante la población civil (para colmo el carácter salvaje de los combatientes no mejora la moral porque tienden a violar a cualquier fémina que caiga en sus manos, sean las prostitutas forzadas o las mismas enfermeras que vienen a asistirlos). Con gran parte de los japoneses contagiados por las lamentables condiciones sanitarias, el hacinamiento y la inanición de las tropas, durante la noche del ataque final chino Nishi convence a Okabe de dejar de consumir morfina y lo ata a su cama para que logre superar el agresivo síndrome de abstinencia, derivando en una noche de pasión que termina con la impotencia del hombre. Sólo Sakura sobrevive a los morteros y el cadáver del teniente es desnudado como los de todos los otros soldados, con los chinos llevándose la ropa, las armas y cualquier cosa que pudiese servir para continuar la batalla.

 

El film, a diferencia de tantas propuestas semejantes norteamericanas o europeas, apuesta a la neutralidad en cuanto a la caracterización de los bandos en batalla ya que aquí no se condena ni se exonera a nadie, utilizando a la guerra como telón de fondo de un drama antibélico a lo Johnny Got His Gun (1971) en el que la abstinencia y la virilidad son las dos nociones fundamentales: la primera tiene que ver con una homologación entre la droga y el patriotismo en tanto dispositivos destructores de la psiquis y el cuerpo de los sujetos, con el chauvinismo tomando la forma de una justificación ideológica para la avanzada imperial y una garantía de eternos lisiados/ impotentes emocionales que tratan de darle sentido al delirio de las masacres apelando a la grandeza de Japón o de su mandamás, Hirohito; y en lo que atañe a la virilidad, Red Angel juega con la idea de que la masculinidad es muy endeble ya que bajo la coraza de agresión o seriedad u ortodoxia procedimental en realidad se esconde un núcleo anímico débil que necesita del afecto más clásico y simple por más que lo niegue o lo transforme en placer malsano a costa de terceros que nada le hicieron, esquema en el que la desesperación y la angustia que provoca la guerra se dan la mano con una ceguera individualista que se autolegitima bajo la sombra del canibalismo extendido, algo que por cierto abarca a hombres y mujeres por igual (Iwashima le dice a Sakura que en la contienda cada uno debe velar por sí mismo para sobrevivir y que lo mejor es olvidar los hechos dolorosos cuanto antes, justo como Okabe le repite que lo mejor es tratar a los demás como extraños porque la muerte está al acecho a su alrededor sin cesar). Masumura retomará a futuro toda esta vinculación entre discapacitados y sexualidad en la también excelente Blind Beast (Môjû, 1969), un opus muy freudiano en el que un invidente, Michio (Eiji Funakoshi), y su madre (Noriko Sengoku) secuestran a una bella modelo, Aki Shima (Mako Midori), para que el primero dé rienda suelta a su hobby, la escultura amateur vía el tacto recorriendo la anatomía femenina, en esencia nuevamente una violencia de índole antropófaga que pretendiendo liberarse del yugo del cuerpo impedido -o talado- lo único que hace es expandir el dolor bajo la lógica perversa del psicópata sufriente individual que hace del macro sadismo social su bandera. La honestidad visual y narrativa de la película es sorprendente porque esquiva todo sentimentalismo o heroísmo barato mainstream y no ahorra imágenes viscerales en lo referido al cruento derrotero explorado, las atrocidades diarias del frente y la enorme frustración de los personajes a escala intelectual/ psicológica, al mismo tiempo contrarrestando el pandemónium médico y la degradación con un enfoque humanista maravilloso que propone al encuentro íntimo consensuado enmarcado en el amor como un bálsamo real y concreto contra la devastación y esa sumisión absolutista que busca anular la conciencia de los sujetos para sustituirla con sus intereses y diversos latiguillos…

 

Red Angel (Akai Tenshi, Japón, 1966)

Dirección: Yasuzô Masumura. Guión: Ryôzô Kasahara. Elenco: Ayako Wakao, Shinsuke Ashida, Yûsuke Kawazu, Ranko Akagi, Jôtarô Senba, Daihachi Kita, Jun Osanai, Daigo Inoue, Takashi Nakamura, Ayako Ikegami. Producción: Ikuo Kubodera. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 10